Mata a golpes a dos niños, hermanos mellizos, en A Coruña

La policía en el lugar donde se produjeron los hechos

Hay sucesos que superan la peor ficción macabra jamás imaginada. Es entonces cuando nos preguntamos como puede haber personas, si es que puede llamárseles así, tan desalmadas como para protagonizar acontecimientos que jamás se borrarán del imaginario colectivo por muchos años que pasen. Uno de esos desgraciados sucesos aconteció en la mañana del 21 de agosto de 2011 en el popular barrio coruñés de Monte Alto, en la calle Andrés Antelo, cuando un joven de 29 años, Javier Estrada Fernández daba muerte a dos pequeños de diez años, Alejandro y Adrián, después de golpearlos reiteradamente con una barra de hierro y un sillín de una bicicleta estática. Cualquier objeto era válido para este individuo con el fin de reconvertirlo en un arma mortal y asesina.

Al parecer, el dantesco espectáculo que terminaría con la vida de los dos hermanos, se inició a media mañana, según relataría el autor del crimen a la policía. La madre de las criaturas, María del Mar Longueira, quien también resultaría condenada por este hecho, había encomendado a su compañero que se hiciese cargo de los pequeños esa mañana, pese a la advertencia del psiquiatra que trataba a Javier Estrada de que jamás permitiese que este se quedase con los pequeños ante un eventual brote de violencia por su parte. Sin embargo, desoyendo los consejos del médico, esa mañana ocurriría una tragedia que conmocionaría de sobremanera a la opinión pública gallega, que se desentendía por unas horas de los graves efectos que estaba ocasionando la galopante crisis económica de la época.

El asesino confeso de los pequeños se había empecinado en que los pequeños comprendiesen el funcionamiento del reloj de agujas. Sin embargo, según su testimonio, apenas avanzaban. En el transcurso de sus lecciones, uno de los críos tomó en sus manos el despertador que usaban para tan truculentas clases y lo arrojó al suelo. Esta actitud del pequeño lo pondría más nervioso de lo que se encontraba, a lo que se sumaba el malhumor por el hecho de que su compañera se negase a mantener relaciones con él la noche anterior. Así se desprende de las declaraciones que efectuaría ante la policía, en las que mostraría una actitud chulesca y desafiante.

Advertencias del psiquiatra

Los niños, que sufrían malos tratos de manera habitual y reiterada, huyeron del lugar donde estaba recibiendo las lecciones de Javier Estrada, escondiéndose uno de ellos, Alejandro, en la cocina, mientras que Adrián lo haría en una habitación. Pero de poco les serviría esconderse de su maltratador, pues con una barra de hierro se ensañaría con el primero de ellos hasta dejarlo en estado casi moribundo, agonizando en la cocina, aunque Javier ya lo había dado por muerto.

Tras abandonar al pequeño en la estancia reservada para comer, se fue a por Adrián, quien temeroso y tras escuchar los gritos de su hermano, le prometió portarse bien, con la finalidad de evitar la suerte que había corrido Alejandro. Sin embargo, su verdugo desoyó sus peticiones de clemencia y prosiguió con su sanguinario ritual. Su ensañamiento con ambas víctimas fue tan brutal que hasta llegó a destrozar la barra de hierro con las que les estaba pegando. Entonces fue cuando tomó en sus manos el sillín de una bicicleta estática y con el hierro del mismo prosiguió con su bárbara y salvaje actitud hasta terminar con la vida de ambos.

Una vez hubo terminado con Adrián escuchó unos balbuceos en la cocina en la cual estaba tirado su hermano, en estado de práctica inconsciencia. Se percató que el pequeño Alejandro, que ya se encontraba agonizante, todavía conservaba un soplo de vida y decidió rematar la faena definitivamente, dándole un golpe de gracia definitivo que terminaría con su infame existencia, pues ya se había acostumbrado, al igual que su hermano, a los malos tratos, que eran muy habituales en esta familia, incluso por parte de su progenitora.

Malos tratos habituales

Que los hermanos Alejandro y Adrián sufrían malos tratos desde hacía algún tiempo no era novedad alguna y era sabido por muchas personas próximas al círculo familiar. De hecho, una amiga de la madre de los niños había puesto en conocimiento del Teléfono del Menor los reiterados malos tratos que sufrían. Igualmente, los críos les habían comunicado a sus amigos, a través de mensajes de texto del teléfono móvil de su madre, que eran objeto de constantes palizas y golpes por parte tanto de la pareja de su progenitora, como de esta última, aunque esas vejaciones se habían incrementado de forma notoria desde que María del Mar Longueira había iniciado su relación con Javier Estrada.

Sin embargo, las peticiones de ayuda por parte de los pequeños caerían en saco roto. Nadie se preocuparía por ellos hasta que un desgraciado día se convirtieron en portada de los principales diarios del país. Y como de un macabro sarcasmo se tratase, María del Mar confesaría ante la policía que Javier era el hombre de su vida, con quien supuestamente estaba dispuesta a ampliar su prole familiar después de someterse a un tratamiento de fertilidad. Ver para creer.

A la detención de Javier Estrada a las pocas horas de haber perpetrado el crimen, se sumaría también la imputación de su pareja, María del Mar Longueira, a la que se acusaba, al igual que su compañero, de dispensar malos tratos de forma continuada a sus vástagos. La jueza encargada del caso entendía que, dados los antecedentes y los datos recabados -llegó a contabilizar con la declaración de 20 testigos-, los pequeños eran objeto de continuos malos tratos tanto físicos como psicológicos por parte de sus tutores. Además, así quedaría demostrado en el juicio que se siguió contra ambos algo más de año y medio después del horroroso crimen.

60 años de cárcel

En medio de una gran expectación, a la que se sumaba la lógica indignación de muchos de los presentes, se celebraría el juicio en la sala de vistas de la Audiencia Provincial de A Coruña en marzo del año 2013. Javier Estrada Fernández sería condenado a 42 años y medio de cárcel. Además del delito de dos asesinatos consumados, se le sumaban los agravantes de los malos tratos familiares, entre los que no faltaban golpes, bofetadas y tirones de orejas a los pequeños.

Tampoco se salvaría de la condena de prisión su compañera sentimental, María del Mar Longueira, quien sería condenada a once años de cárcel, acusada de dos delitos de homicidio imprudente, a los que se sumaban otros cuatro años más por la actitud agresiva y hostil que mostraba hacia los pequeños. Además, en la sentencia se destacaba que esa misma agresividad había ido in crescendo desde que hacía algo más de un año por aquel entonces había iniciado la relación sentimental con quien sería el autor material de la muerte de ambos pequeños.

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Condenado a muerte por asesinar y robar a un mendigo en A Coruña

La década de los sesenta fue la prodigiosa, aunque no para todo el mundo. Galicia comenzaba a dejar atrás parte de su finisecular atraso. Aún así por sus empedrados y cenagosos caminos, que eran la gran mayoría -pues la mayor parte de su población vivía en el mundo rural- circulaban todavía los viejos carros del país tirado por una yunta de vacas, en tanto que quien no emigraba se veía condenado a sobrevivir con una agricultura de subsistencia. Continuaba siendo un eterno país tradicional, anclado todavía en viejas y ancestrales costumbres que hacían presagiar un funesto futuro para la Galicia eterna, esa que todavía habitaba en masa sus enormes áreas rurales, que en la actualidad se han convertido en una caricatura del esplendor que tuvieron no hace más de 60 años.

Pese a todo, a ser una tierra atávica y con un carácter melancólico y triste, a veces sucedían cosas que alteraban ese devenir cotidiano en el que tan plácidamente se convivía en un territorio costumbrista y atávico. Las ferias y mercados, que actualmente sufren un declive imparable, solían ser el principal centro de reunión e intercambio que realizaban la mayoría de sus habitantes, además de constituir un lugar inequívoco de grandes concentraciones humanas en las que se realizaban las grandes transacciones comerciales de la época, principalmente en lo que al mundo rural se refiere.

A las ferias acudían gente de toda clase y condición. A ellas iban también muchas personas que vivían de la caridad ajena, pues era la ocasión primordial para hacerse con un dinero que, de otra manera, les resultaba poco menos que imposible de ganar. De estos eventos era incondicional un sexagenario del municipio lucense de Castro de Rei, Jesús Acevedo Rivas, quien, a pesar de tener que padecer los rigores y las inclemencias del tiempo, obtenía importantes réditos que le permitían capear el temporal. Así se deduce de lo sucedido en la jornada del 30 de septiembre de 1962, cuando apareció asesinado en un viejo camino de la ciudad de A Coruña, muy próximo al conocido “Barrio Chino”.

Una pedrada

Hemos visto en innumerables ocasiones que cualquier objeto sirve para matar. En este caso, el autor de la muerte de Jesús Acevedo utilizó una piedra con la que le propinó un brutal golpe en la cabeza, acabando con su vida casi de forma instantánea. Su asesino era un joven del municipio coruñés de Valdoviño de tan solo 19 años, Arturo Ferrero Díaz, con quien había estado departiendo previamente en la mencionada zona de la ciudad herculina.

Se desconoce desde cuando ambos individuos mantenían amistad o relación entre ambos. Sin embargo, lo que si se sabe es que en la noche de autos, Arturo Ferreiro intervino en una disputa en la que había intervenido la víctima con otro mendigo. Al parecer, estaban discutiendo de forma acalorada por asuntos triviales en una taberna del denominado “Barrio Chino” y Jesús quiso evitar el enfrentamiento entre ambos contendientes, llevándose consigo al hombre al que luego le daría muerte.

Una vez que hubieron abandonado la taberna, quizás debido a la gran cantidad de dinero que llevaba consigo Jesús Acevedo y a los más que posibles efectos del alcohol, Arturo decidió deshacerse del por la vía más práctica y rápida, el asesinato. Así se deduce del informe policial, en el que se relataba que la víctima portaba consigo la nada despreciable cantidad de 1.500 pesetas de la época, en un tiempo en el que ganar en torno a 500 pesetas mensuales no estaba nada mal. Además, portaba consigo un saco con una importante cantidad de calderilla, si bien es cierto que no se informa a cuanto ascendía la misma. Posteriormente, el criminal entregaría todo el dinero a otro mendigo.

Aunque las pesquisas siempre fueron encaminadas hacia personas del entorno de la víctima, que se desenvolvía en ambientes marginales, tardarían hasta cinco días en dar sus frutos, cuando fue detenido el autor material del asesinato, un hombre que carecía de antecedentes, aunque se sabía que se desenvolvía por los mismos círculos de marginalidad y desarraigo en los que también hacía su vida Jesús Rivas Acevedo.

Pena de muerte

Hasta seis años tardaría en celebrarse el juicio por la muerte del mendigo en el “Barrio Chino” coruñés, debido a las muchas causas que acumulaba el autor de la muerte del mendigo y que no habían sido substanciadas. El fiscal entendía que el desarrollo de los hechos en los que había perdido la vida Jesús Acevedo obedecían a lo que consideraba un homicidio con robo, al que concurrían tres circunstancias agravantes, por lo que la Audiencia Provincial de A Coruña sentenciaría a Arturo Ferrero Díaz a la pena de muerte, con fecha del 12 de julio de 1968.

La condena sería ratificada por el Tribunal Supremo, en sentencia firme, dictada el 13 de mayo de 1969. Sin embargo, el abogado encargado de su defensa elevó una petición de clemencia ante el Consejo de Ministros, quien en su reunión de 16 de enero de 1970, le concedió la gracia del indulto. En virtud de este beneficio se condenó a Ferrero Díaz a la pena accesoria de 30 años de reclusión mayor, con la exclusión de otros indultos que pudiesen concederle en el futuro, así como las gracias relativas a una hipotética libertad condicional.

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Asesina a una amiga para robarle su hijo en Monfero (A Coruña)

El año 2002 pasaría a la historia como el del “Prestige”, el famoso carguero de bandera de conveniencia que zozobraría frente a las costas gallegas provocando una colosal marea negra que hizo saltar a Galicia a las primeras páginas de la prensa, no solo estatal, sino también mundial. Las imágenes de aquellos aguerridos hombres del mar luchando contra el fuel que asolaba las costas gallegas se convertirían en épicas, dando la vuelta al mundo. Sin embargo, no fue solo la terrible marea que tiñó de negro los arenales gallegos el único suceso trágico ocurrido en el año capicúa del nuevo siglo en el verde noroeste peninsular. Hubo otros hechos que marcarían la crónica negra gallega de aquel entonces, algunos de los cuales traumatizarían profundamente -como es natural- los lugares dónde ocurrieron, llegando a convertirse en los típicos acontecimientos mediáticos de los cuales se hablaría durante mucho tiempo.

Uno de esos trágicos episodios ocurriría en una pequeña localidad del interior gallego, pero muy próxima a la costa, Monfero, quien destaca -además de por su abandonado monasterio cisterciense- por la rica fauna y flora en la que se encuentra enclavado, en las siempre frondosas Fragas do Eume, un maravilloso y extraordinario parque natural de varios millares de hectáreas que se distribuyen entre cinco municipios, no menos vistosos y agradables que el pequeño núcleo de Monfero, quien -hoy en día- ya no supera los 2.000 habitantes, dispersos en decenas de micronúcleos de población, como la práctica totalidad del rural gallego.

La historia de este suceso puede parecer muy rocambolesca y en parte lo es. Digna de ser llevada a la pequeña pantalla, ya que una vez más la realidad vuelve a superar a la ficción. Su principal protagonista es una joven que en aquel entonces tenía menos de 25 años de edad y se llama Isabel Marcos Maceiras, quien se encontraba obsesionada con ser madre y no había conseguido su objetivo, pese a que nunca tiró la toalla. Sin embargo, trataría de hacerlo de forma dramática y trágica, ideando para ello un macabro y truculento plan de funestas consecuencias.

Desaparición

El plan ideado por Isa, tal como era conocida por sus allegados y conocidos, consistía en raptar el hijo de una amiga o conocida, Vanessa Lorente Jiménez, una joven de 22 años natural de la región de Murcia que llevaba una penosa y abigarrada vida, no exenta de los malos tratos que le había proporcionado su antiguo compañero sentimental, a quien había denunciado en múltiples ocasiones. De hecho, había recibido el apoyo humano y emocional de los servicios sociales del Ayuntamiento de Fene, localidad próxima a Ferrol en la que residía habitualmente.

En la tarde del 13 de agosto de 2002, que se convertiría en el trágico día de autos, Isabel Marcos contacta telefónicamente con su amiga Vanessa Lorente, invitándola a que la acompañe hasta un supermercado y a realizar algunas compras. Conciertan su primera entrevista en una cafetería de Pontedeume, localidad muy próxima a Fene, antes de ir de compras. La muchacha murciana va acompañada de su hijo, un bebé de apenas cuatro meses de edad, a quien Isabel le regalará un muñeco que le compra en uno de los establecimientos a los que acuden en aquella fatídica tarde, convirtiéndose en un ingrediente más de morbo para que no falte de nada.

A partir de ese instante, o de esos días centrales de agosto, se pierde toda pista de Vanessa. Solamente existen rumores, algunos de los cuales hablan de su azarosa vida e incluso se llega a decir, tal vez de forma interesada, de que hubiese regresado a su tierra natal. Con el transcurso de los días, las personas más próximas a la chica pimentonera comienzan a impacientarse, pues no aparece por ninguna parte. A la par, a todo el mundo sorprende, principalmente a sus vecinos más próximos, que Isabel Marcos salga a pasear con un niño en un carrito. La joven había premeditado un plan en el que había manifestado a sus familiares y amigos de que se encontraba en cinta, simulando un embarazo para lo cual utilizaba ropas flojas. A todo ello se unían sus constantes embustes e idas y venidas que hacían sospechar a más de uno, con no pocas contradicciones en todo el tiempo en el que estuvo a cargo del pequeño Daniel, hijo de Vanessa Jiménez.

Llamada anónima a la Guardia Civil

La cínica función teatral montada por Isabel Marcos llegaría a su fin a mediados del mes de septiembre del año 2002, poco más de 30 días de haber secuestrado el niño. El punto de partida comienza con una llamada anónima a la Guardia Civil en la que se indica que la joven monferina no ha sido madre y que el niño que ella porta en su carrito no es hijo suyo sino de una tercera persona. Puestos en alerta, los agentes se dirigen a la localidad de Miño, dónde habitualmente residía Isabel en compañía de su pareja con quien se había reconciliado recientemente, un joven de edad similar llamado Ángel Cernadas, quien también sería procesado por este hecho y a la postre condenado. Su primera respuesta ante la llegada de los agentes es que el niño al que está cuidando es de una amiga que ha ido a un entierro, siendo esta la primera de mentira del largo cúmulo de patrañas que iría ofreciendo a lo largo de todo el proceso. A pesar de las disculpas presentadas por Isabel, es inmediatamente conducida al cuartel de la Guardia Civil de Fene para que preste la oportuna declaración en relación con la desaparición de la joven murciana.

Hasta un total de 72 horas tardaría la entonces presunta asesina en declararse culpable del crimen que le había costado la vida a su amiga, Vanessa Lorente. En el transcurso de todo este tiempo hizo distintos relatos, todos ellos escasamente coherentes y de difícil credibilidad. Sin embargo, finalmente terminaría derrumbándose y contando la verdad acerca de un suceso que trajo en vilo a los gallegos en los días finales de aquel caluroso verano de 2002.

La versión más creíble sobre los hechos es la que indica que la joven gallega, después de haber ido de compras, invitó a su amiga murciana a acudir a la casa de sus padres, situada en la parroquia de San Xurxo de Queixeiro, en el municipio coruñés de Monfero. Una vez allí, prosiguió con su más que macabro plan para darle muerte. En un principio, Isabel ofreció a Vanessa un zumo en el cual previamente le introdujo algún medicamento somnífero, con la clara intención de anular su voluntad. Posteriormente, le propinaría un contundente golpe en la cabeza, destrozándole el cráneo, con lo que acabaría con su vida de forma prácticamente instantánea. El arma homicida jamás aparecería.

Para concluir la truculenta y terrible faena, decidió dar sepultura a Vanessa en un galpón que tenía el suelo de tierra, propiedad de su familia, que se encontraba situado en la zona aledaña a su vivienda. Allí, aparte del cadáver de Isabel, se sepultarían también los restos de un perro, que fueron encontrados sobre el cuerpo sin vida de la joven asesinada. Posteriormente, solicitaría de los servicios de su padre -albañil de profesión- para echar una capa de cemento sobre el improvisado panteón. Al parecer, el animal fue enterrado en el mismo lugar con la intención de distraer la atención vecinal ante el posible mal olor que pudiese desprender la imprevista morgue. Según relataría ante las autoridades, su progenitor estaba convencido de que lo que allí se enterraba era un viejo ciclomotor, marca Vespino. Además, el hoyo en el que fue sepultada Vanessa Llorente había sido cavado unos días antes por quien se acabaría convirtiendo en su brutal verduga, tal y como contaría en una de sus declaraciones ante los agentes que investigaron el caso.

30 años de prisión

El juicio, que se celebraría en medio de una gran tensión en mayo del año 2006, se volvieron a repetir las escenas de dolor, así como también se sucederían de nuevo las constantes contradicciones por parte de la principal acusada, quien alegó el consumo de estupefacientes para justificar de ese modo sus distintos y contradictorios relatos. Después de ser observada por distintos profesionales de la salud mental, todos ellos descartaron que Isabel Marcos Maceiras padeciese algún tipo de trastorno que le impidiese discernir entre el bien y el mal. El fiscal encargado del caso manifestaría con dureza que se trataba de una persona “manipuladora y fabuladora”.

Tras unas largas sesiones y después de casi un mes, se hacía público el veredicto del jurado encargado de juzgar el caso. Isabel Maceiras Marcos sería condenada a la pena de 30 años de prisión, acusada de un delito de asesinato y otro de detención ilegal. Además, debería satisfacer a los herederos de la víctima, en este caso el pequeño Daniel, la cantidad de 240.000 euros en concepto de indemnización. Pero además de la joven monferina, también sería condenada su madre, en calidad de cómplice a la pena de 25 años de cárcel. Tanto su progenitora como su hija verían reducida su pena un año después, tras haber recurrido ambas al Tribunal Supremo. En el caso de Isabel, la condena se reduciría en dos años, al eliminar la alta institución judicial el agravante de abuso de confianza, quedando fijada su condena en 28 años de prisión. Por su parte, María Maceiras vería reducida su condena en quince años, al estimar el alto tribunal que no se había podido demostrar la complicidad plena en el asesinato de Vanessa Lorente, tal y como la había acusado su hija en el transcurso de la vista oral, debiendo cumplir una pena de diez años de cárcel.

Finalmente, tanto su padre José Carlos Marcos, como su cónyuge, Ángel Cernadas también serían condenados a la pena de diez años de cárcel cada uno por su colaboración en la ficción del embarazo de la hija y compañera con la finalidad de engañar a terceras personas. En esta condena también se incluía el agravante de detención ilegal practicado con el bebé, así como el hecho de que custodiasen al bebé, simulando un falso parentesco.

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Once muertos en el hundimiento del pesquero “Cubiche”

Pecio de un pesquero hundido

A lo largo de la historia quizás haya sido el mundo marino donde mayor número de personas han perecido en Galicia de forma trágica. A todo ello se suma el hecho de que en las costas gallegas han sido muchos los hombres de distintas nacionalidades, principalmente británicos, que han perdido la vida en aguas gallegas. De hecho, la costa noroccidental gallega se ha ido ganando en nombre de “Costa da Morte”, principalmente a raíz del naufragio del mítico crucero torpedero británico “Serpent”, del que perecería prácticamente toda su tripulación. Solamente tres de los 175 hombres que llevaba a bordo consiguieron salvar sus vidas frente a la localidad gallega de Camariñas, siendo enterrados en un campo santo que en la actualidad es conocido como Cementerio de los ingleses.

Los que peor suerte han corrido en este tipo de desgracias siempre han sido los más desfavorecidos, como todo en la vida. La vida de los pescadores en altamar no es para nada envidiable. Además de pasar largas temporadas fuera de sus casas -en algunos casos varios meses-, tampoco tienen descanso cuando hay pesca, sea de día o de noche. El mar no conoce de horarios. A ello se suma el hecho de que muchos marineros sufren enfermedades de tipo piscosomático a consecuencia del constante estrés al que se encuentran sometidos, ya sea por las mala condiciones climáticas o por las propias que presenta la navegación.

Una de las muchas tragedias que se han sufrido en las costas gallegas se produjo en marzo del año 1963, a muy escasas millas de tierra. Por aquellas fechas desaparecía el pesquero “Cubiche, que tenía su base en el puerto de A Coruña. Durante unos días se mantuvo la incertidumbre acerca de la suerte que pudieran correr los once tripulantes que iban a bordo, pues no daba señales de vida, circunstancia esta que hizo ya pensar en lo peor, como finalmente terminaría ocurriendo.

Un gran misterio

El naufragio se produjo a unas tres millas del cabo Prioriño, situado en Ferrol, dando cuenta del mismo otro pesquero gallego, el “Flor de la Marola”, que estaba faenando a la misma altura que el “Cubiche”. Los tripulantes del barco que dieron la noticia se sorprendieron al observar a su paso grandes manchas de aceite, presumiblemente procedentes del pecio siniestrado, así como algunos objetos personales, entre ellos varios salvavidas que llevaban impreso el nombre del pesquero al que pertenecían.

En cuanto a las causas del siniestro, que costaría la vida a once marineros, han pasado a la historia de la navegación como un gran misterio que jamás ha podido ser descifrado. Solamente quedaron para la posteridad varias conjeturas, todas ellas propias de los hombres del mar. Al parecer, aquellos días el estado de la mar era bueno, por lo que se desechó la posibilidad de un accidente provocado por el oleaje o un temporal. Una de la hipótesis que se barajó en un primer momento fue la posibilidad de que al barco le hubiese estallado la caldera, hundiéndose como consecuencia de una potente deflagración.

Sin embargo, no fue únicamente la teoría de la explosión de la caldera la única aducida por los especialistas en la materia, sino que también se barajó la posibilidad de que el “Cubiche” fuera abordado por algún buque de la marina mercante y su tripulación no advirtiera el abordaje, por lo que el pesquero se iría a pique hundiéndose en las aguas del Océano Atlántico.

Cuerpos en las playas

En días posteriores al naufragio, irían apareciendo los cuerpos de los marineros fallecidos en distintas playas gallegas. El primero en aparecer lo haría en la playa ferrolana de Suevos. En día sucesivos sería recuperado otro cadáver en el arenal de Doniños, mientras que otros cuatro aparecerían en el de Entre Castillos. Los cuerpos de los otros marineros fallecidos serían recuperados en semanas sucesivas, aunque hubo dos que jamás aparecerían.

Una vez más la mar se convertía en la “mala mujer”, que tan bien retrató en una de sus obras el escritor madrileño Raúl Guerra Garrido. Aún así, pese a las muchas tragedias que a lo largo del siglo XX costaron la vida a centenares de marineros gallegos, la convivencia entre el bravo Océano y una buena parte de la Galicia litoral sigue siendo muy íntima y muy estrecha, sin que nada ni nadie haya impedido jamás que miles de hombres se hagan a la mar todos los días en busca de una difícil supervivencia.

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Un marinero asesina a un taxista en A Coruña arrojándolo al mar

Los profesionales del taxi se juegan la vida cada día. A diario son muchas las noticias que podemos leer en la prensa en las que estos conductores son objetivo de rateros y delincuentes habituales, que tan solo aspiran a hacerse con unas nimias cantidades de de dinero con las que dan el cambio a sus muchos clientes. Lo peor de todo, y no son poca veces, es cuando los taxistas son víctimas de un asesinato. Por desgracia, esto último no es nuevo.

Ya en la década de los sesenta del pasado siglo, en pleno franquismo, eran víctimas de robos e incluso de asesinatos, pese a la supuesta mano dura que ejercía el régimen con los delincuentes. Incluso, este tipo de actos delictivos llegaba a una Galicia escasamente desarrollada y masivamente rural en la que la práctica totalidad de sus muchos vecinos del mundo rural se conocían y se vivía, aparentemente, en un ambiente de común armonía.

Esa buena sintonía entre los gallegos de aquella se época se vio bruscamente alterada una noche de un ya lejano 16 de marzo del año 1963 cuando aparecía un taxista brutalmente asesinado en el muelle del este de la ciudad de La Coruña, una urbe muy tranquila y en constante expansión, que en esos momentos se estaba jugando el liderazgo de primera ciudad gallega con el rival de sur, Vigo.

Alrededor de las diez de la noche, en la parada de taxis del barrio herculino de Cuatro Caminos, un joven marinero de tan solo 19 años, José Ramón Santiago Fernández, natural del municipio coruñés de Muros, le requirió los servicios a un joven taxista de 32 años, Antonio Verdura López, originario de la provincia de León pero que ya llevaba algún tiempo afincado en A Coruña. Le solicitó que lo llevase hasta el muelle del Este. Una vez allí, el infortunado profesional le requirió que le abonase las 32 pesetas (0,22 euros actuales) que costaba su servicio. José Ramón Santiago había abandonado el barco en el que trabajaba, pues debía incorporarse al servicio militar, por lo que había cobrado la suculenta cantidad de 3.200 pesetas (19,23 euros actuales), una buena cifra para la época, teniendo en cuenta que muchos salarios no alcanzaban las mil pesetas mensuales.

Arrojado al mar

Una vez llegaron al punto de destino, el joven marinero sorprendió al taxista lanzándole una pequeña cuerda al cuello, que pillaría desprevenido al conductor, quien mantuvo un forcejeo con el muchacho. Finalmente debido, quizás a la mayor envergadura de este último, el taxista sucumbiría ante Santiago Fernández, quien lo arrastraría desde el interior del vehículo durante varios metros. Antonio Verdura llevaría un golpe en la cabeza al golpearse contra el suelo en el momento en que era arrastrado por su verdugo que le hizo perder el conocimiento, aunque todavía se encontraba con vida, según detallaban los informes forenses que le fueron practicados.

Una vez inmovilizada su víctima, procedió a registrarle sus pertenencias, tanto el vehículo como sus ropas, hallando 810 de pesetas (4,87 euros) de las que se apoderaría de inmediato. Para evitar en lo posible ser descubierto, José Ramón Santiago arrojaría su cuerpo al mar, cuando todavía se encontraba con vida, pero con un traumatismo en la cabeza a consecuencia del golpe recibido al impactar su cabeza en el cemento. Su cuerpo aparecería boyando al día siguiente en las aguas del puerto coruñés.

El joven asesino del taxista también intentaría conducir el vehículo de Antonio Verdura, pero su impericia sería un factor determinante en su delación. El joven fue visto en la avenida Primo de Rivera de A Coruña tratando de hacer arrancar el coche, solicitando para ello la ayuda de un conocido industrial coruñés, quien le reconocería como el hombre que pretendía conducir el coche del taxista asesinado, pero se daba la paradoja de que, además de carecer del pertinente permiso, tampoco sabía manejar vehículos a motor. El taxi se le había calado y no era capaz de arrancarlo por lo que solicitaba ayuda para que se lo empujasen.

Detención

Después de realizar las pertinentes investigaciones, contando ya con un buen número de datos, en la jornada del 29 de marzo, casi dos semanas después del crimen, la Brigada de Investigación Criminal herculina se trasladaba a Muros, el municipio natal del asesino, para proceder a su detención. José Ramón Santiago se encontraba en la casa de sus padres y al día siguiente debía personarse en la Ayudantía de Marina de aquella localidad para incorporarse a filas al servicio militar.

En su declaración ante el juez, el joven alegó en su descargo que el día de autos no llegó a tiempo para tomar el último autobús de línea regular que cubría el trayecto entre la capital de la provincia y la localidad costera de la que era originario, por lo que requirió los servicios de un taxista. Negó que tuviese intención de asesinarlo y que su caída al mar había sido totalmente fortuita, fruto del forcejeo que mantuvieron. Además, señalaría que se había apoderado del vehículo del taxista para desplazarse hasta Muros. Sin embargo, los informes forenses jugaron en su contra, pues se constataba que el golpe en la cabeza recibido por la víctima se había producido con anterioridad a su caída al agua.

Seis meses más tarde se celebraría el juicio contra el autor del asesinato del taxista coruñés, un suceso que conmovió de sobremanera a la ciudad de A Coruña, que siempre se ha caracterizado por su gran tranquilidad. José Ramón Santiago sería condenado a 20 años de cárcel, acusado de un delito de asesinato con robo. Además, debía indemnizar a los familiares de la víctima con la cantidad de 75.000 pesetas(450 euros actuales).

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Cinco muertos en el incendio de un pesquero francés en A Coruña

Puerto de A Coruña

En los años ochenta del pasado siglo Galicia había comenzado a engancharse al tren del progreso económico y social. La emigración era ya cosa del pasado. Incluso, según algunas estadísticas de la época, la tierra gallega se había convertido en un receptor de personas procedentes de otros lares, mayoritariamente de la Península Ibérica. La ganadería había comenzado su modernización, en tanto que la pesca estaba ya siendo explotada de forma industrial. A todo ello se sumaba que comenzaba a madurar su autogobierno y ahora la referencia empezaba a estar en Santiago de Compostela.

Si antes se aludía a la importancia de la pesca en la economía gallega, de esa significación eran conscientes grandes corporaciones extranjeras, cuyos buques era frecuente que atracasen en las instalaciones portuarias gallegas, bien fuese porque hacían escala o directamente venían a descargar grandes cantidades de pescado que se cotizaba en las lonjas gallegas. Una de esas embarcaciones, de trágico recuerdo, fue el bacaladero francés Valois quien al atardecer del 29 de octubre de 1988 atracaría en el puerto herculino, para pernoctar en uno de sus muelles después de hacer una larga travesía desde Terranova hasta Galicia.

Todo el mundo considera que los barcos amarrados a puerto no corren peligro. Y es cierto, pero no siempre sucede así. El buque, de bandera gala, pernoctaría en el muelle de Calvo-Sotelo. Llevaba a bordo diez tripulantes, ocho de ellos franceses y uno español. Este último, junto con otros tres de la decena de miembros que componían de la tripulación, salvarían sus vidas al no encontrarse en el momento del incendio en el interior del bacaladero, pues tenían permiso de sus superiores para ausentarse durante aquella trágica noche.

De madrugada

El incendio en el que perecerían cinco de los nueve tripulantes del buque francés se inició en torno a las cinco y media de la madrugada del día 30 de octubre de 1988. Apenas quince minutos más tarde, se recibía una llamada en el Cuartel de bomberos de la ciudad herculina, que inmediatamente envió varias patrullas y vehículos contra-incendios para sofocar el fuego que alcanzaría grandes dimensiones al encontrarse descansando los miembros de la tripulación, circunstancia esta que jugaría en su contra pues los cinco que se encontraban en el barco terminarían pereciendo a consecuencia de las llamas que arrasaron el Valois.

Según los resultados de las pesquisas de las investigaciones llevadas a cabo, el fuego se inició en la cocina del barco e inmediatamente se extendió por el resto de los departamentos, siendo los camarotes en los que se encontraban durmiendo cinco de los tripulantes la zona más afectada por las llamas. Durante cuatro largas horas lucharon los bomberos coruñesas en sus tareas de extinción de incendios, quienes pese a su extraordinario esfuerzo no consiguieron sofocar el fuego, siendo precisa la ayuda del remolcador de la Armada Española, Mahón, quien se desplazó desde la base naval hasta el lugar del siniestro.

Ante el temor de que el fuego alcanzase los depósitos de combustible del Valois, alrededor de las diez de la mañana del 30 de octubre se procedió a su vaciado con la finalidad de que las llamas no se extendiesen a otros barcos que se encontraban en las inmediaciones del bacaladero. En un principio solamente su capitán había conseguido huir del fuego, aunque también perecería a consecuencia del mismo, siendo su cadáver el primero en ser rescatado. Con una fuerte escora, provocada -al parecer- por el agua lanzada por los bomberos, el bacaladero sería trasladado por el remolcador Sestosa-25 hasta el dique de abrigo, en las inmediaciones del castillo de San Antón.

El fuego que arrasó el buque francés se consideró extinguido en torno a la una y cuarto del día del trágico siniestro, siendo conducido hasta el muelle de Méndez- Núñez. Allí fueron rescatados los cuatro cadáveres de los otros cuatro tripulantes que aún permanecían en su interior para ser conducidos hasta el depósito del Hospital Juan Canalejo de A Coruña, a donde previamente había sido evacuado el cuerpo del capitán, fallecido también en el mismo incendio.

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Tres mujeres aplastadas en un lavadero público en A Coruña

A finales de la década de los años sesenta del pasado siglo la ciudad de A Coruña había iniciado ya su explosión demográfica, aunque todavía no había alcanzado la mágica cifra que por entonces representaban los 200.000 habitantes. Pero andaba cerca. Eran muchos los habitantes de distintos pueblos de Lugo y otras localidades próximas los que se desplazaban a la ciudad herculina en busca de un trabajo que les permitiese escapar de un mundo rural que todavía no había empezado a sucumbir, pese a que su final estaba próximo ya que seguía sin ofrecer los atractivos necesarios a nuevas generaciones que se resistían a vivir como habían hecho sus antepasados detrás de una yunta de vacas que tiraba de un tradicional carro del país que ofrecía su clásica sintonía con su eje mal engrasado por los muchos caminos empedrados y corredoiras que todavía quedaban en una tierra que parecía estar condenándose a si misma a lo largo de los últimos mil años.

Con el traslado de muchas gentes procedentes del mundo rural a la gran urbe en la que se estaba convirtiendo A Coruña, se llevaron consigo muchos usos y costumbres propios de pueblos y aldeas. A todo ello contribuía la propia ciudad en un tiempo en el que las innovaciones tecnológicas no estaban al alcance de todos los bolsillos. Así era frecuente la existencia de lavaderos públicos a los que acudían centenares de mujeres con cestas de ropa en la cabeza para hacer la colada. Uno de esos lavaderos, que desempeñaron una gran función de sociabilidad en otros tiempos, estaba situado en el popular barrio herculino de A Grela, uno de los que estaba experimentando un notorio auge demográfica con la llegada de residentes procedentes de prácticamente todo el norte gallego.

Un muro de contención

Debido al gran auge que estaba experimentando aquel área geográfica de la ciudad, las obras, con nuevas edificaciones, estaban siendo muy frecuentes. Algunas de ellas estaban delimitadas con muros de contención a fin de separarlas de otras fincas u otros lugares públicos. Precisamente una obra de estas características delimitaba un viejo lavadero público en el que se daban cita muchas mujeres, a quienes todavía no habían llegado los adelantos de las modernas lavadoras, de un sitio en el que se estaban levantando nuevas edificaciones. Nadie había previsto la peligrosidad que pudiese entrañar un armazón de esas características y de las nefastas consecuencias que de ello se pudiese derivar en una zona en la que se congregaba mucho público, prácticamente todo femenino, en un tiempo en que muchas de esas mujeres eran casi todas ellas madres de numerosas proles familiares.

Así sucedió en el atardecer del 18 de enero de 1969 cuando el muro de contención que delimitaba el lavadero público de A Grela registró un brusco corrimiento, atrapando entre sus restos de tierra y cemento a un grupo de mujeres que se habían dado cita en una tarde de sábado para lavar las numerosas prendas de ropa sucia que habían ido acumulando a lo largo de una semana. El desprendimiento y posterior corrimiento de tierras se llevaría consigo la vida de tres mujeres que morirían prácticamente en el acto, después de que fuesen aplastadas por el maremágnum de tierra y cemento. Las tres víctimas mortales fueron María Folgueira Seoane, Amparo Varela y Manuela Moreno. Una cuarta mujer, Herminia Martínez, resultaría herida de gravedad, aunque logró salir con vida del cruel envite.

El corrimiento de tierras fue achacado a las lluvias caídas a lo largo de los últimos días de aquel primer mes del año, aunque era un factor previsible, dado que en Galicia suele llover en el transcurso del invierno y máxime en una época en la que todavía no se hablaba de cambio climático. Otra de las causas que se aducía fueron las explosiones producidas por barrenos en un área próxima en la que se estaban levantando nuevas edificaciones en un tiempo en el que apenas se exigían requisitos para la utilización de dinamita. Sin embargo, como era muy común entonces y lo sigue siendo ahora, quien gobierna procuraba escurrir el bulto, evitando asumir cualquier responsabilidad que pudiese derivarse de su gestión.

Inmediatamente, y tras producirse el trágico suceso, los escasos equipos de emergencia con los que contaban en aquel entonces, entre ellos los bomberos de la ciudad herculina y los sanitarios, fueron movilizados para socorrer a las víctimas. Sin embargo, solo se consiguió salvar la vida de una de las mujeres que había quedado atrapada en aquel lodazal. El suceso, que ilustra algunas páginas de la prensa de la época, causaría una gran consternación en A Coruña y en el resto de Galicia. Y como suele pasar la mayoría de las veces, los más desfavorecidos siempre se llevan la peor parte, como era en este caso.

Mata a su hija de cinco años y se suicida en A Coruña

Desgraciadamente, los casos en los que los niños se convierten en las víctimas colaterales de las disputas de las parejas se cuentan por decenas, cuando no son el principal objeto de litigio entre ambos cónyuges. Todos los años son asesinados miles de criaturas en todo el planeta debido a las diatribas existentes entre sus progenitores, incapaces de saldar de forma civilizada sus diferencias. La prensa es testigo de múltiples casos en los que impacta de sobremanera el crimen cometido sobre un inocente menor que sufre así directamente las consecuencias de un suceso que debería afectarles en un grado mínimo.

Un hecho de estas características acontecía en A Coruña el día 30 de mayo de 1993 en el que un padre José Regueiro Ortigueira daba muerte a su hija de cinco años, María Regueiro Parafita, para después suicidarse. El triste y desgraciado acontecimiento sobrecogería a una ciudad que todavía sentía muy de cerca otro crimen en el que poco más de un año antes había tenido como protagonista a otro menor, a quien había dado muerte una vecina suya, pasando a conocerse popularmente como “el crimen de la maleta”, ya que había sido en un equipaje de estas características en el que la asesina había introducido el cuerpo de la víctima.

El autor del crimen y suicida regentaba un conocido negocio de hostelería, conocido como “Bar Kesington” en la calle Marqués de Figueroa de la ciudad herculina, muy cerca de su estación de ferrocarril. Prácticamente, desde que la criatura había venido al mundo, se había ocupado siempre de ella, pues se encontraba separado de su esposa. Sin embargo, se dice que como consecuencia de una sentencia judicial desfavorable acabaría provocando una trágica y cruel venganza en la persona de su hija de tan solo cinco años de edad.

“Cerrado por defunción”

Una empleada del local de hostelería que regentaba José Regueiro se vio profundamente sorprendida a primeras horas de la mañana del lunes, 31 de mayo de 1993, al encontrarse con un cartel en la puerta de entrada en el que podía leerse de forma sobreimpresionada “cerrado por defunción”, lo que generaría la sorpresa y posterior preocupación de la mujer, que hasta ese momento desconocía lo que había sucedido. Enseguida avisaría a un hermano del propietario del bar, quien también ignoraba a lo que podría aludir el cartel en cuestión.

Ante las sospechas de que pudiese haber ocurrido alguna desgracia, el hermano de Regueiro Ortigueira abrió el local con las llaves que disponía del mismo para encontrarse con la trágica y dantesca escena del crimen. El dueño del local aparecería ahorcado con un cinturón de una bata que había anudado a una barandilla, en tanto que el pequeño cuerpo de su hija, que estaba recostado sobre una silla, presentaba síntomas de haber sido estrangulada con una cuerda.

Inmediatamente después de haber descubierto aquella brutal y desagradable escena se comenzaron a suceder distintas hipótesis y versiones sobre las causas que habrían llevado a José Regueiro a tomar tan dramática y cruel decisión. En un principio se hablaba de que este hombre se encontraría en una más que problemática situación económica que le habría empujado a matar a su hija para después suicidarse.

Pasadas las horas, comenzó a tomar cuerpo la tesis de que recientemente el asesino y suicida se habría visto privado de la patria potestad que ejercía sobre la pequeña, tras una denuncia presentada por su progenitora. Los tribunales habrían tomado la decisión de retirarle la custodia de la niña, de la que él se había encargado desde que era un bebé, con apenas tres meses de vida.

Independientemente de cuáles hubiesen sido los motivos que pesaron en la conciencia de José Regueiro Ortigueira, lo cierto es que nos encontramos una vez más con un ejercicio siniestro de la sinrazón realizado sobre víctimas inocentes que no entienden sobre decisiones judiciales ni tampoco de esas otras que muchas veces se ceban con sus vidas, tomadas por unos progenitores que no son capaces de razonar y comprender que los pequeños son seres de lo más absolutamente inocentes que se puedan imaginar.

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Asesinado por celebrar un gol del Atlético de Madrid

En el mundo del fútbol siempre han existido fanáticos que han interpuesto los colores de su equipo a cualquier otra circunstancia, incluso a su propia existencia y a la de sus adversarios. Ignoran que se trata de un precioso y noble deporte en el que las diferencias se deben sustanciar dentro del terreno de juego y los aficionados son simples espectadores que se deben limitar a presenciar un gran espectáculo en el que no se puede ganar siempre. Por culpa de sus nefastas actitudes se ha originado una leyenda negra en torno al deporte del balón que le ha llevado a ser denigrado, aunque la mayoría de los aficionados al fútbol son personas comedidas y sensatas a las que, además de ver ganar a su equipo, les gusta presenciar un buen partido y disfrutar de las mejores jugadas en compañía de amigos, familiares y otros aficionados.

Cada vez que se produce un hecho luctuoso en el mundo del fútbol que, todo hay que decirlo, son más bien escasos, enseguida aparecen reflejadas estadísticas en algunos medios de comunicación cuyo único interés consiste en criminalizar a un deporte que nada tiene que ver con la violencia, sino más bien todo lo contrario. En España son muy pocos los hechos sangrientos relacionados con el fútbol los que hay que lamentar, aunque alguno, por desgracia, siempre se produce. Tal vez es así porque hay muchos aficionados que siguen con pasión este deporte. La mayoría de las veces estos sucesos están relacionados con grupos ultras, quienes cada vez tienen menos seguidores después de que los distintos estamentos deportivos y de orden público hayan hecho todo lo posible por erradicarlos hasta situarlos en la marginalidad más absoluta, que es donde deben estar.

En la década de los años noventa, concretamente en el año 1994, el fútbol gallego vivía uno de los momentos más brillantes de su historia, llegando a contar con tres equipos en la máxima categoría del fútbol estatal. Pero no solo eso, incluso dos de esos clubes, Deportivo y Celta, quienes, además de estar encuadrados en la primera división, alcanzarían sus mejores metas en ese año. El primero de ellos se proclamaría subcampeón de liga en una dura disputa con el Barcelona, que acabaría por llevarse el título en el último segundo, gracias a la parada del portero del Valencia al lanzamiento de penalti realizado por Djukic. Y en eso prácticamente corrió de la mano de su rival del sur, el Celta de Vigo, que perdería el título de Copa, merced también al error en la transformación de un lanzamiento desde el punto de penalti, en la tanda final, contra el Real Zaragoza.

Pese a esa buena racha, que se complementaría con el ascenso del Compostela de José María Caneda a la máxima categoría, el fútbol gallego contaría con un nubarrón negro que empañaría un precioso ejercicio. Este no fue otro que el asesinato de un aficionado en un bar de la coruñesa calle de la Estella el sábado, 12 de marzo de 1994, cuando se encontraba presenciando el encuentro que enfrentaba al Atlético de Madrid y al Barcelona en partido correspondiente a la jornada de liga en cuestión.

Dos puñaladas

El suceso se produjo cuando un joven de 19 años de edad, Emiliano López Prada, celebró el tercer tanto del Atlético de Madrid, que le ponía en ventaja frente al FC Barcelona. En ese momento, otro joven, que estaba presenciando el encuentro en el mismo establecimiento hostelero, sacó una navaja de grandes dimensiones y le proporcionó dos certeras puñaladas que acabarían con su vida prácticamente en el mismo instante. Una de ellas fue directamente al corazón, mientras que otra le perforó el costado. El joven estuvo tendido en el suelo hasta que llegaron los equipos sanitarios de emergencia, que le trasladarían a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo, en dónde ingresaría ya cadáver.

Previamente, según informaciones periodísticas de la época, el agresor le había pedido dinero a Emiliano López, quien entonces cursaba segundo de derecho en la Universidad de A Coruña, negándose a darle cantidad alguna. Una vez cometido el acto delictivo, el agresor y el grupo que le acompañaba abandonaron el lugar de autos con destino a otro establecimiento para huir de la acción de la policía. Días más tarde los cuerpos de seguridad del Estado detendrían a ocho jóvenes, quienes estaban presuntamente relacionados con el suceso sangriento. El autor del crimen sería detenido y pasaría a disposición judicial, además de ser condenado a una dura y larga pena de cárcel.

El hecho causó una profunda conmoción en la ciudad herculina y en el mundo del fútbol en general. El joven fallecido era un conocido seguidor del Deportivo, además de ser ya, a su edad, donante de órganos, que le serían extraídos en el momento de su óbito. Con esta eran ya cinco las víctimas mortales de aficionados al deporte del balón que se habían producido en España entre 1982 y 1994. Pueden parecer muchas, pero afortunadamente, no son tantas como había habido en países de nuestro entorno, entre ellos el Reino Unido o incluso Grecia o Alemania, aunque nada puede justificar la muerte de un ser humano por culpa del fútbol y mucho menos de forma violenta.

Un asesino en serie en la Galicia de Posguerra

Primera página de Faro de Vigo, 2 de abril de 1939

El primer año posterior a la Guerra Civil fue conocido en gran parte de España como “el año de la paz”, mientras en su conjunto los tiempos posteriores al conflicto serían conocidos como “os anos da fame”(los años del hambre). La gente se las veía y se las deseaba en su día a día para conseguir superar las durísimas y crueles circunstancias de su existencia. Nadie se preguntaba qué iba a comer, sino si iba a comer, algo muy distinto. En Galicia, pese a no desarrollarse ningún episodio del conflicto armado, sufrió muy directamente las consecuencias de aquellos tres años de guerra, que habían asolado a España. Después llegaría una dictadura en la que abundaba todo tipo de privaciones. A las ya mencionadas carencias a la que hacía frente una población pobre y hambrienta, se sumaba una no menos cruda represión que invadía todas las esferas de la vida, muy especialmente en el terreno de las libertades, siendo la de expresión la más perjudicada.

Decía el Régimen que en España no pasaba nada. O al menos nada grave, aunque a veces sucedían cosas y de un calibre extremo. A los pocos meses de concluido el conflicto armado, se sucedieron una serie de crímenes en Galicia entre las comarcas de Betanzos y las más próximas a Santiago de Compostela que las autoridades de entonces atribuyeron a la desesperada guerrilla que actuaba por montes y montañas gallegas en aquella época. Apenas se proporcionaba información sobre los mismos. Únicamente aparecían reflejados en los clandestinos periódicos del maquis, algunos de los cuales no eran más que unos murales. En ellos, los miembros que formaban parte del mismo negaban cualquier implicación en unos hechos criminales que para nada respondían a sus objetivos ni mucho menos a su forma de actuar, pero las autoridades del nuevo régimen insistían en atribuírselos a ellos, además de no informar cumplidamente de todos.

En septiembre de 1940 aparecería una mujer de algo más de 50 años con el cuello roto en el municipio de Aranga, en la provincia de A Coruña, muy próximo a la de Lugo en su demarcación interior nordeste. Según un informe de la guardia civil, la mujer que se llamaba Milagros Aneiros, y que vivía sola, había sido golpeada con bastante saña por su agresor en la finca colindante con su vivienda, popularmente conocida en Galicia como cortiña. Sin embargo, no se da cuenta en ningún momento de que de su domicilio desapareciese objeto de valor alguno, circunstancia esta que echa por tierra cualquier intervención de los guerrilleros. Además, estos solían disparar sobre sus víctimas, nunca ensañarse con ellas. La noticia aparece, de forma muy escueta, publicada en el diario El Ideal Gallego, sin abundar en muchos detalles en torno a como sucedieron los hechos.

Mujer muerta en O Marquiño

Cuando entre el vecindario de la comarca no se habían apagado los ecos del primer crimen, apenas un mes más tarde aparecería muerta, en unas circunstancias prácticamente idénticas, otra mujer de las mismas características en la parroquia de O Marquiño, en el municipio coruñés de O Pino, uno de los más próximos a Compostela. La fallecida, al igual que la anterior, presentaba también el cuello roto, reflejándose la violencia extrema con la que había actuado su agresor. La víctima Edesia Pedreira, según un informe judicial, había presentado una cierta resistencia ante su asesino, pues era una mujer corpulenta acostumbrada a trabajar en el campo. En este caso tampoco existe mucha más información. A diferencia del anterior, no aparece reflejado en ningún medio impreso de la época. La única que existe se reduce a los archivos consultados.

La mujer hallada muerta en O Marquiño no sería la última de la que se tiene constancia en este breve lapso de tiempo. Muy cerca de la capital gallega, en Lavacolla, aparecería apenas un mes más tarde del anterior suceso el cuerpo, con el rostro completamente ensagrentado, de Inés López Morado. Esta última, con una edad similar a las dos anteriores, tenía como diferencia que era una mujer casada y madre de dos hijos. El modus operandi de su asesino había sido totalmente similar a los dos casos anteriores. Este hecho aparecería reflejado en el semanario falangista Azul, que se editó en Santiago entre 1936 y 1941. La publicación abunda en el hecho de que esta mujer era la esposa de un conocido miembro de Falange Española de la zona, aunque no revela de quien se trata. Vuelve a incidir en que los autores son “bandidos que anidan en los montes y montañas gallegas” para los que clama una indisimulada venganza, comentando que “pagarán muy cara su patraña”.

En relación con este último crimen, que un prestigioso psiquiatra gallego vincula directamente con los dos anteriores, se detuvo a un individuo que se dedicaba a la mendicidad, Salvador Gerpe, conocido como “O Retortas”, que además tenía un familiar entre los forajidos del sector noroeste. Sin embargo, no se encontró ninguna evidencia que este hombre guardase relación alguna con este crimen. A todo ello se sumaba que era conocido e incluso apreciado por los vecinos de la zona, quienes en todo momento restaron credibilidad al hecho de que pudiera relacionarlo con el asesinato de esta última mujer. Además, uno de los vecinos manifestaría que el día de autos, en el que estaba cayendo una gran tromba de agua, se encontraba calentándose al calor del fuego de la lareira en su casa. Este hombre quedaría en libertad, no habiendo constancia de que se detuviese a nadie más.

Por indagaciones que hemos hecho, los tres crímenes quedaron impunes. Todos ellos, según la tesis sostenida por un profesional gallego de la salud mental, fueron obra de un mismo autor, quien supuestamente conocería todos los hábitos de las personas asesinadas. Como se decía anteriormente, estos hechos serían falsamente atribuidos al maquis. Además, la diferencia de los dos primeros asesinatos con el tercero, es que ninguna de las mujeres era familiar de ningún miembro de Falange Española, por lo que carece de fundamento atribuírselo a venganzas de índole política, tal y como querían hacer ver las autoridades de los primeros años de la Posguerra.

Todo indica que los tres, tanto por el modus operandi, como otras características que presentaban sus víctimas (sexo, edad e incluso complexión) pudieron haber sido obra de una misma persona, un asesino en serie, aspecto este que distaba mucho de las autoridades de la época, porque “en España no había personas así”. Esas cosas solo pasaban en el extranjero. Y en nuestro país, alguna vez también.