Se suicida tras cometer un crimen en Ferrol

Ponte das Cabras, lugar en el que se suicidó el autor del crimen

En los primeros años cincuenta del pasado siglo se comenzaban a amortiguar los efectos de la cruel Posguerra, aunque gran parte de la población se las seguía viendo y deseando para poder hacer frente al día a día. La férrea dictadura, hundida por el aislamiento internacional, daba pie a pocas cosas e iniciativas. Los gallegos, principalmente los de interior, seguían emigrando. Sin embargo, comenzaba a cambiar su destino. Ahora, el Caribe era tan solo un viejo recuerdo del pasado, en tanto que en Buenos Aires soplaban vientos de crisis, acentuados por la sucesión de golpes de Estado que se registrarían en el país austral durante varios decenios.

Para bien o para mal la vida proseguía su constante deambular. En medio de ese clima de incertidumbre y sin que se vislumbrase una salida a la difícil situación de la época, sucedían también hechos sangrientos, pese a la crudeza y rudeza de una dictadura que promovía la contumaz leyenda de que “aquí no se mueve nadie”. Sin embargo, si se movía, al menos en el ámbito delictivo, registrándose de cuando en vez algún que otro episodio sangriento que remataba con aquel tan manido tópico de la época.

La ciudad de Ferrol, que por aquel entonces llevaba el apellido de “El Caudillo”, sería escenario de un trágico episodio en la jornada del 23 de noviembre de 1952 cuando apareció en un terraplén con evidentes signos de violencia el cuerpo de Miguel Pereiro Morado, un hombre de mediana edad, que se dedicaba a la venta de la lotería por las calles. Presentaba varias heridas en su cuerpo, una de ellas en la cabeza, que había sido provocada por algún objeto contundente. Dadas las relaciones que mantenía la víctima con individuos de los bajos fondos, a los pocos días se procedió a la detención de Antolín García García, quien después de un duro interrogatorio confesaría el crimen, pese a que no había evidencias que certificasen su autoría.

Suicidio en A Ponte das Cabras

Cuando llevaba varias semanas en prisión Antolín García, el 12 de diciembre se suicidaba, arrojándose desde A Ponte das Cabras, Manuel Sordo Abeal, un hombre de mediana edad, que conocía el verdadero enigma que todavía escondía el asesinato del vendedor de lotería, quien además guardaba una relación de parentesco con su verdugo. A los investigadores les extrañó de sobremanera este último suceso, siendo entonces cuando dirigieron sus miradas hacia el suicida.

Realizadas las pertinentes pesquisas, sometieron a otro duro interrogatorio a la esposa de Manuel Sordo, quien terminaría por confesar que su marido le había dicho que en el día de autos había mantenido una dura refriega con Miguel Pereiro. Al parecer, según la confesión de esta última, el criminal llegó a casa con las ropas visiblemente ensangrentadas, lo que le provocaría un cierto espanto. Su cónyuge le comentó que en el transcurso de la discusión le habría dado con una piedra en la cabeza a la víctima, además de arrojarlo por un terraplén. Sin embargo, ella guardaría silencio hasta el último momento.

Tras la confesión de la mujer de Manuel Sordo, se pondría en libertad a Antolín García García, quien estuvo a punto de convertirse en reo de un sórdido suceso en un tiempo en el que estaba vigente la pena capital y que se aplicaba con suma facilidad, principalmente si se trataba, como es el caso, de delitos de sangre.

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Reincide en su conducta criminal asesinando a una joven 16 años después de su primer crimen

El asesino en el transcurso del juicio que se siguió en su contra

Hay individuos que nunca serán capaces de aprender de su paso por las dependencias carcelarias. No se sabe si debido a su carácter si a que sufren alguna patología que les hace incapaces de reconocer las diferencias entre el bien y el mal, aunque este último extremo nunca ha podido ser constatado. Lo que si prueban los hechos es que en ellos existe una incontenida agresividad que se manifiesta a lo largo de su existencia de diferentes formas, que van desde un carácter descontrolado hasta continuos episodios en los que son protagonistas de diferentes altercados, convirtiéndose en conocidos de las salas penales de las distintas audiencias.

Quien no pareció aprender nunca la lección de su paso por los muros de la prisión es un individuo, conocido como “O Chioleiro”. Este hombre, que respondía a la identidad de José Manuel Durán González, reincidió en su conducta delictiva con tan solo 16 años de diferencia. Además, sus crímenes se caracterizaron por una crueldad y violencia extremas, además de ser muy espeluznantes, que casi parecerían impropios de un ser humano. En el año 1988 había asesinado a su abuela, a quien había violado previamente, mientras que en 2004 asesinaría a la joven Alicia Rey, de 33 años de edad, en el municipio pontevedrés de A Lama, dónde también había perpetrado su primer crimen.

Al parecer, José Manuel Durán, que contaba 46 años de edad en ese momento, mantenía una estrecha relación de amistad con Alicia Rey, una vecina suya, de la que se decía que había sido su novio, aunque él solamente la consideró como una amiga. En el mediodía del 11 de diciembre de 2004, “O Chioleiro” y la joven en cuestión quedaron en el monte Ceo, perteneciente a la parroquia de Santa Ana, en la localidad pontevedresa de A Lama. El hombre, según se desprende de la sentencia, iba provisto de un cuchillo de grandes dimensiones con el objetivo de asesinar a la mujer. En sus declaraciones ante las autoridades, llegaría a alegar que ella le había pedido que la matara.

Dos cuchilladas

Si el brutal asesinato de su abuela había conmovido de sobremanera a toda Galicia, este no sería de menor calibre, tanto por la violencia como por la crueldad empleadas. En un momento dado, “O Chioleiro” desenvainó el arma que llevaba y le propinó un primer corte a la altura del pescuezo, que le ocasionaría una gran hemorragia. Para cerciorarse de la muerte de su víctima, no escatimaría esfuerzos dándole otra brutal cuchillada en el hemitórax izquierdo que le seccionaría la arteria aorta, provocándole una segunda hemorragia masiva que le terminaría provocando la muerte.

Una vez hubo acabado con la vida de su víctima, José Manuel Durán tapó con algunos terrones el cuerpo de Alicia Rey, no sin antes apoderarse de sus pertenencias entre las que se encontraban algunas joyas y tarjetas de crédito. La familia de la mujer asesinada denunciaría su desaparición y su cadáver no sería encontrado hasta 48 horas después del crimen. A partir de ahí se inició un cúmulo de pesquisas e investigaciones sobre quien podría estar detrás de aquel horrible asesinato. Sin embargo, casi todas las miradas se dirigían a un individuo conocido como “O Chioleiro”, quien, además de haber dado muerte a su abuela, contaba con otros antecedentes que lo incriminaban como principal sospechoso.

Pese a las sospechas, durante todo el tiempo que pasó hasta que fue detenido, negaría en todo momento su participación en el asesinato de Alicia Rey. Además, demostraría una frialdad a prueba de bomba hasta el extremo de ser entrevistado en el programa de TVE que en aquel entonces dirigía el periodista y policía, Manuel Giménez. En el transcurso de la entrevista, manifestaría que el día de autos el se encontraba ayudando a matar los cerdos a un vecino. Sin embargo, su coartada pronto haría aguas, aunque no sería detenido definitivamente hasta el 24 de enero de 2005, mes y medio después del asesinato.

18 años de cárcel

Algo más de dos años después del crimen, antes de las fiestas navideñas del año 2006, “O Chioleiro”, quien ya había reconocido el asesinato de Alicia Rey ante el juez, sería condenado a 18 años por la sección cuarta de la Audiencia Provincial de Pontevedra, que se vería reducida en medio año tras un recurso presentado por su defensa ante el Tribunal Supremo. Además, se le condenaba al pago de una indemnización de algo más de 72.000 euros a la madre de la víctima y 6.000 a cada uno de sus hermanos. Se le imponía también una multa de 120 euros por haber sustraído los efectos personales de Alicia Rey en el momento de ser asesinada. Igualmente habría de satisfacer con 400 euros por este mismo concepto a los familiares de la joven asesinada. De la misma forma, era condenado a una pena de destierro durante un periodo de cinco años en los cuales no podría residir en la localidad en la que había cometido el crimen ni comunicarse con los familiares de la mujer asesinada

Pese a que, según se desprende de diversos medios consultados, José Manuel Durán padecía una dolencia conocida como psiconeurosis y tenía problemas de adicción al alcohol, los magistrados consideraron probado que el autor del asesinato era capaz de discernir el bien del mal, además de ser dueño de sus actos.

Amenazas a una periodista

Algún tiempo después de haber sido condenado por este crimen, “O Chioleiro” volvería a pasar de nuevo por dependencias judiciales. En esta ocasión por dirigirle una carta a una periodista de “Diario de Pontevedra” en la que se expresaba en términos amenazantes contra la redactora, responsable de la sección de local del rotativo de la capital de las Rías Baixas. En la misiva, advertía a la profesional de que en cuanto saliese de prisión tendría que buscarse un guardaespaldas para protegerse de él porque iba a terminar con su vida. No conforme con ello, la amenazaba también con ser víctima de una agresión sexual. No fue esta la única carta que dirigió, ya que también fueron presa de sus amenazas otros periodistas, así como el fiscal que se encargó del caso. En todas ellas, proclamaba su inocencia.

Por este suceso, José Manuel Durán González sería condenado a otro medio año de prisión, que se sumaba así a los 17 y medio a los que ya estaba sentenciado. La pena se redujo en seis meses al reconocer los hechos y expresar su conformidad. Asimismo, no podría comunicarse con la periodista amenazada durante un periodo de dos años, contados a partir del momento en que finalizase su condena de cárcel.

En el transcurso de esta vista oral, el condenado volvió a demostrar su carácter violento y arisco, principalmente contra los informadores en torno a los que mostró una actitud claramente desafiante. En un momento dado le preguntó al juez porqué no expulsaba a “aquellos gilipollas”, en referencia a informadores gráficos, que se encontraban en el salón de vistas. Sin embargo, el magistrado no atendió su requerimiento, aunque rogó que no se le hiciesen fotografías.

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Confiesa a la prensa el crimen del que había resultado absuelto

José Carnero Fernández, autor de la muerte de una prostituta en Lugo

Hay situaciones en las que las actuaciones de los denominados jurados populares acaban convirtiéndose en cuestiones de juzgado de guardia. Y nunca mejor dicho. Así ocurriría en el año 2011 con la resolución de un crimen que, aparentemente, no presentaba grandes complicaciones, pero que el jurado en cuestión terminaría resolviendo satisfactoriamente a favor del acusado, pese a que todos los indicios hallados le incriminaban casi sin lugar a dudas.

El personaje en cuestión era un individuo conocido como “O Chucán”, un hombre que sufría diversas alteraciones mentales, mal tratadas. José Carnero Fernández, “O Chucán”, daba muerte, en la noche del 15 al 16 de septiembre de 2007, a la prostituta orensana, Pilar Palacios Caballero, en el municipio lucense de Sober, en el lugar de Arxemil, perteneciente a la parroquia de San Martín de Anllo. Al parecer, el homicida, de 55 años de edad, era un cliente habitual del prostíbulo en el que ejercía su víctima, a la que habría conocido unos quince años antes.

En la noche de autos, según declaraciones que efectuaría al diario “La Voz de Galicia” en su edición de 2 de febrero de 2011, “O Chucán” llevó desde Ourense hasta su casa a Pilar Palacios. Según su mismo relato y a tenor de las pruebas periciales realizadas en el transcurso de la autopsia a la víctima, ambos habrían mantenido relaciones sexuales en la vivienda de José Carnero. Posteriormente, este, quien era un consumado experto en la elaboración de aguardiente, invitaría a esta bebida a Pilar Palacios. Sin embargo, y aquí se pierde el hilo de su historia, llevaría hasta la cuadra de su hogar a la prostituta, dónde todo indica que le daría muerte con algún objeto punzante, tal y como quedaría demostrado en el segundo juicio que se siguió en su contra.

Desaparición

Una vez que cometió el crimen, José Carnero huiría del lugar de los hechos para desplazarse hasta el hospital Montecelo, ubicado en Pontevedra. Al parecer, se habría desplazado hasta el centro sanitario debido a los muchos problemas de salud mental que sufría. Allí sería encontrado por agentes de la Guardia Civil, quienes procederían a su detención, una vez hubieron hallado el cuerpo sin vida de Pilar Palacios en la casa de “O Chucán”, quien no supo dar explicaciones del hallazgo de un cadáver en su domicilio.

En el primer interrogatorio ante miembros de la Benemérita, Carnero explicó de forma detallada los hechos de los que había sido protagonista. Posteriormente, tras prestar declaración ante el juez, ingresaría en la prisión provincial de Bonxe, en Lugo. En la misma, permanecería un total de 42 meses, hasta la celebración del juicio por la muerte de la prostituta, que tendría lugar en la Audiencia Provincial lucense en enero del año 2011.

Absolución

A finales del mes de enero del año 2011 se celebró el juicio por la muerte de Pilar Palacios. El acusado del crimen incurrió en más de una decena de contradicciones, entre ellas al declarar que cuando se declaró culpable del asesinato se encontraba bebido, un hecho que tuvo lugar cuando llevaba unos quince días entre rejas. En las cárceles no se les suministra alcohol a los internos.

A lo largo de la vista oral que se siguió en su contra, José Carnero, quien estaba considerado poco menos que una persona deficiente, jugó al despiste. Incurriría en muchas vaguedades e imprecisiones, con las que desarmaría al jurado e incluso también a la acusación, quien solicitaba un total de 20 años por el crimen, al entender que se le debía dar la calificación de asesinato, además de pedir una indemnización de 200.000 euros para el único heredero de su víctima.

Además de la contradicción mencionada, José Carnero incurriría en otras nuevas contradicciones, facilitando diversas versiones de los hechos acaecidos el día de autos, tales como los lugares que había frecuentado o las cosas que había hecho. Sin embargo, para estupefacción de muchos y para su alegría personal, el jurado lo declararía inocente y saldría en libertad, una vez escuchada la sentencia, que no sería del agrado de la familia de Pilar Palacios.

Reconocimiento del crimen

Una vez hubo recobrado la libertad, José Carnero vagaría a lo largo de toda una madrugada por la ciudad de Lugo hasta que al día siguiente pudo tomar un autobús que lo trasladó hasta su localidad de origen. Sus pasos serían seguidos y descritos por diversos profesionales del diario “La Voz de Galicia”, a quienes acabaría por confesar los hechos de los que le se acusaba, lo que daría lugar a la celebración de un nuevo juicio en su contra un año más tarde.

En sus declaraciones al rotativo herculino, “O Chucán”, que sufría importantes problemas de salud mental, reconocería el crimen que le costó la vida a Pilar Palacios. En la entrevista publicada a los pocos días del veredicto judicial, manifestaba que nadie le había preguntado si realmente había dado muerte a la prostituta. Asimismo, describía minuciosamente los hechos acontecidos en la madrugada del 16 de septiembre de 2007, así como también todos los detalles ocurridos el día de autos. Ante esta versión pública, se abrirían nuevas vías de investigación que darían lugar a una nueva vista oral, que se celebraría en noviembre del año 2012. Tanto el Tribunal Superior de Justicia de Galicia como el Supremo se pronunciaron en que habría que celebrar un nuevo proceso, anulando la primera resolución que lo declaraba inocente.

En el segundo juicio que se celebró contra Carnero la suerte que había tenido en el primero le resultaría esquiva. En el transcurso del mismo se consideraría probado que los restos biológicos hallados en una prenda correspondían a Pilar Palacios y que la misma era propiedad de “O Chucán”. De la misma manera, también se probaría que agredió con un objeto punzante, que no se pudo determinar, a la víctima, provocándole la muerte en el acto. Igualmente, se descartó la posibilidad de que hubiesen intervenido terceras personas en el crimen, o que se hubiese ensañado con la misma, de ahí la calificación de los hechos y su veredicto final.

Condena definitiva

El jurado encargado de dilucidar el suceso entendió que se trataba de un homicidio, pese a que la acusación particular entendía que se trataba de un asesinato, lo mismo que la fiscalía. Por todo ello, se le condenaba a una pena de diez años de prisión, así como a una indemnización de 150.000 euros al hijo de Pilar Palacios. Los peritos encargados de examinarlo determinaron que padecía algunos trastornos de personalidad, encuadrándolo dentro de lo que se denomina trastorno histriónico, así como otras patologías comórbidas, por lo que el abogado defensor solicitaba que su cliente fuese ingresado en un psiquiátrico penitenciario. Sin embargo, su petición no sería atendida.

Finalmente, José Carnero Fernández, regresaría a finales del año 2012 al centro penitenciario de Bonxe, en el que ya había estado ingresado durante casi cuatro años con anterioridad. “O Chucán” obtendría la libertad definitiva en junio del año 2019, después de haber cumplido prácticamente toda la pena a la que había sido condenado.

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Un tórax humano en la desembocadura del río Lagares

Pocas veces se encontraría algún pescador con una sorpresa tan desagradable como le sucedió a un aficionado a la pesca deportiva al percatarse que con su anzuelo no había capturado precisamente un pez. Eran unos restos humanos, concretamente un tórax, que se habían enganchado al arpón de su caña de pescar. Ocurría en la jornada del 17 de abril del año 2000. Inmediatamente después de tan macabra captura, puso en conocimiento de la Policía el truculento hallazgo. Los investigadores se encontraron ante sí con una ardua tarea, que tardarían varios meses en desenmarañar.

Transcurridos ya seis meses de tan desagradable suceso, después de haber realizado las oportunas comprobaciones, los investigadores, con la inestimable ayuda de los forenses, comprobaron que aquellos restos humanos pertenecían a un varón joven, de 22 años de edad, que vivía en la comarca de las Rías Baixas desde hacía ya algún tiempo, aunque era originario de la localidad madrileña de Alcalá de Henares. Se llamaba Jesús Enrique Fernández Romero, quien -a pesar de su juventud- era un viejo conocido de las fuerzas de seguridad por sus múltiples antecedentes policiales. La joven con la que convivía, Rosario Beatriz Montes, había denunciado su desaparición el mismo mes en que fue hallado su cuerpo, cuatro días después de haberse perpetrado el crimen que le costó la vida. La víctima y su novia eran padres de una niña de apenas dos años de edad.

Botín de robo

Los hechos, según la reconstrucción policial, se inician a raíz de un suculento botín de un robo con fuerza que había perpetrado la víctima en el que podría haberse hecho con la nada despreciable cantidad de 1.800.000 pesetas(10.800 euros al cambio actual). Supuestamente, José Enrique Fernández se habría negado a entregar la parte proporcional de este preciado botín a su compañera, por lo que esta habría contratado unos sicarios para que le diesen muerte a su cónyuge. Para ello, siempre según el testimonio policial, le habría pagado hasta 300.000 pesetas (1.800 euros actuales) a una camarilla compuesta por los hermanos Isaac y César Valderrama y Juan José Galera Ares, quienes, presuntamente, darían muerte al joven madrileño.

Los hechos habrían tenido lugar en la localidad pontevedresa de O Porriño, cercana a la ciudad de Vigo en la madrugada del 8 de abril del año 2000. Según deducciones efectuadas por la policía, previas al juicio, Beatriz Montes habría dejado la puerta de su vivienda abierta para que pudiesen entrar los presuntos sicarios. Estos se habrían servido de una manta que anudarían al cuello de José Enrique Fernández, quien habría fallecido como consecuencia de asfixia o estrangulamiento.

Posteriormente se les plantearía un problema muy grave, que no era otro que el deshacerse del cuerpo de la víctima. En un principio, habrían procedido a incinerarlo, quemando el cadáver de una manera artesanal, pues al parecer el tórax hallado en Rande presentaba evidentes signos de haber sido chamuscado. Sin embargo, debido a las dificultades que se les planteaban, decidieron descuartizarlo seccionándolo en varios trozos, ayudados para ello de una sierra eléctrica. Finalmente, habrían introducido el cuerpo, ya seccionado, en varias bolsas de plástico que depositarían en la desembocadura del río Lagares, aprovechando para ello las mareas vivas. De hecho, un equipo de hombres-rana se desplazaría hasta el lugar para intentar hallar más restos, sin obtener el éxito deseado.

Absolución

Casi dos años más tarde de haberse identificado el cuerpo de Jesús Enrique Fernández Romero, se celebraría en la Audiencia Provincial de Pontevedra el juicio contra los cuatro acusados de haberle dado muerte. Su novia, los dos hermanos Valderrama y Juan José Galera. El fiscal solicitaba importantes penas de prisión para los encausados, a quienes acusaba de un delito de asesinato con alevosía, así como a la indemnización de 120.000 euros para la única hija de la víctima.

La sorpresa en este caso vendría dada por la decisión de los miembros del jurado que se encargaban de dilucidar la culpabilidad o inocencia de los procesados. Los siete miembros, por unanimidad, decidían absolver a los cuatro acusados, quienes, tras pasar dos años en prisión provisional, quedarían libres de cualquier responsabilidad, ya que el jurado entendió que no se les podía acusar del crimen, algo que, al parecer, el fiscal no lo tenía tan claro.

Esta sentencia fue una de las más controvertidas de la historia reciente, siendo rebatida por distintos profesionales, tanto de la propia judicatura como de la policía, quienes pusieron en duda la decisión del jurado. Unos días más tarde de conocerse el veredicto, un hermano de José Enrique Fernández, que se encontraba en prisión, amenazaba con tomarse la justicia por su mano en una carta dirigida a sus familiares, ya que había coincidido con uno de los hermanos Valderrama en el Penal del Puerto de Santa María.

Como consecuencia de esta controvertida sentencia, este caso ha pasado a formar parte de los muchos crímenes que se encuentran sin resolver en Galicia y en el resto de España. Dado el tiempo que ya ha transcurrido, es muy probable que este desgraciado suceso prescriba en la más absoluta impunidad.

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15 años después sigue sin resolverse el asesinato de una azafata de Vigo

Hace ya tres lustros, Galicia se conmovía por un espeluznante crimen que tenía lugar en la localidad costera de Porto do Son. Allí, en la jornada del 5 de diciembre de 2005 aparecía brutalmente asesinada la azafata viguesa María Elena Calzadilla, quien había acudido a su segunda residencia en la mañana de aquel día previo a un viaje que realizaría a las islas Canarias, con motivo de los puentes de la Constitución y la Inmaculada Concepción. Sin embargo, la mujer nunca llegaría a realizar aquel viaje. Un inesperado y atroz acontecimiento, que le costaría la vida, tuvo la culpa, truncando sus muchos proyectos de futuro a la temprana edad de tan solo 40 años. Desde entonces han sido muchas las pesquisas realizadas por la policía experta en homicidios sin que jamás diesen los frutos deseados. Según estas mismas fuentes, el asesinato fue obra de un sicario profesional a quien habría contratado un tercero para terminar con su vida. El móvil del crimen todo indica que fue de tipo pasional, a tenor de como se desarrollaron los hechos.

En aquella aciaga mañana otoñal en la que ya se vislumbraban la fiestas navideñas, María Elena acudió en su vehículo particular a la localidad de Porto do Son a arreglar algunos asuntos. Hay quien dice que también fue con la intención de normalizar también alguna documentación personal, tal y como habría relatado una amiga de la víctima, pese a que no existe constancia alguna que lo acredite. Tras recorrer los cien kilómetros que separan la ciudad olívica de Porto do Son, María Elena entró tranquilamente en su segunda vivienda, donde alguien le esperaba para proporcionarle una sorpresa que no era precisamente agradable ni nada que se le pareciese.

Detrás de la puerta

Lo que jamás pudo sospechar ni siquiera imaginar la azafata viguesa es que detrás de la puerta de su segunda residencia le esperase un criminal que no tuvo compasión alguna con ella. Su asesino le propinó un más que contundente golpe en la cabeza por sorpresa y de forma totalmente inesperada, que la dejaría -cuando menos- inconsciente, sin posibilidad de poder defenderse, tal y como se deduce del informe elaborado por los forenses que le practicaron la autopsia. Una vez inmovilizada la víctima, el criminal prosiguió con su ritual de golpes, desfigurándole el rostro y la región frontoparietal izquierda del cráneo, con la finalidad de cerciorarse de que había alcanzado su macabro objetivo. El arma utilizada en el asesinato fue algún objeto metálico de gran contundencia y grosor.

La alarma saltó a mediodía cuando un hijo de la víctima alertó a su padre de la tardanza de su madre, además de no contestar a las constantes llamadas que le realizaba al teléfono móvil. En vista de que su familiar no llegaba, el esposo de María Elena se dirigió a Porto do Son para saber a que causas se podía deber su inusual retraso, siendo él quien encontraría el cuerpo de su esposa, que se encontraba tirado a metro y medio de la entrada de la puerta de la casa en medio de un impresionante charco de sangre.

Inmediatamente después de haber descubierto el cuerpo sin vida de su esposa, avisó a las fuerzas de seguridad, quienes practicaron una primera inspección ocular en el lugar de autos. El único indicio hallado, quizás con la intención de despistar a los investigadores, fue un cristal de la cocina roto. Sin embargo, la vivienda se encontraba en perfecto estado y nada hacía presagiar que hubiese sido un asalto o un robo. No había desaparecido ninguna pertenencia ni objeto de valor, además de encontrarse casi todo el mobiliario perfectamente ordenado. Todo ello hizo sospechar a los investigadores que el crimen obedecía a otros motivos, entre los que no se descartaba el crimen pasional.

Detenciones

Debido a la gran complejidad que representaba el caso, las indagaciones en torno al mismo fueron muy complejas. La hipótesis que siempre había barajado la policía era que el crimen había sido cometido por alguien del entorno de la azafata, cuando menos que hubiese actuado por encargo. Transcurridos algo más de dos años del asesinato de María Elena, el 15 de enero de 2008 fue detenido su esposo, lo que constituyó una auténtica sorpresa, pese a que siempre había estado en el punto de mira de la policía, pues incurrió en alguna incoherencia y, además, se sospechaba que la pareja no pasaba por sus mejores momentos.

El Juzgado de Noia, que fue el que se encargó de las primeras diligencias, le obligó a reconstruir todos sus movimientos personales en la mañana de autos. La fiscalía llegó incluso a solicitar su ingreso en prisión provisional. Sin embargo, esta medida sería desestimada por parte del juez, quien -a pesar de imputarlo- lo dejaría en libertad, con la obligación de presentarse de forma quincenal en el juzgado, además de impedirle su salida del territorio nacional, viéndose en la obligación de entregar su pasaporte. Conjuntamente con él, sería detenido también un hermano suyo, si bien es cierto que este último quedaría libre sin ningún cargo, al comprobarse que no guardaba relación alguna con el desgraciado suceso.

Meses más tarde sería detenido también un compañero del marido de la víctima, ya que en la mañana de autos había estado intercambiándose llamadas con el mismo. Al igual que había ocurrido con el anterior, también quedaría en libertad al no constatarse que tuviese relación alguna con el crimen ocurrido en Porto do Son.

Sobreseimiento

Después de los largo avatares ocurridos en torno a este suceso, en junio de 2009 el juez encargado del caso decretaría su sobreseimiento. El magistrado argumentaba en su auto que no existían evidencias suficientes para que el marido de la azafata asesinada siguiese imputado. Solamente existían algunos indicios, entre ellos la crisis que sufría la pareja, aunque no era motivo suficiente para proseguir con la imputación. De la misma manera, también señalaba que no se habían producido movimientos de dinero que pudiesen dar lugar a que el encausado hubiese contratado a un sicario para terminar con la vida de su esposa, pese a que reconocía que había incurrido en algunas “incoherencias”. Los indicios, según el fiscal, no eran de naturaleza claramente incriminatoria. Pasado el tiempo, se supo que el principal encausado tenía otro teléfono móvil, que, debido al tiempo transcurrido desde el asesinato, no fue posible analizar el flujo de las llamadas.

La familia de la víctima, pese a que ya han pasado quince años, siempre ha estado luchando para que el crimen se esclareciese, negándose a que este brutal suceso quede impune, tristemente relegado al archivo de los juzgados, al igual que sucede con docenas de casos que todavía no han sido resueltos y sus autores campan tranquilamente a sus anchas.

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Asesinan a un vigilante para robar 150 kilos de almejas en Vilagarcía

Reconstrucción del crimen que le costó la vida al vigilante de la cetárea

Las almejas, y el marisco en general, siempre han sido un exquisito plato muy valorado -no solo por gastrónomos y aficionados a la buena mesa- sino también por muchos furtivos o rateros que buscaban unos míseros ingresos a costa de hacerse con un escaso botín que luego comercializarían en el mercado negro a un precio muy inferior a su coste real. Desgraciadamente, además de pretender lucrarse con los bienes ajenos también han provocado alguna tragedia, también han dejado su más que oscura huella que se tradujo en hechos violentos, bien sea golpeando a los vigilantes o agrediéndoles cuando se encontraban en superioridad de condiciones a estos últimos.

Uno de los hechos que más conmocionaría a la sociedad gallega -relacionado con el robo de marisco- tendría lugar en la madrugada del 22 de junio de 1998. A primeras horas de ese día era encontrado, en medio de un gran charco de sangre y con visibles señales de violencia, el cuerpo del vigilante de la cetárea de Vilaxoán -en el término municipal de Vilagarcía de Arousa-, Manuel García Cascallar, de 68 años, quien había sido asesinado por tres individuos que se introdujeron en la depuradora para hacerse con un botín de 150 kilos de almejas, cuyo precio en el mercado ascendía a unas 220.000 pesetas (1322,22 euros actuales).

El trágico suceso comienza a fraguarse en la tarde-noche del domingo, 21 de junio, cuando tres individuos, de no muy buena reputación en la comarca arousana, planean dar un golpe en la cetárea de la parroquia de Vilaxoán, conocedores de que allí se almacena una importante cantidad de marisco, que posteriormente intentarán vender en el mercado negro. Al frente de aquel macabro trío se encuentra Ricardo Carro Mato, un joven de 27 años, que ya cuenta con distintos antecedentes policiales, y que es conocido como alias “El Crecho” o por el diminutivo de Richard. En la macabra aventura le acompañan otros dos muchachos, Juan José Dieste y David Galbán, de 20 y 19 años, respectivamente. El segundo de estos dos últimos es un conocido mariscador furtivo, que ya había sido detenido en otras ocasiones por la delictiva actividad que llevaba a cabo.

Ensañamiento brutal

Para perpetrar el golpe Galbán, tal vez experimentado en estas oscuras lides, les facilita una maza de goma y un cuchillo de grandes dimensiones, conocedor de la estricta vigilancia a que son sometidas las cetáreas y depuradoras en las que se crían los moluscos. El plan, previamente concebido, contempla también el hecho de cortar los hilos telefónicos para evitar así que el vigilante pueda solicitar ayuda de las autoridades o terceras personas. De madrugada, aprovechando el poso de silencio que ha dejado tras de sí el fin de semana, se personan en el que se iba a convertir en el lugar de autos dando fuertes golpes en la puerta, gritándole al vigilante que abriese la puerta pues era el jefe quien llamaba. Alertado de la falsedad de los asaltantes, el empleado profiere gritos de socorro que ahuyentan a los rateros, aunque solo de manera parcial pues regresar hasta la empresa marisquera para tratar de hacerse con un pequeño botín que revender en el mercado negro.

Media hora después aproximadamente regresarían hasta la cetárea propinando de nuevo grandes golpes en la puerta de entrada, que provocan el pánico de Manuel García, que intenta huir del lugar al percatarse de que se trata de un serio intento de robo y que tal vez no pueda hacer frente a quienes se iban a convertir en sus verdugos. En su inútil intento de escapada, poco menos que a la desesperada, el vigilante se encuentra de bruces con Juan José Dieste -conocido por ser un energúmeno muy violento-, quien le propina un fuerte golpe en la boca y una cuchillada a la altura del cuello. En su exasperación, García Cascallar se agarra a su agresor y caen ambos en la explanada de acceso a la cetárea. En ese momento reconoce a Ricardo Carro Mato, a quien llama reiteradamente por su apelativo. Sin embargo, este último, a pesar de sentirse reconocido o tal vez por eso mismo, propina varios golpes en la cabeza al vigilante con la maza de goma que han traído de casa de Galbán.

Posteriormente, sus agresores trasladan al empleado, que ya se encontraba malherido, hasta la pared de la nave. Ahora intentan abrir la puerta a golpes, pero sus intentos resultan vanos, por lo que Carro regresa al lugar en el que había abandonado al vigilante para arrebatarle las llaves y así poder entrar en la cetárea. Las crónicas de la época relatan que su asesino se encontraba fuera de si en ese momento y prosiguió su brutal agresión contra un pobre hombre totalmente indefenso. Termina su cruel acción de la forma más macabra posible, clavándole a la víctima el cuchillo sin mango en la cabeza, cuyo cuerpo -con el rostro y el cráneo completamente destrozados- serían encontrados por otro empleado de la misma empresa a la mañana siguiente de haber sido espantosamente asesinado.

El botín lo esconderían en el mar, aunque jamás podría ser revendido. La rápida intervención de las fuerzas policiales, así como por los muchas pistas dejadas por los criminales, impidieron que los tres autores del brutal asesinato se saliesen con la suya.

Un documento judicial

El crimen, que consternaba a toda Galicia tanto por su espanto como por la saña y lo sanguinarios que habían sido sus autores, sería esclarecido en cuestión de horas por parte de las fuerzas dedicadas a la investigación del mismo. La principal clave vino facilitada por un documento judicial firmado por David Galbán, que fue hallado en las inmediaciones del lugar de autos. Además de este último, los investigadores pusieron en el punto de mira a sus dos acompañantes habituales, Juan José Dieste y Ricardo Carro Mato. La autoridad judicial autorizó un registro en casa de este último en el que fueron halladas diversas prendas en las que había restos de sangre y también biológicos que se correspondían con el perfil de la víctima.

Casi dos años después del crimen, en abril del año 2000, que había sobresaltado y compungido a Galicia por su extrema crueldad, se celebraba el juicio contra los tres autores del asesinato de Manuel García Cascallar, un hombre casado y padre de cinco hijos, quien contaba 68 años en el momento en que fue asesinado. El principal inductor y autor material del mismo, Ricardo Carro, sería condenado a la pena de 28 años de cárcel, con el agravante de ensañamiento. Sus colaboradores fueron condenados a 23 años de prisión cada uno de ellos. De la misma forma, deberían indemnizar solidariamente a la viuda de la víctima con diez millones de pesetas (60.000 euros actuales) y con cinco (30.000 euros actuales) a cada uno de sus cinco hijos.

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El asesinato de una anciana en Pontevedra, sin resolver más de 20 años después

Rúa de Xan Guillerme, en Pontevedra, dónde se cometió el crimen

El año 1997 pasaría a la historia negra de Galicia como el del triple crimen de Vilaboa, aunque finalmente serían cuatro las personas asesinadas en relación con aquel trágico y dramático suceso relacionado con el trapicheo de drogas a pequeña escala. Aquel mismo año, en el que Fraga Iribarne cosechaba su tercera mayoría absoluta en el Parlamento galego, se producía otro crimen en Pontevedra que pasaría a la historia de la infamia, ya que no podría resolverse, quedando muy probablemente impune puesto que en poco tiempo prescribirán las acciones judiciales.

El escenario del trágico suceso fue la siempre vistosa zona histórica de Pontevedra, aunque la calle en la que se produjo, la de Xan Guillerme, está inundada de desvencijados y deprimentes edificios antiguos que parecen estar destinados a las personas más desgraciadas y desheredadas de la sociedad. Uno de esos inmuebles, concretamente el que ocupa el primer número, estaba ocupado por una mujer de 74 años, Isabel Ferreira Vieira, popularmente conocido como “La Cubana”, quien era madre de un hijo y que había enviudado por tercera vez muy recientemente. En aquel sórdido y dantesco lugar sería encontrado el cuerpo de la mujer en cuestión, con evidentes señales de violencia, por parte de un vecino suyo. Según se dedujo de la autopsia, el cadáver de la asesinada, que fue encontrado sobre un gran charco de sangre, presentaba hasta un total de siete puñaladas, todas ellas mortales de necesidad. Tres de las puñaladas las había recibido en la espalda, otras tres en el pecho y una última de nueve centímetros en el cuello. Su muerte se produjo de forma casi instantánea al haberle provocado un schock hipovolémico a la víctima de aquel cruel crimen.

Los vecinos de la zona, conocedores de las malas relaciones que mantenía con su hijo, así como de otros entresijos, entre ellos el de ir provisto de un palo por la calle que le servía para hacerse temer e incluso amenazar, pensaron que tal vez Luis Ferreira, el único vástago de Isabel, fuese el autor material de su asesinato. Hacía escasamente seis meses que había fallecido su padre al precipitarse por las escaleras del interior de la vivienda en muy extrañas circunstancias, que jamás fueron aclaradas. Sin embargo, los investigadores no hallaron ninguna pista que pudiese incriminarlo y el pobre hombre fallecería algunos años después sin que se lograse esclarecer el suceso que le había costado la vida a su madre.

Detención de una familia

En vista de que el hijo de la fallecida era presumiblemente inocente, la Guardia Civil centró sus pesquisas en una familia próxima a la mujer asesinada, cuyos miembros eran viejos conocidos de la justicia. Incluso, uno de ellos había sido condenado a 20 años de prisión en el año 1982 por el asesinato de un panadero en la localidad pontevedresa de Cotobade. Casi tres años después de haberse perpetrado el asesinato, eran detenidos Miguel Ogando García, como presunto autor del mismo, así como su hermana María Teresa y un hijo de esta última, Julio Ruibal Ogando, un muchacho de 24 años, quien padecía una deficiencia psíquica congénita, en calidad de cómplices.

La reconstrucción hecha por el Instituto Armado y a tenor de los datos aportados por un testigo protegido en el caso, conocido en Pontevedra como “El crimen de la Cubana”, los agentes encargados de la investigación recogieron restos biológicos del pubis y el abdomen de la víctima que se correspondían con el perfil biológico del sobrino del principal acusado. Al parecer, según la misma reconstrucción, estos podrían proceder del momento en que este último se interpuso entre su tío, Vicente Ogando, y la mujer asesinada.

Las primeras hipótesis sobre este suceso apuntaban a que en la tarde del día de autos, los tres miembros de la familia acudieron a la casa de Isabel Ferreira con la intención de que se hiciese efectiva una deuda que esta había contraído con sus visitantes. Después de haber tomado algo con lo que los obsequió su anfitriona, Vicente Ogando se habría abalanzado sobre su víctima, propinándole las seis cuchilladas que acabarían con su vida de forma prácticamente instantánea. Al tiempo que le daba muerte, le habría arrebatado las escasas joyas que la mujer poseía así como sus libretas de ahorro. Posteriormente arrojaría el arma homicida, así como los documentos bancarios a la ría del Lérez.

Juicio y absolución

El fiscal solicitaba, en el juicio que se celebraría el 24 de octubre de 2001, un total de 19 años de cárcel para el principal acusado, Vicente Ogando García, así como una importante indemnización económica para la única nieta de la víctima. El ministerio público no acusaba a la hermana ni al sobrino del sospechoso, por entender que habían colaborado con la justicia y que intentaron detener el ataque mortal de su familiar contra la víctima. El testigo protegido llegó a declarar que, al parecer, el supuesto autor del crimen le habría confesado que le levanto las ropas, ya que debido al grosor de las mismas así la habría podido apuñalar mucho mejor.

Sin embargo, cuando las cosas parecían que estaban bien atadas, el jurado popular -compuesto por nueve personas- declararía que Vicente Ogando no había estado en la casa de Isabel Ferreira el día en el que se cometió su asesinato. Ocho de sus nueve miembros creyeron en la inocencia del único acusado después de responder a un total de 16 preguntas que les había efectuado el juez instructor del caso. De nada habían servido las declaraciones realizadas por el sobrino del incriminado ni tampoco la del testigo protegido que había compartido celda con el acusado, quien regresaría a prisión dónde se encontraba ingresado por otras fechorías, aunque el día en que fue asesinada “La Cubana” él se encontraba de permiso penitenciario.

La acusación particular anunció su recurso ante el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia al considerar que los miembros del jurado eran totalmente legos en asuntos de investigación policial. Además, no tuvieron en cuenta el testimonio del sobrino del único acusado, al considerarlo incapaz y fácilmente manipulable. Sin embargo, la máxima institución legal gallega confirmó la sentencia emitida por la Audiencia de Pontevedra y el caso pasaría a engrosar la numerosa nómina de crímenes sin resolver que se acumulan en los cuarteles y las comisarías de policía de Galicia.

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Asesinan a un hombre en Pontevedra para “darle un escarmiento”

El crimen se produjo en las inmediaciones del Lago Castiñeiras

Aquel año 1978 prometía ser diferente. Por algunas calles de las principales ciudades de Galicia se manifestaban agricultores y ganaderos que protestaban por la abusiva cuota empresarial que debían satisfacer mensualmente al ministerio de Hacienda. También había concentraciones que reclamaban la inmediata puesta en marcha del Estatuto de Autonomía. Muy pocos, solamente los más viejos, se acordaban aún de la vieja regulación autonómica proclamada en un referéndum celebrado a escasos 20 días del inicio de la Guerra Civil. Por aquel entonces, estaba recién estrenada la primera autovía gallega, comúnmente conocida como “Autopista del Atlántico”, que sufriría algunos ataques terroristas promovidos por la autodenominada “Coordinadora contra la Autopista”, en la que se agrupaban algunos grupo ecologistas y radicales de izquierda. Estas actitudes resultarían hoy en día poco menos que inauditas, pero acontecieron hace ya más de 40 años.

En medio de ese clima, en el que las nuevas libertades recuperadas después de más de cuatro décadas que convivían con el arado romano, en Galicia proseguían sucediendo algunos hechos que en nada la diferenciaban de otras partes del territorio. Aunque continuaba siendo una tierra francamente muy pacífica y acogedora, algunas veces los gallegos se sobresaltaban con acontecimientos que sucedían muy cerca de su casa. Sin necesidad de salir al extranjero. Uno de esos oscuros episodios ocurriría en la localidad pontevedresa de Marín en la primavera de 1978 cuando una pareja decidía “darle un escarmiento” a un individuo que supuestamente acosaba a la mujer que formaba aquel macabro matrimonio.

Los hechos tuvieron su origen como consecuencia de las constantes proposiciones que José Carballal Acuña hacía a Carmen García Boullosa, ambos de mediana edad y vecinos de la localidad pontevedresa de Marín. Al parecer, esta última se encontraba “harta” de las proposiciones que le hacía el primero, por lo que decidió actuar en consecuencia, en connivencia con su marido, Paulino Soaje Antuña. Para ello, ambos cónyuges trazaron un macabro plan, con una cita incluida, a la que iban convenientemente armados con sendos cuchillos de grandes dimensiones.

En el paraje del Lago Castiñeiras

En una tarde de primavera, Carmen García citó a través de una llamada telefónica a su supuesto acosador, como queriendo hacerle ver que accedía a sus peticiones. Incluso le confirmó el lugar en el que tendría lugar la macabra cita. La mujer acudiría en su automóvil y lo recogería en la carretera. La víctima, después de subir al coche, intentó abrazar a Carmen, quien le conminó a que cesase en su actitud, pues el coqueteo vendría una vez que estuviesen en una pista forestal, ya muy próxima al lugar en el que se encontraba. Lo que desconocía José Carballal era que en el maletero del vehículo viajaba el marido de su presunta amada, Paulino Soaje Acuña.

Carmen y José prosiguieron trayectoria hasta encontrar la pista forestal a la que aludía la mujer, en un paraje próximo al lago Castiñeiras, que en aquellas fechas del año se encontraba escasamente frecuentado y estaba muy aislado de las poblaciones más próximas. Una vez en el lugar de autos, a José Carballal le llegaría su brutal desolación al poder observar que se había convertido en víctima de un engaño que iba a pagar muy caro. Del interior del maletero del coche, salió Paulino Soaje, provisto de un cuchillo de enormes dimensiones, con dientes de sierra. Otro similar portaba su esposa Carmen.

Ambos cónyuges, una vez llegado al lugar de autos, no dudaron en propinar al menos dos cuchilladas a José Carballal, quien cayó tendido en medio de un gran charco de sangre con grandes heridas en el abdomen de las que ya no se recuperaría. Se trataba de un brutal correctivo que nadie podría imaginar. A todo ello se sumaba el hecho de que la pareja que cometió el crimen no tuvo reparo alguno en ir avisar a la esposa de la víctima de lo que había sucedido y dónde se encontraba su marido herido de gravedad. Sería esta última quien lo encontraría en estado casi moribundo unas horas más tarde después de haber sufrido la brutal acometida. Tras dar aviso a las asistencias sanitarias, la víctima ingresaría todavía con vida en una clínica de Pontevedra en la que fallecería a las pocas horas.

20 años de cárcel

En noviembre de 1978 se celebraría el juicio por el suceso que comenzó a conocerse en Galicia como “El crimen del lago Castiñeiras”. En el transcurso de la vista oral el fiscal encargado del caso desbarató todas las posibles coartadas de la pareja, quienes se aferraron en todo momento a la circunstancia de que en su ánimo no había intención alguna de propiciar la muerte de José Carballal, sino sencillamente de “darle un escarmiento”. Sin embargo, la fiscalía consideró que se trataba de un asesinato premeditado y con alevosía mediante un plan previamente urdido por los atacantes en el que la víctima no tuvo la mínima ocasión de defenderse. A ello se sumaba el agravante de haberlo abandonado desangrándose en medio de un paraje escasamente transitado.

El veredicto de la Audiencia Provincial de Pontevedra no pudo ser más contundente, condenando a 20 años de cárcel a cada uno de los cónyuges del matrimonio formado por Carmen García Boullosa y Paulino Soaje Antuña. Además, la pareja debía indemnizar de forma conjunta y solidaria con un millón de pesetas (6.000 euros actuales) a los herederos de la víctima José Carballal Antuña. A ello se unía la prohibición expresa de acercarse a los familiares de este último por un período de cinco años, contados a partir de que hubiesen cumplido con la pena que les fue impuesta.

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Asesina a su madre “por orden del diablo”

A comienzos del siglo XXI Galicia vivía una nueva era. Atrás quedaba el eterno país rural que había sido a lo largo de muchos siglos. Es más, el mundo rural avanzaba hacia un más que progresivo declive, desapareciendo aldeas y pequeñas villas. Con ellas también desaparecerían viejos mitos y leyendas que se habían perpetuado a lo largo de toda su historia. Ya nadie creía en duendes ni meigas, aunque como se dice habitualmente “haberlas hailas”. Sin embargo, aquellas viejas tradiciones fueron substituidas por otras importadas de países anglosajones que se centraban en lo oscuro y lo misterioso, con nuevas creencias que pretendían ser un sucedáneo de las ancestrales.

Aunque bastante alejado de los nuevos influjos que se fueron adueñando de una pequeña parte de la juventud, el suceso ocurrido en la localidad pontevedresa de Nigrán el 18 de febrero de 2001 guarda una pequeña relación con el mundo del misterio y el esoterismo importado en las últimas décadas, a tenor de los textos hallados en el domicilio del homicida. En aquella jornada, entre las cuatro y las seis de la madrugada según dictaminaría posteriormente la autopsia, un joven de 28 años, Íñigo Álvarez Esmerode, decidía acabar con la vida de su madre, Aurora Esmerode, de 51 años, asestándole varias cuchilladas con un cuchillo de grandes dimensiones. La mujer, que intentó en vano huir de las garras asesinas de su vástago no conseguiría salvar su vida, pues, al parecer, el muchacho le había propinado previamente un golpe en la cabeza. Su cadáver, encontrado por la policía local de Nigrán en su dormitorio y con el pijama puesto, presentaba varios cortes a la altura del cuello, así como diversas magulladuras.

Llorando en el Ayuntamiento

Tras cometer el crimen, el muchacho, que ya se encontraba a tratamiento psiquiátrico, se dirigió desde su domicilio, en la zona conocida como Camino a Piñeiro, en el barrio de Areas Praia América, hasta el Ayuntamiento de Nigrán, distante dos kilómetros del lugar de los hechos. Allí sería atendido en torno a las ocho y media de la mañana por el concejal Efrén Juanes, quien le preguntó en que podría ayudarle. El joven le preguntó si disponía de un arma para quitarse la vida y posteriormente le narró lo ocurrido al edil en medio de grandes sollozos.

Efectivos de la policía local de Nigrán se trasladarían hasta el domicilio del muchacho, dónde corroborarían que efectivamente el joven había asesinado a su progenitora, encontrando la casa revuelta, con abundantes manchas de sangre por distintas estancias, así como el cadáver de la mujer tendido sobre su dormitorio.

Íñigo Álvarez pasaría a disposición judicial en los días siguientes al trágico suceso. En el transcurso de su declaración afirmaría ante el juez que había cometido aquel crimen porque “el diablo le había dado órdenes a través de un programa de televisión”. Debido al gran shock psicológico que sufría, el magistrado que le tomó declaración ordenaría su ingreso en el Hospital Provincial de Pontevedra. Posteriormente, ingresaría de forma provisional en la prisión provincial de A Lama.

15 años de reclusión

Íñigo Álvarez Esmerode aceptaría en noviembre de 2001, cuando se celebró la vista oral en su contra, el ingreso en un psiquiátrico penitenciario durante un periodo de 15 años. Los tres psiquiatras que se encargaron de examinarlo constataron que el joven había sufrido un brote de esquizofrenia paranoide aguda en el momento de cometer el asesinato que le costaría la vida a su madres. Además, declararon que no estaba libre de sufrir nuevos episodios similares.

Quienes conocían al parricida, habían constatado a lo largo de los últimos meses que su estado psicológico iba empeorando y que sufría también algunos episodios de despersonalización. En los últimos tiempos el muchacho apenas hablaba y cuando lo hacía pronunciaba algunas expresiones ininteligibles. Asimismo, algunas de sus reacciones les resultaban cuando menos paradójicas, tales como reírse mientras veía la televisión -ante la que pasaba muchas horas- sin venir a cuento. Posteriormente, reconocía que se sentía fuera de si.

Sus conversaciones en los tiempos anteriores a cometer el crimen giraban en su mayoría sobre ocultismo, misterio y temas esotéricos, además de hallarse algunos manuscritos en su domicilio con contenido metafísicos. Igualmente, serían encontrados también muchos libros y publicaciones que abordaban esos mismos asuntos a los que se había aficionado en la etapa previa a cometer el asesinato de su madre.

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Dos gemelas entierran viva a su hija recién nacida en Lugo

Parroquia de San Xurxo de Augas Santas, lugar dónde ocurrió el macabro suceso.

El año 1992 pasaría a la historia, no solo por las Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla, sino también por diversos sucesos truculentos. Muchos de estos desgraciados acontecimientos ocurrieron en Galicia, siendo sus tristes protagonistas hasta un total de cuatro niños, quienes perderían la vida a manos de personas desalmadas y crueles.

En dos de estos hechos de triste recuerdo, los criminales utilizaron el mismo sistema, que no fue otro que enterrar vivos a sus criaturas, como si de un macabro ritual se tratase. Uno de ellos ocurrió en Vigo en el mes de febrero. Apenas cuatro meses más tarde, cuando los gallegos todavía no se habían repuesto del trágico “Crimen de la maleta” -en el que había sido asesinado un niño por una socia de su madre-, dos hermanas gemelas, que se encontraban embarazadas al mismo tiempo, decidían terminar con la vida de uno de los bebés recién nacidos el día 18 de mayo de 1992 y darle sepultura inmediata en el terreno anexo a su vivienda en la parroquia de Augas Santas, en el municipio de Palas de Rei.

El hecho criminal sería descubierto unos días más tarde. La madre de ambas hermanas gemelas, Concepción y Ana María Vázquez, decidió llamar a un médico de la localidad de Palas de Rei en vista que el estado físico de la primera, que presentaba una hemorragia perineal, para que tratase a su hija, quien no estaba dispuesta a recibirlo. Para poder intervenir el galeno debió de acudir acompañado del juez de paz y dos agentes de la Guardia Civil, quienes muy pronto esclarecerían las circunstancias de aquel trágico acontecimiento.

Encerradas en la habitación

Según se dedujo de las investigaciones realizadas, el día en que Concepción rompió aguas se encerró en la habitación con su hermana, quien la asistió en el parto, aunque sin ninguna experiencia ni tampoco conocimiento de la situación que vivía su gemela. Una vez que la criatura nació, ambas hermanas la introdujeron en una bolsa de plástico y le dieron sepultura, cuando se supone que aún estaba viva, en el terreno próximo a la vivienda. Poco después, amenzarían duramente a su madre con matarla si contaba algo de lo que había sucedido.

En vista que la situación de su hija no mejoraba, la madre de la parturienta se dirigió a un teléfono público para dar aviso a un médico y también a los agentes de la Benemérita, quienes encontrarían el cuerpo de la pequeña en el lugar donde les había indicado Concepción, la joven que había dado a luz. Su madre declararía a las cámaras del centro de TVE en Galicia que el bebé había sido asesinado por sus hijas.

Al descubrir el crimen, los agentes procedieron a la detención de la joven, quien sería detenida en el acto, aunque ingresaría en un principio en el Hospital Xeral de Lugo para poderse recuperar de la hemorragia que había sufrido como consecuencia del parto. De igual modo, también sería detenida su hermana, Ana María, quién también se encontraba embarazada, por su complicidad en el crimen. Ambas ingresarían en el penal de Bonxe.

Al parecer la familia de las jóvenes que mataron a la criatura estaba pasando por diversas adversidades de carácter patológico, ya que el padre de las gemelas que dieron muerte a la criatura comenzaba a presentar algunas señales de un cuadro de esquizofrenia.

Las dos autoras del crimen que dejaría estupefacta a Galicia -y muy especialmente a la provincia de Lugo- serían condenadas por la Audiencia Provincial de Lugo a sendas penas de 20 años de prisión cada una de ellas.

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