Tres crímenes de los años ochenta sin resolver en A Coruña

A Ponte Pasaxe, dónde se encontró una de las víctimas

Que la policía no es tonta es una expresión convertida poco menos que en un axioma para quienes estudian el mundo de la criminología. Hay decenas de sucesos que tardan algún tiempo en esclarecerse. Algunos de ellos, incluso más de una década. Y los delincuentes terminan en el sitio que les corresponde, que no es otro que la cárcel. Pues es de justicia que paguen sus execrables hechos que enervan y descorazonan a la sociedad en la que viven. Sin embargo, hay casos en los que los criminales se salen con la suya, burlando la actuación de los tribunales encargados de sentenciarlos. Sus casos pasan a engrosar los archivos de las comisarías y juzgados sin que jamás paguen por tan horribles fechorías, perturbando de sobremanera a la sociedad que asiste impotente a un acto de extrema vileza sin que nadie hayan pagado justamente por un crimen o un hecho de capital importancia.

Nunca se sabe con exactitud lo que pasa cuando un suceso no ha sido resuelto, máxime cuando se trata de un crimen. Hay quien dice que falla la investigación o, incluso, que ha sido contaminado el lugar de autos. También se dice que no hay un crimen perfecto, pero algunos sucumben ante la impericia de los investigadores. Son fundamentales las primeras horas y días a la hora de resolver un asesinato. Es cierto. Nadie lo pone en duda. Pero, a veces los investigadores encuentran algún atasco que impide que su labor llegue a buen fin.

En la década de los ochenta del pasado siglo hasta un total de tres crímenes, en los que fueron asesinadas otras tantas personas han quedado sin resolver en A Coruña. No guardan ninguna relación entre sí. Lo único que tienen en común es que permanecen archivados en las dependencias de las comisarías o los archivos de los juzgados, durmiendo un sueño eterno que jamás debiese ser tal. Probablemente ya hayan prescrito, a menos que los familiares de las víctimas hubiesen solicitado nuevas actuaciones judiciales, ya que en este caso podrían estar archivados, pero no prescritos, pese a haber transcurrido ya más de 30 años.

El crimen de A Pasaxe

Un brutal suceso consternaría a la ciudad herculina en la invernal mañana del 28 de enero de 1988. En aquella jornada aparecía una joven de 33 años, Cristina Ares, malherida pero con constantes vitales, en medio de unos abundantes zarzales de próximos a la coruñesa Ponte Pasaxe. La muchacha, que se encontraba enroscada sobre si misma, desnuda de la cintura para arriba, todavía respiraba, al tiempo que al su alrededor había un impresionante charco sangre que procedía de su propio cuerpo, consecuencia de las lesiones que se había producido al caer por un terraplén de varios metros de desnivel. Inmediatamente fue trasladada al Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña, en el que fallecería tres días más tarde a raíz de las gravísimas heridas que sufría.

En aquel entonces, el informe forense desveló que la probable hipótesis de que Cristina Ares hubiese sido agredida por alguien que le propinó grandes puñetazos en el rostro, a consecuencia de los cuales se precipitaría por el desnivel en el que se encontraba. En su trágica caída la joven tendría el infortunio de batir con la cabeza sobre una piedra, lo que terminaría por provocar su muerte, al provocarle una importante hemorragia.

En la reconstrucción de los hechos, se supo que el día anterior a ser encontrada, la joven descendió de un taxi, en compañía de un perrito, en la gasolinera del hospital materno infantil coruñés, sin otra compañía. Del animal, jamás se volvió a tener noticia alguna. La policía empezó a investigar a un joven, al que había visto merodear por la zona, pero que inmediatamente se esfumó de la zona. La falta de pruebas y testigos que hubiesen visto en sus últimos momentos a la joven coruñesa fue razón suficiente para que se diese carpetazo a tan triste suceso.

El crimen del Mesón

En el mismo año 1988, concretamente en la madrugada del 15 de septiembre, un ratero hizo su entrada en un mesón de la Avenida de Oza, denominada por aquel entonces General Sanjurjo. En su intento por derribar un acceso de entrada provocó un gran estruendo lo que ocasionaría, a su vez, que se despertase un policía que vivía en una vivienda aledaña. El agente tomó su arma reglamentaria con la finalidad de intimidar al ladrón, pero en el momento en que iba a efectuar un disparo al aire se le encasquilló la pistola. Este contratiempo sería aprovechado por el ratero para asestarle una puñalada en el corazón, que le provocaría la muerte prácticamente de forma instantánea al policía.

El caso podría resultar aparentemente fácil de resolver, dado que se sospechaba que era un delincuente común que buscaba alguna cantidad de dinero. Además, el hijo del policía asesinado pudo aportar algunos detalles acerca del criminal, tales su aspecto físico. Se sabía que era un muchacho de complexión delgada y pelo castaño y corto, que habría dejado otras huellas en el lugar de autos. Sin embargo, pese a la descripción aportada por el vástago de la víctima, el caso no pudo llegar a buen termino jamás.

La enfermera asesinada

También en el área metropolitana de A Coruña, concretamente en el vecino municipio de Bergondo, unos niños que se encontraban jugando en las inmediaciones del Pazo de Mariñán, se sorprendieron al ver un coche completamente calcinado el día 9 de diciembre de 1989. La curiosidad infantil les llevó a inspeccionar aquel misterioso vehículo que se encontraba en tan deplorable estado, llegando a abrir su maletero, en el que se encontrarían con la desagradable sorpresa de hallar unos restos humanos que se encontraban completamente calcinados.

Una vez informadas las fuerzas de seguridad del macabro hallazgo, y una vez realizadas las oportunas investigaciones forenses, se determinó que aquellos restos humanos pertenecían a una mujer de 40 años, Manuela Gil Ábalo, quien hacía un mes que había desaparecido sin que se tuviese ninguna noticia de su paradero. La mujer trabajaba como enfermera en la vecina localidad de Miño, distante 30 kilómetros de la capital herculina.

En este desgraciado suceso se volvieron a barajar muchas hipótesis, aunque ninguna de ellas contribuiría a la resolución satisfactoria del caso. La principal apuntaba a que el hecho pudiese haber sido obra de algún drogodependiente dado que la enfermera tenía acceso a las recetas y en algún momento dado se habría negado a proporcionárselas. Sin embargo, no dejaban de ser meras conjeturas o suposiciones, sin que pudiesen ser verificadas. Al igual que los otros dos casos, este truculento suceso también pasaría a engrosar la larga lista de crímenes sin resolver que se acumulan en comisarías y juzgados y, al igual que los otros dos, probablemente prescrito.

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Impunidad para el secuestro y asesinato de una joven de Marín

El cuerpo de la joven asesinada apareció cerca del lago Castiñeiras

Aquel año 1988 registró muchos sobresaltos en Galicia. El verano deparaba el proceso del entonces vicepresidente de la Xunta de Galicia, Xosé Luís Barreiro Rivas a consecuencia de sus problemas derivados de la concesión de las loterías instantáneas. A todo ello se unía una situación política muy inestable, ya que continuaba el “baile” de diputados autonómicos de unos grupos políticos a otros, en una situación muy compleja y difícil de aclarar.

En aquel ejercicio se sucedieron distintos hechos sangrientos que consternaron a la sociedad gallega de la época, poco acostumbrada a que en su tierra se produjesen acontecimientos de carácter violento. Algunos marcarían muy profundamente a un país que solo quería convivir en paz y disfrutar como nunca de una tierra de la que no habían podido gozar sus ancestros a causa de innumerables dificultades que les llevaron allende los mares. Sin embargo, esta Galicia ya era completamente distinta y en los años ochenta había progresado mucho. Poco o nada guardaba con el viejo tópico de que era una tierra incomunicada en la que solo llovía y se escuchaba el repique de alguna gaita. Eso ya era historia.

Uno de los hechos que más conmovería a la Galicia de entonces fue la desaparición de una joven de 17 años, Yasmina Soto-Quiroga Peralba, el día 30 de mayo de 1988 en la localidad pontevedresa de Marín cuando se dirigía a su trabajo a primeras horas de la mañana a su trabajo -como venía haciendo desde hacía algún tiempo- en un supermercado de Pontevedra. La muchacha, originaria de la parroquia marinense de O Seixo, tomaba todos los días el trolebús para hacer el trayecto desde Marín a la capital de Lérez, pero jamás se ha podido saber con exactitud lo que ocurrió en aquella primaveral mañana de hace ya más de tres décadas. Las incógnitas y el misterio perduran hasta nuestros días.

Tras su desaparición, y al ver que no daba señales de vida, sus familiares pusieron el hecho en conocimiento de las autoridades, siendo una tía suya, que trabajaba en el mismo supermercado, quien ofreció todo tipo de detalles acerca de la joven a la policía. Su familia descartó desde un primer instante la ausencia voluntaria de Yasmina, pues estaba considerada como una persona responsable y trabajadora. El último en verla fue con vida fue un antiguo compañero suyo de colegio, quien la recogió cuando hacía auto-stop en la carretera que une Marín con Pontevedra. Este hombre llegaría a ser como supuesto autor del asesinato que le costó la vida, aunque posteriormente sería puesto en libertad, al disponer de una coartada que le eludía de cualquier responsabilidad penal.

Tres meses más tarde

A lo largo de casi tres meses, toda Galicia, y muy especialmente la localidad de Marín, vivió con el alma en vilo al carecerse de cualquier noticia sobre el paradero de la joven desaparecida. Las indagaciones hechas hasta aquel momento habían resultado del todo infructuosas. Entre su familia comenzó a cundir el lógico desánimo. En ese tiempo en que los allegados de la joven desaparecida carecieron de cualquier noticia de su familiar recurrieron incluso a los servicios de un detective privado con el afán de hacer avanzar en la investigación del caso, que consideraban que había quedado paralizado. Solamente les sirvió de ayuda para poner en duda las declaraciones realizadas ante la policía del único sospechoso, pero no encontró ningún rastro sobre el paradero de Yasmina Soto-Quiroga.

El cuerpo de la joven aparecería en pleno verano, concretamente el 26 de agosto de 1988, en las inmediaciones del lago Castiñeiras, un bello y esplendoroso paraje natural situado a escasos cinco kilómetros del domicilio de Yasmina, en el vecino concejo de Vilaboa. Su hallazgo fue casual. En aquel entonces, un individuo, acuciado por una necesidad fisiológica, se introdujo por un espeso terreno inundado de zarzas y pudo observar algo extraño en medio de las mismas. Era el cuerpo de la joven desaparecida en Marín el 30 de mayo de ese mismo año. Sus restos se hallaban ya en claro estado de descomposición. Inmediatamente se puso en sobre aviso a los cuerpos y fuerzas de seguridad, quienes se desplazaron al lugar de los hechos para confirmar posteriormente que el cuerpo hallado en aquel zarzal efectivamente a la muchacha marinense.

La autopsia realizada al cadáver de la joven confirmarían que había sido víctima de un brutal asesinato, pues los forenses pudieron certificar que había sido literalmente cosida a puñaladas por su agresor. Sin embargo, el tiempo transcurrido entre su desaparición y el hallazgo de sus restos actuarían en contra de las investigadores, siendo muy decisivos a la hora de borrar algunas pruebas que, de haberse encontrado antes su cuerpo, hubiesen resultado trascendentales para el esclarecimiento de un crimen, que ha prescrito en la más absoluta impunidad. Su asesino consiguió eludir la acción de la justicia y ha estado en libertad los últimos 32 años, tantos como lleva muerta la joven de Marín que jamás se supo a ciencia cierta que fue lo que realmente le sucedió en la mañana de aquel trágico 30 de mayo de 1988.

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