Condenado a muerte por asesinar y robar a un mendigo en A Coruña

La década de los sesenta fue la prodigiosa, aunque no para todo el mundo. Galicia comenzaba a dejar atrás parte de su finisecular atraso. Aún así por sus empedrados y cenagosos caminos, que eran la gran mayoría -pues la mayor parte de su población vivía en el mundo rural- circulaban todavía los viejos carros del país tirado por una yunta de vacas, en tanto que quien no emigraba se veía condenado a sobrevivir con una agricultura de subsistencia. Continuaba siendo un eterno país tradicional, anclado todavía en viejas y ancestrales costumbres que hacían presagiar un funesto futuro para la Galicia eterna, esa que todavía habitaba en masa sus enormes áreas rurales, que en la actualidad se han convertido en una caricatura del esplendor que tuvieron no hace más de 60 años.

Pese a todo, a ser una tierra atávica y con un carácter melancólico y triste, a veces sucedían cosas que alteraban ese devenir cotidiano en el que tan plácidamente se convivía en un territorio costumbrista y atávico. Las ferias y mercados, que actualmente sufren un declive imparable, solían ser el principal centro de reunión e intercambio que realizaban la mayoría de sus habitantes, además de constituir un lugar inequívoco de grandes concentraciones humanas en las que se realizaban las grandes transacciones comerciales de la época, principalmente en lo que al mundo rural se refiere.

A las ferias acudían gente de toda clase y condición. A ellas iban también muchas personas que vivían de la caridad ajena, pues era la ocasión primordial para hacerse con un dinero que, de otra manera, les resultaba poco menos que imposible de ganar. De estos eventos era incondicional un sexagenario del municipio lucense de Castro de Rei, Jesús Acevedo Rivas, quien, a pesar de tener que padecer los rigores y las inclemencias del tiempo, obtenía importantes réditos que le permitían capear el temporal. Así se deduce de lo sucedido en la jornada del 30 de septiembre de 1962, cuando apareció asesinado en un viejo camino de la ciudad de A Coruña, muy próximo al conocido “Barrio Chino”.

Una pedrada

Hemos visto en innumerables ocasiones que cualquier objeto sirve para matar. En este caso, el autor de la muerte de Jesús Acevedo utilizó una piedra con la que le propinó un brutal golpe en la cabeza, acabando con su vida casi de forma instantánea. Su asesino era un joven del municipio coruñés de Valdoviño de tan solo 19 años, Arturo Ferrero Díaz, con quien había estado departiendo previamente en la mencionada zona de la ciudad herculina.

Se desconoce desde cuando ambos individuos mantenían amistad o relación entre ambos. Sin embargo, lo que si se sabe es que en la noche de autos, Arturo Ferreiro intervino en una disputa en la que había intervenido la víctima con otro mendigo. Al parecer, estaban discutiendo de forma acalorada por asuntos triviales en una taberna del denominado “Barrio Chino” y Jesús quiso evitar el enfrentamiento entre ambos contendientes, llevándose consigo al hombre al que luego le daría muerte.

Una vez que hubieron abandonado la taberna, quizás debido a la gran cantidad de dinero que llevaba consigo Jesús Acevedo y a los más que posibles efectos del alcohol, Arturo decidió deshacerse del por la vía más práctica y rápida, el asesinato. Así se deduce del informe policial, en el que se relataba que la víctima portaba consigo la nada despreciable cantidad de 1.500 pesetas de la época, en un tiempo en el que ganar en torno a 500 pesetas mensuales no estaba nada mal. Además, portaba consigo un saco con una importante cantidad de calderilla, si bien es cierto que no se informa a cuanto ascendía la misma. Posteriormente, el criminal entregaría todo el dinero a otro mendigo.

Aunque las pesquisas siempre fueron encaminadas hacia personas del entorno de la víctima, que se desenvolvía en ambientes marginales, tardarían hasta cinco días en dar sus frutos, cuando fue detenido el autor material del asesinato, un hombre que carecía de antecedentes, aunque se sabía que se desenvolvía por los mismos círculos de marginalidad y desarraigo en los que también hacía su vida Jesús Rivas Acevedo.

Pena de muerte

Hasta seis años tardaría en celebrarse el juicio por la muerte del mendigo en el “Barrio Chino” coruñés, debido a las muchas causas que acumulaba el autor de la muerte del mendigo y que no habían sido substanciadas. El fiscal entendía que el desarrollo de los hechos en los que había perdido la vida Jesús Acevedo obedecían a lo que consideraba un homicidio con robo, al que concurrían tres circunstancias agravantes, por lo que la Audiencia Provincial de A Coruña sentenciaría a Arturo Ferrero Díaz a la pena de muerte, con fecha del 12 de julio de 1968.

La condena sería ratificada por el Tribunal Supremo, en sentencia firme, dictada el 13 de mayo de 1969. Sin embargo, el abogado encargado de su defensa elevó una petición de clemencia ante el Consejo de Ministros, quien en su reunión de 16 de enero de 1970, le concedió la gracia del indulto. En virtud de este beneficio se condenó a Ferrero Díaz a la pena accesoria de 30 años de reclusión mayor, con la exclusión de otros indultos que pudiesen concederle en el futuro, así como las gracias relativas a una hipotética libertad condicional.

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Absuelto por matar a un vecino en legítima defensa en Lugo

Imagen del pueblo en el que ocurrieron los hechos

En Galicia a lo largo de su historia se fueron creando viejas rencillas vecinales entre residentes de un mismo lugar que jamás consiguieron ser superadas, siendo muchas las ocasiones en que esos pequeños enfrentamientos se trasmitieron a través de generaciones de distintas familias. Algunas ocasiones, las menos -todo hay que decirlo-, esas ancestrales malquerencias derivarían en episodios sangrientos que, a lo largo de muchos años, marcarían a las localidades donde sucedían.

Otras veces, sin embargo, las afrentas las iniciaban jóvenes muchachos del mismo pueblo para, posteriormente, trasladarse a lo largo de mucho tiempo. Aunque nunca o casi nunca llegaba la sangre al río, hubo también algunos tristes capítulos que se escribieron con sangre, quedando gravados a perpetuidad en el imaginario popular, pese a que ya habían desaparecido los ancestrales cantares de ciego, que se encargaban de ir pregonando de feria en feria antiguos acontecimientos bañados de sangre que habían ocurrido en cualquier pueblo o aldea de las innumerables con las que cuenta el noroeste peninsular.

Uno de esos enfrentamientos, que terminaría de forma trágica, se produjo el 11 de agosto de 1981 en la parroquia de Ramil, una pequeña aldea perteneciente al municipio lucense de Castro de Rei. En la fecha señalada dos jóvenes que contaban entonces con poco más de veinte años se enzarzarían en una infortunada pelea que terminaría con la vida de uno de ellos, el que precisamente la había provocado, en tanto que su contendiente sería ingresado en un centro sanitario de la capital lucense con pronóstico reservado a consecuencia de las heridas que le había provocado su adversario.

Piedras en el camino

El incidente tendría lugar en la madrugada de aquella jornada de verano cuando José Pernas Carballés, de 21 años, se encontró unas piedras que le impedían proseguir la ruta con el vehículo que conducía cuando se dirigía a su domicilio. Se bajó del mismo para retirarlas y poder así continuar el trayecto, pero en el que momento en que procedía a la retirada de las mismas, se encontró con la desagradable sorpresa de que le aguardaba otro muchacho de su misma edad, Fernando López Galán, quien provisto de una estaca comenzó a propinarle golpes en todo su cuerpo.

Quizás presa de la ofuscación del momento, tal como recoge la sentencia de apelación dictada por el Tribunal Supremo en el año 1983, José Pernas tomó un cuchillo del que iba provisto para defenderse, pese a que había recibido importantes golpes -algunos de ellos en la cabeza. Con la improvisada arma que tenía a su alcance, le asestaría un total de trece cuchilladas a Fernando López, algunas de las cuales fueron mortales de necesidad, falleciendo prácticamente de forma instantánea en el lugar de los hechos.

La suerte de Pernas Carballés, aunque mucho mejor que la del provocador del incidente, tampoco es de envidiar. Este joven hubo de ser ingresado en el antiguo Hospital Xeral de Lugo, presentando importantes heridas de consideración, algunas de las cuales se las había inferido su agresor en la región occipital de la cabeza, por lo que tardaría un tiempo en recuperarse de las mismas.

Condena

En 1982 se celebró el juicio contra José Pernas Carballés por el crimen que le había costado la vida a Fernando López Galán en la Audiencia Provincial de Lugo. El referido joven se encontraba hasta ese momento recluido en la prisión provincial de Bonxe. En sus conclusiones definitivas, los magistrados estimaron que se trataba de un homicidio y no de un asesinato, pues el procesado no había tenido intención de causar la muerte de su oponente.

La Audiencia lucense estimó parcialmente las alegaciones esgrimidas por su abogado defensor por lo que condenaría al autor de la muerte de López Galán a ocho años de prisión de mayor y a la indemnización con un millón y medio de pesetas (9.000 euros actuales) a los padres de la víctima. Entre sus estimaciones figuraba la atenuante incompleta de legítima defensa, aunque -sorprendentemente- no se tendría en cuenta su presunción de inocencia, circunstancia que no pasaría por alto el Tribunal Supremo.

La sentencia no satisfizo a ninguna de las partes, ya que sería recurrida ante la alta magistratura judicial por ambos abogados, acusación y defensa. Unos pensaban que no se ajustaba a derecho mientras que la otra parte consideraba la condena excesiva y que se habían violado algunos preceptos de su defendido.

Absolución

El desenlace final del desgraciado incidente provocado por Fernando López Galán tendría que ser resuelto por la sala segunda del Tribunal Supremo, quien desestimaría el recurso presentado por la acusación, quien alegaba en su escrito que Pernas Carballés se había excedido en su defensa y era innecesaria lo que consideraba “brutal reacción” del atacado.

Por su parte, el abogado de la defensa esgrimía en su recurso la “ilegítima agresión” de la que había sido objeto su patrocinado. A ello se sumaban el agravante de “soledad nocturna”, así como que José Pernas habría sufrido una reacción de medio insuperable, a lo que se sumaba la supuesta violación de su presunción de inocencia.

La tesis del abogado defensor sería la que tendría en cuenta el alto tribunal estimándola en su práctica totalidad al considerar que el medio defensivo de ser “racional” aunque no absolutamente necesario y en los angustiosos momentos de la defensa no es posible recurrir a la serenidad ni mucho menos a la reflexión para elegir los medios estrictamente proporcionados, exceso intensivo del que no puede hablarse aún teniendo un arma -en este caso un cuchillo- y el número de cuchilladas que le infligió, “aunque posiblemente enturbiaran el ánimo de defensa, móviles derivados de los resentimientos que le provocaron la agresión”.

El Tribunal Supremo dictaba así una nueva sentencia que absolvía a José Pernas Carballés del delito de homicidio por el que había sido condenado por la Audiencia Provincial de Lugo, quedando en libertad definitiva.

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El crimen de Viladonga

Castro de Viladonga, Castro de Rei.


De todos es conocida la parroquia de Viladonga por su precioso castro, uno de los que mejor se conserva de Galicia, además de llevarse en él distintas excavaciones arqueológicas para poner en valor la impresionante riqueza megalítica que atesora. A ello se une los siempre impresionantes y verdes parajes que lo circundan en la comarca de Terra Chá, haciendo de él uno de los monumentos más singulares de Galicia. El nombre de esta parroquia de Castro de Rei va ineludiblemente asociado a la herencia celta más pura que se conserva en la tierra gallega.

Sin embargo, en cualquier rincón de los muchos que posee Galicia puede ocurrir lo menos esperado y, por supuesto, deseado. Así sucedió hace ya más de 66 años, concretamente a principios del año 1953, en una apacible y agradable parroquia gallega que tenía unas costumbres -como todas- muy rutinarias. Solamente se escuchaba por los caminos y corredoiras el dulce cantar del viejo carro del país bien engrasado, en tanto el hombre que tiraba de las dos vacas a las que iba sujeto, daba de vez en cuando un aguilladazo a los animales para que tomasen la mejor trayectoria posible.

Aquella Galicia era completamente distinta a la que hoy conocemos. Todavía resonaban los amplios ecos de la Guerra Civil que dejaba de tras de si unas impresionantes huellas de lo que había representado aquella tragedia. Apenas circulaban coches por sus maltrechas y empedradas carreteras, en tanto que la aparición del tractor en el mundo rural era poco menos que una utopía irrealizable.

En ese ambiente tradicional, en el que resonaban todavía muy fuerte los ecos de la emigración americana, se produce un fatal desenlace entre dos vecinos de Viladonga, enfrentados por cuestiones patrimoniales y de lindes de tierras, lo que nos lleva a la conclusión de que serían las causas más habituales de los crímenes en la Galicia de entonces, aunque no la única. Todos sabemos que se han derramado ríos de tinta, con ánimo denigratorio, acerca de esa supuesta filosofía de la propiedad que enfrentaba a muchos paisanos del rural gallego, que nunca ha dejado de ser una leyenda negra que ha tenido muchos y muy variados portavoces en todos los tiempos.

En Viladonga, desde hacía algún tiempo, dos de sus vecinos vivían muy enfrentados por las típicas discusiones de marcos, de distribución de agua de riego en los prados y otros aspectos similares. Sin embargo, nadie imaginó jamás que aquellos hombres llegarían a extremos insospechados que teñirían de sangre uno de los más bellos parajes de la provincia de Lugo.

Pelea

A comienzos de 1953 Manuel Serafín Sordo Otero y David Novo Vordeiro sostuvieron una enconada discusión sobre unos lindes de tierras, que la prensa de la época definía como “cuestiones patrimoniales”. En un momento dado, David Novo parece ser que propinó dos bofetadas a su vecino, quien se enfureció mucho, pero debido a su menor envergadura no fue capaz de repeler la agresión sin emplear un arma u objeto contundente con el que propinarle un golpe.

Tras la agresión sufrida Manuel Serafín Sordo se encaminó a su vivienda para proveerse de una afilada hoz con la que salvar su honor, mancillado por una agresión. En un descuido o tal vez de forma traicionera, propinó un severo golpe en la cabeza con la parte cortante de la herramienta que le hundió parte de la región parietal a su adversario, quien cayó fulminado en el suelo con sus ropas visiblemente ensangrentadas. Pese a todo, en un primer momento, el herido logró sobrevivir a las lesiones, pero fallecería un par de días más tarde en un centro sanitario de la capital lucense.

El suceso produjo una gran conmoción en todo el municipio de Castro de Rei, especialmente en Viladonga, ya que sus habitantes no daban crédito a que ambos vecinos pudiesen terminar de forma tan dramática. Sus desavenencias por cuestiones puramente patrimoniales habían comenzado a producirse hacía ya algún tiempo, si bien es cierto que se habían intensificado a lo largo de los últimos meses previos a la tragedia.

El suceso fue juzgado en la Audiencia Provincial de Lugo en octubre de 1953. Se tuvieron en cuenta algunas evidencias, tales como el enfrentamiento previo o la agresión de la víctima mortal a Manuel Serafín Sordo que evitaron que el hecho fuese calificado de asesinato, puesto que el juez encargado de dirimir el caso no había apreciado intención por parte del agresor de ocasionarle la muerte de forma premeditada a su víctima.

Manuel Serafín Sordo sería acusado de un delito de homicidio, por lo que sería condenado a 12 años de prisión menor, así como al pago de 35.000 pesetas a los herederos de David Novo Vordeiro.

Este crimen no fue, ni mucho menos, el último de los que ha habido en Galicia por cuestiones denominadas patrimoniales. Se producirían algunos más hasta finales de la década de los años ochenta. A pesar de todo, hay que decir que es un tipo de criminalidad que, por fortuna, se ha ido extinguiendo. En casos como el que nos ocupa estaban, además del supuesto valor de las propiedades, una tópica y falsa concepción del honor, a lo que había que añadir la herencia celta del amor a la tierra, tal como comentó en su día el médico que fuera alcalde de Ferrol, Jaime Quintanilla Ulla. Y es que herencia celta en Viladonga ha quedado mucha, y no es un sarcasmo ni un chiste malintencionado.