Un oligofrénico asesina a golpes a una madre y su hijo en Chantada (Lugo)

Iglesia de Bermún de abaixo, en Chantada, parroquia dónde sucedió el crimen

En aquel mes de febrero de 1990 Galicia seguía todavía embebida por la reciente toma de posesión como titular de la Xunta por parte de Manuel Fraga Iribarne, con el sonido reciente de los centenares de gaiteiros que se habían reunido en la Plaza del Obradoiro para dar la bienvenida al nuevo presidente. Por su parte, en la localidad lucense de Chantada aún resonaban con fuerza los ecos del terrible crimen múltiple perpetrado por Paulino Fernández hacía menos de un año.

Cuando faltaban unas semanas para que se cumpliese el primer aniversario de la trágica y cruel matanza de las aldeas de Surribas y Queizán, Chantada se vería nuevamente sorprendida por un trágico episodio criminal de grandes dimensiones. Su atrocidad era si cabe mucho peor que la llevaba a cabo por el psicópata y esquizofrénico Paulino Fernández. En la jornada del 21 de febrero aparecían brutalmente asesinados una madre y su hijo, quienes se encontraban abrazados, lo que añadía un mayor patetismo a la situación, ya de por si dramática.

En un principio se había especulado incluso con la posibilidad de que la muerte de ambos fuese debida a un enfrentamiento familiar entre progenitora y vástago, teoría que fue desechada en el momento que se les practicó la autopsia a los cuerpos. Por otro lado, se apuntaba también a la posibilidad de un ajuste de cuentas. No obstante, las investigaciones de la Guardia Civil avanzarían a un mejor ritmo del esperado, y en muy poco tiempo fue detenido un joven de 19 años, Edelmiro López Agrelo, quien relataría ante las autoridades de forma minuciosa como había llevado a cabo el horripilante doble crimen que remataría de consternar a la ya de por sí abatida localidad de Chantada.

Portugués en libertad

Junto con Edelmiro López, sería detenido también el súbdito portugués Carlos Manuel Barra Dacosta, de su misma edad, por su presunta relación con los hechos. Sin embargo sería puesto en libertad tan solo 24 horas más tarde al comprobar que no guardaba vínculo alguno con el sanguinario suceso. Además, había un hecho con el que resultaría fácilmente incriminar al supuesto autor de tan tamaña salvajada, que eran los restos que se encontraron en las uñas de las víctimas, pues se deducía, como así había sucedido, que en el lugar de los hechos, la Casa Grande de Randolfe, en la parroquia chantadina de Bermuín de Abaixo, pudo haber pelea entre víctimas y agresor.

A los pocos días de cometerse el crimen y con Edelmiro López ya en prisión provisional sin fianza, se procedió a la reconstrucción de los hechos, que sería un factor clave a la hora de dilucidar la condena que debía cumplir el reo. El homicida empleó un palo de roble de grandes dimensiones con el objetivo de robar en la vivienda. Al parecer, llamó a la puerta, abriéndole la mujer María Blanco Domínguez, de 69 años de edad. Al sentir un impresionante griterío, su hijo José Fernández Blanco, de 46 años, acudió en su ayuda, sin que pudiese evitar los mortales golpes que le estaba propinando a su madre. El motivo del doble crimen vendría motivado por un robo y se perpetró a las primeras horas de la noche, antes de que madre e hijo se fuesen a dormir.

Lo que no pudieron encontrar los investigadores fueron las ropas de Edelmiro López, que se supone debían estar ensagrentadas. La sentencia apuntaba a la posibilidad de que una vez perpetrado el doble crimen, el asesino se hubiese desplazado hasta su vivienda para cambiarlas. Tampoco quedaron reflejados con exactitud los itinerarios, así como las actividades que hizo en el día de autos.

“Débil mental”

En el juicio celebrado en su contra en la Audiencia Provincial de Lugo en la primera semana de julio del año 1992, los magistrados consideraron a Edelmiro López Agrelo como un joven que padecía cierta “debilidad mental”, aunque no iba más allá en su descripción, circunscribiéndose a que los médicos que lo examinaron consideraron que padecía oligofrenía. La defensa del reo argumentó que su defendido había estado el día de autos en el casino de Chantada, entre las doce de la mañana y las siete y media de la tarde, así como que las ropas que llevaba puesta no se hallaron rastros de sangre de las víctimas, lo que fue contrarrestado por los jueces argumentando que podía haber cambiado su indumentaria tras haber cometido el crimen. Respecto a la estancia en el casino, fue rebatida comentando que Edelmiro pudo desplazarse andando desde el mencionado centro hasta el lugar dónde perpetró el crimen.

El joven, que en el momento de ser condenado tenía a sus padres y un hermano ingresados en prisión, sería sentenciado a cumplir 24 años de cárcel y a indemnizar a los herederos de las víctimas con 20 millones de pesetas (120.000 euros actuales). La sentencia hacía hincapié en que concurría el agravante de superioridad, dada la complexión del asesino y la escasa envergadura de ambas de víctimas, al tiempo que descartaba la intervención de más personas en este suceso. Además, también se utilizaría en su contra la minuciosa descripción que ofreció de los hechos ante la Guardia Civil en el momento de efectuarse la reconstrucción de los mismos, en la que se señala que narra con todo tipo de detalles como habían acontecido, pudiendo ser corroborados posteriormente por los encargados de la investigación criminal.

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O Piloto: ejecución o asesinato

Fue el último guerrillero en ser abatido, ya en la década de los sesenta. Su lucha en aquel entonces ya carecía de cualquier sentido, pues la mayor parte de sus compañeros la habían abandonado, cuando no muerto en distintas circunstancias. Algunos en tiroteos con la guardia civil, en tanto que otros a consecuencia de las penalidades que habían sufrido en montes y montañas gallegas. Si no tenía sentido su lucha, quizás lo tuviese menos la forma en que le dieron muerte. En aquel entonces, Xosé Castro Veiga, aunque decían que era muy rápido utilizando las armas, ya no hacía daño a nadie. Se había convertido en un hombre algo desnortado que no sabía a donde ir ni a donde acudir. Sin embargo, el anterior régimen, caracterizado por su implacabilidad en la lucha contra los viejos guerrilleros, no supo ni quiso perdonarle. A partir de ahí, comienza su leyenda y su mito.

En el año 1965, aunque el terrible recuerdo de la Guerra Civil estaba todavía muy presente en la sociedad de la época, la lucha contra el régimen de Franco había tomado unos cauces completamente distintos a los que se había llevado en los primeros tiempos de la dictadura. El maquis gallego, que había luchabado contra un cruel e inhumano sistema político, ya no tenía sentido alguno desde 1950, año en el que fueron abatidos y detenidos algunos de los últimos y más conocidos guerrilleros. En esos tiempos los distintos grupos de oposición, principalmente los sindicatos, se habían ido infiltrando en el régimen con el propósito de aprovechar las circunstancias o bien para descomponerlo o intentar destruirlo.

Los montes y montañas gallegos eran ya solo un nostálgico recuerdo para viejos guerrilleros que se habían enfrentado en ellos de una forma un tanto suicida a los agentes de la guardia civil. Aquella lucha carecía de cualquier sentido si es que algún día había tenido alguno. A mediados de la década de los sesenta ya solo quedaba Xosé Castro Veiga en la lucha armada clandestina. A lo largo de su dilatada lucha guerrillera se había caracterizado por ser muy escurridizo, burlando a la guardia civil en las situaciones más inverosímiles.

Atraco

En la mañana del 10 de marzo de 1965, fecha en que fue abatido O Piloto, había cometido un último atraco en una pudiente casa de O Saviñao, apoderándose de 15.000 pesetas. Castro Veiga siempre les decía a quienes asaltaba que era un “impuesto que le cobraba el legítimo Gobierno de la República”. Al parecer había sido denunciado por los propietarios de la vivienda que había sido asaltada, dando cuenta a la guardia civil de la presencia del célebre forajido gallego. La familia a la que había atracado era una casa pudiente de la época, siendo el hijo más joven del propietario, Darío Vázquez Fernández, fallecido en la localidad pontevedresa de Porriño en 2004, quien daría la alerta a la guardia civil, además de seguir el rastro del célebre guerrillero.

Su perseguidor siguió perfectamente durante esa jornada el itinerario de O Piloto desde A Bugalla hasta la parroquia chantadina de Pesqueiras, al otro lado del Miño. Cuando Castro Veiga cruzó la carretera, su perseguidor aprovechó para entrar en las instalaciones de la central eléctrica buscando un teléfono para dar aviso a la Guardia Civil. Inmediatamente se acercaron dos patrullas procedentes de Escairón y Chantada a la caza del último maquis.

Un solo tiro

Un consumado y experto tirador descerrajó de un solo disparo la cabeza de O Piloto, mientras se hallaba sentado a la vera del río comiendo plácidamente. A Xosé Castro Veiga no le dio tiempo ni a pensar que su vida de forajido había terminado para siempre. Su cadáver constituyó una presa de valor incalculable tanto para el régimen como para las fuerzas del orden que no dudaron en exponerlo públicamente para cuantos quisiesen contemplar por última vez al hombre que había mantenido en vilo durante casi un cuarto de siglo a la guardia civil de los municipios del sur de Lugo.

La familia que denunció la presencia de Castro Veiga abandonaría su vivienda, trasladándose a otro lugar de la parroquia de A Bugalla, en el mismo municipio de O Saviñao. De la misma forma, su delator también abandonaría la casa familiar, estableciéndose en el municipio pontevedrés de Porriño, en el que fallecería 39 años más tarde. Se dice que alguien aconsejó a la familia denunciante abandonar su habitual vivienda por temor a que sufriesen alguna represalia.

La noticia de su muerte fue inmediatamente divulgada por toda la comarca en la que todavía gozaba de un cierto carisma popular el famoso luchador. Además, el régimen, en sus comunicados y notas de prensa, denigraba la imagen de una víctima a la que no dudaba en calificar de bandolero y delincuente, aunque la filosofía de la existencia Xosé Castro Veiga era completamente ajena a los cánones por los que se regía un sistema que ya se quedaba demasiado anquilosado en un nefasto y oscuro pasado, pese a que se consideraba la reserva espiritual de Europa.

Con la muerte de “O Piloto” concluía de forma oficial la lucha contra el maquis gallego. No cabía duda que la dictadura se había cobrado un cotizado trofeo pero que, al fin y al cabo, no suponía ya ningún peligro para nadie. Recordaba la historia de aquellos famosos soldados japoneses que se rindieron y entregaron varios lustros después de concluida la Segunda Guerra Mundial ante soldados americanos, aunque algunos de ellos ni siquiera estaban completamente convencidos de que el conflicto había concluido hacía ya más de diez años.

Asesina a su marido en la bodega de su casa

A comienzos de la década de los sesenta, Galicia, y consiguientemente el resto de España comenzaba a sacudirse de una más que prolongada Posguerra que había dejado unas profundas secuelas a su población. Si bien es cierto que las carencias personales seguían siendo una constante en el devenir cotidiano de muchas familias.

Los gallegos de entonces ya hacía casi una década que habían dejado de emigrar a tierras americanas. Solo unos pocos se desplazaban a Venezuela, atraídos por la importante riqueza petrolera del país sudamericano que demandaba una importante mano de obra. Ahora se iniciaba un prolongado período de emigración a distintos países europeos, ya recuperados de los efectos de la Posguerra mundial.

Más de tres cuartas partes de los gallegos de entonces residían en amplios núcleos rurales, algunos de los cuales gozaban de un período de esplendor demográfico alcanzando las cotas de censados más altas de su historia. Sin embargo, esa expansión demográfica no era sinónimo de prosperidad, sino más bien de todo lo contrario. La ganadería y la pesca, principales sectores en los que trabajaban la mayor parte de la población de entonces, seguían explotándose con técnicas tradicionales, con las que solamente se podía aspirar a una indigna supervivencia.

En ese ambiente y en esos lugares, mal llamados la Galicia profunda en sentido despectivo, es a donde nos dirigimos para hablar de un extraño suceso que conmocionó fuertemente a los vecinos de Chantada, en plena Ribeira Sacra, en el suroeste de Lugo. Allí un ya lejano 27 de julio de 1960 apareció muerto en una bodega de su propiedad un hombre de mediana edad, Antonio Sampayo Moreira, aparentemente aplastado por una cuba que se precipitó sobre él cuando se encontraba trabajando.

Hachazos

La esposa del fallecido le manifestó su preocupación a una hermana del fallecido al anochecer por su tardanza en regresar a casa. Esta última se dirigió a la bodega, situada a cierta distancia del domicilio familiar, para saber en que faenas andaría metido Antonio Sampayo. Cuál sería su sorpresa cuando se encontró a su hermano tirado en medio de un gran charco de sangre con la cabeza destrozada, aparentemente aplastada por una cuba de grandes dimensiones que se había precipitado sobre la víctima. De inmediato, se puso el caso en conocimiento de la Guardia Civil de Chantada para que se procediese a investigar las causas de la muerte, así como proceder al levantamiento del cadáver del hombre que, aparentemente, había fallecido como consecuencia de un accidente laboral.

Al comenzar las indagaciones, los investigadores pronto descubrieron que en aquel asunto había piezas que no encajaban con la hipótesis de un presumible accidente. El forense encargado de hacerle la autopsia al cuerpo de Antonio enseguida se percató que alguna de aquellas profundas heridas habían sido inferidas con un hacha y que no guardaban relación alguna con una hipotética eventualidad relacionada con su trabajo en la bodega. La Guardia Civil interrogó a varias personas, entre ellas a la hermana de la víctima y a su esposa, Isaura Varela Matobelle, sobre quien se centraron todas las sospechas.

En un principio, la mujer del fallecido sostuvo la versión del accidente, pero al verse acorralada por los investigadores comenzó a ofrecer la auténtica versión de los hechos, conocido en el lenguaje popular como “cantar”. Según su testimonio cuando su marido se dirigió a la bodega, a media tarde, ella se adelantó por algunos atajos a su llegada al lugar del crimen. Una vez que había llegado al lagar se encaramó sobre una cuba, desde la que le sacudió dos hachazos tanto en el occipital como en el parietal, cayendo Antonio Sampayo al suelo, pero consiguiendo recuperarse. En vista de esto último tomó un artilugio similar a una azada con unos punzones de hierro muy significados y se lo clavó en el pecho. Pese a la gravedad de las heridas, el fallecido consiguió levantarse y extraer de su cuerpo aquel artefacto que le había introducido su asesina, pero desplomándose definitivamente en el suelo, merced a las muchas heridas mortales de necesidad que tenía en todo su cuerpo. Posteriormente, su esposa Isaura Varela provocaría la caída de una de las cubas más grandes que había en la bodega, desplomándola sobre la cabeza de su marido. Es más, procuró que el enorme barril le aplastase lo más posible la testa a fin de tratar de despistar a los investigadores.

Holgazán y derrochador

La mujer fue inmediatamente detenida por efectivos de la Guardia Civil que la trasladaron a las dependencias del Cuartel de Chantada. Allí declararía también que el móvil del crimen obedecía a la actitud de su marido, de quien dijo que era un hombre “holgazán y derrochador” que se pasaba gran parte de su tiempo en los bares y tabernas del pueblo, además de una supuesta infidelidad, tildándole de mal marido.

En febrero de 1961 se celebró el juicio contra Isaura Varela Matobelle en la Audiencia Provincial de Lugo. Sería condenada a 18 años de prisión y a una indemnización de 100.000 pesetas a los hermanos de la víctima.

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La matanza de Chantada

Funeral por los asesinados por Paulino Fernández en Chantada. Foto Delmi Álvarez,


Durante mucho tiempo, el nombre del municipio lucense de Chantada se asoció inexorablemente, de una forma totalmente injusta, a la crónica negra y el crimen. En una de sus aldeas tuvo lugar la mayor tragedia criminal que se recuerda en Galicia. Aquel 8 de marzo de 1989 pasaría a la historia de Galicia como su fecha más terrible. Nadie encontró jamás una explicación a la distorsionada y brutal actitud de Paulino Fernández Vázquez, un agricultor de 64 años que en la tarde de aquel miércoles de marzo se dedicó durante una hora a asesinar de forma indiscriminada a todos cuantos se encontró a su paso.

El autor de la mayor masacre de la historia de Galicia, Paulino Fernández, estaba considerado como un hombre normal, quizás un poco reservado y huraño, con fama de ser muy tacaño, pero que nadie podía imaginar que pudiese perpetrar una barbaridad de semejantes características. Nadie conocía en Chantada ni siquiera su familia que el homicida había estado ingresado durante unos días, hacía ya bastantes años, en el sanatorio psiquiátrico de Toén, en Ourense, dónde se le había diagnosticado una esquizofrenia paranoide aguda. Solamente su hermano Marcelino lo consideraba como un individuo ciertamente raro. Años después de la matanza, un sobrino de Paulino, al que le había regalado una escopeta de perdigones, declaró al diario La Voz de Galicia que le había advertido de que no disparase contra las golondrinas, “pues ellas habían sido las que le habían retirado los clavos de la cruz a nuestro señor Jesucristo”. Paulino estaba considerado como un hombre muy religioso y de profundas convicciones cristianas, incapaz de hacerle daño a nadie.

Desde hacía algún tiempo Paulino Fernández se encontraba muy mal. Su vida transcurría por un tedio insoportable, a lo que se añadía una excesiva preocupación por la propiedad de su hacienda. Al parecer, hacía poco tiempo había adquirido unas tierras a unos vecinos que se encontraban en la emigración americana. Las mismas seguían figurando, pasado el tiempo, a nombre de sus anteriores propietarios en el catastro. Esa misma mañana había manifestado su inquietud al entonces alcalde de Chantada, Sergio Vázquez Yebra, abogado de profesión. Este último intentó tranquilizarle, sin éxito, aseverándole en reiteradas ocasiones que las parcelas adquiridas eran legalmente suyas y que nadie podía arrebatárselas. A todo ello, se unían las dificultades personales que, en soledad, sufría Paulino. Su mujer, Sofía Ríos, once años mayor que él, se encontraba paralítica y ciega, postrada en una silla de ruedas. Los deseos de su esposa eran los de morirse cuanto antes para terminar con su dramática situación. Según algunas crónicas, a consecuencia de todas estas dificultades que le torturaban, el criminal chantadino se dedicaba a frecuentar prostíbulos de la comarca. En uno de ellos había conocido a una prostituta brasileña de la que, según se dice, se había enamorado profundamente. Sin embargo, la súbdita sudamericana desapareció para siempre de la contorna, tomando un incierto camino.

Tal vez todas estas causas influyeran en el carácter de Paulino Fernández, a lo que se añadía un rosario interminable de desgracias familiares. Cinco de sus hermanos habían fallecido en trágicas circunstancias. La primera tragedia de la familia Fernández Vázquez se remonta al año 1925, en la que un hermano suyo, todavía niño, fallecería a consecuencia de la picadura de una víbora. Años más tarde, Serafín, otro de sus hermanos, perecería combatiendo en el frente de Zaragoza en el transcurso de la Guerra Civil española en el año 1938. La sombra del drama no cesaría de brotar en el ambiente familiar de Paulino. En años de Posguerra en Astorga fallecería otro de sus hermanos mientras cumplía el servicio militar a consecuencia de un accidente con arma de fuego. Finalmente, otros dos miembros de la familia Fernández Vázquez perderían la vida a consecuencia de sendos accidentes de tractores. El primero en 1965, mientras que otro lo haría en 1984, unos años antes de la dramática matanza. Quizás eran demasiados factores para que pasasen desapercibidos en la psique de Paulino Fernández, que, muy probablemente, en opinión de destacados especialistas en la materia, influyesen en su irracional y aviesa conducta, de la que tan solo parecía haberse percatado su hermano Marcelino.

La matanza

A mediodía de aquel trágico 8 de marzo, después de visitar en la villa de Chantada a su abogado, Paulino Fernández almorzó en su domicilio junto a su esposa y su hermano Marcelino, quien, al parecer, aseguraría posteriormente que lo encontró más raro que de costumbre, aunque no se podía imaginar que fuese a perpetrar una tragedia que marcaría para siempre a las aldeas de Ada y Surribas, en el suroeste de la provincia de Lugo.

En torno a las tres y media de la tarde, Paulino Fernández salió de su casa provisto de un cuchillo de grandes dimensiones, de los empleados para degollar cerdos, además de un machete. Sin mediar palabra alguna, agredió con el arma blanca a uno de sus vecinos más inmediatos, Jesús Gamallo, quien sobreviviría a la brutal agresión, después de ser trasladado al centro hospitalario de Monforte de Lemos, que había sido recientemente inaugurado en aquel entonces. Una expresión suya “O Paulino matoume” se haría tristemente célebre. Unos vecinos suyos que estaban esperando un autobús para dirigirse a un entierro tuvieron cuenta de este primer incidente sangriento, aunque no le dieron demasiada importancia, considerándolo tan solo como una reyerta. Sin embargo, tan solo era el principio de una sangrienta orgía que marcaría hasta nuestros días a la espléndida comarca de Chantada.

Tras perpetrar el primer acuchillamiento, Paulino se dirigió de nuevo a su vivienda. Echó al ganado a pastar en el amplio terreno que tenía en las zonas aledañas a su casa, que en Galicia es conocido popularmente con el apelativo de “cortiña”. Después el homicida empuñaría de nuevo el cuchillo dirigiéndose a una finca del lugar conocido como A Lamela, donde cometería un cuádruple crimen, sin que nadie pudiese explicarse como ninguna de sus víctimas pudo haber desarmado al asesino, a pesar de que estaban empleando unas hoces en una tarea agrícola. La destreza de Paulino empleando el arma fue impresionante ya que en un breve lapso de tiempo asesinó al matrimonio formado por José Lago García, de 59 años y su esposa Celsa Sanmartín Ledo, de 63. Tampoco se salvó de sus fauces asesinas una hermana de esta última, Aurora, de 67 años, quien ocasionalmente se encontraba en la aldea pasando unos días, pues habitualmente residía en Vilagarcía de Arousa. En ese mismo lugar también le arrebató la vida de la misma forma a Maximino Amador Saá, de 72 años, cuñado de las anteriores víctimas. Al parecer, Celsa caminaría unos metros con intención de avisar de lo sucedido, pero caería al suelo poco tiempo después a consecuencia de las graves heridas que le había inferido el asesino, falleciendo en el mismo lugar donde había caído.

Después de haber asesinado ya a cuatro personas, Paulino prosiguió su sanguinario deambular, dirigiéndose ahora a Surribas, al lugar de Queizán donde acabaría con la vida de otras dos personas, concretamente con las de Avelina Montes Soengas, de 67 años y Emilio Ramos Blanco, de 76. Ambos intentaron alertar al resto del vecindario de las sádicas intenciones de su vecino, pero los intentos resultaron vanos. Aunque los vecinos ya estaban alertados del reguero de sangre que había dejado tras de si Paulino, este -exaltado como se encontraba- no era capaz de detener su furia. Un grupo de cinco vecinos intentó desarmarlo para evitar que prosiguiese ampliándose el grotesco espectáculo que había ensangrentado aquellas tierras. Aún así, el criminal se saldría con la suya y aún provocaría seis heridos más; uno de ellos, una mujer Amadora Vázquez Pereira, de 43 años, quien días más tarde fallecería en el Hospital Xeral de Lugo a consecuencia de las gravísimas heridas que le había provocado su agresor. Otro de los heridos, Raúl López, de 50 años, le provocaría un grave traumatismo craneal, al propinarle un hachazo en la cabeza. También resultaría herido de gravedad un joven de unos 20 años que intentó desarmar al criminal. Nadie se libraba de sus terribles y sangrientas garras.

Paulino sería desarmado en casa de su vecina Milagros Sáa, quien conseguiría arrebatarle el arma homicida. Fue entonces, cuando ya completamente desangelado y en plena embriaguez sanguinaria se dirigió a su domicilio, donde no había nadie, pues su mujer había sido trasladada a la villa de Chantada por su hermano Marcelino. Allí, en un garaje contiguo a la vivienda donde guardaba el tractor y otros aperos de labranza, roció con gasóleo, que empleaba para el vehículo agrícola, toda la casa, además de abrir la espita del gas butano, provocando un incendio que el esperó pacientemente entre las sábanas de su cama que acabaría ocasionándole la muerte, aunque se supone que a consecuencia del fuego su cuerpo terminaría precipitándose en las cuadras posteriores de su casa, donde aparecería horas más tarde completamente abrasado. Al iniciarse el fuego, así como el potente sonido de una explosión, tal vez de la cocina de gas bustano o procedente del tractor que había adquirido recientemente, fue cuando muchos vecinos se enteraron del grave drama que acababa de ocurrir en Chantada y que, al día siguiente, serviría para ilustrar las portadas de los principales diarios de difusión nacional. De la misma forma, también las principales cadenas de radio y televisión abrirían sus respectivos informativos con la desoladora tragedia que en aquella tarde previa a la llegada de la primavera había asolado a las siempre tranquilas, pacíficas, plácidas y verdes tierras gallegas que, momentáneamente, se habían teñido de rojo para luego, en señal de luto, cambiarse a un rancio color negro.

Alarma y desolación

En muy pocas horas, no solo Chantada, sino en el resto de la provincia de Lugo se había generado un terrible clima de alarma y desolación que llegaba a todos los lugares. Ni que decir tiene que en las zonas limítrofes se generó una inusual alerta, haciendo que muchos vecinos se encerrasen en sus casas, cerrando estas a cal y canto. Unas horas más tarde de haberse suicidado Paulino Fernández, todavía se decía que había sido avistado por unos vecinos armado hasta los dientes, como si se hubiese reconvertido en un espectro que amenazaba a los pacíficos vecinos de la siempre hermosa y vistosa Ribeira Sacra, que veía como uno de sus habitantes generaba una sinfonía de terror, tal vez cegado por unos vanos motivos que encenagaban aún más su oscura mente. Pero, por fortuna, sus vidas ya no corrían peligro, ya que su cadáver fue rescatado entre los restos calcinados de su vivienda, siendo reconocido por su hermano Marcelino, quien nunca se repondría anímicamente de la tragedia que había provocado Paulino.

El día 10 de marzo se celebraron las honras fúnebres por cinco de las víctimas provocadas por el irracional furor de Paulino. Presidía los actos religiosos el entonces obispo de Lugo, Fray José Gómez, quien en compañía de otros cinco sacerdotes, ofició el acto religioso en una explanada contigua a la iglesia de Adán, para que así un mayor numeroso de personas pudiese participar en los actos litúrgicos en memoria de los fallecidos. En el transcurso de los mismos se vivieron dramáticas escenas de dolor, consternación y rabia contenida, ya que nadie era capaz de explicarse los motivos porque Paulino Fernández había perpetrado un acontecimiento tan trágico y luctuoso que enmarcaría para siempre a aquellas tierras dentro de la crónica negra del siempre pacífico y acogedor mundo rural gallego. El homicida fue sepultado dos horas antes que sus víctimas. Se hizo así con la intención de evitar ahondar en la grave herida abierta en la parroquia. A su sepelio solo asistieron dos de sus cuñados y un nutrido grupo de periodistas.

Repercusiones

No cabe ninguna duda que la matanza de Paulino Fernández tuvo unas impresionantes repercusiones no solo en Galicia sino en el resto de España. El dramático suceso fue aprovechado por algunos de los medios más sensacionalistas para transmitir una imagen oscura y difusa del interior gallego y de su mundo rural en particular. Aquellos días se vertieron centenares de auténticas barbaridades, calificando a las áreas rurales gallegas como lugares poco menos que prehistóricos y peligrosos, cuando ninguna de las dos cosas es cierta. De hecho, los indicadores de criminalidad del Ministerio del Interior situaban a la provincia de Lugo como la segunda más segura de España, teniendo en cuenta que en aquel entonces las dos terceras partes de sus habitantes residían en núcleos rurales. En este sentido aún recuerdo el duro enfrentamiento que protagonicé en el programa de la tarde de RNE, que por aquel entonces dirigía Javier Sardá, con la periodista de sucesos Margarita Landy. Esta señora aprovechó el espacio para despotricar -literalmente hablando- contra el interior gallego, criticando muchos usos y costumbres, al tiempo que demostraba un perfecto desconocimiento de Galicia, o al menos la que conocíamos los dos no tenía nada que ver la una con la otra.

La célebre periodista de sucesos había visitado la tierra gallega de forma muy esporádica, solamente muy de vez en cuando y siempre que tenía lugar algún desgraciado suceso sangriento. La imagen que ella tenía de Galicia se había quedado anclada unos cincuenta años atrás. Hay que tener en cuenta que ya estábamos a final de la década de los ochenta. A la mítica informadora de crónica negra le dolió en el alma cuando yo intervine por teléfono en el programa para recordarle que sucesos sangrientos se producían en todas partes de España y, mucho más, en Madrid, que era la ciudad en la que residíamos ambos por aquel entonces. Le mencioné varios casos recientes, entre ellos el célebre crimen de la calle Sáinz de Baranda, acontecido en enero de 1988, donde una pareja de toxicómanos asesinó a un matrimonio de nacionalidad estadounidense y a su criada. Asimismo, también le recordé los constantes crímenes que por cuestiones de estupefacientes se producían en la madrileña calle Orense, en la que en poco menos de un mes, concretamente en noviembre de 1987, habían muerto cinco personas de forma violenta.

Sin embargo, no fue la mítica periodista de aspecto un tanto chulesco y macabro al mismo tiempo que se edulcoraba con una pipa en sus labios, la única que quiso sacar tajada de un sanguinario suceso que enlutó a Galicia. En el verano de 1989 la revista Tiempo publicaba un reportaje sobre los sucesos que se producían en la que ellos denominaban España profunda. El despropósito y amarillismo del reportaje fue tal que, personalmente, creo que me produjo náuseas. Se decía tal cantidad de sandeces y chorradas que me llevaron a censurar al mencionado medio de comunicación. Desde entonces y hasta la fecha de su desaparición, jamás volví a adquirir la mencionada publicación. En el reportaje antes aludido se hacía un supuesto estudio antroponímico de la criminalidad, dando cuenta de que “no era casualidad”, en opinión del reportero, que los autores de esas barbaridades llevasen nombres de origen germánico, como es el caso de Paulino. Jamás he podido comprender tan burda y ridícula afirmación, ya que nadie aportaba el menor dato de rigor científico en el que pudiese ampararse semejante estupidez.

Posteriormente se siguieron sucediendo los supuestos intelectuales de la crónica negra en distintos programas de radio y televisión, así como en las páginas de la prensa, aportando cada cual su ridícula versión. Solo daban muestras del más absoluto desconocimiento de la realidad gallega. Incluso, hemos llegado a escuchar auténticas desfachateces, tales como que el autor del crimen de Chantada no era un enfermo mental ni actuaba bajo un brote psicótico, cuando los informes que se conocieron a posteriori revelaban que efectivamente Paulino padecía una esquizofrenia paranoide que le había sido diagnosticada en Ourense por el doctor Montes, aunque ni siquiera su familia estaba informaba de su diagnóstico.

Hoy en día, las pacíficas tierras de la Ribeira Sacra son un especial atractivo para muchos turistas que quieren aprovechar para darse un viaje en catamarán por el siempre delicioso y esplendoroso cañón del Sil que parece perderse en el horizonte de una singular y atractiva tierra que es firme candidata a convertirse en patrimonio de la humanidad. Sin duda se lo merece, pese a que en la memoria colectiva de muchos de sus habitantes aún este presente el espectro de aquel criminal que en un ya lejano día del mes de marzo de hace 30 años empañó la noble y pacífica convivencia de una comarca que nada tiene que ver con las grotescas y dantescas tierras gallegas que describía la periodista que fumaba en pipa en sus imaginarios relatos, más propios de alguien que había perdido el norte -a semejanza de Paulino Fernández- que no de un honrado y objetivo informador de sucesos.

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