Asesina a una amiga para robarle su hijo en Monfero (A Coruña)

El año 2002 pasaría a la historia como el del “Prestige”, el famoso carguero de bandera de conveniencia que zozobraría frente a las costas gallegas provocando una colosal marea negra que hizo saltar a Galicia a las primeras páginas de la prensa, no solo estatal, sino también mundial. Las imágenes de aquellos aguerridos hombres del mar luchando contra el fuel que asolaba las costas gallegas se convertirían en épicas, dando la vuelta al mundo. Sin embargo, no fue solo la terrible marea que tiñó de negro los arenales gallegos el único suceso trágico ocurrido en el año capicúa del nuevo siglo en el verde noroeste peninsular. Hubo otros hechos que marcarían la crónica negra gallega de aquel entonces, algunos de los cuales traumatizarían profundamente -como es natural- los lugares dónde ocurrieron, llegando a convertirse en los típicos acontecimientos mediáticos de los cuales se hablaría durante mucho tiempo.

Uno de esos trágicos episodios ocurriría en una pequeña localidad del interior gallego, pero muy próxima a la costa, Monfero, quien destaca -además de por su abandonado monasterio cisterciense- por la rica fauna y flora en la que se encuentra enclavado, en las siempre frondosas Fragas do Eume, un maravilloso y extraordinario parque natural de varios millares de hectáreas que se distribuyen entre cinco municipios, no menos vistosos y agradables que el pequeño núcleo de Monfero, quien -hoy en día- ya no supera los 2.000 habitantes, dispersos en decenas de micronúcleos de población, como la práctica totalidad del rural gallego.

La historia de este suceso puede parecer muy rocambolesca y en parte lo es. Digna de ser llevada a la pequeña pantalla, ya que una vez más la realidad vuelve a superar a la ficción. Su principal protagonista es una joven que en aquel entonces tenía menos de 25 años de edad y se llama Isabel Marcos Maceiras, quien se encontraba obsesionada con ser madre y no había conseguido su objetivo, pese a que nunca tiró la toalla. Sin embargo, trataría de hacerlo de forma dramática y trágica, ideando para ello un macabro y truculento plan de funestas consecuencias.

Desaparición

El plan ideado por Isa, tal como era conocida por sus allegados y conocidos, consistía en raptar el hijo de una amiga o conocida, Vanessa Lorente Jiménez, una joven de 22 años natural de la región de Murcia que llevaba una penosa y abigarrada vida, no exenta de los malos tratos que le había proporcionado su antiguo compañero sentimental, a quien había denunciado en múltiples ocasiones. De hecho, había recibido el apoyo humano y emocional de los servicios sociales del Ayuntamiento de Fene, localidad próxima a Ferrol en la que residía habitualmente.

En la tarde del 13 de agosto de 2002, que se convertiría en el trágico día de autos, Isabel Marcos contacta telefónicamente con su amiga Vanessa Lorente, invitándola a que la acompañe hasta un supermercado y a realizar algunas compras. Conciertan su primera entrevista en una cafetería de Pontedeume, localidad muy próxima a Fene, antes de ir de compras. La muchacha murciana va acompañada de su hijo, un bebé de apenas cuatro meses de edad, a quien Isabel le regalará un muñeco que le compra en uno de los establecimientos a los que acuden en aquella fatídica tarde, convirtiéndose en un ingrediente más de morbo para que no falte de nada.

A partir de ese instante, o de esos días centrales de agosto, se pierde toda pista de Vanessa. Solamente existen rumores, algunos de los cuales hablan de su azarosa vida e incluso se llega a decir, tal vez de forma interesada, de que hubiese regresado a su tierra natal. Con el transcurso de los días, las personas más próximas a la chica pimentonera comienzan a impacientarse, pues no aparece por ninguna parte. A la par, a todo el mundo sorprende, principalmente a sus vecinos más próximos, que Isabel Marcos salga a pasear con un niño en un carrito. La joven había premeditado un plan en el que había manifestado a sus familiares y amigos de que se encontraba en cinta, simulando un embarazo para lo cual utilizaba ropas flojas. A todo ello se unían sus constantes embustes e idas y venidas que hacían sospechar a más de uno, con no pocas contradicciones en todo el tiempo en el que estuvo a cargo del pequeño Daniel, hijo de Vanessa Jiménez.

Llamada anónima a la Guardia Civil

La cínica función teatral montada por Isabel Marcos llegaría a su fin a mediados del mes de septiembre del año 2002, poco más de 30 días de haber secuestrado el niño. El punto de partida comienza con una llamada anónima a la Guardia Civil en la que se indica que la joven monferina no ha sido madre y que el niño que ella porta en su carrito no es hijo suyo sino de una tercera persona. Puestos en alerta, los agentes se dirigen a la localidad de Miño, dónde habitualmente residía Isabel en compañía de su pareja con quien se había reconciliado recientemente, un joven de edad similar llamado Ángel Cernadas, quien también sería procesado por este hecho y a la postre condenado. Su primera respuesta ante la llegada de los agentes es que el niño al que está cuidando es de una amiga que ha ido a un entierro, siendo esta la primera de mentira del largo cúmulo de patrañas que iría ofreciendo a lo largo de todo el proceso. A pesar de las disculpas presentadas por Isabel, es inmediatamente conducida al cuartel de la Guardia Civil de Fene para que preste la oportuna declaración en relación con la desaparición de la joven murciana.

Hasta un total de 72 horas tardaría la entonces presunta asesina en declararse culpable del crimen que le había costado la vida a su amiga, Vanessa Lorente. En el transcurso de todo este tiempo hizo distintos relatos, todos ellos escasamente coherentes y de difícil credibilidad. Sin embargo, finalmente terminaría derrumbándose y contando la verdad acerca de un suceso que trajo en vilo a los gallegos en los días finales de aquel caluroso verano de 2002.

La versión más creíble sobre los hechos es la que indica que la joven gallega, después de haber ido de compras, invitó a su amiga murciana a acudir a la casa de sus padres, situada en la parroquia de San Xurxo de Queixeiro, en el municipio coruñés de Monfero. Una vez allí, prosiguió con su más que macabro plan para darle muerte. En un principio, Isabel ofreció a Vanessa un zumo en el cual previamente le introdujo algún medicamento somnífero, con la clara intención de anular su voluntad. Posteriormente, le propinaría un contundente golpe en la cabeza, destrozándole el cráneo, con lo que acabaría con su vida de forma prácticamente instantánea. El arma homicida jamás aparecería.

Para concluir la truculenta y terrible faena, decidió dar sepultura a Vanessa en un galpón que tenía el suelo de tierra, propiedad de su familia, que se encontraba situado en la zona aledaña a su vivienda. Allí, aparte del cadáver de Isabel, se sepultarían también los restos de un perro, que fueron encontrados sobre el cuerpo sin vida de la joven asesinada. Posteriormente, solicitaría de los servicios de su padre -albañil de profesión- para echar una capa de cemento sobre el improvisado panteón. Al parecer, el animal fue enterrado en el mismo lugar con la intención de distraer la atención vecinal ante el posible mal olor que pudiese desprender la imprevista morgue. Según relataría ante las autoridades, su progenitor estaba convencido de que lo que allí se enterraba era un viejo ciclomotor, marca Vespino. Además, el hoyo en el que fue sepultada Vanessa Llorente había sido cavado unos días antes por quien se acabaría convirtiendo en su brutal verduga, tal y como contaría en una de sus declaraciones ante los agentes que investigaron el caso.

30 años de prisión

El juicio, que se celebraría en medio de una gran tensión en mayo del año 2006, se volvieron a repetir las escenas de dolor, así como también se sucederían de nuevo las constantes contradicciones por parte de la principal acusada, quien alegó el consumo de estupefacientes para justificar de ese modo sus distintos y contradictorios relatos. Después de ser observada por distintos profesionales de la salud mental, todos ellos descartaron que Isabel Marcos Maceiras padeciese algún tipo de trastorno que le impidiese discernir entre el bien y el mal. El fiscal encargado del caso manifestaría con dureza que se trataba de una persona “manipuladora y fabuladora”.

Tras unas largas sesiones y después de casi un mes, se hacía público el veredicto del jurado encargado de juzgar el caso. Isabel Maceiras Marcos sería condenada a la pena de 30 años de prisión, acusada de un delito de asesinato y otro de detención ilegal. Además, debería satisfacer a los herederos de la víctima, en este caso el pequeño Daniel, la cantidad de 240.000 euros en concepto de indemnización. Pero además de la joven monferina, también sería condenada su madre, en calidad de cómplice a la pena de 25 años de cárcel. Tanto su progenitora como su hija verían reducida su pena un año después, tras haber recurrido ambas al Tribunal Supremo. En el caso de Isabel, la condena se reduciría en dos años, al eliminar la alta institución judicial el agravante de abuso de confianza, quedando fijada su condena en 28 años de prisión. Por su parte, María Maceiras vería reducida su condena en quince años, al estimar el alto tribunal que no se había podido demostrar la complicidad plena en el asesinato de Vanessa Lorente, tal y como la había acusado su hija en el transcurso de la vista oral, debiendo cumplir una pena de diez años de cárcel.

Finalmente, tanto su padre José Carlos Marcos, como su cónyuge, Ángel Cernadas también serían condenados a la pena de diez años de cárcel cada uno por su colaboración en la ficción del embarazo de la hija y compañera con la finalidad de engañar a terceras personas. En esta condena también se incluía el agravante de detención ilegal practicado con el bebé, así como el hecho de que custodiasen al bebé, simulando un falso parentesco.

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Un constructor gallego asesina a dos promotores en Canarias

José Mosquera Campos en el momento de ser detenido

A comienzos del nuevo milenio fueron muchos los gallegos, tanto empresarios como trabajadores, que vieron en las islas Afortunadas un nuevo Dorado, aunque la realidad pintase otro panorama verdaderamente muy distinto. Muchos se desplazaban hasta allí en vista de los elevados salarios que se pagaban, así como de la oportunidad de hacer negocio que ofrecía el archipiélago canario. Sin embargo, como casi siempre ocurre, no todo el mundo alcanzó el tan preciado éxito que se busca y quizás por motivos del caprichoso destino la vida les mostró su rostro más amargo.

Un sector que atraía a muchos empresarios y trabajadores fue el de la construcción. Las nuevas urbanizaciones y segundas viviendas destinadas a los días de ocio provocaron una ingente mano de obra en las islas Canarias. Entre los empresarios del sector que hasta allí se desplazaron se encontraba un antiguo miembro de la Policía Armada, José Mosquera Campos, quien disponía de una pequeña constructora que iba tirando en Galicia, pero que la suerte le comenzó a resultar esquiva en el momento en que puso pies en el territorio insular.

Desde hacía algún tiempo este conocido constructor, originario del municipio lucense de Sober, mantenía agrias disputas con los promotores, a la sazón paisanos suyos, José Ernesto Rodríguez, Antonio Pérez Pérez y un hermano de este último. Detrás de esos enfrentamientos había problemas de carácter económico. José Mosquera aducía que los promotores no le satisfacían las cantidades adeudas por parte de los promotores inmobiliarios, además de hacer constantes rebajas en los precios de su trabajo. A todo ello se sumaba el hecho de que supuestamente las víctimas “le hacían la vida imposible”, tal y como alegaría el encausado durante la vista que se siguió en su contra en noviembre de 2002 en la Audiencia Provincial de Las Palmas.

Discusión y tiroteo

El crimen que costó la vida a los dos promotores gallegos tuvo lugar en la mañana del 4 de agosto del año 2000 en una de las casetas que se utilizaban para guardar el material y otros elementos en la construcción de las obras de las urbanizaciones. Al parecer, José Mosquera había concertado una cita con los tres promotores, propietarios de la empresa Pevise, que operaba en la isla de Gran Canaria. Según manifestaría en el transcurso del juicio, dos de ellos acudieron a la hora prevista, mientras que el tercero, Casimiro Pérez Pérez, se demoraría diez minutos, suficientes para que pudiese salvar su vida, tal y como relataría el autor de los dos asesinatos ante la policía en el momento de su detención.

No hubo testigo que presenciasen el dramático suceso. Todo lo que se ha sabido acerca del mismo es a través de declaraciones y deducciones que hicieron los cuerpos y fuerzas de seguridad. El encausado alegaría ante el juez que sus dos víctimas le habían agredido, pues según se pudo observar en la comisaría presentaba algunos cortes o arañazos superficiales en el rostro, no se sabe si infringidos por el mismo o por terceros. Mosquera relató ante el Tribunal que sus dos víctimas habían utilizado un cúter para agredirle, aunque este arma jamás apareció en el inventario efectuado por los investigadores del caso.

En el interior de una de las casetas aparecería el cuerpo de José Ernesto Rodríguez, quien presentaba sendos disparos en el tórax y la cabeza realizados con un arma del calibre 22, la empleada por José Mosquera para darles muerte. Además, la circunstancia de hallarse en excedencia del cuerpo de Policía le facultaba para la posesión lícita de armas. A tan solo tres metros de dónde apareció el cadáver de la primera de las víctimas, ya fuera de las casetas y en un sendero de tierra, el cuerpo de Antonio Pérez Pérez, quien fue asesinado de tres balazos, dos en el pecho y uno en la cabeza. Después de cometer el doble crimen, Mosquera se entregaría en la comisaría de Policía de la capital gran canaria.

Condena y muerte

A pesar de que el juicio se celebró muy lejos de Galicia, concretamente en la isla de Gran Canaria, despertaría una gran expectación en la Comunidad gallega, que siguió con asiduidad sus sesiones a a través de los distintos medios de comunicación. La vista oral tendría lugar en noviembre del año 2002. En el transcurso de la misma declararía el hermano de una de las víctimas, Casimiro Pérez Pérez, quien se salvó milagrosamente de convertirse en la tercera víctima de una gran carnicería. Así, pudo saberse que, al parecer, los dos promotores asesinados habían decidido rescindir el contrato que los ligaba con José Mosquera Campos, lo que tal vez pudo ser el detonante de la matanza que consternaría a Galicia y a Canarias muy especialmente.

La Audiencia canaria condenaría a la pena de 30 años de prisión a Mosquera, quien cumpliría parte de su pena, primero en la prisión del Salto del Negro, próxima a Las Palmas de Gran Canarias. Posteriormente, sería trasladado hasta Alcalá-Meco y finalmente a la coruñesa de Teixeiro, en el municipio de Curtis. En el año 2006 obtendría la libertad provisional debido al grave estado de salud en el que se encontraba, ya que recientemente -por aquel entonces- le había sido diagnosticada una grave enfermedad, la cual terminaría con su vida en diciembre de ese mismo año.

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Impunidad para el secuestro y asesinato de una joven de Marín

El cuerpo de la joven asesinada apareció cerca del lago Castiñeiras

Aquel año 1988 registró muchos sobresaltos en Galicia. El verano deparaba el proceso del entonces vicepresidente de la Xunta de Galicia, Xosé Luís Barreiro Rivas a consecuencia de sus problemas derivados de la concesión de las loterías instantáneas. A todo ello se unía una situación política muy inestable, ya que continuaba el “baile” de diputados autonómicos de unos grupos políticos a otros, en una situación muy compleja y difícil de aclarar.

En aquel ejercicio se sucedieron distintos hechos sangrientos que consternaron a la sociedad gallega de la época, poco acostumbrada a que en su tierra se produjesen acontecimientos de carácter violento. Algunos marcarían muy profundamente a un país que solo quería convivir en paz y disfrutar como nunca de una tierra de la que no habían podido gozar sus ancestros a causa de innumerables dificultades que les llevaron allende los mares. Sin embargo, esta Galicia ya era completamente distinta y en los años ochenta había progresado mucho. Poco o nada guardaba con el viejo tópico de que era una tierra incomunicada en la que solo llovía y se escuchaba el repique de alguna gaita. Eso ya era historia.

Uno de los hechos que más conmovería a la Galicia de entonces fue la desaparición de una joven de 17 años, Yasmina Soto-Quiroga Peralba, el día 30 de mayo de 1988 en la localidad pontevedresa de Marín cuando se dirigía a su trabajo a primeras horas de la mañana a su trabajo -como venía haciendo desde hacía algún tiempo- en un supermercado de Pontevedra. La muchacha, originaria de la parroquia marinense de O Seixo, tomaba todos los días el trolebús para hacer el trayecto desde Marín a la capital de Lérez, pero jamás se ha podido saber con exactitud lo que ocurrió en aquella primaveral mañana de hace ya más de tres décadas. Las incógnitas y el misterio perduran hasta nuestros días.

Tras su desaparición, y al ver que no daba señales de vida, sus familiares pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, siendo una tía suya, que trabajaba en el mismo supermercado, quien ofreció todo tipo de detalles acerca de la joven a la policía. Su familia descartó desde un primer instante la ausencia voluntaria de Yasmina, pues estaba considerada como una persona responsable y trabajadora. El último en verla fue con vida fue un antiguo compañero suyo de colegio, quien la recogió cuando hacía auto-stop en la carretera que une Marín con Pontevedra. Este hombre llegaría a ser como supuesto autor del asesinato que le costó la vida, aunque posteriormente sería puesto en libertad, al disponer de una coartada que le eludía de cualquier responsabilidad penal.

Tres meses más tarde

A lo largo de casi tres meses, toda Galicia, y muy especialmente la localidad de Marín, vivió con el alma en vilo al carecerse de cualquier noticia sobre el paradero de la joven desaparecida. Las indagaciones hechas hasta aquel momento habían resultado del todo infructuosas. Entre su familia comenzó a cundir el lógico desánimo. En ese tiempo en que los allegados de la joven desaparecida carecieron de cualquier noticia de su familiar recurrieron incluso a los servicios de un detective privado con el afán de hacer avanzar en la investigación del caso, que consideraban que había quedado paralizado. Solamente les sirvió de ayuda para poner en duda las declaraciones realizadas ante la policía del único sospechoso, pero no encontró ningún rastro sobre el paradero de Yasmina Soto-Quiroga.

El cuerpo de la joven aparecería en pleno verano, concretamente el 26 de agosto de 1988, en las inmediaciones del lago Castiñeiras, un bello y esplendoroso paraje natural situado a escasos cinco kilómetros del domicilio de Yasmina, en el vecino concejo de Vilaboa. Su hallazgo fue casual. En aquel entonces, un individuo, acuciado por una necesidad fisiológica, se introdujo por un espeso terreno inundado de zarzas y pudo observar algo extraño en medio de las mismas. Era el cuerpo de la joven desaparecida en Marín el 30 de mayo de ese mismo año. Sus restos se hallaban ya en claro estado de descomposición. Inmediatamente se puso en sobre aviso a los cuerpos y fuerzas de seguridad, quienes se desplazaron al lugar de los hechos para confirmar posteriormente que el cuerpo hallado en aquel zarzal efectivamente a la muchacha marinense.

La autopsia realizada al cadáver de la joven confirmarían que había sido víctima de un brutal asesinato, pues los forenses pudieron certificar que había sido literalmente cosida a puñaladas por su agresor. Sin embargo, el tiempo transcurrido entre su desaparición y el hallazgo de sus restos actuarían en contra de las investigadores, siendo muy decisivos a la hora de borrar algunas pruebas que, de haberse encontrado antes su cuerpo, hubiesen resultado trascendentales para el esclarecimiento de un crimen, que ha prescrito en la más absoluta impunidad. Su asesino consiguió eludir la acción de la justicia y ha estado en libertad los últimos 32 años, tantos como lleva muerta la joven de Marín que jamás se supo a ciencia cierta que fue lo que realmente le sucedió en la mañana de aquel trágico 30 de mayo de 1988.

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Asesina a su madre “por orden del diablo”

A comienzos del siglo XXI Galicia vivía una nueva era. Atrás quedaba el eterno país rural que había sido a lo largo de muchos siglos. Es más, el mundo rural avanzaba hacia un más que progresivo declive, desapareciendo aldeas y pequeñas villas. Con ellas también desaparecerían viejos mitos y leyendas que se habían perpetuado a lo largo de toda su historia. Ya nadie creía en duendes ni meigas, aunque como se dice habitualmente “haberlas hailas”. Sin embargo, aquellas viejas tradiciones fueron substituidas por otras importadas de países anglosajones que se centraban en lo oscuro y lo misterioso, con nuevas creencias que pretendían ser un sucedáneo de las ancestrales.

Aunque bastante alejado de los nuevos influjos que se fueron adueñando de una pequeña parte de la juventud, el suceso ocurrido en la localidad pontevedresa de Nigrán el 18 de febrero de 2001 guarda una pequeña relación con el mundo del misterio y el esoterismo importado en las últimas décadas, a tenor de los textos hallados en el domicilio del homicida. En aquella jornada, entre las cuatro y las seis de la madrugada según dictaminaría posteriormente la autopsia, un joven de 28 años, Íñigo Álvarez Esmerode, decidía acabar con la vida de su madre, Aurora Esmerode, de 51 años, asestándole varias cuchilladas con un cuchillo de grandes dimensiones. La mujer, que intentó en vano huir de las garras asesinas de su vástago no conseguiría salvar su vida, pues, al parecer, el muchacho le había propinado previamente un golpe en la cabeza. Su cadáver, encontrado por la policía local de Nigrán en su dormitorio y con el pijama puesto, presentaba varios cortes a la altura del cuello, así como diversas magulladuras.

Llorando en el Ayuntamiento

Tras cometer el crimen, el muchacho, que ya se encontraba a tratamiento psiquiátrico, se dirigió desde su domicilio, en la zona conocida como Camino a Piñeiro, en el barrio de Areas Praia América, hasta el Ayuntamiento de Nigrán, distante dos kilómetros del lugar de los hechos. Allí sería atendido en torno a las ocho y media de la mañana por el concejal Efrén Juanes, quien le preguntó en que podría ayudarle. El joven le preguntó si disponía de un arma para quitarse la vida y posteriormente le narró lo ocurrido al edil en medio de grandes sollozos.

Efectivos de la policía local de Nigrán se trasladarían hasta el domicilio del muchacho, dónde corroborarían que efectivamente el joven había asesinado a su progenitora, encontrando la casa revuelta, con abundantes manchas de sangre por distintas estancias, así como el cadáver de la mujer tendido sobre su dormitorio.

Íñigo Álvarez pasaría a disposición judicial en los días siguientes al trágico suceso. En el transcurso de su declaración afirmaría ante el juez que había cometido aquel crimen porque “el diablo le había dado órdenes a través de un programa de televisión”. Debido al gran shock psicológico que sufría, el magistrado que le tomó declaración ordenaría su ingreso en el Hospital Provincial de Pontevedra. Posteriormente, ingresaría de forma provisional en la prisión provincial de A Lama.

15 años de reclusión

Íñigo Álvarez Esmerode aceptaría en noviembre de 2001, cuando se celebró la vista oral en su contra, el ingreso en un psiquiátrico penitenciario durante un periodo de 15 años. Los tres psiquiatras que se encargaron de examinarlo constataron que el joven había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide aguda en el momento de cometer el asesinato que le costaría la vida a su madres. Además, declararon que no estaba libre de sufrir nuevos episodios similares.

Quienes conocían al parricida, habían constatado a lo largo de los últimos meses que su estado psicológico iba empeorando y que sufría también algunos episodios de despersonalización. En los últimos tiempos el muchacho apenas hablaba y cuando lo hacía pronunciaba algunas expresiones ininteligibles. Asimismo, algunas de sus reacciones les resultaban cuando menos paradójicas, tales como reírse mientras veía la televisión -ante la que pasaba muchas horas- sin venir a cuento. Posteriormente, reconocía que se sentía fuera de si.

Sus conversaciones en los tiempos anteriores a cometer el crimen giraban en su mayoría sobre ocultismo, misterio y temas esotéricos, además de hallarse algunos manuscritos en su domicilio con contenido metafísicos. Igualmente, serían encontrados también muchos libros y publicaciones que abordaban esos mismos asuntos a los que se había aficionado en la etapa previa a cometer el asesinato de su madre.

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Once muertos en el hundimiento del pesquero “Cubiche”

Pecio de un pesquero hundido

A lo largo de la historia quizás haya sido el mundo marino donde mayor número de personas han perecido en Galicia de forma trágica. A todo ello se suma el hecho de que en las costas gallegas han sido muchos los hombres de distintas nacionalidades, principalmente británicos, que han perdido la vida en aguas gallegas. De hecho, la costa noroccidental gallega se ha ido ganando en nombre de “Costa da Morte”, principalmente a raíz del naufragio del mítico crucero torpedero británico “Serpent”, del que perecería prácticamente toda su tripulación. Solamente tres de los 175 hombres que llevaba a bordo consiguieron salvar sus vidas frente a la localidad gallega de Camariñas, siendo enterrados en un campo santo que en la actualidad es conocido como Cementerio de los ingleses.

Los que peor suerte han corrido en este tipo de desgracias siempre han sido los más desfavorecidos, como todo en la vida. La vida de los pescadores en altamar no es para nada envidiable. Además de pasar largas temporadas fuera de sus casas -en algunos casos varios meses-, tampoco tienen descanso cuando hay pesca, sea de día o de noche. El mar no conoce de horarios. A ello se suma el hecho de que muchos marineros sufren enfermedades de tipo piscosomático a consecuencia del constante estrés al que se encuentran sometidos, ya sea por las mala condiciones climáticas o por las propias que presenta la navegación.

Una de las muchas tragedias que se han sufrido en las costas gallegas se produjo en marzo del año 1963, a muy escasas millas de tierra. Por aquellas fechas desaparecía el pesquero “Cubiche, que tenía su base en el puerto de A Coruña. Durante unos días se mantuvo la incertidumbre acerca de la suerte que pudieran correr los once tripulantes que iban a bordo, pues no daba señales de vida, circunstancia esta que hizo ya pensar en lo peor, como finalmente terminaría ocurriendo.

Un gran misterio

El naufragio se produjo a unas tres millas del cabo Prioriño, situado en Ferrol, dando cuenta del mismo otro pesquero gallego, el “Flor de la Marola”, que estaba faenando a la misma altura que el “Cubiche”. Los tripulantes del barco que dieron la noticia se sorprendieron al observar a su paso grandes manchas de aceite, presumiblemente procedentes del pecio siniestrado, así como algunos objetos personales, entre ellos varios salvavidas que llevaban impreso el nombre del pesquero al que pertenecían.

En cuanto a las causas del siniestro, que costaría la vida a once marineros, han pasado a la historia de la navegación como un gran misterio que jamás ha podido ser descifrado. Solamente quedaron para la posteridad varias conjeturas, todas ellas propias de los hombres del mar. Al parecer, aquellos días el estado de la mar era bueno, por lo que se desechó la posibilidad de un accidente provocado por el oleaje o un temporal. Una de la hipótesis que se barajó en un primer momento fue la posibilidad de que al barco le hubiese estallado la caldera, hundiéndose como consecuencia de una potente deflagración.

Sin embargo, no fue únicamente la teoría de la explosión de la caldera la única aducida por los especialistas en la materia, sino que también se barajó la posibilidad de que el “Cubiche” fuera abordado por algún buque de la marina mercante y su tripulación no advirtiera el abordaje, por lo que el pesquero se iría a pique hundiéndose en las aguas del Océano Atlántico.

Cuerpos en las playas

En días posteriores al naufragio, irían apareciendo los cuerpos de los marineros fallecidos en distintas playas gallegas. El primero en aparecer lo haría en la playa ferrolana de Suevos. En día sucesivos sería recuperado otro cadáver en el arenal de Doniños, mientras que otros cuatro aparecerían en el de Entre Castillos. Los cuerpos de los otros marineros fallecidos serían recuperados en semanas sucesivas, aunque hubo dos que jamás aparecerían.

Una vez más la mar se convertía en la “mala mujer”, que tan bien retrató en una de sus obras el escritor madrileño Raúl Guerra Garrido. Aún así, pese a las muchas tragedias que a lo largo del siglo XX costaron la vida a centenares de marineros gallegos, la convivencia entre el bravo Océano y una buena parte de la Galicia litoral sigue siendo muy íntima y muy estrecha, sin que nada ni nadie haya impedido jamás que miles de hombres se hagan a la mar todos los días en busca de una difícil supervivencia.

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Asesinan a su hija y un criado en la tragedia de Lalín (Pontevedra)

Incendio de la vivienda de Lalín en la que se produjo la gran tragedia de 2010

En el año 2010 una gran crisis económica sacudía todos los cimientos de España, derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria que se había ido inflando excesivamente a lo largo de más de una década. Los concursos de acreedores y los despidos estaban a la orden del día. Nadie parecía encontrarse a salvo en un barco que parecía navegar a la deriva. Entre los muchos que se verían afectados por el reventón del globo que se había generado en torno al mundo del ladrillo se encontraba una pareja gallega formada por José Mouriño y Carmen Reboredo Lalín, quienes terminarían por erigirse en los tristes protagonistas de un suceso que conmocionaría a Galicia en la mañana del 29 de noviembre de 2010.

Se han barajado todo tipo de hipótesis, así como las causas que les llevaron a perpetrar semejante barbaridad, aunque la que más cuerpo ha tomado siempre ha sido la relacionada con las muchas deudas que se supone que acuciaban al matrimonio. Algunas informaciones llegaron a hablar de que rondaban los tres millones de euros y que su patrimonio se encontraba en trance de ser embargado. Nunca se supo muy bien quien o quienes indujeron a José Mouriño a introducirse en el negocio inmobiliario, hasta el extremo de llegar a presidir una empresa inmobiliaria, siendo una persona totalmente ajena a ese mundillo. Siempre había trabajado en la ganadería y quizás llevado por el afán de un lucro fácil y rápido, algo que no ocurre en el campo, fue víctima de algún desaprensivo que le indujo a una tragedia familiar que ha marcado profundamente a lo largo de la última década a la pequeña parroquia lalinense de Barcia.

Los hechos, realizados con total premeditación, se iniciaron a las cinco y media de la madrugada, cuando todos dormían en aquella vivienda acostumbrada a que hubiese luz antes del albor del día. A esa hora, José y Carmen aprovecharon la oscuridad de la madrugada y el mayor sigilo posible para dar muerte a la hija de ambos, Sonia Mouriño Reboredo, una joven de 22 años, a quien su madre le propinó un brutal hachazo en la cabeza, con el que terminaría con su vida prácticamente de forma instantánea. La tragedia no había hecho más que comenzar.

Incendio

Al parecer, según investigaciones realizadas posteriormente, el matrimonio tenía como objetivo acabar con la vida de todas las personas que residían en la casa, un total de cinco, además de con la suya propia. Para ello urdieron un macabro consistente en incendiar las principales estancias de la casa. En principio colocaron una bombona de butano en la habitación de Amador Vázquez Quinteiro, un hombre de 85 años que era criado del lugar desde tiempos inmemoriales. Para ello utilizaron los restos de espigas de maíz con la finalidad de que el fuego se extendiese al resto del inmueble en el que también se hallaban un hermano de Amador, la madre de Carmen Reboredo, y un hermano de esta última, quien sufría síndrome de Down.

Sin embargo, sus planes no les dieron el resultado que ellos buscaban ya que solamente perdería la vida Amador Vázquez Quinteiro, debido a que sufría graves problemas de movilidad y no pudo escapar de las llamas. A diferencia suya, si conseguirían salir sanos y salvos los restantes miembros de la familia, quienes desconocían lo que había sucedido y de la manera en como se había desarrollado aquella desoladora tragedia con la que se despertaban los gallegos en una otoñal mañana de noviembre.

Fosa séptica

Al tener conocimiento del incendio que había asolado la vivienda del lugar de Outeiro, se desplazarían hasta el lugar unidades de bomberos y de la guardia civil para socorrer a la familia afectada. Nadie sabía lo que había ocurrido hasta que encontraron el cadáver de la joven Sonia brutalmente asesinada. A raíz del fuego, acudirían también los vecinos de las inmediaciones en su auxilio. En un principio, se pensó en un asalto o incluso un ajuste de cuentas, dadas las elevadas deudas que había contraído José Mouriño en su gestión inmobiliaria. Pese a todo, muy pronto se iría recomponiendo aquel enrevesado rompecabezas. Faltaba por aparecer el matrimonio que se encargaba de la explotación ganadera y no aparecía por ningún sitio, siendo ellos la principal clave que ayudaría a esclarecer el trágico acontecimiento.

Alrededor de las dos y media de la tarde eran encontrados en el interior de una fosa séptica, utilizada para almacenar los excrementos y residuos del ganado para emplearlos posteriormente como abono. Allí se encontraban Carmen y José, completamente cubiertos de purín, presentando síntomas de intoxicación al inhalar el fétido aroma que desprenden los excrementos del ganado. El hombre les preguntó si ya habían muerto todos. El se encontraba temblando y disgustado, mientras que ella aparentaba cierta serenidad.

Algunas fuentes indican a que en ese preciso instante, Carmen Reboredo se inculpó de la muerte de su hija, en tanto que otras afirmaban que había sido su marido quien declaró ante los agentes que había sido su esposa la autora material del crimen que le había costado la vida a su pequeña. Posteriormente, serían trasladados al hospital Montecelo de Pontevedra para someterlos a un proceso de lavado de estómago y posterior desintoxicación, así como para proceder al pertinente reconocimiento médico. Al parecer la pareja habría planificado su suicidio con la ingestión masiva de gases tóxicos procedentes de la fosa séptica en la que se habían ocultado, pero sin conseguir su objetivo.

Nadie en la parroquia de Barcia era capaz de explicar tan desgraciado suceso, ya que tampoco se podían ni siquiera imaginar que pudo pasar por la mente de aquel matrimonio para perpetrar semejante atrocidad. Todo el vecindario los consideraba una extraordinarias personas, honradas y trabajadoras. Se decía que a Carmen se la veía muy poco últimamente y cada vez que se encontraba con algún conocido le hablaba de los “muchos millones” que pensaba ganar su marido con el negocio inmobiliario. A ella se la consideraba una mujer introvertida, dedicada en cuerpo y alma a trabajar en la explotación ganadera que había heredado de sus padres.

En el año 2020 sería derruida la vivienda en que se había producido la tragedia, siendo ya el último icono que quedaba en pie de la misma. En la casa ya no vivía nadie y su deterioro se había hecho patente, además de quedar profundamente estigmatizada al igual que sucede con todos aquellos lugares en los que se ha producido un hecho deplorable.

58 años de cárcel

Más de tres años después de la gran tragedia que consternó a Galicia se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio por el suceso. Carmen Reboredo y José Mouriño serían condenados cada uno a una pena de 58 años de prisión, si bien es cierto que el Tribunal Supremo emitiría un auto en el año 2017 dando cuenta de que el máximo período que debían permanecer en la cárcel era de 25 años.

Según el escrito de la acusación presentado por la fiscalía, la intención del matrimonio era acabar con la vida de todos los miembros de la vivienda, descartando la posibilidad incluso de que la mujer sufriese algún tipo de alteración mental o psíquica, derivada en este caso del estrés que le podía ocasionar el hecho de cuidar a una persona como el criado, con graves problemas de movilidad. También incidía en la responsabilidad del marido de Carmen, pese a la autoinculpación de esta última, a quien consideraba una persona muy influenciable.

En el interín que va desde que se produce el crimen, noviembre del año 2010, hasta que se celebra el juicio, finales de 2013, la pareja había disfrutado de un período de libertad condicional por concluir el tiempo máximo de prisión provisional. En el mismo habían estado residiendo en casa de un familiar. Mientras, las otras dos personas que sobrevivieron al incendio ya habían fallecido en una residencia de la tercera edad emplazada en Lugo.

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Descuartiza a su esposa y la entierra en el jardín en Vigo

Parroquia de Beade, en Vigo, lugar donde ocurrió la tragedia

A mediados de la década de los noventa en Galicia se vivía un progresivo proceso de urbanización constante que estaba dejando atrás el viejo concepto de los micronúcleos rurales que habían sido a lo largo de varios siglos el común denominador de su población. A la cabeza de aquella Galicia se encontraba un ya veterano político, Manuel Fraga Iribarne, quien ya celebraba sus bodas de oro a bordo de un coche oficial, quien muy recientemente había traído al dictador cubano Fidel Castro a conocer la tierra de sus ancestros, aunque jamás consiguiese convencerle de las ventajas que supone una democracia plural.

La crónica negra gallega había dejado en aquellos años algunos trágicos episodios de los que les llevaría algún tiempo reponerse a los gallegos de la época. En 1994 se habían producido diversos acontecimientos sangrientos, algunos de gran calibre como fue el caso de la matanza de Nigrán, perpetrada por dos policías o el doble crimen de un polígono industrial lucense que sigue todavía sin resolverse. Desgraciadamente, algunos hechos trágicos se repetirían al año siguiente en diferentes puntos de Galicia, siendo el sur uno de los lugares afectados por un truculento acontecimiento que conmocionaría profundamente a todo el entorno de las Rías Baixas galegas.

El día 11 de marzo de 1995 un amigo se dirigió a la casa de Antonio Rodríguez Martínez, un joven de 26 años, que vivía con su esposa Ana Isabel Rivas, de 25 en la parroquia viguesa de Beade. Mantuvieron una breve conversación en el transcurso de la cual el primero le preguntó a su anfitrión dónde se encontraba su mujer, a lo que este último contestó que le había dado muerte. Extrañado por esta respuesta y la frialdad con la que la pronunciaba, optó por no creer su contestación, aunque pasado algún tiempo y al no ver a la joven en la vivienda comenzó a dar credibilidad a sus palabras, que -en un principio- las había tomado a broma, de muy mal gusto por cierto.

Denuncia

El amigo de Antonio Rodríguez al sentirse extrañado por la ausencia de Ana Isabel Rivas decidió acudir a la Comisaría de Policía de la ciudad olívica para denunciar el presunto asesinato. En un principio, al igual que le había sucedido a él, los agentes tampoco dieron mucho crédito a su relato. A pesar de todo, decidieron investigarlo trasladándose a la parroquia de Beade, donde supuestamente se había cometido un crimen.

Encontraron al joven en su casa y le preguntaron de forma reiterada por su esposa, dónde se encontraba. En un principio, como suele suceder en estos casos, Antonio respondió con muchas evasivas y con un relato incoherente y hasta un poco irracional, pero los agentes enseguida se dieron cuenta de que allí había sucedido algo raro. Sin embargo, ante la insistencia de los policías el joven terminaría derrumbándose y confesando la verdad de los hechos. Finalmente llevaría a los policías hasta el lugar donde había sepultado a su esposa en una maleta.

Los miembros del cuerpo nacional de Policía se verían horrorizados al contemplar con estupefacción el deplorable estado en que se hallaban los restos de Ana Isabel Rivas, quien había sido asesinada el día anterior, 10 de marzo de 1995. Además de confesar el crimen que le había costado su vida a su mujer, había profanado su cadáver, el cual presentaba una desfiguración prácticamente total de su rostro al ser rociado con algún ácido muy abrasivo. Posteriormente, su cuerpo sería trasladado a un tanatorio donde se le practicó la correspondiente autopsia, mientras que Antonio Rodríguez ingresaría en prisión provisional sin fianza.

La idea de descuartizar su cuerpo le sobrevino en el momento de darle muerte para así poder enterrar mejor el cadáver. En cuanto al hecho de que la hubiese rociado de ácido podría estar motivado por la circunstancia de intentar dificultar la labor de los investigadores en el hipotético caso de ser descubierto, aunque también podría estar motivado por el odio que sentía hacia su compañera y que incapaz de disimular.

Malos tratos

Al parecer, según comentarios de los vecinos de la parroquia de Beade, el joven criminal era muy habitual que le dispensase malos tratos a su esposa, pues se escuchaban constantemente disputas entre la pareja, aunque nadie podía imaginar un final tan trágico ni mucho menos tan macabro.

Ana Isabel Rivas era conocida en los medios policiales por las numerosas denuncias que había presentado contra su marido en la comisaría viguesa. Además, la pareja había pasado algún tiempo separada, pero después habían reiniciado una relación que terminaría volviéndose trágica.

Antonio Rodríguez Martínez sería condenado por la Audiencia Provincial de Pontevedra a 25 años de prisión por el asesinato de su esposa, además de satisfacer con diez millones de pesetas(60.000 euros actuales) a los herederos de la víctima.

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Impunidad para el salvaje asesinato de un niño en Vilagarcía de Arousa

Entierro del pequeño José Antonio Paulos Márquez

La tarde-noche de cada día previo a San Juan es motivo de especial celebración en toda Galicia, muy especialmente en sus extensas áreas rurales en las que el ritual de espantar las meigas adquiere un relieve de unas características muy peculiares del que nadie procura no ausentarse. Millares de hogueras iluminan el cielo gallego en tan señalada fecha en el calendario en el que la fiesta y la algarabía se entremezclan con la milenaria tradición del sacro fuego purificador que servirá de bálsamo contra los trasnos, tangaraños y otros malos augurios que antaño eran calificados como nefastos atributos para la presencia de las almas en pena condenadas por espíritus malignos y que recorrían el noroeste peninsular en las frías y gélidas noches de invierno.

A lo largo de toda la jornada, y muy especialmente por la tarde, es muy frecuente ver como jóvenes y veteranos se dedican a realizar los preparativos para la noche más bella del año. Uno de los muchos chavales gallegos a los que entusiasmaba tan entrañable día del solsticio de verano era un crío de diez años, José Antonio Paulos Márquez quien salió de su casa en su bicicleta en la parroquia de Rubiáns, en Vilagarcía de Arousa, en la busca de hierbas y flores con las que adornar su vivienda el día 23 de junio de 1991. Sin embargo, la pobre criatura no regresaría jamás.

Al poco tiempo de salir de su casa, en torno a las seis y media de la tarde, su padre comenzaría una infructuosa búsqueda en la que no obtuvo resultado satisfactorio alguno. Al demorarse en su regreso, se dio aviso a los vecinos y a las autoridades iniciándose una ardua búsqueda por todo el contorno que hubiera podido recorrer el pequeño, quien aparecería alrededor de las once de la noche en estado agonizante en medio de unos zarzales siendo encontrado por un agente de la policía local de Vilagarcía y la madre de la criatura, María del Carmen Márquez.

Agresión sexual

El niño, en el momento de ser encontrado, en la zona conocida como Pinos Mansos -a muy escasos metros de la vía del tren- se encontraba boca abajo con los bajos echados hacía atrás, con la camisa totalmente ensangrentada que le cubría el rostro, y el cuerpo doblado y los pantalones bajados. La autopsia mostraría posteriormente que el pequeño había sido violado por su agresor. Según los investigadores, el chaval debió ser atacado a unos quince metros de dónde fue encontrado en estado de extrema gravedad hasta ser arrastrado hasta la zanja en que fue depositado con la cabeza ya destrozada por los golpes, pues fueron encontradas algunas piedras ensangrentadas en las inmediaciones.

Inmediatamente después de su hallazgo, fue trasladado al Hospital Provincial de Pontevedra, a tan solo cinco kilómetros del lugar de los hechos, dónde el pequeño ingresó ya cadáver. Además, por las heridas que presentaba, entre ellas un brutal golpe en el cráneo, nada podían hacer ya los médicos por salvar su vida.

A partir de ese momento se inició un terrible deambular para la pequeña parroquia de Rubiáns y para la familia del pequeño asesinado. En un principio sería detenido un individuo, cuya identidad no fue facilitada nunca. Este hombre fue visto en la tarde de aquella jornada por el padre del muchacho en las inmediaciones de su vivienda, si bien es cierto que sería puesto en libertad tras comprobarse que no guardaba relación ninguna con los hechos.

Los investigadores pusieron su foco de atención en el padre del muchacho, Antonio Paulos, de 39 años de edad, quien estuvo buscando en solitario al muchacho aquella tarde, además de encontrar algunas lagunas en su declaración que le hacían suponer como sospechoso. Mientras, la madre de la criatura sospechaba que tal vez su muerte hubiese sido obra de algunos traficantes de droga, muy abundantes en la zona en aquella época, y que el crío fue testigo de algún asunto incómodo por lo que fue vilmente asesinado para eliminar cualquier tipo de pruebas.

Detención del padre

Más de año y medio después del asesinato de su hijo, concretamente a finales de enero de 1993, era detenido su progenitor Antonio Paulos, a quien acusaban de darle muerte a su vástago. La madre del pequeño dudaba de su culpabilidad y así lo hizo saber en una breve declaración a los medios de comunicación, ya que según ella, el padre se desvivía por su hijo y hasta que escuchase su declaración no terminaría por creer la acusación que se hacía.

En junio de 1993 Antonio Paulos era juzgado en la Audiencia Provincial de Pontevedra, acusado de haber dado muerte a su hijo dos años antes. Sin embargo, el progenitor negó en todo momento las acusaciones de la fiscalía y resultaría absuelto al aplicar el tribunal el principio de “indubio pro reo”, es decir la ausencia de pruebas concluyentes para incriminar al hombre que había sido juzgado.

Posteriormente, tras la acusación del progenitor, la madre del pequeño se mostraría totalmente convencida que el autor de su muerte era su marido, tal y como demostraría en diversas declaraciones a distintos medios de comunicación. El matrimonio terminaría por romper relaciones, abandonando ambos la vivienda que compartían. La misma sería vendida para -posteriormente- ser derribada y levantar una nueva edificación, como queriendo olvidar el trágico suceso que consternó a toda la comarca del Salnés y a toda Galicia en una ya lejana noche de San Juan.

Al parecer, en el cuerpo del muchacho asesinado se encontró un pelo que no pertenecía a la víctima. Sin embargo, esta única prueba que podría haber ayudado a esclarecer un asunto tan turbio, fue extraviada cuando se envió al Instituto Nacional de Toxicología de Majadahonda, en Madrid, para poder ser analizada y detallar a quien podría corresponder su ADN. Todo ello, unido a las casi tres décadas que han transcurrido desde el asesinato del pequeño José Antonio han provocado que el suceso haya pasado a formar parte de los crímenes que se encuentran sin resolver. En este caso con el agravante de que al haber transcurrido más de 20 años desde la última actuación judicial, el crimen ha pasado de forma impune al baúl de los recuerdos.

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Asesina a cuatro personas en un ajuste de cuentas en Pontevedra

Vilaboa, localidad en la que se cometió el cuádruple crimen

En los años noventa la droga causó muchos estragos en Galicia, principalmente en As Rías Baixas, donde eran muy frecuentes los ajustes de cuentas, tanto entre clanes dedicados a la distribución masiva de estupefacientes como entre los propios consumidores que, en más de una ocasión, emplearon la violencia para deshacerse de sus rivales, por el motivo que fuese.

Una de esas ocasiones ocurriría en la jornada del 27 de enero de 1997 cuando toda Galicia se sobresaltaría al conocer un hecho muy sangriento y luctuoso que había tenido en el hostal Las Rías, emplazado en la localidad pontevedresa de Vilaboa. Alrededor de las doce de la noche ese día se presentó en el apartamento 21 del centro hotelero José Manuel Rodríguez Lamas, alias “El Pulpo” armado con una pistola del calibre 7,65. Su objetivo era eliminar las posibles víctimas presenciales de otro suceso sangriento cometido por el mismo autor en el día anterior, aunque nunca lo confesaría hasta ocho años más tarde, cuando estaba ingresado en la cárcel.

Como si de un auténtico profesional se tratase y demostrando una extraordinaria pericia tanto en el manejo como en el uso de las armas, José Manuel Rodríguez se desharía de tres personas de una “forma limpia”, como se conoce en el argot policial, disparando a cada una de sus víctimas un único disparo en la cabeza. El horripilante crimen sería descubierto horas más tarde por un amigo de los asesinados, encontrando también estado casi moribundo a una cuarta persona, Alberto Piñeiro Rodríguez, un joven de 27 años adicto a las drogas, vecino de la parroquia de Meira, en el término municipal de Moaña. Sorprendentemente este último sobreviría a la matanza.

Tres toxicómanos

Las víctimas del criminal eran tres jóvenes toxicómanos, entre ellos una pareja que se dedicaba al trapicheo en pequeña escala. Los fallecidos eran Jesus Joaquín Brea Blanco, de 33 años de edad, natural de Cuntis y su novia Mercedes Castaño de la Fuente, de 28, natural de la localidad pontevedresa de Marín. La tercera víctima mortal era Eugenio Rioboo Viruel, de 31 años de edad, nacido en Cádiz, pero con vecindad en la el municipio pontevedrés de Moaña.

El error en el disparo sobre Alberto Piñeiro pudo haberse debido a que “El Pulpo” quizás hubiese escuchado algún ruido que le desconcertó y le puso nervioso, huyendo escaleras abajo en dirección a la calle.A Rodríguez Lamas se le acusaba también de un cuarto asesinato, el de Roberto Iglesias Domínguez, de 34 años de edad, al que negó haberlo matado durante más de ocho años. El historial delictivo del triple autor del crimen de Vilaboa no había parado de crecer en todos aquellos años, además llevando a cabo acciones muy violentas, entre ellas algún asalto a entidades financieras, así como liderar una peligrosa banda de delincuentes en el área de las Rías Baixas gallegas.

Aunque en un principio se detuvo a dos personas, se demostró que estas dos nada tenían que ver con la matanza que consternaría a Galicia. El autor del crimen era un peligroso delincuente, conocido de la policía, por haberse visto involucrado en otros actos delictivos muy violentos, entre ellos algún asalto a un banco, así como el hecho de liderar una peligrosa banda que actuaba por todo el área de Vigo y las Rías Baixas.

Detención

Su detención hizo presenciar a los vecinos del barrio vigués de Cabral una escena más propia del Oeste americano o de los muchos filmes que vienen de los EE.UU. en los que se desata una inusitada violencia. La misma se produjo en la jornada del 4 de febrero de 1997, escasamente una semana más tarde de haber perpetrado la carnicería de Vilaboa. “El Pulpo” se encontraba en un bar cuando alrededor de las once de la noche se personó en el mismo una pareja de miembros de la policía.

Al percatarse de su presencia, salió al exterior empuñando sendas pistolas, una en cada mano, con las que abrió fuego contra los agentes, tras parapetarse sobre su coche. Una de las balas estuvo a punto de alcanzar a un transeúnte, mientras que otro proyectil se colaría en el interior de un domicilio por una ventana. Además, uno de los agentes resultaría herido de consideración en una pierna.

Su rudeza la demostraría al enfrentarse con la policía a mano armada, además de increparles diciéndoles que prefería que lo matasen antes de ir detenido. Sin embargo, en esta ocasión la destreza policial y el hecho de verse acorralado sin escapatoria posible provocarían que “El Pulpo” se entregase a los agentes armados.

Por este triple crimen, José Manuel Rodríguez Lamas sería condenado a 125 años de cárcel. Además, le imputaban un cuarto asesinato que siempre se había negado a reconocerlo, el que le había costado la vida a Iglesias Domínguez, cometido en la jornada anterior al triple crimen de Vilaboa.

El asesinato de Roberto Iglesias

El día anterior a la muerte de tres personas en el hostal de Vilaboa había desaparecido un joven de 34 años de edad, Roberto Iglesias Domínguez, quien también tenía numerosos antecedentes policiales y estaba estrechamente vinculado al mundo del trapicheo en pequeña escala de la droga. Pese a los duros interrogatorios a los que fue sometido, “El Pulpo” jamás reconoció ser el autor de su muerte, negando taxativamente conocer su paradero.

Después de ocho años de su desaparición, cuando se encontraba cumpliendo condena por la masacre de Vilaboa, Rodríguez Lamas decidió contar a la policía la verdad sobre la suerte que había corrido la cuarta víctima de este horrendo suceso. En su relato confesaría a los agentes que el había sido quien había acabado con la vida del joven desaparecido en la tarde anterior al triple crimen. El escenario fue el mismo, el hostal, Las Rías.

Al parecer, a las tres de la tarde del 26 de enero, “El Pulpo” se dirigió al centro hostelero en que se desencadenaría la matanza donde mantuvo una agria discusión con el joven que llevaba ocho años desaparecido. Allí, en el hostal mismo, le efectuó un primer disparo que erraría al interponerse entre ellos Carlos Ramos Prada, un joven que sería condenado por encubrimiento, y que fallecería posteriormente en prisión.

El segundo disparo fue mortal de necesidad acabando con la vida de Roberto Iglesias, cuyo rastro sangriento había sido encontrado por la policía en el hostal en el que se juntaban los jóvenes toxicómanos. De la misma forma, estuvo a punto de matar, también de un disparo a Marcial Magdalena, quien -al parecer- se libró de una muerte segura al ocultarse en un armario que había en el interior de la habitación del hostal.

En un pozo abandonado en Ponteareas

Tras el primer crimen, se desataría una guerra de nervios entre todos los presentes en el apartamento para deshacerse del cadáver de Roberto Iglesias. “El Pulpo” obligaría a darle dos puñaladas al cuerpo del joven asesinado a dos de los jóvenes que en ese momento se hallaban con el en aquel tétrico apartamento.

En su confesión ante los agentes de la policía declararía que, una vez hubo cometido el primer crimen, decidió embalar su cadáver e introducirlo en el maletero de su vehículo. Posteriormente arrojaría su cuerpo a un pozo abandonado en una parroquia perteneciente al término municipal de Ponteareas. Una vez cotejados los datos de ADN con los de la sangre hallada en el apartamento de Vilaboa se pudo certificar que efectivamente los restos óseos hallados pertenecían al joven desaparecido.

Curiosamente este crimen, el que más tiempo tardó en ser esclarecido, fue el primero de la sangrienta matanza ocurrida en Vilaboa. Y no solo eso. Este asesinato sería también el desencadenante de la posterior matanza, perpetrada al día siguiente, ya que su finalidad era eliminar cualquier testigo en relación al crimen cometido anterior.

En el año 2011 José Manuel Rodríguez Lamas se beneficiaria de la denominada “Doctrina Parot”, al estimar parcialmente el recurso presentado por su letrado. Así, los algo más de tres años a los que había sido condenado por las heridas que le había ocasionado a un agente de la policía el día de su detención. Los mismos se sumaban a los más de 125 años de cárcel a los que había sido condenado por el cuadrúple crimen de Vilaboa con lo que su estancia entre rejas sería de un máximo de 25 años, aunque todavía tenía una pena de dos años pendiente de cumplir, en relación con otro delito por el que no había ingresado en prisión por carecer de antecedentes penales en aquel momento.

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30 muertos en los sucesos de Cruz de Santos (Lugo)

Una cruz insertada sobre una columna de piedra labrada recuerda el lugar de los trágicos acontecimientos

Los sucesos que aquí se narran tienen -en parte- un carácter aproximado, ya que ocurrieron hace muchos años, cerca de 200, y sobre los mismos no existe documento probatorio alguno que los certifique. Ni siquiera archivos parroquiales, ya que en los años posteriores se procedió a la reconstrucción de varios templos y casas rectorales de las parroquias que aparecen mencionadas en el texto, por lo que muchos de ellos se perdieron o fueron destruidos. Además de la tradición oral, que siempre deforma el relato inicial hasta el extremo de convertirlo en mítico, hemos recurrido a otros archivos que, pese a que han aportado algún dato, no han ayudado mucho a esclarecer este suceso en sí, que fue algo más que un enfrentamiento entre carlistas e isabelinos, aunque se circunscriba dentro de la Primera Guerra Carlista, en el año 1837.

Dice con mucho acierto el historiador gallego Xosé Ramón Barreiro que el carlismo en Galicia adoleció de un importante número de seguidores, a diferencia de lo que sucedía en otras partes del Estado, como era el caso de Cataluña o el País Vasco, aunque no le resta importancia a las expediciones desarrolladas por los partidarios de don Carlos, el pretendido rey legitimista de la época, a tierras gallegas. Sin embargo, el carlismo no encontró el eco necesario para llevar a cabo sus acciones en una lucha que se caracterizaría por su extrema violencia y crueldad, en la que no faltarían las vejaciones a las víctimas y tampoco las profanaciones de cadáveres por ambas partes, a fin de dar ejemplo al enemigo.

Uno de esos trágicos episodios provocados por una expedición carlista que se dirigía a tierras gallegas, cuyo mando sería asumido por un sacerdote gallego, Secundino Arias, para emprender varias acometidas en algunos lugares de la Galicia más rural y remota que en aquel entonces gozaba de una extraordinaria salud demográfica, algo que no acontece hoy en día. El suceso al que nos referimos ocurriría en el año 1837 cuando un grupo de expedicionarios carlistas gallegos tomaron una ruta rural, bastante frecuentada en la época para enlazar con el Camino Real que unía a tres parroquias de la comarca lucense de Terra Chá y que era la principal vía de tránsito para dirigirse a su cabecera, emplazada en Vilalba.

Robos y atentados

El trágico y luctuoso acontecimiento sería provocado por los sublevados carlistas, quienes al encontrarse en las inmediaciones de tres prósperas parroquias, Sancobade, San Xurxo de Rioaveso y San Mamede de Oleiros, decidieron emprender uno de sus muchos saqueos a los habitantes de la zona para proveerse de alimentos y víveres que les permitiesen continuar con su truculenta patraña. En un primer momento se dirigieron al lugar de A Frouseira, un espléndido barrio de Sancobade, forzando a dos de sus vecinos a que utilizasen sus carros del país tirados por yuntas de vacas o bueyes para que trasladasen todo el trigo y patatas que guardaban en sus respectivas despensas para proveerse ellos de los mismos. Este acontecimiento lo perpetrarían en plena madrugada con el fin de evitar que pudiesen defenderse o dar la voz de alarma al resto del vecindario para acudir en su ayuda. A aquellos desalmados “invasores” les valía de todo. Incluso obligaron a marchar con ellos a mujeres y niños con el objetivo de impedir que quedasen testigos sobre lo sucedido.

Los secuestradores llevaron a sus víctimas, una cifra que nunca se ha podido determinar con exactitud, hasta unos bosques y fragas donde acampaba su expedición y que se encontraba alejado de las viviendas y de los barrios más próximos a una distancia de media legua aproximadamente, por lo que era difícil saber que camino habían tomado los vecinos desaparecidos. Sin embargo, su macabra peripecia tendría un error que les costaría caro. Uno de los secuestrados, un niño de unos diez años de edad, originario del lugar de O Porto da Egua -muy inmediato al barrio de A Frouseira- conseguiría huir de las garras de sus captores, aprovechando una cerrada noche de lluvia sin que ellos se diesen cuenta. El joven daría alerta a todo el vecindario, que inmediatamente se puso en marcha hasta el lugar donde acampaba la expedición carlista. Iban armados de forma rudimentaria, contando con todo tipo de herramientas de labranza, aunque también con alguna escopeta de caza.

Los vecinos, en grupo mucho más numeroso que la expedición carlista, pronto darían también cuenta de lo acontecido a las autoridades locales, así como al Ejército isabelino que luchaba contra los actos de bandidaje y saqueo que cometían los carlistas. Además, alguien, sin saberse exactamente como, dio aviso a otros habitantes de las parroquias próximas al lugar que iba a convertirse en un trágico escenario de sangre y terror en pocas horas.

Ejecuciones

La actitud de los carlistas fue muy cruel y despiadada, ya que al verse cercados de manera sorprendente y sin gozar del apoyo de nadie en la zona, no se les ocurrió mejor ni más macabra idea que comenzar con la ejecución de los vecinos que mantenían como rehenes, que eran cinco personas pertenecientes a una misma familia. La expedición carlista apenas superaba el medio centenar de hombres, en tanto que los alzados en armas contra ellos -ajenos a cualquier disputa bélica y mucho menos política- podían superar los 500 efectivos. Exaltados y enfurecidos por la violencia empleada por aquellos energúmenos a quienes non dudaban en calificar de bandidos, salteadores y asesinos, los vecinos emprendieron el temible y atroz ataque contra el campamento carlista, produciéndose un breve pero intenso y encarnizado combate, cuyo resultado final sería la derrota de los expedicionarios, cuyos objetivos jamás fueron comprendidos en las zonas rurales de Galicia.

Como consecuencia del asalto, los más perjudicados serían los carlistas, pese a que en el encarnizado combate, de apenas unas horas, abatieron a cinco vecinos de la zona. Consecuencia de ello, el vecindario que los combatía se emplearía de manera altruista y con excepcional arrojo, vengando la muerte de su convecinos. El jefe de la expedición carlista, el reverendo Secundino Arias, sería ejecutado en el mismo lugar de los hechos y, dada su mala fama, su cabeza sería expuesta sobre un chantón, una enorme piedra labrada que servía como escaparate, para ser sometida a vejaciones y también como ejemplo de posibles salteadores.

La cifra de expedicionarios carlistas muertos se cree que pudo rondar la veintena, aunque no hay datos oficiales que puedan corroborar esta cifra. Lo que si se sabe, es que ante la aguerrida avalancha vecinal, el resto terminaría por rendirse, siendo todos ellos detenidos con la llegada de efectivos del Ejército realista a la contorna. También hay constancia de que los vecinos les darían muerte a varios miembros de la expedición carlista de una forma brutal y macabra, justificada en parte por el terrible ajusticiamiento que habían emprendido con los cinco miembros de una misma familia.

Recuerdo

Como consecuencia de este dramático y sanguinario episodio ocurrido en el año 1837, se instalaría una enorme columna de piedra labrada, de algo más de dos metros de altura -la que se puede observar en la foto que ilustra este texto- en cuyo remate se puede observar una oxidada y desgastada cruz de hierro en recuerdo de los sucesos. O más bien, de los vecinos allí fallecidos. De igual modo, a raíz de este hecho, el lugar cambiaría de nombre, siendo conocido a partir del siglo XIX como Cruz de Santos.

Aunque se supone que los restos mortales de los vecinos ejecutados reposan en el cementerio de Sancobade, parroquia de la que eran oriundos, lo que nunca se supo con exactitud es donde pueden estar sepultados los cuerpos de los expedicionarios carlistas, que fueron siempre vistos como malvados y criminales que solo buscaban saquear a los vecinos. Se supone que sus cuerpos pudieron haber sido sepultados en una fosa común, próxima al lugar de los hechos, aunque jamás se hallase resto alguno.

Este trágico y sangriento suceso constituye, hasta nuestros días, el mayor episodio sangriento de la historia del municipio de Vilalba del que se tiene constancia, superior incluso a la propia Guerra Civil española -si se excluye- claro está, a las decenas de jóvenes vilalbeses caídos en combate, cuya cifra superó los dos centenares.

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