Tres crímenes de los años ochenta sin resolver en A Coruña

A Ponte Pasaxe, dónde se encontró una de las víctimas

Que la policía no es tonta es una expresión convertida poco menos que en un axioma para quienes estudian el mundo de la criminología. Hay decenas de sucesos que tardan algún tiempo en esclarecerse. Algunos de ellos, incluso más de una década. Y los delincuentes terminan en el sitio que les corresponde, que no es otro que la cárcel. Pues es de justicia que paguen sus execrables hechos que enervan y descorazonan a la sociedad en la que viven. Sin embargo, hay casos en los que los criminales se salen con la suya, burlando la actuación de los tribunales encargados de sentenciarlos. Sus casos pasan a engrosar los archivos de las comisarías y juzgados sin que jamás paguen por tan horribles fechorías, perturbando de sobremanera a la sociedad que asiste impotente a un acto de extrema vileza sin que nadie hayan pagado justamente por un crimen o un hecho de capital importancia.

Nunca se sabe con exactitud lo que pasa cuando un suceso no ha sido resuelto, máxime cuando se trata de un crimen. Hay quien dice que falla la investigación o, incluso, que ha sido contaminado el lugar de autos. También se dice que no hay un crimen perfecto, pero algunos sucumben ante la impericia de los investigadores. Son fundamentales las primeras horas y días a la hora de resolver un asesinato. Es cierto. Nadie lo pone en duda. Pero, a veces los investigadores encuentran algún atasco que impide que su labor llegue a buen fin.

En la década de los ochenta del pasado siglo hasta un total de tres crímenes, en los que fueron asesinadas otras tantas personas han quedado sin resolver en A Coruña. No guardan ninguna relación entre sí. Lo único que tienen en común es que permanecen archivados en las dependencias de las comisarías o los archivos de los juzgados, durmiendo un sueño eterno que jamás debiese ser tal. Probablemente ya hayan prescrito, a menos que los familiares de las víctimas hubiesen solicitado nuevas actuaciones judiciales, ya que en este caso podrían estar archivados, pero no prescritos, pese a haber transcurrido ya más de 30 años.

El crimen de A Pasaxe

Un brutal suceso consternaría a la ciudad herculina en la invernal mañana del 28 de enero de 1988. En aquella jornada aparecía una joven de 33 años, Cristina Ares, malherida pero con constantes vitales, en medio de unos abundantes zarzales de próximos a la coruñesa Ponte Pasaxe. La muchacha, que se encontraba enroscada sobre si misma, desnuda de la cintura para arriba, todavía respiraba, al tiempo que al su alrededor había un impresionante charco sangre que procedía de su propio cuerpo, consecuencia de las lesiones que se había producido al caer por un terraplén de varios metros de desnivel. Inmediatamente fue trasladada al Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña, en el que fallecería tres días más tarde a raíz de las gravísimas heridas que sufría.

En aquel entonces, el informe forense desveló que la probable hipótesis de que Cristina Ares hubiese sido agredida por alguien que le propinó grandes puñetazos en el rostro, a consecuencia de los cuales se precipitaría por el desnivel en el que se encontraba. En su trágica caída la joven tendría el infortunio de batir con la cabeza sobre una piedra, lo que terminaría por provocar su muerte, al provocarle una importante hemorragia.

En la reconstrucción de los hechos, se supo que el día anterior a ser encontrada, la joven descendió de un taxi, en compañía de un perrito, en la gasolinera del hospital materno infantil coruñés, sin otra compañía. Del animal, jamás se volvió a tener noticia alguna. La policía empezó a investigar a un joven, al que había visto merodear por la zona, pero que inmediatamente se esfumó de la zona. La falta de pruebas y testigos que hubiesen visto en sus últimos momentos a la joven coruñesa fue razón suficiente para que se diese carpetazo a tan triste suceso.

El crimen del Mesón

En el mismo año 1988, concretamente en la madrugada del 15 de septiembre, un ratero hizo su entrada en un mesón de la Avenida de Oza, denominada por aquel entonces General Sanjurjo. En su intento por derribar un acceso de entrada provocó un gran estruendo lo que ocasionaría, a su vez, que se despertase un policía que vivía en una vivienda aledaña. El agente tomó su arma reglamentaria con la finalidad de intimidar al ladrón, pero en el momento en que iba a efectuar un disparo al aire se le encasquilló la pistola. Este contratiempo sería aprovechado por el ratero para asestarle una puñalada en el corazón, que le provocaría la muerte prácticamente de forma instantánea al policía.

El caso podría resultar aparentemente fácil de resolver, dado que se sospechaba que era un delincuente común que buscaba alguna cantidad de dinero. Además, el hijo del policía asesinado pudo aportar algunos detalles acerca del criminal, tales su aspecto físico. Se sabía que era un muchacho de complexión delgada y pelo castaño y corto, que habría dejado otras huellas en el lugar de autos. Sin embargo, pese a la descripción aportada por el vástago de la víctima, el caso no pudo llegar a buen termino jamás.

La enfermera asesinada

También en el área metropolitana de A Coruña, concretamente en el vecino municipio de Bergondo, unos niños que se encontraban jugando en las inmediaciones del Pazo de Mariñán, se sorprendieron al ver un coche completamente calcinado el día 9 de diciembre de 1989. La curiosidad infantil les llevó a inspeccionar aquel misterioso vehículo que se encontraba en tan deplorable estado, llegando a abrir su maletero, en el que se encontrarían con la desagradable sorpresa de hallar unos restos humanos que se encontraban completamente calcinados.

Una vez informadas las fuerzas de seguridad del macabro hallazgo, y una vez realizadas las oportunas investigaciones forenses, se determinó que aquellos restos humanos pertenecían a una mujer de 40 años, Manuela Gil Ábalo, quien hacía un mes que había desaparecido sin que se tuviese ninguna noticia de su paradero. La mujer trabajaba como enfermera en la vecina localidad de Miño, distante 30 kilómetros de la capital herculina.

En este desgraciado suceso se volvieron a barajar muchas hipótesis, aunque ninguna de ellas contribuiría a la resolución satisfactoria del caso. La principal apuntaba a que el hecho pudiese haber sido obra de algún drogodependiente dado que la enfermera tenía acceso a las recetas y en algún momento dado se habría negado a proporcionárselas. Sin embargo, no dejaban de ser meras conjeturas o suposiciones, sin que pudiesen ser verificadas. Al igual que los otros dos casos, este truculento suceso también pasaría a engrosar la larga lista de crímenes sin resolver que se acumulan en comisarías y juzgados y, al igual que los otros dos, probablemente prescrito.

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Un tórax humano en la desembocadura del río Lagares

Pocas veces se encontraría algún pescador con una sorpresa tan desagradable como le sucedió a un aficionado a la pesca deportiva al percatarse que con su anzuelo no había capturado precisamente un pez. Eran unos restos humanos, concretamente un tórax, que se habían enganchado al arpón de su caña de pescar. Ocurría en la jornada del 17 de abril del año 2000. Inmediatamente después de tan macabra captura, puso en conocimiento de la Policía el truculento hallazgo. Los investigadores se encontraron ante sí con una ardua tarea, que tardarían varios meses en desenmarañar.

Transcurridos ya seis meses de tan desagradable suceso, después de haber realizado las oportunas comprobaciones, los investigadores, con la inestimable ayuda de los forenses, comprobaron que aquellos restos humanos pertenecían a un varón joven, de 22 años de edad, que vivía en la comarca de las Rías Baixas desde hacía ya algún tiempo, aunque era originario de la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Se llamaba Jesús Enrique Fernández Romero, quien -a pesar de su juventud- era un viejo conocido de las fuerzas de seguridad por sus múltiples antecedentes policiales. La joven con la que convivía, Rosario Beatriz Montes, había denunciado su desaparición el mismo mes en que fue hallado su cuerpo, cuatro días después de haberse perpetrado el crimen que le costó la vida. La víctima y su novia eran padres de una niña de apenas dos años de edad.

Botín de robo

Los hechos, según la reconstrucción policial, se inician a raíz de un suculento botín de un robo con fuerza que había perpetrado la víctima en el que podría haberse hecho con la nada despreciable cantidad de 1.800.000 pesetas(10.800 euros al cambio actual). Supuestamente, José Enrique Fernández se habría negado a entregar la parte proporcional de este preciado botín a su compañera, por lo que esta habría contratado unos sicarios para que le diesen muerte a su cónyuge. Para ello, siempre según el testimonio policial, le habría pagado hasta 300.000 pesetas (1.800 euros actuales) a una camarilla compuesta por los hermanos Isaac y César Valderrama y Juan José Galera Ares, quienes, presuntamente, darían muerte al joven madrileño.

Los hechos habrían tenido lugar en la localidad pontevedresa de O Porriño, cercana a la ciudad de Vigo en la madrugada del 8 de abril del año 2000. Según deducciones efectuadas por la policía, previas al juicio, Beatriz Montes habría dejado la puerta de su vivienda abierta para que pudiesen entrar los presuntos sicarios. Estos se habrían servido de una manta que anudarían al cuello de José Enrique Fernández, quien habría fallecido como consecuencia de asfixia o estrangulamiento.

Posteriormente se les plantearía un problema muy grave, que no era otro que el deshacerse del cuerpo de la víctima. En un principio, habrían procedido a incinerarlo, quemando el cadáver de una manera artesanal, pues al parecer el tórax hallado en Rande presentaba evidentes signos de haber sido chamuscado. Sin embargo, debido a las dificultades que se les planteaban, decidieron descuartizarlo seccionándolo en varios trozos, ayudados para ello de una sierra eléctrica. Finalmente, habrían introducido el cuerpo, ya seccionado, en varias bolsas de plástico que depositarían en la desembocadura del río Lagares, aprovechando para ello las mareas vivas. De hecho, un equipo de hombres-rana se desplazaría hasta el lugar para intentar hallar más restos, sin obtener el éxito deseado.

Absolución

Casi dos años más tarde de haberse identificado el cuerpo de Jesús Enrique Fernández Romero, se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio contra los cuatro acusados de haberle dado muerte. Su novia, los dos hermanos Valderrama y Juan José Galera. El fiscal solicitaba importantes penas de prisión para los encausados, a quienes acusaba de un delito de asesinato con alevosía, así como a la indemnización de 120.000 euros para la única hija de la víctima.

La sorpresa en este caso vendría dada por la decisión de los miembros del jurado que se encargaban de dilucidar la culpabilidad o inocencia de los procesados. Los siete miembros, por unanimidad, decidían absolver a los cuatro acusados, quienes, tras pasar dos años en prisión provisional, quedarían libres de cualquier responsabilidad, ya que el jurado entendió que no se les podía acusar del crimen, algo que, al parecer, el fiscal no lo tenía tan claro.

Esta sentencia fue una de las más controvertidas de la historia reciente, siendo rebatida por distintos profesionales, tanto de la propia judicatura como de la policía, quienes pusieron en duda la decisión del jurado. Unos días más tarde de conocerse el veredicto, un hermano de José Enrique Fernández, que se encontraba en prisión, amenazaba con tomarse la justicia por su mano en una carta dirigida a sus familiares, ya que había coincidido con uno de los hermanos Valderrama en el Penal del Puerto de Santa María.

Como consecuencia de esta controvertida sentencia, este caso ha pasado a formar parte de los muchos crímenes que se encuentran sin resolver en Galicia y en el resto de España. Dado el tiempo que ya ha transcurrido, es muy probable que este desgraciado suceso prescriba en la más absoluta impunidad.

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La enigmática desaparición del pesquero gallego “Montrove”

El mundo de la mar suele deparar grandes sorpresas y son todavía muchos los enigmas que se encierran bajo sus aguas. Algunos llegan al extremo de resultar poco menos que inexplicables. Un buen ejemplo de ello lo constituye, sin duda de ningún tipo, el pesquero gallego “Montrove”, desaparecido en aguas del banco canario-sahariano sin que jamás se hubiese tenido noticia alguna sobre cual pudo haber sido su fatal destino. No faltaron especulaciones, teorías conspirativas, rumores falsos e interesados, así como todo tipo de comentarios sobre qué pudo haber pasado aquel ya lejano 19 de julio de 1984, fecha en la que era avistado por última vez.

El “Montrove” llevaba a bordo una tripulación compuesta por 16 hombres, un patrón, dos oficiales de máquinas, un contramaestre, dos engrasadores, un cocinero y nueve marineros, dos de ellos de nacionalidad marroquí, tal y como estipulaba el tratado pesquero que mantenía el Gobierno de Felipe González con el reino alauita. La tripulación estaba considerada suficiente para manejar un barco de 243 toneladas de registro bruto -111 neto- y 37,16 metros de eslora. Transportaban con ellos víveres suficientes para hacer frente a una marea de 60 días. Sin embargo, el buque gallego no regresaría jamás. Lo peor de todo es que nunca se ha encontrado ni el más mínimo vestigio, ni siquiera un rastro de gasóleo, que pudiese ofrecer alguna pista sobre su hipotético destino, que terminaría por convertirse en un misterio, con mayúsculas, en toda regla.

Los últimos barcos que avistaron al buque gallego desaparecido fueron el “Borneira”, también gallego, y el “Mar Rojo”, quienes pudieron divisarlo al sur de la península grancanaria de Gando en jornadas posteriores a su partida del puerto allí emplazado, en el que el “Montrove” había descargado 70 toneladas de pescado. Sin embargo, la alarma entre las familias de su tripulación, que era prácticamente toda ella de la penísula gallega de O Morrazo, empezaría a cundir a partir del 10 de agosto de aquel año, 1984. En esa fecha se tenía noticia del hundimiento del barco onubense Islamar III, pereciendo los 26 tripulantes que iban a bordo.

Radiobaliza inactiva

A quienes conocen a fondo el mundo del mar les sorprendió de sobremanera que no hubiese saltado su radiobaliza con la que iba equipado, puesto que no llegó a dispararse. A todo ello se unían otras circunstancias que no dejaban de ahondar en el misterio de la desaparición del “Montrove”, tales como el buen tiempo que hacía en las jornadas posteriores a su salida de Gando. Tampoco se tuvieron noticias a través de su aparato de radio, a lo que un marinero que no había embarcado, pero que era un habitual componente de su tripulación, le restó importancia, pues al parecer el patrón no solía hacer comunicaciones hasta 20 días después de iniciada la marea.

Es a partir de ese momento tan incierto cuando comienzan las especulaciones y las más diversas teorías, ninguna de ellas acertada, incluso alguna completamente disparatada. Tal fue el caso de la divulgada por el archiconocido programa de los hombres de la mar, “Onda Pesquera”, según la cual el barco gallego había estado cargando armas en el puerto argelino de Beni Saif. También se aprovecharon de la tragedia ajena las pitonisas y videntes, quienes aseguraban saber dónde se encontraba el pecio del pesquero gallego, que se convertiría en una buena pieza para los programas y espacios de misterio, aunque jamás pudiesen revelar el auténtico rumbo que había tomado el barco, que mismo parecía que se lo había succionado el mar. Tras él, quedaba la poco menos que eterna incertidumbre en la que se veían sumidas más de una decena de familias gallegas, que perdieron a sus seres queridos en las profundas aguas de los océanos,

Una de las primeras teorías que se desechó fue que el barco fuese apresado por el Frente Polisario, el Movimiento de Liberación del Sahara Occidental, pues desde hacía cuatro años por aquel entonces había desechado tales prácticas. En un principio se barajó la hipótesis de que el barco se hubiese ido a la deriva en algún punto marítimo desconocido, aunque iría perdiendo fuerza con el paso del tiempo o también que hubiese perdido su sistema de radiofonía por razones desconocidas. Sea como fuere, lo cierto es que el barco jamás apareció, convirtiéndose su desaparición en algo más enigmático que el famoso Triángulo de las Bermudas.

300 aviones

Hasta un total de 300 aviones serían movilizados para proseguir la búsqueda del “Montrove”, pero sin obtener pista fiable alguna. De la misma forma, se trasladarían al área dónde se ubicaba la supuesta desaparición del “Montrove” agentes del CESID, quienes nada pudieron aportar tampoco en este enigmático y desgraciado suceso. Incluso se llegó a hablar de que miembros de este último cuerpo se desplazaban a veranear a la localidad pontevedresa de Bueu, en la Península del Morrazo, de dónde procedía gran parte de su tripulación. Tampoco faltaron curiosas anécdotas, más propias del humor negro que del mundo de la mar, tal fue el caso de un alto cargo de la Administración central que llegó a preguntar si el buque desaparecido era de hierro o de madera. No deja de ser curioso y tiene unos ciertos tintes de chiste macabro o malintencionado.

Cuando nos encaminamos a la cuarta década de la desaparición del “Montrove”, lo único cierto es que jamás llegó a haber una pista cierta del pesquero gallego desaparecido. Ni siquiera fue recuperado el cuerpo de alguno de sus tripulantes, lo que pudiese haber proporcionado un mínimo rastro de lo que se supone que fue su trágico destino. No faltaron a su cita las meigas, los adivinos y otro tipo de vividores que se lucran de la incertidumbre y la tragedia ajena. La enigmática suerte que corrió el buque gallego nos lleva a la consabida expresión, muy popular en tierras gallegas, de “eu non creo nas meigas, pero habelas hainas”. Pero ni siquiera esos míticos seres, que sirvieron para asustar a infinidad de generaciones de gallegos, son capaces de acercar una explicación mínimamente razonable sobre el rumbo que tomó el “Montrove” en aquel ya lejano mes de julio del año 1984.

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Asesina a un mendigo de Castro de Rei (Lugo) en A Coruña

La década de los sesenta fue la prodigiosa, aunque no para todo el mundo. Galicia comenzaba a dejar atrás parte de su finisecular atraso. Aún así por sus empedrados y cenagosos caminos, que eran la gran mayoría -pues la mayor parte de su población vivía en el mundo rural- circulaban todavía los viejos carros del país tirado por una yunta de vacas, en tanto que quien no emigraba se veía condenado a sobrevivir con una agricultura de subsistencia. Continuaba siendo un eterno país tradicional, anclado todavía en viejas y ancestrales costumbres que hacían presagiar un funesto futuro para la Galicia eterna, esa que todavía habitaba en masa sus enormes áreas rurales, que en la actualidad se han convertido en una caricatura del esplendor que tuvieron no hace más de 60 años.

Pese a todo, a ser una tierra atávica y con un carácter melancólico y triste, a veces sucedían cosas que alteraban ese devenir cotidiano en el que tan plácidamente se convivía en un territorio costumbrista y atávico. Las ferias y mercados, que actualmente sufren un declive imparable, solían ser el principal centro de reunión e intercambio que realizaban la mayoría de sus habitantes, además de constituir un lugar inequívoco de grandes concentraciones humanas en las que se realizaban las grandes transacciones comerciales de la época, principalmente en lo que al mundo rural se refiere.

A las ferias acudían gente de toda clase y condición. A ellas iban también muchas personas que vivían de la caridad ajena, pues era la ocasión primordial para hacerse con un dinero que, de otra manera, les resultaba poco menos que imposible de ganar. De estos eventos era incondicional un sexagenario del municipio lucense de Castro de Rei, Jesús Acevedo Rivas, quien, a pesar de tener que padecer los rigores y las inclemencias del tiempo, obtenía importantes réditos que le permitían capear el temporal. Así se deduce de lo sucedido en la jornada del 30 de septiembre de 1962, cuando apareció asesinado en un viejo camino de la ciudad de A Coruña, muy próximo al conocido “Barrio Chino”.

Una pedrada

Hemos visto en innumerables ocasiones que cualquier objeto sirve para matar. En este caso, el autor de la muerte de Jesús Acevedo utilizó una piedra con la que le propinó un brutal golpe en la cabeza, acabando con su vida casi de forma instantánea. Su asesino era un joven del municipio coruñés de Valdoviño de tan solo 19 años, Arturo Ferreiro Díaz, con quien había estado departiendo previamente en la mencionada zona de la ciudad herculina.

Se desconoce desde cuando ambos individuos mantenían amistad o relación entre ambos. Sin embargo, lo que si se sabe es que en la noche de autos, Arturo Ferreiro intervino en una disputa en la que había intervenido la víctima con otro mendigo. Al parecer, estaban discutiendo de forma acalorada por asuntos triviales en una taberna del denominado “Barrio Chino” y Jesús quiso evitar el enfrentamiento entre ambos contendientes, llevándose consigo al hombre al que luego le daría muerte.

Una vez que hubieron abandonado la taberna, quizás debido a la gran cantidad de dinero que llevaba consigo Jesús Acevedo y a los más que posibles efectos del alcohol, Arturo decidió deshacerse del por la vía más práctica y rápida, el asesinato. Así se deduce del informe policial, en el que se relataba que la víctima portaba consigo la nada despreciable cantidad de 1.500 pesetas de la época, en un tiempo en el que ganar en torno a 500 pesetas mensuales no estaba nada mal. Además, portaba consigo un saco con una importante cantidad de calderilla, si bien es cierto que no se informa a cuanto ascendía la misma. Posteriormente, el criminal entregaría todo el dinero a otro mendigo.

Aunque las pesquisas siempre fueron encaminadas hacia personas del entorno de la víctima, que se desenvolvía en ambientes marginales, tardarían hasta cinco días en dar sus frutos, cuando fue detenido el autor material del asesinato, un hombre que carecía de antecedentes, aunque se sabía que se desenvolvía por los mismos círculos de marginalidad y desarraigo en los que también hacía su vida Jesús Rivas Acevedo.

Condena

En junio del año siguiente se desarrolló el juicio por la muerte del mendigo en el “Barrio Chino” coruñés. El fiscal entendía que el desarrollo de los hechos en los que había perdido la vida Jesús Acevedo obedecían a lo que consideraba un robo con alevosía. Pese a que en aquel entonces estaba vigente la pena capital, no se hizo alusión a la misma durante el procedimiento.

Arturo Ferreiro Díaz sería sentenciado a una condena de 20 años de prisión de mayor, así como a indemnizar a los familiares del mendigo muerto con la cantidad de 100.000 pesetas.

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15 años después sigue sin resolverse el asesinato de una azafata de Vigo

Hace ya tres lustros, Galicia se conmovía por un espeluznante crimen que tenía lugar en la localidad costera de Porto do Son. Allí, en la jornada del 5 de diciembre de 2005 aparecía brutalmente asesinada la azafata viguesa María Elena Calzadilla, quien había acudido a su segunda residencia en la mañana de aquel día previo a un viaje que realizaría a las islas Canarias, con motivo de los puentes de la Constitución y la Inmaculada Concepción. Sin embargo, la mujer nunca llegaría a realizar aquel viaje. Un inesperado y atroz acontecimiento, que le costaría la vida, tuvo la culpa, truncando sus muchos proyectos de futuro a la temprana edad de tan solo 40 años. Desde entonces han sido muchas las pesquisas realizadas por la policía experta en homicidios sin que jamás diesen los frutos deseados. Según estas mismas fuentes, el asesinato fue obra de un sicario profesional a quien habría contratado un tercero para terminar con su vida. El móvil del crimen todo indica que fue de tipo pasional, a tenor de como se desarrollaron los hechos.

En aquella aciaga mañana otoñal en la que ya se vislumbraban la fiestas navideñas, María Elena acudió en su vehículo particular a la localidad de Porto do Son a arreglar algunos asuntos. Hay quien dice que también fue con la intención de normalizar también alguna documentación personal, tal y como habría relatado una amiga de la víctima, pese a que no existe constancia alguna que lo acredite. Tras recorrer los cien kilómetros que separan la ciudad olívica de Porto do Son, María Elena entró tranquilamente en su segunda vivienda, donde alguien le esperaba para proporcionarle una sorpresa que no era precisamente agradable ni nada que se le pareciese.

Detrás de la puerta

Lo que jamás pudo sospechar ni siquiera imaginar la azafata viguesa es que detrás de la puerta de su segunda residencia le esperase un criminal que no tuvo compasión alguna con ella. Su asesino le propinó un más que contundente golpe en la cabeza por sorpresa y de forma totalmente inesperada, que la dejaría -cuando menos- inconsciente, sin posibilidad de poder defenderse, tal y como se deduce del informe elaborado por los forenses que le practicaron la autopsia. Una vez inmovilizada la víctima, el criminal prosiguió con su ritual de golpes, desfigurándole el rostro y la región frontoparietal izquierda del cráneo, con la finalidad de cerciorarse de que había alcanzado su macabro objetivo. El arma utilizada en el asesinato fue algún objeto metálico de gran contundencia y grosor.

La alarma saltó a mediodía cuando un hijo de la víctima alertó a su padre de la tardanza de su madre, además de no contestar a las constantes llamadas que le realizaba al teléfono móvil. En vista de que su familiar no llegaba, el esposo de María Elena se dirigió a Porto do Son para saber a que causas se podía deber su inusual retraso, siendo él quien encontraría el cuerpo de su esposa, que se encontraba tirado a metro y medio de la entrada de la puerta de la casa en medio de un impresionante charco de sangre.

Inmediatamente después de haber descubierto el cuerpo sin vida de su esposa, avisó a las fuerzas de seguridad, quienes practicaron una primera inspección ocular en el lugar de autos. El único indicio hallado, quizás con la intención de despistar a los investigadores, fue un cristal de la cocina roto. Sin embargo, la vivienda se encontraba en perfecto estado y nada hacía presagiar que hubiese sido un asalto o un robo. No había desaparecido ninguna pertenencia ni objeto de valor, además de encontrarse casi todo el mobiliario perfectamente ordenado. Todo ello hizo sospechar a los investigadores que el crimen obedecía a otros motivos, entre los que no se descartaba el crimen pasional.

Detenciones

Debido a la gran complejidad que representaba el caso, las indagaciones en torno al mismo fueron muy complejas. La hipótesis que siempre había barajado la policía era que el crimen había sido cometido por alguien del entorno de la azafata, cuando menos que hubiese actuado por encargo. Transcurridos algo más de dos años del asesinato de María Elena, el 15 de enero de 2008 fue detenido su esposo, lo que constituyó una auténtica sorpresa, pese a que siempre había estado en el punto de mira de la policía, pues incurrió en alguna incoherencia y, además, se sospechaba que la pareja no pasaba por sus mejores momentos.

El Juzgado de Noia, que fue el que se encargó de las primeras diligencias, le obligó a reconstruir todos sus movimientos personales en la mañana de autos. La fiscalía llegó incluso a solicitar su ingreso en prisión provisional. Sin embargo, esta medida sería desestimada por parte del juez, quien -a pesar de imputarlo- lo dejaría en libertad, con la obligación de presentarse de forma quincenal en el juzgado, además de impedirle su salida del territorio nacional, viéndose en la obligación de entregar su pasaporte. Conjuntamente con él, sería detenido también un hermano suyo, si bien es cierto que este último quedaría libre sin ningún cargo, al comprobarse que no guardaba relación alguna con el desgraciado suceso.

Meses más tarde sería detenido también un compañero del marido de la víctima, ya que en la mañana de autos había estado intercambiándose llamadas con el mismo. Al igual que había ocurrido con el anterior, también quedaría en libertad al no constatarse que tuviese relación alguna con el crimen ocurrido en Porto do Son.

Sobreseimiento

Después de los largo avatares ocurridos en torno a este suceso, en junio de 2009 el juez encargado del caso decretaría su sobreseimiento. El magistrado argumentaba en su auto que no existían evidencias suficientes para que el marido de la azafata asesinada siguiese imputado. Solamente existían algunos indicios, entre ellos la crisis que sufría la pareja, aunque no era motivo suficiente para proseguir con la imputación. De la misma manera, también señalaba que no se habían producido movimientos de dinero que pudiesen dar lugar a que el encausado hubiese contratado a un sicario para terminar con la vida de su esposa, pese a que reconocía que había incurrido en algunas “incoherencias”. Los indicios, según el fiscal, no eran de naturaleza claramente incriminatoria. Pasado el tiempo, se supo que el principal encausado tenía otro teléfono móvil, que, debido al tiempo transcurrido desde el asesinato, no fue posible analizar el flujo de las llamadas.

La familia de la víctima, pese a que ya han pasado quince años, siempre ha estado luchando para que el crimen se esclareciese, negándose a que este brutal suceso quede impune, tristemente relegado al archivo de los juzgados, al igual que sucede con docenas de casos que todavía no han sido resueltos y sus autores campan tranquilamente a sus anchas.

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Arroja a sus tres hijos al vacío desde un sexto piso en Vigo y se suicida

El año 1989 fue un ejercicio de grandes sucesos en Galicia que no dejaron indiferentes a nadie o a casi nadie. En la primavera tuvo lugar la gran tragedia de Chantada, a la que seguiría un rocambolesco crimen en Monforte de Lemos y, finalmente, un trágico suceso en Vigo que pondría la guinda a un más que dramático pastel al que tan poco estaba acostumbrado una tierra tan pacífica y tranquila como la gallega. Fue un año negro en este sentido, que difícilmente olvidarían muchos gallegos, a quienes a final de ese mismo año aguardaban unas elecciones autonómicas que servirían para el desembarco de político de Manuel Fraga Iribarne, quien soñaba con retirarse en su plácido rincón del noroeste peninsular.

Recién estrenado aquel dulce otoño del último año de la década de la movida viguesa, la ciudad olívica se vería brutalmente sorprendido por un suceso que la consternaría de forma inexorable hasta extremos difícilmente sospechable. El primer día de octubre, que era domingo, un invidente, Manuel Eulogio Suárez Suárez -presa de fuertes depresiones- decidía terminar con su vida al arrojarse desde un sexto piso, sito en la céntrica calle Bolivia de Vigo. Sin embargo, en su trágico y cruel destino decidiría que le acompañasen sus tres hijos, todos ellos niños de muy corta edad, quienes pasaban con él el último día de la semana, pues en ese momento el suicida e infanticida se encontraba en trámites de separación de su esposa, circunstancia esta que muchos atribuyen a su fatal decisión.

La primera en ser arrojada al vacío fue la hija más pequeña de la pareja, Cecilia, de tan solo dos años de edad. Posteriormente, Manuel se lanzaría a la calle llevándose consigo a sus otros dos vástagos, Ignacio, de seis años; y Jorge, de cinco. Como curiosa circunstancia, cabe señalar que este último pequeño sobreviviría al terrible impacto en un primer instante, aunque horas más tarde fallecería en el Hospital Xeral Illas Cíes, de Vigo, a consecuencia de los traumatismos ocasionados por tan brutal caída.

Un incendio

Al tiempo que se produjo el fatal suceso, desde el piso que se arrojaron las cuatro víctimas, en el mismo se produjo un incendio de pequeñas dimensiones en una de las habitaciones, por lo que en un primer momento se barajó la posibilidad de que el fuego estuviese detrás de la muerte del invidente y sus tres hijos. Sin embargo, los investigadores enseguida desecharon tal probabilidad, pues se daba la circunstancia de que, en caso de que pretendiesen huir del fuego, podrían haberlo hecho por la puerta principal de la casa, ya que las llamas no la alcanzaron en ningún momento.

La hipótesis del suicidio, y consiguiente homicidio, se encontraba -según los investigadores- en la difícil situación personal que se encontraba Manuel, pues en ese momento se encontraba preparando los trámites de separación de su esposa, lo que al parecer le había provocado una gran depresión. Además, el suicida era una persona muy conocida en Vigo, pues era frecuente verlo vender cupones de la ONCE a la puerta de unos grandes almacenes muy próximos al lugar en el que se produjo el suceso.

Este trágico episodio consternaría profundamente a la sociedad gallega de la época, quien todavía no se había recuperado de la gran matanza ocurrida en la localidad lucense de Chantada hacía apenas seis meses en aquel entonces. El año 1989 escribiría una enorme página en negro en la historia reciente de Galicia, que ni siquiera el gran triunfo por mayoría absoluta de Manuel Fraga Iribarne en el mes de diciembre conseguiría relegar a un segundo plano.

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Siete muertos al precipitarse un autobús en el Alto do Covelo (Ourense)

Alto do Covelo

Hacía poco más de cuatro meses que había fallecido el anterior jefe del Estado, el general Franco. Galicia seguía caminando por la misma senda que había transitado a lo largo de cuatro décadas. Es decir, poco más hacía que moverse a paso muy lento. El cambio estribaba tan solo en el destino de la procedencia de las cartas. Ahora llegaban mayoritariamente de países europeos y de lustrosas y prometedoras ciudades que habían substituido a las que otrora procedían del llamado Nuevo Mundo. De América solo venían las de aquellos que se habían visto atrapados en la tempestad económica que había afectado a Cuba y Argentina principalmente y que seguían manteniendo muy vivos sus vínculos familiares. Era el mundo rural en el que todavía permanecía muy vivo el recuerdo de aquellos hombres que llegaban allende los mares expresándose en un fino idioma que muy pronto se convertiría en familiar en muchas aldeas y villas gallegas de la época.

En el gran y extenso territorio rural gallego siempre han permanecido muy presentes las antiguas tradiciones, muchas de las cuales se han conservado hasta nuestros días. Una de las más arraigadas es, sin duda alguna, las ferias y los mercados. Un viejo periodista conoció el país gallego haciendo las rutas que llevaban las distintas líneas regulares de autobuses que servían para trasladar viajeros de unos lugares a otros de Galicia. En algunos de ellos, principalmente los más antiguos, era todavía común que fuesen autocares mixtos. Es decir, en una parte iban los viajeros y en otra las mercancias e, incluso, ganado. Un vehículo de estas características es el protagonista de la siguiente historia ocurrida el 10 de abril de 1976 en el lugar conocido como o Alto do Covelo, en la comarca ourensana de Valdeorras.

Esa fecha se convertiría en trágica para muchas familias de tan impresionante paraje, uno de los más bellos y singulares de todo el noroeste peninsular. A las seis y media de la tarde de aquel apacible sábado primaveral se produciría uno de los siniestros que más ha marcado a la provincia de Ourense, ya que un total de siete personas perderían la vida al precipitarse el autobús en el que regresaban de un evento ferial que se había celebrado en la localidad de A Veiga do Bolo, coincidiendo con el segundo viernes de cada mes. Además, el autobús iba algo más concurrido que de costumbre por tratarse de una fecha especial, ya que era previa al domingo de Ramos y el evento atraía a muchas personas por celebrarse un día tan señalado. El vehículo siniestrado se dirigía desde el municipio en que había tenido lugar el recinto ferial con destino a A Rúa de Petín.

Terraplén de 75 metros

El vehículo, que ya contaba con una cierta antigüedad y perteneciente a la empresa “La Emprendedora” -que tiene su sede en el municipio ourensano de A Rúa, se precipitó sobre un terraplén de 75 metros en el que había un más que pronunciado desnivel entre las localidades de Castromao y Carracedo, antes de llegar a Pradolongo, que es dónde tiene lugar el trágico siniestro. Una gran parte de los fallecidos y heridos era de la localidad en la que se produjo el dramático accidente, que se teñiría de luto a raíz de este desgraciado suceso.

A consecuencia del fatal accidente, que consternaría a la Galicia de la época, fallecerían prácticamente en el acto un total de siete personas de las más de 40 que transportaba el autobús. Las restantes resultarían heridas de diversa consideración. Ocho de ellas hubieron de ser trasladadas a la residencia sanitaria de la capital de Ourense debido a la gravedad de sus heridas, aunque -por fortuna- no habría que lamentar más víctimas mortales, pese a que no eran pocas las que habían perdido la vida en aquel sábado previo a la Semana Santa de 1976.

En aquel entonces el mundo rural gallego todavía carecía de ambulancias y fueron muchos los vecinos y particulares, entre ellos algún taxista, que trasladaron a los heridos de forma desinteresada hasta los centros sanitarios para que recibiesen la oportuna atención médica. Además, para solicitar el oportuno socorro, a fin de que los demás vehículos les abriesen paso, por las ventanillas de los coches se exhibía un pañuelo blanco. La carretera permaneció cortada en uno de sus carriles para poder atender a las víctimas del fatal siniestro durante algunas horas subsiguientes al trágico accidente.

Causas

En cuanto a las causas del accidente se barajaron diversas hipótesis. Algunas de ellas apuntaban al mal estado en que se encontraba la calzada por la que transitaba el autobús, aunque hacía ese mismo recorrido con cierta frecuencia, principalmente cuando había ferias y mercados. A todo ello se unía también el siempre difícil y complicado trazado de las carreteras en zonas de montaña. Además, el mal estado de las vías de circulación gallegas de la época era poco menos que crónico. Estaban inundadas de socavones y piedras que se soltaban, cuyo tránsito se hacía poco menos que imposible en jornadas que afectase la lluvia, que provocaba impresionantes lodazales. De la misma forma, se apuntó también el estado del vehículo, que hacía el recorrido entre las localidades de A Veiga y A Rúa de Petín en un tiempo en el que las inspecciones eran bastante laxas. Muchos ni siquiera las pasaban y la autoridad competente tampoco mostraba mucho interés en su estado.

Aquel trágico accidente trastocaría la vida de toda una comarca, la de Valdeorras, que se teñía una vez más de luto al ver como perdía a siete de sus convecinos en un tiempo en el que la mayoría de sus preciosos municipios gozaban de una salud demográfica de la que hoy carecen. Sin embargo, este episodio tan solo sería el preámbulo de otro trágico accidente que ocurriría apenas un año más tarde en el que perecerían un total de trece personas, de ellos doce niños cuando el autobús que los trasladaba al colegio en el que estaban escolarizados se precipitaba por otro pronunciado desnivel. Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y nadie duda que este es un claro ejemplo.

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Asesinan a un vigilante para robar 150 kilos de almejas en Vilagarcía

Reconstrucción del crimen que le costó la vida al vigilante de la cetárea

Las almejas, y el marisco en general, siempre han sido un exquisito plato muy valorado -no solo por gastrónomos y aficionados a la buena mesa- sino también por muchos furtivos o rateros que buscaban unos míseros ingresos a costa de hacerse con un escaso botín que luego comercializarían en el mercado negro a un precio muy inferior a su coste real. Desgraciadamente, además de pretender lucrarse con los bienes ajenos también han provocado alguna tragedia, también han dejado su más que oscura huella que se tradujo en hechos violentos, bien sea golpeando a los vigilantes o agrediéndoles cuando se encontraban en superioridad de condiciones a estos últimos.

Uno de los hechos que más conmocionaría a la sociedad gallega -relacionado con el robo de marisco- tendría lugar en la madrugada del 22 de junio de 1998. A primeras horas de ese día era encontrado, en medio de un gran charco de sangre y con visibles señales de violencia, el cuerpo del vigilante de la cetárea de Vilaxoán -en el término municipal de Vilagarcía de Arousa-, Manuel García Cascallar, de 68 años, quien había sido asesinado por tres individuos que se introdujeron en la depuradora para hacerse con un botín de 150 kilos de almejas, cuyo precio en el mercado ascendía a unas 220.000 pesetas (1322,22 euros actuales).

El trágico suceso comienza a fraguarse en la tarde-noche del domingo, 21 de junio, cuando tres individuos, de no muy buena reputación en la comarca arousana, planean dar un golpe en la cetárea de la parroquia de Vilaxoán, conocedores de que allí se almacena una importante cantidad de marisco, que posteriormente intentarán vender en el mercado negro. Al frente de aquel macabro trío se encuentra Ricardo Carro Mato, un joven de 27 años, que ya cuenta con distintos antecedentes policiales, y que es conocido como alias “El Crecho” o por el diminutivo de Richard. En la macabra aventura le acompañan otros dos muchachos, Juan José Dieste y David Galbán, de 20 y 19 años, respectivamente. El segundo de estos dos últimos es un conocido mariscador furtivo, que ya había sido detenido en otras ocasiones por la delictiva actividad que llevaba a cabo.

Ensañamiento brutal

Para perpetrar el golpe Galbán, tal vez experimentado en estas oscuras lides, les facilita una maza de goma y un cuchillo de grandes dimensiones, conocedor de la estricta vigilancia a que son sometidas las cetáreas y depuradoras en las que se crían los moluscos. El plan, previamente concebido, contempla también el hecho de cortar los hilos telefónicos para evitar así que el vigilante pueda solicitar ayuda de las autoridades o terceras personas. De madrugada, aprovechando el poso de silencio que ha dejado tras de sí el fin de semana, se personan en el que se iba a convertir en el lugar de autos dando fuertes golpes en la puerta, gritándole al vigilante que abriese la puerta pues era el jefe quien llamaba. Alertado de la falsedad de los asaltantes, el empleado profiere gritos de socorro que ahuyentan a los rateros, aunque solo de manera parcial pues regresar hasta la empresa marisquera para tratar de hacerse con un pequeño botín que revender en el mercado negro.

Media hora después aproximadamente regresarían hasta la cetárea propinando de nuevo grandes golpes en la puerta de entrada, que provocan el pánico de Manuel García, que intenta huir del lugar al percatarse de que se trata de un serio intento de robo y que tal vez no pueda hacer frente a quienes se iban a convertir en sus verdugos. En su inútil intento de escapada, poco menos que a la desesperada, el vigilante se encuentra de bruces con Juan José Dieste -conocido por ser un energúmeno muy violento-, quien le propina un fuerte golpe en la boca y una cuchillada a la altura del cuello. En su exasperación, García Cascallar se agarra a su agresor y caen ambos en la explanada de acceso a la cetárea. En ese momento reconoce a Ricardo Carro Mato, a quien llama reiteradamente por su apelativo. Sin embargo, este último, a pesar de sentirse reconocido o tal vez por eso mismo, propina varios golpes en la cabeza al vigilante con la maza de goma que han traído de casa de Galbán.

Posteriormente, sus agresores trasladan al empleado, que ya se encontraba malherido, hasta la pared de la nave. Ahora intentan abrir la puerta a golpes, pero sus intentos resultan vanos, por lo que Carro regresa al lugar en el que había abandonado al vigilante para arrebatarle las llaves y así poder entrar en la cetárea. Las crónicas de la época relatan que su asesino se encontraba fuera de si en ese momento y prosiguió su brutal agresión contra un pobre hombre totalmente indefenso. Termina su cruel acción de la forma más macabra posible, clavándole a la víctima el cuchillo sin mango en la cabeza, cuyo cuerpo -con el rostro y el cráneo completamente destrozados- serían encontrados por otro empleado de la misma empresa a la mañana siguiente de haber sido espantosamente asesinado.

El botín lo esconderían en el mar, aunque jamás podría ser revendido. La rápida intervención de las fuerzas policiales, así como por los muchas pistas dejadas por los criminales, impidieron que los tres autores del brutal asesinato se saliesen con la suya.

Un documento judicial

El crimen, que consternaba a toda Galicia tanto por su espanto como por la saña y lo sanguinarios que habían sido sus autores, sería esclarecido en cuestión de horas por parte de las fuerzas dedicadas a la investigación del mismo. La principal clave vino facilitada por un documento judicial firmado por David Galbán, que fue hallado en las inmediaciones del lugar de autos. Además de este último, los investigadores pusieron en el punto de mira a sus dos acompañantes habituales, Juan José Dieste y Ricardo Carro Mato. La autoridad judicial autorizó un registro en casa de este último en el que fueron halladas diversas prendas en las que había restos de sangre y también biológicos que se correspondían con el perfil de la víctima.

Casi dos años después del crimen, en abril del año 2000, que había sobresaltado y compungido a Galicia por su extrema crueldad, se celebraba el juicio contra los tres autores del asesinato de Manuel García Cascallar, un hombre casado y padre de cinco hijos, quien contaba 68 años en el momento en que fue asesinado. El principal inductor y autor material del mismo, Ricardo Carro, sería condenado a la pena de 28 años de cárcel, con el agravante de ensañamiento. Sus colaboradores fueron condenados a 23 años de prisión cada uno de ellos. De la misma forma, deberían indemnizar solidariamente a la viuda de la víctima con diez millones de pesetas (60.000 euros actuales) y con cinco (30.000 euros actuales) a cada uno de sus cinco hijos.

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El asesinato de una anciana en Pontevedra, sin resolver más de 20 años después

Rúa de Xan Guillerme, en Pontevedra, dónde se cometió el crimen

El año 1997 pasaría a la historia negra de Galicia como el del triple crimen de Vilaboa, aunque finalmente serían cuatro las personas asesinadas en relación con aquel trágico y dramático suceso relacionado con el trapicheo de drogas a pequeña escala. Aquel mismo año, en el que Fraga Iribarne cosechaba su tercera mayoría absoluta en el Parlamento galego, se producía otro crimen en Pontevedra que pasaría a la historia de la infamia, ya que no podría resolverse, quedando muy probablemente impune puesto que en poco tiempo prescribirán las acciones judiciales.

El escenario del trágico suceso fue la siempre vistosa zona histórica de Pontevedra, aunque la calle en la que se produjo, la de Xan Guillerme, está inundada de desvencijados y deprimentes edificios antiguos que parecen estar destinados a las personas más desgraciadas y desheredadas de la sociedad. Uno de esos inmuebles, concretamente el que ocupa el primer número, estaba ocupado por una mujer de 74 años, Isabel Ferreira Vieira, popularmente conocido como “La Cubana”, quien era madre de un hijo y que había enviudado por tercera vez muy recientemente. En aquel sórdido y dantesco lugar sería encontrado el cuerpo de la mujer en cuestión, con evidentes señales de violencia, por parte de un vecino suyo. Según se dedujo de la autopsia, el cadáver de la asesinada, que fue encontrado sobre un gran charco de sangre, presentaba hasta un total de siete puñaladas, todas ellas mortales de necesidad. Tres de las puñaladas las había recibido en la espalda, otras tres en el pecho y una última de nueve centímetros en el cuello. Su muerte se produjo de forma casi instantánea al haberle provocado un schock hipovolémico a la víctima de aquel cruel crimen.

Los vecinos de la zona, conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijo, así como de otros entresijos, entre ellos el de ir provisto de un palo por la calle que le servía para hacerse temer e incluso amenazar, pensaron que tal vez Luis Ferreira, el único vástago de Isabel, fuese el autor material de su asesinato. Hacía escasamente seis meses que había fallecido su padre al precipitarse por las escaleras del interior de la vivienda en muy extrañas circunstancias, que jamás fueron aclaradas. Sin embargo, los investigadores no hallaron ninguna pista que pudiese incriminarlo y el pobre hombre fallecería algunos años después sin que se lograse esclarecer el suceso que le había costado la vida a su madre.

Detención de una familia

En vista de que el hijo de la fallecida era presumiblemente inocente, la Guardia Civil centró sus pesquisas en una familia próxima a la mujer asesinada, cuyos miembros eran viejos conocidos de la justicia. Incluso, uno de ellos había sido condenado a 20 años de prisión en el año 1982 por el asesinato de un panadero en la localidad pontevedresa de Cotobade. Casi tres años después de haberse perpetrado el asesinato, eran detenidos Miguel Ogando García, como presunto autor del mismo, así como su hermana María Teresa y un hijo de esta última, Julio Ruibal Ogando, un muchacho de 24 años, quien padecía una deficiencia psíquica congénita, en calidad de cómplices.

La reconstrucción hecha por el Instituto Armado y a tenor de los datos aportados por un testigo protegido en el caso, conocido en Pontevedra como “El crimen de la Cubana”, los agentes encargados de la investigación recogieron restos biológicos del pubis y el abdomen de la víctima que se correspondían con el perfil biológico del sobrino del principal acusado. Al parecer, según la misma reconstrucción, estos podrían proceder del momento en que este último se interpuso entre su tío, Vicente Ogando, y la mujer asesinada.

Las primeras hipótesis sobre este suceso apuntaban a que en la tarde del día de autos, los tres miembros de la familia acudieron a la casa de Isabel Ferreira con la intención de que se hiciese efectiva una deuda que esta había contraído con sus visitantes. Después de haber tomado algo con lo que los obsequió su anfitriona, Vicente Ogando se habría abalanzado sobre su víctima, propinándole las seis cuchilladas que acabarían con su vida de forma prácticamente instantánea. Al tiempo que le daba muerte, le habría arrebatado las escasas joyas que la mujer poseía así como sus libretas de ahorro. Posteriormente arrojaría el arma homicida, así como los documentos bancarios a la ría del Lérez.

Juicio y absolución

El fiscal solicitaba, en el juicio que se celebraría el 24 de octubre de 2001, un total de 19 años de cárcel para el principal acusado, Vicente Ogando García, así como una importante indemnización económica para la única nieta de la víctima. El ministerio público no acusaba a la hermana ni al sobrino del sospechoso, por entender que habían colaborado con la justicia y que intentaron detener el ataque mortal de su familiar contra la víctima. El testigo protegido llegó a declarar que, al parecer, el supuesto autor del crimen le habría confesado que le levanto las ropas, ya que debido al grosor de las mismas así la habría podido apuñalar mucho mejor.

Sin embargo, cuando las cosas parecían que estaban bien atadas, el jurado popular -compuesto por nueve personas- declararía que Vicente Ogando no había estado en la casa de Isabel Ferreira el día en el que se cometió su asesinato. Ocho de sus nueve miembros creyeron en la inocencia del único acusado después de responder a un total de 16 preguntas que les había efectuado el juez instructor del caso. De nada habían servido las declaraciones realizadas por el sobrino del incriminado ni tampoco la del testigo protegido que había compartido celda con el acusado, quien regresaría a prisión dónde se encontraba ingresado por otras fechorías, aunque el día en que fue asesinada “La Cubana” él se encontraba de permiso penitenciario.

La acusación particular anunció su recurso ante el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia al considerar que los miembros del jurado eran totalmente legos en asuntos de investigación policial. Además, no tuvieron en cuenta el testimonio del sobrino del único acusado, al considerarlo incapaz y fácilmente manipulable. Sin embargo, la máxima institución legal gallega confirmó la sentencia emitida por la Audiencia de Pontevedra y el caso pasaría a engrosar la numerosa nómina de crímenes sin resolver que se acumulan en los cuarteles y las comisarías de policía de Galicia.

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Asesinan a un hombre en Pontevedra para “darle un escarmiento”

El crimen se produjo en las inmediaciones del Lago Castiñeiras

Aquel año 1978 prometía ser diferente. Por algunas calles de las principales ciudades de Galicia se manifestaban agricultores y ganaderos que protestaban por la abusiva cuota empresarial que debían satisfacer mensualmente al ministerio de Hacienda. También había concentraciones que reclamaban la inmediata puesta en marcha del Estatuto de Autonomía. Muy pocos, solamente los más viejos, se acordaban aún de la vieja regulación autonómica proclamada en un referéndum celebrado a escasos 20 días del inicio de la Guerra Civil. Por aquel entonces, estaba recién estrenada la primera autovía gallega, comúnmente conocida como “Autopista del Atlántico”, que sufriría algunos ataques terroristas promovidos por la autodenominada “Coordinadora contra la Autopista”, en la que se agrupaban algunos grupo ecologistas y radicales de izquierda. Estas actitudes resultarían hoy en día poco menos que inauditas, pero acontecieron hace ya más de 40 años.

En medio de ese clima, en el que las nuevas libertades recuperadas después de más de cuatro décadas que convivían con el arado romano, en Galicia proseguían sucediendo algunos hechos que en nada la diferenciaban de otras partes del territorio. Aunque continuaba siendo una tierra francamente muy pacífica y acogedora, algunas veces los gallegos se sobresaltaban con acontecimientos que sucedían muy cerca de su casa. Sin necesidad de salir al extranjero. Uno de esos oscuros episodios ocurriría en la localidad pontevedresa de Marín en la primavera de 1978 cuando una pareja decidía “darle un escarmiento” a un individuo que supuestamente acosaba a la mujer que formaba aquel macabro matrimonio.

Los hechos tuvieron su origen como consecuencia de las constantes proposiciones que José Carballal Acuña hacía a Carmen García Boullosa, ambos de mediana edad y vecinos de la localidad pontevedresa de Marín. Al parecer, esta última se encontraba “harta” de las proposiciones que le hacía el primero, por lo que decidió actuar en consecuencia, en connivencia con su marido, Paulino Soaje Antuña. Para ello, ambos cónyuges trazaron un macabro plan, con una cita incluida, a la que iban convenientemente armados con sendos cuchillos de grandes dimensiones.

En el paraje del Lago Castiñeiras

En una tarde de primavera, Carmen García citó a través de una llamada telefónica a su supuesto acosador, como queriendo hacerle ver que accedía a sus peticiones. Incluso le confirmó el lugar en el que tendría lugar la macabra cita. La mujer acudiría en su automóvil y lo recogería en la carretera. La víctima, después de subir al coche, intentó abrazar a Carmen, quien le conminó a que cesase en su actitud, pues el coqueteo vendría una vez que estuviesen en una pista forestal, ya muy próxima al lugar en el que se encontraba. Lo que desconocía José Carballal era que en el maletero del vehículo viajaba el marido de su presunta amada, Paulino Soaje Acuña.

Carmen y José prosiguieron trayectoria hasta encontrar la pista forestal a la que aludía la mujer, en un paraje próximo al lago Castiñeiras, que en aquellas fechas del año se encontraba escasamente frecuentado y estaba muy aislado de las poblaciones más próximas. Una vez en el lugar de autos, a José Carballal le llegaría su brutal desolación al poder observar que se había convertido en víctima de un engaño que iba a pagar muy caro. Del interior del maletero del coche, salió Paulino Soaje, provisto de un cuchillo de enormes dimensiones, con dientes de sierra. Otro similar portaba su esposa Carmen.

Ambos cónyuges, una vez llegado al lugar de autos, no dudaron en propinar al menos dos cuchilladas a José Carballal, quien cayó tendido en medio de un gran charco de sangre con grandes heridas en el abdomen de las que ya no se recuperaría. Se trataba de un brutal correctivo que nadie podría imaginar. A todo ello se sumaba el hecho de que la pareja que cometió el crimen no tuvo reparo alguno en ir avisar a la esposa de la víctima de lo que había sucedido y dónde se encontraba su marido herido de gravedad. Sería esta última quien lo encontraría en estado casi moribundo unas horas más tarde después de haber sufrido la brutal acometida. Tras dar aviso a las asistencias sanitarias, la víctima ingresaría todavía con vida en una clínica de Pontevedra en la que fallecería a las pocas horas.

20 años de cárcel

En noviembre de 1978 se celebraría el juicio por el suceso que comenzó a conocerse en Galicia como “El crimen del lago Castiñeiras”. En el transcurso de la vista oral el fiscal encargado del caso desbarató todas las posibles coartadas de la pareja, quienes se aferraron en todo momento a la circunstancia de que en su ánimo no había intención alguna de propiciar la muerte de José Carballal, sino sencillamente de “darle un escarmiento”. Sin embargo, la fiscalía consideró que se trataba de un asesinato premeditado y con alevosía mediante un plan previamente urdido por los atacantes en el que la víctima no tuvo la mínima ocasión de defenderse. A ello se sumaba el agravante de haberlo abandonado desangrándose en medio de un paraje escasamente transitado.

El veredicto de la Audiencia Provincial de Pontevedra no pudo ser más contundente, condenando a 20 años de cárcel a cada uno de los cónyuges del matrimonio formado por Carmen García Boullosa y Paulino Soaje Antuña. Además, la pareja debía indemnizar de forma conjunta y solidaria con un millón de pesetas (6.000 euros actuales) a los herederos de la víctima José Carballal Antuña. A ello se unía la prohibición expresa de acercarse a los familiares de este último por un período de cinco años, contados a partir de que hubiesen cumplido con la pena que les fue impuesta.

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