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Ejecutado en el garrote vil por asesinar a una tía en Ourense

Garrote vil

Eran aquellos tiempos los años del hambre. En los que el día se convertían en una auténtica aventura para la práctica totalidad de los españoles. La existencia cotidiana era un sinvivir para muchas familias, que se veían azotados por la miseria y las penurias derivadas de una prolongada posguerra que parecía no tener fin. En ese dramático ambiente surgían algunos elementos que eran verdadera carne de cañón para una no disimulada marginalidad. Este es el caso de un hombre de unos treinta años, José Cadavid Pazos, quien sobrevivía de lo que podía en aquellos duros tiempos y cuya penosa existencia terminaría de la peor manera posible.

En la tarde del día 21 de enero de 1946 los vecinos de la calle Traviesa, en la localidad orensana de Verín, escucharon los dramáticos lamentos de una de sus convecinas, quien regentaba un establecimiento de venta de vinos. Al intentar penetrar en aquella pequeña tienda se encontraron con que la puerta estaba trancada por su parte de adentro, por lo que se vieron forzados a decerrarjarla para poder acceder al interior del edificio.

Cuando consiguieron penetrar en la vivienda se encontraron con un dantesco espectáculo, al que difícilmente podían dar crédito. En una habitación contigua a la cocina, se encontraron con el cuerpo exánime de Luisa Pazos, en medio de un impresionante charco de sangre. No cabía la menor duda que la pobre mujer, que vivía sola y era de mediana edad, había sido asesinada de una forma brutal y terrible. Nadie se podía imaginar que alguien tuviese la capacidad de hacerle daño a la víctima, pues estaba considerada como una extraordinaria vecina y no se le conocían -aparentemente- enfrentamientos con terceras personas.

Un sobrino, principal sospechoso

Pese a que desde un principio trató de desviar toda la atención hacia otros derroteros, la policía encargada de investigar el caso, entre ellos el responsable policial de Ourense, el señor Alonso Cano, puso en su punto de mira a un sobrino de la víctima. Este era José Cadavid Pazos, un hombre de no muy buena vida, que estaba haciendo una ávida carrera en el mundo de la delincuencia, además de ser un bebedor habitual que hacía que en muchas ocasiones se encontrase bajo los efectos del alcohol. Su relación con círculos marginales a los que acudía de vez en cuando contribuían a despejar muchas dudas.

La prensa de la época señala que tras un “hábil interrogatorio”, el criminal caería en muchas contradicciones que le obligaron a confesar el trágico suceso en el que había perecido su tía, Luisa Pazos Rodríguez. José Cadavid declararía que el motivo del crimen había sido el robo de cien pesetas. No era una gran cantidad para la época, aunque abundante para según que cosas, que al cambio actual -según el IPC- podrían ser en torno a unos 300-400 euros, un diez por ciento arriba o abajo. Con ellos tenía pensado la víctima comprar un cerdo con el que abastecerse de carne durante todo el año.

José Cadavid era sabedor de que su tía disponía de alguna cantidad de dinero en su domicilio, procedentes de las transacciones que realizaba en su pequeño comercio de bebidas. Planeó el crimen al saber a que horas se hallaba en casa. Aprovechando que esta se encontraba atizando al fuego, le asestó un potente golpe en la cabeza con un pequeño banco de madera, que la dejó inconsciente al fracturarle la base del cráneo. Posteriormente, trasladó su cuerpo a la habitación contigua dónde le propinó una enorme cuchillada en la garganta que sería el que terminaría con la vida de su familiar.

Pese a que el caso llevó algún tiempo resolverlo, hubo una pista que resultó prácticamente definitiva para los investigadores. Esta no fue otra que el hallazgo de una toalla ensangrentada en la casa del supuesto autor del crimen, quien sería detenido y enviado a la Prisión provincial de Ourense.

Condenado a morir en el garrote vil

La vista por este asesinato se celebraría en la Audiencia Provincial de Ourense en los meses finales del año 1946. José Cadavid reconoció ser el autor del crimen, así como de los problemas personales que le afectaban, entre ellos el alcoholismo crónico que padecía desde hacía algún tiempo. Si en algún juicio no se tuvo piedad con un convicto de asesinato fue en este caso. Desde el primer instante, el fiscal sostuvo la petición de pena capital para el reo, además de una cuantiosa indemnización para los herederos de la víctima.

A la semana siguiente se conoció el veredicto de la justicia, que condenaba a José Cadavid Pazos a morir en el garrote vil, macabro instrumento que infringía un severo tormento en muchas ocasiones a los condenados. No se tuvieron en cuenta las alegaciones de su defensa, tales como los padecimientos y privaciones que sufría el reo que le obligaban a mendigar y a sisar aquello que estaba a su alcance. La sentencia provocaría una consternación tan grande como el propio crimen en sí, dadas las terribles circunstancias en las que se desenvolvía la vida de alguien que no dejaba de ser un pobre hombre del que la vida se había burlado de la forma más malévola.

Conocido el fallo que condenaba duramente a José Cadavid, su abogado apeló al Tribunal Supremo, alegando las dramáticas condiciones en que vivía su patrocinado. No obstante, el alto tribunal no se apiado de aquel reo al que condenó irremisiblemente a morir en el cadalso. La última bala que le quedaba a la defensa era la gracia de la benevolencia del Jefe del Estado, el general Franco. También este último se mostraría inflexible y el Consejo de Ministros rechazó cualquier posibilidad de conmutar la pena capital al autor de la muerte de Luisa Pazos.

Tras haber pasado un calvario de más de dos años esperando a la piedad de las altas instancias, José Cadavid moriría en el garrote vil el 15 de diciembre de 1948 a manos del verdugo Florencio Fuentes Estébanez. Este último, víctima de numerosos remordimientos, al tiempo que sufría el vilipendio y desprecio de sus familiares y conocidos, terminaría abandonando la profesión. Luego de mendigar varios años, y condenado a vivir en la más absoluta marginalidad, terminaría suicidándose en el año 1970.

Un oligofrénico asesina a golpes a una madre y su hijo en Chantada (Lugo)

Iglesia de Bermún de abaixo, en Chantada, parroquia dónde sucedió el crimen

En aquel mes de febrero de 1990 Galicia seguía todavía embebida por la reciente toma de posesión como titular de la Xunta por parte de Manuel Fraga Iribarne, con el sonido reciente de los centenares de gaiteiros que se habían reunido en la Plaza del Obradoiro para dar la bienvenida al nuevo presidente. Por su parte, en la localidad lucense de Chantada aún resonaban con fuerza los ecos del terrible crimen múltiple perpetrado por Paulino Fernández hacía menos de un año.

Cuando faltaban unas semanas para que se cumpliese el primer aniversario de la trágica y cruel matanza de las aldeas de Surribas y Queizán, Chantada se vería nuevamente sorprendida por un trágico episodio criminal de grandes dimensiones. Su atrocidad era si cabe mucho peor que la llevaba a cabo por el psicópata y esquizofrénico Paulino Fernández. En la jornada del 21 de febrero aparecían brutalmente asesinados una madre y su hijo, quienes se encontraban abrazados, lo que añadía un mayor patetismo a la situación, ya de por si dramática.

En un principio se había especulado incluso con la posibilidad de que la muerte de ambos fuese debida a un enfrentamiento familiar entre progenitora y vástago, teoría que fue desechada en el momento que se les practicó la autopsia a los cuerpos. Por otro lado, se apuntaba también a la posibilidad de un ajuste de cuentas. No obstante, las investigaciones de la Guardia Civil avanzarían a un mejor ritmo del esperado, y en muy poco tiempo fue detenido un joven de 19 años, Edelmiro López Agrelo, quien relataría ante las autoridades de forma minuciosa como había llevado a cabo el horripilante doble crimen que remataría de consternar a la ya de por sí abatida localidad de Chantada.

Portugués en libertad

Junto con Edelmiro López, sería detenido también el súbdito portugués Carlos Manuel Barra Dacosta, de su misma edad, por su presunta relación con los hechos. Sin embargo sería puesto en libertad tan solo 24 horas más tarde al comprobar que no guardaba vínculo alguno con el sanguinario suceso. Además, había un hecho con el que resultaría fácilmente incriminar al supuesto autor de tan tamaña salvajada, que eran los restos que se encontraron en las uñas de las víctimas, pues se deducía, como así había sucedido, que en el lugar de los hechos, la Casa Grande de Randolfe, en la parroquia chantadina de Bermuín de Abaixo, pudo haber pelea entre víctimas y agresor.

A los pocos días de cometerse el crimen y con Edelmiro López ya en prisión provisional sin fianza, se procedió a la reconstrucción de los hechos, que sería un factor clave a la hora de dilucidar la condena que debía cumplir el reo. El homicida empleó un palo de roble de grandes dimensiones con el objetivo de robar en la vivienda. Al parecer, llamó a la puerta, abriéndole la mujer María Blanco Domínguez, de 69 años de edad. Al sentir un impresionante griterío, su hijo José Fernández Blanco, de 46 años, acudió en su ayuda, sin que pudiese evitar los mortales golpes que le estaba propinando a su madre. El motivo del doble crimen vendría motivado por un robo y se perpetró a las primeras horas de la noche, antes de que madre e hijo se fuesen a dormir.

Lo que no pudieron encontrar los investigadores fueron las ropas de Edelmiro López, que se supone debían estar ensagrentadas. La sentencia apuntaba a la posibilidad de que una vez perpetrado el doble crimen, el asesino se hubiese desplazado hasta su vivienda para cambiarlas. Tampoco quedaron reflejados con exactitud los itinerarios, así como las actividades que hizo en el día de autos.

“Débil mental”

En el juicio celebrado en su contra en la Audiencia Provincial de Lugo en la primera semana de julio del año 1992, los magistrados consideraron a Edelmiro López Agrelo como un joven que padecía cierta “debilidad mental”, aunque no iba más allá en su descripción, circunscribiéndose a que los médicos que lo examinaron consideraron que padecía oligofrenía. La defensa del reo argumentó que su defendido había estado el día de autos en el casino de Chantada, entre las doce de la mañana y las siete y media de la tarde, así como que las ropas que llevaba puesta no se hallaron rastros de sangre de las víctimas, lo que fue contrarrestado por los jueces argumentando que podía haber cambiado su indumentaria tras haber cometido el crimen. Respecto a la estancia en el casino, fue rebatida comentando que Edelmiro pudo desplazarse andando desde el mencionado centro hasta el lugar dónde perpetró el crimen.

El joven, que en el momento de ser condenado tenía a sus padres y un hermano ingresados en prisión, sería sentenciado a cumplir 24 años de cárcel y a indemnizar a los herederos de las víctimas con 20 millones de pesetas (120.000 euros actuales). La sentencia hacía hincapié en que concurría el agravante de superioridad, dada la complexión del asesino y la escasa envergadura de ambas de víctimas, al tiempo que descartaba la intervención de más personas en este suceso. Además, también se utilizaría en su contra la minuciosa descripción que ofreció de los hechos ante la Guardia Civil en el momento de efectuarse la reconstrucción de los mismos, en la que se señala que narra con todo tipo de detalles como habían acontecido, pudiendo ser corroborados posteriormente por los encargados de la investigación criminal.

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Se suicida tras cometer un crimen en Ferrol

Ponte das Cabras, lugar en el que se suicidó el autor del crimen

En los primeros años cincuenta del pasado siglo se comenzaban a amortiguar los efectos de la cruel Posguerra, aunque gran parte de la población se las seguía viendo y deseando para poder hacer frente al día a día. La férrea dictadura, hundida por el aislamiento internacional, daba pie a pocas cosas e iniciativas. Los gallegos, principalmente los de interior, seguían emigrando. Sin embargo, comenzaba a cambiar su destino. Ahora, el Caribe era tan solo un viejo recuerdo del pasado, en tanto que en Buenos Aires soplaban vientos de crisis, acentuados por la sucesión de golpes de Estado que se registrarían en el país austral durante varios decenios.

Para bien o para mal la vida proseguía su constante deambular. En medio de ese clima de incertidumbre y sin que se vislumbrase una salida a la difícil situación de la época, sucedían también hechos sangrientos, pese a la crudeza y rudeza de una dictadura que promovía la contumaz leyenda de que “aquí no se mueve nadie”. Sin embargo, si se movía, al menos en el ámbito delictivo, registrándose de cuando en vez algún que otro episodio sangriento que remataba con aquel tan manido tópico de la época.

La ciudad de Ferrol, que por aquel entonces llevaba el apellido de “El Caudillo”, sería escenario de un trágico episodio en la jornada del 23 de noviembre de 1952 cuando apareció en un terraplén con evidentes signos de violencia el cuerpo de Miguel Pereiro Morado, un hombre de mediana edad, que se dedicaba a la venta de la lotería por las calles. Presentaba varias heridas en su cuerpo, una de ellas en la cabeza, que había sido provocada por algún objeto contundente. Dadas las relaciones que mantenía la víctima con individuos de los bajos fondos, a los pocos días se procedió a la detención de Antolín García García, quien después de un duro interrogatorio confesaría el crimen, pese a que no había evidencias que certificasen su autoría.

Suicidio en A Ponte das Cabras

Cuando llevaba varias semanas en prisión Antolín García, el 12 de diciembre se suicidaba, arrojándose desde A Ponte das Cabras, Manuel Sordo Abeal, un hombre de mediana edad, que conocía el verdadero enigma que todavía escondía el asesinato del vendedor de lotería, quien además guardaba una relación de parentesco con su verdugo. A los investigadores les extrañó de sobremanera este último suceso, siendo entonces cuando dirigieron sus miradas hacia el suicida.

Realizadas las pertinentes pesquisas, sometieron a otro duro interrogatorio a la esposa de Manuel Sordo, quien terminaría por confesar que su marido le había dicho que en el día de autos había mantenido una dura refriega con Miguel Pereiro. Al parecer, según la confesión de esta última, el criminal llegó a casa con las ropas visiblemente ensangrentadas, lo que le provocaría un cierto espanto. Su cónyuge le comentó que en el transcurso de la discusión le habría dado con una piedra en la cabeza a la víctima, además de arrojarlo por un terraplén. Sin embargo, ella guardaría silencio hasta el último momento.

Tras la confesión de la mujer de Manuel Sordo, se pondría en libertad a Antolín García García, quien estuvo a punto de convertirse en reo de un sórdido suceso en un tiempo en el que estaba vigente la pena capital y que se aplicaba con suma facilidad, principalmente si se trataba, como es el caso, de delitos de sangre.

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Reincide en su conducta criminal asesinando a una joven 16 años después de su primer crimen

El asesino en el transcurso del juicio que se siguió en su contra

Hay individuos que nunca serán capaces de aprender de su paso por las dependencias carcelarias. No se sabe si debido a su carácter si a que sufren alguna patología que les hace incapaces de reconocer las diferencias entre el bien y el mal, aunque este último extremo nunca ha podido ser constatado. Lo que si prueban los hechos es que en ellos existe una incontenida agresividad que se manifiesta a lo largo de su existencia de diferentes formas, que van desde un carácter descontrolado hasta continuos episodios en los que son protagonistas de diferentes altercados, convirtiéndose en conocidos de las salas penales de las distintas audiencias.

Quien no pareció aprender nunca la lección de su paso por los muros de la prisión es un individuo, conocido como “O Chioleiro”. Este hombre, que respondía a la identidad de José Manuel Durán González, reincidió en su conducta delictiva con tan solo 16 años de diferencia. Además, sus crímenes se caracterizaron por una crueldad y violencia extremas, además de ser muy espeluznantes, que casi parecerían impropios de un ser humano. En el año 1988 había asesinado a su abuela, a quien había violado previamente, mientras que en 2004 asesinaría a la joven Alicia Rey, de 33 años de edad, en el municipio pontevedrés de A Lama, dónde también había perpetrado su primer crimen.

Al parecer, José Manuel Durán, que contaba 46 años de edad en ese momento, mantenía una estrecha relación de amistad con Alicia Rey, una vecina suya, de la que se decía que había sido su novio, aunque él solamente la consideró como una amiga. En el mediodía del 11 de diciembre de 2004, “O Chioleiro” y la joven en cuestión quedaron en el monte Ceo, perteneciente a la parroquia de Santa Ana, en la localidad pontevedresa de A Lama. El hombre, según se desprende de la sentencia, iba provisto de un cuchillo de grandes dimensiones con el objetivo de asesinar a la mujer. En sus declaraciones ante las autoridades, llegaría a alegar que ella le había pedido que la matara.

Dos cuchilladas

Si el brutal asesinato de su abuela había conmovido de sobremanera a toda Galicia, este no sería de menor calibre, tanto por la violencia como por la crueldad empleadas. En un momento dado, “O Chioleiro” desenvainó el arma que llevaba y le propinó un primer corte a la altura del pescuezo, que le ocasionaría una gran hemorragia. Para cerciorarse de la muerte de su víctima, no escatimaría esfuerzos dándole otra brutal cuchillada en el hemitórax izquierdo que le seccionaría la arteria aorta, provocándole una segunda hemorragia masiva que le terminaría provocando la muerte.

Una vez hubo acabado con la vida de su víctima, José Manuel Durán tapó con algunos terrones el cuerpo de Alicia Rey, no sin antes apoderarse de sus pertenencias entre las que se encontraban algunas joyas y tarjetas de crédito. La familia de la mujer asesinada denunciaría su desaparición y su cadáver no sería encontrado hasta 48 horas después del crimen. A partir de ahí se inició un cúmulo de pesquisas e investigaciones sobre quien podría estar detrás de aquel horrible asesinato. Sin embargo, casi todas las miradas se dirigían a un individuo conocido como “O Chioleiro”, quien, además de haber dado muerte a su abuela, contaba con otros antecedentes que lo incriminaban como principal sospechoso.

Pese a las sospechas, durante todo el tiempo que pasó hasta que fue detenido, negaría en todo momento su participación en el asesinato de Alicia Rey. Además, demostraría una frialdad a prueba de bomba hasta el extremo de ser entrevistado en el programa de TVE que en aquel entonces dirigía el periodista y policía, Manuel Giménez. En el transcurso de la entrevista, manifestaría que el día de autos el se encontraba ayudando a matar los cerdos a un vecino. Sin embargo, su coartada pronto haría aguas, aunque no sería detenido definitivamente hasta el 24 de enero de 2005, mes y medio después del asesinato.

18 años de cárcel

Algo más de dos años después del crimen, antes de las fiestas navideñas del año 2006, “O Chioleiro”, quien ya había reconocido el asesinato de Alicia Rey ante el juez, sería condenado a 18 años por la sección cuarta de la Audiencia Provincial de Pontevedra, que se vería reducida en medio año tras un recurso presentado por su defensa ante el Tribunal Supremo. Además, se le condenaba al pago de una indemnización de algo más de 72.000 euros a la madre de la víctima y 6.000 a cada uno de sus hermanos. Se le imponía también una multa de 120 euros por haber sustraído los efectos personales de Alicia Rey en el momento de ser asesinada. Igualmente habría de satisfacer con 400 euros por este mismo concepto a los familiares de la joven asesinada. De la misma forma, era condenado a una pena de destierro durante un periodo de cinco años en los cuales no podría residir en la localidad en la que había cometido el crimen ni comunicarse con los familiares de la mujer asesinada

Pese a que, según se desprende de diversos medios consultados, José Manuel Durán padecía una dolencia conocida como psiconeurosis y tenía problemas de adicción al alcohol, los magistrados consideraron probado que el autor del asesinato era capaz de discernir el bien del mal, además de ser dueño de sus actos.

Amenazas a una periodista

Algún tiempo después de haber sido condenado por este crimen, “O Chioleiro” volvería a pasar de nuevo por dependencias judiciales. En esta ocasión por dirigirle una carta a una periodista de “Diario de Pontevedra” en la que se expresaba en términos amenazantes contra la redactora, responsable de la sección de local del rotativo de la capital de las Rías Baixas. En la misiva, advertía a la profesional de que en cuanto saliese de prisión tendría que buscarse un guardaespaldas para protegerse de él porque iba a terminar con su vida. No conforme con ello, la amenazaba también con ser víctima de una agresión sexual. No fue esta la única carta que dirigió, ya que también fueron presa de sus amenazas otros periodistas, así como el fiscal que se encargó del caso. En todas ellas, proclamaba su inocencia.

Por este suceso, José Manuel Durán González sería condenado a otro medio año de prisión, que se sumaba así a los 17 y medio a los que ya estaba sentenciado. La pena se redujo en seis meses al reconocer los hechos y expresar su conformidad. Asimismo, no podría comunicarse con la periodista amenazada durante un periodo de dos años, contados a partir del momento en que finalizase su condena de cárcel.

En el transcurso de esta vista oral, el condenado volvió a demostrar su carácter violento y arisco, principalmente contra los informadores en torno a los que mostró una actitud claramente desafiante. En un momento dado le preguntó al juez porqué no expulsaba a “aquellos gilipollas”, en referencia a informadores gráficos, que se encontraban en el salón de vistas. Sin embargo, el magistrado no atendió su requerimiento, aunque rogó que no se le hiciesen fotografías.

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Mata a golpes a dos niños, hermanos mellizos, en A Coruña

La policía en el lugar donde se produjeron los hechos

Hay sucesos que superan la peor ficción macabra jamás imaginada. Es entonces cuando nos preguntamos como puede haber personas, si es que puede llamárseles así, tan desalmadas como para protagonizar acontecimientos que jamás se borrarán del imaginario colectivo por muchos años que pasen. Uno de esos desgraciados sucesos aconteció en la mañana del 21 de agosto de 2011 en el popular barrio coruñés de Monte Alto, en la calle Andrés Antelo, cuando un joven de 29 años, Javier Estrada Fernández daba muerte a dos pequeños de diez años, Alejandro y Adrián, después de golpearlos reiteradamente con una barra de hierro y un sillín de una bicicleta estática. Cualquier objeto era válido para este individuo con el fin de reconvertirlo en un arma mortal y asesina.

Al parecer, el dantesco espectáculo que terminaría con la vida de los dos hermanos, se inició a media mañana, según relataría el autor del crimen a la policía. La madre de las criaturas, María del Mar Longueira, quien también resultaría condenada por este hecho, había encomendado a su compañero que se hiciese cargo de los pequeños esa mañana, pese a la advertencia del psiquiatra que trataba a Javier Estrada de que jamás permitiese que este se quedase con los pequeños ante un eventual brote de violencia por su parte. Sin embargo, desoyendo los consejos del médico, esa mañana ocurriría una tragedia que conmocionaría de sobremanera a la opinión pública gallega, que se desentendía por unas horas de los graves efectos que estaba ocasionando la galopante crisis económica de la época.

El asesino confeso de los pequeños se había empecinado en que los pequeños comprendiesen el funcionamiento del reloj de agujas. Sin embargo, según su testimonio, apenas avanzaban. En el transcurso de sus lecciones, uno de los críos tomó en sus manos el despertador que usaban para tan truculentas clases y lo arrojó al suelo. Esta actitud del pequeño lo pondría más nervioso de lo que se encontraba, a lo que se sumaba el malhumor por el hecho de que su compañera se negase a mantener relaciones con él la noche anterior. Así se desprende de las declaraciones que efectuaría ante la policía, en las que mostraría una actitud chulesca y desafiante.

Advertencias del psiquiatra

Los niños, que sufrían malos tratos de manera habitual y reiterada, huyeron del lugar donde estaba recibiendo las lecciones de Javier Estrada, escondiéndose uno de ellos, Alejandro, en la cocina, mientras que Adrián lo haría en una habitación. Pero de poco les serviría esconderse de su maltratador, pues con una barra de hierro se ensañaría con el primero de ellos hasta dejarlo en estado casi moribundo, agonizando en la cocina, aunque Javier ya lo había dado por muerto.

Tras abandonar al pequeño en la estancia reservada para comer, se fue a por Adrián, quien temeroso y tras escuchar los gritos de su hermano, le prometió portarse bien, con la finalidad de evitar la suerte que había corrido Alejandro. Sin embargo, su verdugo desoyó sus peticiones de clemencia y prosiguió con su sanguinario ritual. Su ensañamiento con ambas víctimas fue tan brutal que hasta llegó a destrozar la barra de hierro con las que les estaba pegando. Entonces fue cuando tomó en sus manos el sillín de una bicicleta estática y con el hierro del mismo prosiguió con su bárbara y salvaje actitud hasta terminar con la vida de ambos.

Una vez hubo terminado con Adrián escuchó unos balbuceos en la cocina en la cual estaba tirado su hermano, en estado de práctica inconsciencia. Se percató que el pequeño Alejandro, que ya se encontraba agonizante, todavía conservaba un soplo de vida y decidió rematar la faena definitivamente, dándole un golpe de gracia definitivo que terminaría con su infame existencia, pues ya se había acostumbrado, al igual que su hermano, a los malos tratos, que eran muy habituales en esta familia, incluso por parte de su progenitora.

Malos tratos habituales

Que los hermanos Alejandro y Adrián sufrían malos tratos desde hacía algún tiempo no era novedad alguna y era sabido por muchas personas próximas al círculo familiar. De hecho, una amiga de la madre de los niños había puesto en conocimiento del Teléfono del Menor los reiterados malos tratos que sufrían. Igualmente, los críos les habían comunicado a sus amigos, a través de mensajes de texto del teléfono móvil de su madre, que eran objeto de constantes palizas y golpes por parte tanto de la pareja de su progenitora, como de esta última, aunque esas vejaciones se habían incrementado de forma notoria desde que María del Mar Longueira había iniciado su relación con Javier Estrada.

Sin embargo, las peticiones de ayuda por parte de los pequeños caerían en saco roto. Nadie se preocuparía por ellos hasta que un desgraciado día se convirtieron en portada de los principales diarios del país. Y como de un macabro sarcasmo se tratase, María del Mar confesaría ante la policía que Javier era el hombre de su vida, con quien supuestamente estaba dispuesta a ampliar su prole familiar después de someterse a un tratamiento de fertilidad. Ver para creer.

A la detención de Javier Estrada a las pocas horas de haber perpetrado el crimen, se sumaría también la imputación de su pareja, María del Mar Longueira, a la que se acusaba, al igual que su compañero, de dispensar malos tratos de forma continuada a sus vástagos. La jueza encargada del caso entendía que, dados los antecedentes y los datos recabados -llegó a contabilizar con la declaración de 20 testigos-, los pequeños eran objeto de continuos malos tratos tanto físicos como psicológicos por parte de sus tutores. Además, así quedaría demostrado en el juicio que se siguió contra ambos algo más de año y medio después del horroroso crimen.

60 años de cárcel

En medio de una gran expectación, a la que se sumaba la lógica indignación de muchos de los presentes, se celebraría el juicio en la sala de vistas de la Audiencia Provincial de A Coruña en marzo del año 2013. Javier Estrada Fernández sería condenado a 42 años y medio de cárcel. Además del delito de dos asesinatos consumados, se le sumaban los agravantes de los malos tratos familiares, entre los que no faltaban golpes, bofetadas y tirones de orejas a los pequeños.

Tampoco se salvaría de la condena de prisión su compañera sentimental, María del Mar Longueira, quien sería condenada a once años de cárcel, acusada de dos delitos de homicidio imprudente, a los que se sumaban otros cuatro años más por la actitud agresiva y hostil que mostraba hacia los pequeños. Además, en la sentencia se destacaba que esa misma agresividad había ido in crescendo desde que hacía algo más de un año por aquel entonces había iniciado la relación sentimental con quien sería el autor material de la muerte de ambos pequeños.

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Confiesa a la prensa el crimen del que había resultado absuelto

José Carnero Fernández, autor de la muerte de una prostituta en Lugo

Hay situaciones en las que las actuaciones de los denominados jurados populares acaban convirtiéndose en cuestiones de juzgado de guardia. Y nunca mejor dicho. Así ocurriría en el año 2011 con la resolución de un crimen que, aparentemente, no presentaba grandes complicaciones, pero que el jurado en cuestión terminaría resolviendo satisfactoriamente a favor del acusado, pese a que todos los indicios hallados le incriminaban casi sin lugar a dudas.

El personaje en cuestión era un individuo conocido como “O Chucán”, un hombre que sufría diversas alteraciones mentales, mal tratadas. José Carnero Fernández, “O Chucán”, daba muerte, en la noche del 15 al 16 de septiembre de 2007, a la prostituta orensana, Pilar Palacios Caballero, en el municipio lucense de Sober, en el lugar de Arxemil, perteneciente a la parroquia de San Martín de Anllo. Al parecer, el homicida, de 55 años de edad, era un cliente habitual del prostíbulo en el que ejercía su víctima, a la que habría conocido unos quince años antes.

En la noche de autos, según declaraciones que efectuaría al diario “La Voz de Galicia” en su edición de 2 de febrero de 2011, “O Chucán” llevó desde Ourense hasta su casa a Pilar Palacios. Según su mismo relato y a tenor de las pruebas periciales realizadas en el transcurso de la autopsia a la víctima, ambos habrían mantenido relaciones sexuales en la vivienda de José Carnero. Posteriormente, este, quien era un consumado experto en la elaboración de aguardiente, invitaría a esta bebida a Pilar Palacios. Sin embargo, y aquí se pierde el hilo de su historia, llevaría hasta la cuadra de su hogar a la prostituta, dónde todo indica que le daría muerte con algún objeto punzante, tal y como quedaría demostrado en el segundo juicio que se siguió en su contra.

Desaparición

Una vez que cometió el crimen, José Carnero huiría del lugar de los hechos para desplazarse hasta el hospital Montecelo, ubicado en Pontevedra. Al parecer, se habría desplazado hasta el centro sanitario debido a los muchos problemas de salud mental que sufría. Allí sería encontrado por agentes de la Guardia Civil, quienes procederían a su detención, una vez hubieron hallado el cuerpo sin vida de Pilar Palacios en la casa de “O Chucán”, quien no supo dar explicaciones del hallazgo de un cadáver en su domicilio.

En el primer interrogatorio ante miembros de la Benemérita, Carnero explicó de forma detallada los hechos de los que había sido protagonista. Posteriormente, tras prestar declaración ante el juez, ingresaría en la prisión provincial de Bonxe, en Lugo. En la misma, permanecería un total de 42 meses, hasta la celebración del juicio por la muerte de la prostituta, que tendría lugar en la Audiencia Provincial lucense en enero del año 2011.

Absolución

A finales del mes de enero del año 2011 se celebró el juicio por la muerte de Pilar Palacios. El acusado del crimen incurrió en más de una decena de contradicciones, entre ellas al declarar que cuando se declaró culpable del asesinato se encontraba bebido, un hecho que tuvo lugar cuando llevaba unos quince días entre rejas. En las cárceles no se les suministra alcohol a los internos.

A lo largo de la vista oral que se siguió en su contra, José Carnero, quien estaba considerado poco menos que una persona deficiente, jugó al despiste. Incurriría en muchas vaguedades e imprecisiones, con las que desarmaría al jurado e incluso también a la acusación, quien solicitaba un total de 20 años por el crimen, al entender que se le debía dar la calificación de asesinato, además de pedir una indemnización de 200.000 euros para el único heredero de su víctima.

Además de la contradicción mencionada, José Carnero incurriría en otras nuevas contradicciones, facilitando diversas versiones de los hechos acaecidos el día de autos, tales como los lugares que había frecuentado o las cosas que había hecho. Sin embargo, para estupefacción de muchos y para su alegría personal, el jurado lo declararía inocente y saldría en libertad, una vez escuchada la sentencia, que no sería del agrado de la familia de Pilar Palacios.

Reconocimiento del crimen

Una vez hubo recobrado la libertad, José Carnero vagaría a lo largo de toda una madrugada por la ciudad de Lugo hasta que al día siguiente pudo tomar un autobús que lo trasladó hasta su localidad de origen. Sus pasos serían seguidos y descritos por diversos profesionales del diario “La Voz de Galicia”, a quienes acabaría por confesar los hechos de los que le se acusaba, lo que daría lugar a la celebración de un nuevo juicio en su contra un año más tarde.

En sus declaraciones al rotativo herculino, “O Chucán”, que sufría importantes problemas de salud mental, reconocería el crimen que le costó la vida a Pilar Palacios. En la entrevista publicada a los pocos días del veredicto judicial, manifestaba que nadie le había preguntado si realmente había dado muerte a la prostituta. Asimismo, describía minuciosamente los hechos acontecidos en la madrugada del 16 de septiembre de 2007, así como también todos los detalles ocurridos el día de autos. Ante esta versión pública, se abrirían nuevas vías de investigación que darían lugar a una nueva vista oral, que se celebraría en noviembre del año 2012. Tanto el Tribunal Superior de Justicia de Galicia como el Supremo se pronunciaron en que habría que celebrar un nuevo proceso, anulando la primera resolución que lo declaraba inocente.

En el segundo juicio que se celebró contra Carnero la suerte que había tenido en el primero le resultaría esquiva. En el transcurso del mismo se consideraría probado que los restos biológicos hallados en una prenda correspondían a Pilar Palacios y que la misma era propiedad de “O Chucán”. De la misma manera, también se probaría que agredió con un objeto punzante, que no se pudo determinar, a la víctima, provocándole la muerte en el acto. Igualmente, se descartó la posibilidad de que hubiesen intervenido terceras personas en el crimen, o que se hubiese ensañado con la misma, de ahí la calificación de los hechos y su veredicto final.

Condena definitiva

El jurado encargado de dilucidar el suceso entendió que se trataba de un homicidio, pese a que la acusación particular entendía que se trataba de un asesinato, lo mismo que la fiscalía. Por todo ello, se le condenaba a una pena de diez años de prisión, así como a una indemnización de 150.000 euros al hijo de Pilar Palacios. Los peritos encargados de examinarlo determinaron que padecía algunos trastornos de personalidad, encuadrándolo dentro de lo que se denomina trastorno histriónico, así como otras patologías comórbidas, por lo que el abogado defensor solicitaba que su cliente fuese ingresado en un psiquiátrico penitenciario. Sin embargo, su petición no sería atendida.

Finalmente, José Carnero Fernández, regresaría a finales del año 2012 al centro penitenciario de Bonxe, en el que ya había estado ingresado durante casi cuatro años con anterioridad. “O Chucán” obtendría la libertad definitiva en junio del año 2019, después de haber cumplido prácticamente toda la pena a la que había sido condenado.

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Asesinan a una niña de cuatro años y arrojan su cuerpo a un contenedor de la basura

Vista general de O Carballiño

Hay sucesos que superan lo espeluznante y lo grotesco al mismo tiempo. Tal vez nos hayamos acostumbrado ya a que nada nos sorprenda. Aún así, hay algún hecho sangriento que nos hacen erizar todos los pelos de nuestro cuerpo. Nos preguntamos hasta que punto puede haber seres que atesoren un grado de maldad tan extrema para someter a torturas a una pobre criatura inocente, que por razones propias de su inocencia jamás sería capaz de entender ni mucho menos de comprender. Desgraciadamente, hemos visto sucesos de todo tipo, algunos de los cuales causan la mayor estupefacción, cuando no niveles de asco extremos que nos provocan repugnancia, rabia e impotencia por no haberlos evitado. Sin embargo, son sucesos que se repiten una y otra vez, haciéndonos comprender al resto de los humanos de bien las razones por las cuales existieron regímenes políticos crueles y tiránicos. Seguramente porque estaban regidos por unos energúmenos que jamás debieran de haber nacido por el bien de una humanidad que no los merecía y a la que castigaron hasta extremos insospechables, llevándose consigo la vida de millones de inocentes que tan solo aspiraban a vivir.

En el año 2003, en la localidad ourensana de O Carballiño -preciosa localidad situada al noroeste de la provincia de Ourense-, acontecía uno de esos hechos que nos provocan el mayor rechazo y asco humano posibles. El suceso aconteció en la noche del 14 de mayor del año anteriormente mencionado en una vivienda de la calle Margarita Taboada. Allí, el estupor y la consternación se apoderaría de un vecindario acostumbrado a recibir en épocas estivales a sus miles de emigrantes que se encuentran desplazados en decenas de países europeos e hispanoamericanos, principalmente México y Venezuela. El motivo de esa nauseabunda estupefacción no sería otro que el hecho de encontrarse el cuerpo sin vida de una criatura de tan solo cuatro añitos en un contenedor de la basura de la localidad.

La niña, que tuvo una existencia cruel y terrible como se encargarían de detallar los forenses en la autopsia que le practicaron a su cadáver, era hija de una joven de 30 años, Ana María García Salgueiro, quien convivía con otro joven de edad similar a la suya, Luis Piñón Montoto, a quien le atribuyeron en la sentencia condenatoria unos infames malos tratos a unos pequeños que no eran hijos suyos. No solo los trataba con despotismo, hasta el extremo de obligarles a que le llamaran “papá”, sino de una forma despiadada y vejatoria, tal como fue descrito en la sentencia condenatoria que emitiría la Audiencia Provincial de Ourense en enero del año 2006.

Violación y hemorragia

En el anochecer del día de autos, el referido 14 de mayo de 2003, Luis Piñón Montoto quedaría en compañía de los pequeños en el domicilio que compartía con su compañera sentimental. Aprovechando la soledad del momento penetraría a la pequeña Érika hasta el extremo de provocarle una gravísima hemorragia que terminaría sumiéndola en una terrible angustia que le conduciría a la muerte. Para paliar el dolor y con la supuesta connivencia de la madre de la pequeña, le suministraron varias dosis de un antigripal, como Frenadol Complex y que en modo alguno está aconsejado para niños, lo que contribuiría a agravar las graves lesiones sufridas por la niña.

Si la trama no resultaba grotesca, aún falta el punto final, propio de las películas de terror más truculentas. Al comprobar ambos cónyuges que la pequeña había fallecido, decidieron arrojar su cadáver a un cubo de la basura próximo a su domicilio. El cuerpo sería depositado allí por Luis Piñón, quien para disimular lo que arrojaba a la basura, tiró a la niña metida en una bolsa de plástico, junto con otros envases de similar material.

La cosa no quedaría ahí. Al día siguiente decidieron denunciar la desaparición de la pequeña ante las autoridades, aunque inmediatamente serían descubiertos al aparecer los restos mortales de la pequeña en un contenedor. Debido a que ya eran conocidos los antecedentes y el comportamiento de los adultos con los que convivía, inmediatamente se procedería a su detención, lo que ocasionaría la lógica indignación y consternación en el municipio que baña el río Arenteiro. De hecho, los servicios sociales ya habían advertido a la progenitora de la criatura con la posibilidad de retirarle la custodia de los tres menores que tenía a su cargo. Incluso, en el momento en que era conducido el supuesto autor de la muerte de la criatura hasta los juzgados, sería agredido por los familiares del padre biológico de Érika, quienes, llenos de desazón y rabia, solicitaban que tanto él como Ana María fuesen juzgados en la plaza del pueblo, que ya ellos se encargarían de dictar justicia.

36 y 34 años de cárcel

En enero del año 2006, algo más de dos años y medio después de haberse cometido el brutal crimen, se juzgaba en la Audiencia Provincial de Ourense a los dos encausados. El juicio estuvo plagado de una gran tensión. Además, se producirían las lógicas contradicciones y mutuas acusaciones de ambos encausados, quienes se responsabilizan mutuamente de haber provocado la muerte de la pequeña. En sus conclusiones finales, apoyados por unos concluyentes informes forenses, los magistrados condenarían a la pena de 36 años a Ana María García Salgueiro; 20 de los cuales le eran impuestos por un delito de asesinato con el concurso de agresión sexual, en concurrencia con el agravante de parentesco. Otros quince años por un delito de agresión sexual en concurso con uno de lesiones y 20 meses por delito de maltrato habitual.

Luis Piñón Montoto sería condenado a un total de 34 años y ocho meses de cárcel. De ellos, 18 años correspondían a un delito de asesinato en concurso con el de agresión sexual, en tanto que otros quince años le eran impuestos por un delito de agresión sexual, en concurso con un delito de lesiones y 20 meses, al igual que había ocurrido con su compañera, correspondían al maltrato habitual al que había sido sometido la pequeña. De esto último darían cumplida cuenta los forense que le practicaron la autopsia al afirmar que la criatura “ya estaba acostumbrada a sufrir”.

La Audiencia les impuso asimismo una responsabilidad civil conjunta de 60.000 euros con la que debían indemnizar al padre de la pequeña, en tanto que cada uno de sus dos hermanos -ambos menores de edad- deberían ser resarcidos con 15.000 euros cada uno. Por las faltas de lesiones les impusieron una sanción de seis euros diarios durante treinta días.

En la redacción de la sentencia se destacaba que la madre era conocedora de los malos tratos que les proporcionaba el padrastro a sus hijos, así como que consentía las constantes vejaciones a las que eran sometidos los tres menores, al tiempo que calificaba su actitud de autoritaria y exigente con los pequeños.

Reducción de condena

Poco más de un año después de hacerse pública la sentencia, el Tribunal Supremo absolvía a la madre de los pequeños del delito se beneficiaba de la absolución del delito de agresión sexual en concurso con el de lesiones, quedando reducida en quince años su permanencia en la prisión. Ana María García Salgueiro “solo” tendría que cumplir 21 años por un delito de asesinato en concurso con el de agresión.

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Tres crímenes de los años ochenta sin resolver en A Coruña

A Ponte Pasaxe, dónde se encontró una de las víctimas

Que la policía no es tonta es una expresión convertida poco menos que en un axioma para quienes estudian el mundo de la criminología. Hay decenas de sucesos que tardan algún tiempo en esclarecerse. Algunos de ellos, incluso más de una década. Y los delincuentes terminan en el sitio que les corresponde, que no es otro que la cárcel. Pues es de justicia que paguen sus execrables hechos que enervan y descorazonan a la sociedad en la que viven. Sin embargo, hay casos en los que los criminales se salen con la suya, burlando la actuación de los tribunales encargados de sentenciarlos. Sus casos pasan a engrosar los archivos de las comisarías y juzgados sin que jamás paguen por tan horribles fechorías, perturbando de sobremanera a la sociedad que asiste impotente a un acto de extrema vileza sin que nadie hayan pagado justamente por un crimen o un hecho de capital importancia.

Nunca se sabe con exactitud lo que pasa cuando un suceso no ha sido resuelto, máxime cuando se trata de un crimen. Hay quien dice que falla la investigación o, incluso, que ha sido contaminado el lugar de autos. También se dice que no hay un crimen perfecto, pero algunos sucumben ante la impericia de los investigadores. Son fundamentales las primeras horas y días a la hora de resolver un asesinato. Es cierto. Nadie lo pone en duda. Pero, a veces los investigadores encuentran algún atasco que impide que su labor llegue a buen fin.

En la década de los ochenta del pasado siglo hasta un total de tres crímenes, en los que fueron asesinadas otras tantas personas han quedado sin resolver en A Coruña. No guardan ninguna relación entre sí. Lo único que tienen en común es que permanecen archivados en las dependencias de las comisarías o los archivos de los juzgados, durmiendo un sueño eterno que jamás debiese ser tal. Probablemente ya hayan prescrito, a menos que los familiares de las víctimas hubiesen solicitado nuevas actuaciones judiciales, ya que en este caso podrían estar archivados, pero no prescritos, pese a haber transcurrido ya más de 30 años.

El crimen de A Pasaxe

Un brutal suceso consternaría a la ciudad herculina en la invernal mañana del 28 de enero de 1988. En aquella jornada aparecía una joven de 33 años, Cristina Ares, malherida pero con constantes vitales, en medio de unos abundantes zarzales de próximos a la coruñesa Ponte Pasaxe. La muchacha, que se encontraba enroscada sobre si misma, desnuda de la cintura para arriba, todavía respiraba, al tiempo que al su alrededor había un impresionante charco sangre que procedía de su propio cuerpo, consecuencia de las lesiones que se había producido al caer por un terraplén de varios metros de desnivel. Inmediatamente fue trasladada al Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña, en el que fallecería tres días más tarde a raíz de las gravísimas heridas que sufría.

En aquel entonces, el informe forense desveló que la probable hipótesis de que Cristina Ares hubiese sido agredida por alguien que le propinó grandes puñetazos en el rostro, a consecuencia de los cuales se precipitaría por el desnivel en el que se encontraba. En su trágica caída la joven tendría el infortunio de batir con la cabeza sobre una piedra, lo que terminaría por provocar su muerte, al provocarle una importante hemorragia.

En la reconstrucción de los hechos, se supo que el día anterior a ser encontrada, la joven descendió de un taxi, en compañía de un perrito, en la gasolinera del hospital materno infantil coruñés, sin otra compañía. Del animal, jamás se volvió a tener noticia alguna. La policía empezó a investigar a un joven, al que había visto merodear por la zona, pero que inmediatamente se esfumó de la zona. La falta de pruebas y testigos que hubiesen visto en sus últimos momentos a la joven coruñesa fue razón suficiente para que se diese carpetazo a tan triste suceso.

El crimen del Mesón

En el mismo año 1988, concretamente en la madrugada del 15 de septiembre, un ratero hizo su entrada en un mesón de la Avenida de Oza, denominada por aquel entonces General Sanjurjo. En su intento por derribar un acceso de entrada provocó un gran estruendo lo que ocasionaría, a su vez, que se despertase un policía que vivía en una vivienda aledaña. El agente tomó su arma reglamentaria con la finalidad de intimidar al ladrón, pero en el momento en que iba a efectuar un disparo al aire se le encasquilló la pistola. Este contratiempo sería aprovechado por el ratero para asestarle una puñalada en el corazón, que le provocaría la muerte prácticamente de forma instantánea al policía.

El caso podría resultar aparentemente fácil de resolver, dado que se sospechaba que era un delincuente común que buscaba alguna cantidad de dinero. Además, el hijo del policía asesinado pudo aportar algunos detalles acerca del criminal, tales su aspecto físico. Se sabía que era un muchacho de complexión delgada y pelo castaño y corto, que habría dejado otras huellas en el lugar de autos. Sin embargo, pese a la descripción aportada por el vástago de la víctima, el caso no pudo llegar a buen termino jamás.

La enfermera asesinada

También en el área metropolitana de A Coruña, concretamente en el vecino municipio de Bergondo, unos niños que se encontraban jugando en las inmediaciones del Pazo de Mariñán, se sorprendieron al ver un coche completamente calcinado el día 9 de diciembre de 1989. La curiosidad infantil les llevó a inspeccionar aquel misterioso vehículo que se encontraba en tan deplorable estado, llegando a abrir su maletero, en el que se encontrarían con la desagradable sorpresa de hallar unos restos humanos que se encontraban completamente calcinados.

Una vez informadas las fuerzas de seguridad del macabro hallazgo, y una vez realizadas las oportunas investigaciones forenses, se determinó que aquellos restos humanos pertenecían a una mujer de 40 años, Manuela Gil Ábalo, quien hacía un mes que había desaparecido sin que se tuviese ninguna noticia de su paradero. La mujer trabajaba como enfermera en la vecina localidad de Miño, distante 30 kilómetros de la capital herculina.

En este desgraciado suceso se volvieron a barajar muchas hipótesis, aunque ninguna de ellas contribuiría a la resolución satisfactoria del caso. La principal apuntaba a que el hecho pudiese haber sido obra de algún drogodependiente dado que la enfermera tenía acceso a las recetas y en algún momento dado se habría negado a proporcionárselas. Sin embargo, no dejaban de ser meras conjeturas o suposiciones, sin que pudiesen ser verificadas. Al igual que los otros dos casos, este truculento suceso también pasaría a engrosar la larga lista de crímenes sin resolver que se acumulan en comisarías y juzgados y, al igual que los otros dos, probablemente prescrito.

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Un tórax humano en la desembocadura del río Lagares

Pocas veces se encontraría algún pescador con una sorpresa tan desagradable como le sucedió a un aficionado a la pesca deportiva al percatarse que con su anzuelo no había capturado precisamente un pez. Eran unos restos humanos, concretamente un tórax, que se habían enganchado al arpón de su caña de pescar. Ocurría en la jornada del 17 de abril del año 2000. Inmediatamente después de tan macabra captura, puso en conocimiento de la Policía el truculento hallazgo. Los investigadores se encontraron ante sí con una ardua tarea, que tardarían varios meses en desenmarañar.

Transcurridos ya seis meses de tan desagradable suceso, después de haber realizado las oportunas comprobaciones, los investigadores, con la inestimable ayuda de los forenses, comprobaron que aquellos restos humanos pertenecían a un varón joven, de 22 años de edad, que vivía en la comarca de las Rías Baixas desde hacía ya algún tiempo, aunque era originario de la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Se llamaba Jesús Enrique Fernández Romero, quien -a pesar de su juventud- era un viejo conocido de las fuerzas de seguridad por sus múltiples antecedentes policiales. La joven con la que convivía, Rosario Beatriz Montes, había denunciado su desaparición el mismo mes en que fue hallado su cuerpo, cuatro días después de haberse perpetrado el crimen que le costó la vida. La víctima y su novia eran padres de una niña de apenas dos años de edad.

Botín de robo

Los hechos, según la reconstrucción policial, se inician a raíz de un suculento botín de un robo con fuerza que había perpetrado la víctima en el que podría haberse hecho con la nada despreciable cantidad de 1.800.000 pesetas(10.800 euros al cambio actual). Supuestamente, José Enrique Fernández se habría negado a entregar la parte proporcional de este preciado botín a su compañera, por lo que esta habría contratado unos sicarios para que le diesen muerte a su cónyuge. Para ello, siempre según el testimonio policial, le habría pagado hasta 300.000 pesetas (1.800 euros actuales) a una camarilla compuesta por los hermanos Isaac y César Valderrama y Juan José Galera Ares, quienes, presuntamente, darían muerte al joven madrileño.

Los hechos habrían tenido lugar en la localidad pontevedresa de O Porriño, cercana a la ciudad de Vigo en la madrugada del 8 de abril del año 2000. Según deducciones efectuadas por la policía, previas al juicio, Beatriz Montes habría dejado la puerta de su vivienda abierta para que pudiesen entrar los presuntos sicarios. Estos se habrían servido de una manta que anudarían al cuello de José Enrique Fernández, quien habría fallecido como consecuencia de asfixia o estrangulamiento.

Posteriormente se les plantearía un problema muy grave, que no era otro que el deshacerse del cuerpo de la víctima. En un principio, habrían procedido a incinerarlo, quemando el cadáver de una manera artesanal, pues al parecer el tórax hallado en Rande presentaba evidentes signos de haber sido chamuscado. Sin embargo, debido a las dificultades que se les planteaban, decidieron descuartizarlo seccionándolo en varios trozos, ayudados para ello de una sierra eléctrica. Finalmente, habrían introducido el cuerpo, ya seccionado, en varias bolsas de plástico que depositarían en la desembocadura del río Lagares, aprovechando para ello las mareas vivas. De hecho, un equipo de hombres-rana se desplazaría hasta el lugar para intentar hallar más restos, sin obtener el éxito deseado.

Absolución

Casi dos años más tarde de haberse identificado el cuerpo de Jesús Enrique Fernández Romero, se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio contra los cuatro acusados de haberle dado muerte. Su novia, los dos hermanos Valderrama y Juan José Galera. El fiscal solicitaba importantes penas de prisión para los encausados, a quienes acusaba de un delito de asesinato con alevosía, así como a la indemnización de 120.000 euros para la única hija de la víctima.

La sorpresa en este caso vendría dada por la decisión de los miembros del jurado que se encargaban de dilucidar la culpabilidad o inocencia de los procesados. Los siete miembros, por unanimidad, decidían absolver a los cuatro acusados, quienes, tras pasar dos años en prisión provisional, quedarían libres de cualquier responsabilidad, ya que el jurado entendió que no se les podía acusar del crimen, algo que, al parecer, el fiscal no lo tenía tan claro.

Esta sentencia fue una de las más controvertidas de la historia reciente, siendo rebatida por distintos profesionales, tanto de la propia judicatura como de la policía, quienes pusieron en duda la decisión del jurado. Unos días más tarde de conocerse el veredicto, un hermano de José Enrique Fernández, que se encontraba en prisión, amenazaba con tomarse la justicia por su mano en una carta dirigida a sus familiares, ya que había coincidido con uno de los hermanos Valderrama en el Penal del Puerto de Santa María.

Como consecuencia de esta controvertida sentencia, este caso ha pasado a formar parte de los muchos crímenes que se encuentran sin resolver en Galicia y en el resto de España. Dado el tiempo que ya ha transcurrido, es muy probable que este desgraciado suceso prescriba en la más absoluta impunidad.

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La enigmática desaparición del pesquero gallego “Montrove”

El mundo de la mar suele deparar grandes sorpresas y son todavía muchos los enigmas que se encierran bajo sus aguas. Algunos llegan al extremo de resultar poco menos que inexplicables. Un buen ejemplo de ello lo constituye, sin duda de ningún tipo, el pesquero gallego “Montrove”, desaparecido en aguas del banco canario-sahariano sin que jamás se hubiese tenido noticia alguna sobre cual pudo haber sido su fatal destino. No faltaron especulaciones, teorías conspirativas, rumores falsos e interesados, así como todo tipo de comentarios sobre qué pudo haber pasado aquel ya lejano 19 de julio de 1984, fecha en la que era avistado por última vez.

El “Montrove” llevaba a bordo una tripulación compuesta por 16 hombres, un patrón, dos oficiales de máquinas, un contramaestre, dos engrasadores, un cocinero y nueve marineros, dos de ellos de nacionalidad marroquí, tal y como estipulaba el tratado pesquero que mantenía el Gobierno de Felipe González con el reino alauita. La tripulación estaba considerada suficiente para manejar un barco de 243 toneladas de registro bruto -111 neto- y 37,16 metros de eslora. Transportaban con ellos víveres suficientes para hacer frente a una marea de 60 días. Sin embargo, el buque gallego no regresaría jamás. Lo peor de todo es que nunca se ha encontrado ni el más mínimo vestigio, ni siquiera un rastro de gasóleo, que pudiese ofrecer alguna pista sobre su hipotético destino, que terminaría por convertirse en un misterio, con mayúsculas, en toda regla.

Los últimos barcos que avistaron al buque gallego desaparecido fueron el “Borneira”, también gallego, y el “Mar Rojo”, quienes pudieron divisarlo al sur de la península grancanaria de Gando en jornadas posteriores a su partida del puerto allí emplazado, en el que el “Montrove” había descargado 70 toneladas de pescado. Sin embargo, la alarma entre las familias de su tripulación, que era prácticamente toda ella de la penísula gallega de O Morrazo, empezaría a cundir a partir del 10 de agosto de aquel año, 1984. En esa fecha se tenía noticia del hundimiento del barco onubense Islamar III, pereciendo los 26 tripulantes que iban a bordo.

Radiobaliza inactiva

A quienes conocen a fondo el mundo del mar les sorprendió de sobremanera que no hubiese saltado su radiobaliza con la que iba equipado, puesto que no llegó a dispararse. A todo ello se unían otras circunstancias que no dejaban de ahondar en el misterio de la desaparición del “Montrove”, tales como el buen tiempo que hacía en las jornadas posteriores a su salida de Gando. Tampoco se tuvieron noticias a través de su aparato de radio, a lo que un marinero que no había embarcado, pero que era un habitual componente de su tripulación, le restó importancia, pues al parecer el patrón no solía hacer comunicaciones hasta 20 días después de iniciada la marea.

Es a partir de ese momento tan incierto cuando comienzan las especulaciones y las más diversas teorías, ninguna de ellas acertada, incluso alguna completamente disparatada. Tal fue el caso de la divulgada por el archiconocido programa de los hombres de la mar, “Onda Pesquera”, según la cual el barco gallego había estado cargando armas en el puerto argelino de Beni Saif. También se aprovecharon de la tragedia ajena las pitonisas y videntes, quienes aseguraban saber dónde se encontraba el pecio del pesquero gallego, que se convertiría en una buena pieza para los programas y espacios de misterio, aunque jamás pudiesen revelar el auténtico rumbo que había tomado el barco, que mismo parecía que se lo había succionado el mar. Tras él, quedaba la poco menos que eterna incertidumbre en la que se veían sumidas más de una decena de familias gallegas, que perdieron a sus seres queridos en las profundas aguas de los océanos,

Una de las primeras teorías que se desechó fue que el barco fuese apresado por el Frente Polisario, el Movimiento de Liberación del Sahara Occidental, pues desde hacía cuatro años por aquel entonces había desechado tales prácticas. En un principio se barajó la hipótesis de que el barco se hubiese ido a la deriva en algún punto marítimo desconocido, aunque iría perdiendo fuerza con el paso del tiempo o también que hubiese perdido su sistema de radiofonía por razones desconocidas. Sea como fuere, lo cierto es que el barco jamás apareció, convirtiéndose su desaparición en algo más enigmático que el famoso Triángulo de las Bermudas.

300 aviones

Hasta un total de 300 aviones serían movilizados para proseguir la búsqueda del “Montrove”, pero sin obtener pista fiable alguna. De la misma forma, se trasladarían al área dónde se ubicaba la supuesta desaparición del “Montrove” agentes del CESID, quienes nada pudieron aportar tampoco en este enigmático y desgraciado suceso. Incluso se llegó a hablar de que miembros de este último cuerpo se desplazaban a veranear a la localidad pontevedresa de Bueu, en la Península del Morrazo, de dónde procedía gran parte de su tripulación. Tampoco faltaron curiosas anécdotas, más propias del humor negro que del mundo de la mar, tal fue el caso de un alto cargo de la Administración central que llegó a preguntar si el buque desaparecido era de hierro o de madera. No deja de ser curioso y tiene unos ciertos tintes de chiste macabro o malintencionado.

Cuando nos encaminamos a la cuarta década de la desaparición del “Montrove”, lo único cierto es que jamás llegó a haber una pista cierta del pesquero gallego desaparecido. Ni siquiera fue recuperado el cuerpo de alguno de sus tripulantes, lo que pudiese haber proporcionado un mínimo rastro de lo que se supone que fue su trágico destino. No faltaron a su cita las meigas, los adivinos y otro tipo de vividores que se lucran de la incertidumbre y la tragedia ajena. La enigmática suerte que corrió el buque gallego nos lleva a la consabida expresión, muy popular en tierras gallegas, de “eu non creo nas meigas, pero habelas hainas”. Pero ni siquiera esos míticos seres, que sirvieron para asustar a infinidad de generaciones de gallegos, son capaces de acercar una explicación mínimamente razonable sobre el rumbo que tomó el “Montrove” en aquel ya lejano mes de julio del año 1984.

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