Ejecutado en el garrote vil por asesinar a una tía en Ourense

Garrote vil

Eran aquellos tiempos los años del hambre. En los que el día se convertían en una auténtica aventura para la práctica totalidad de los españoles. La existencia cotidiana era un sinvivir para muchas familias, que se veían azotados por la miseria y las penurias derivadas de una prolongada posguerra que parecía no tener fin. En ese dramático ambiente surgían algunos elementos que eran verdadera carne de cañón para una no disimulada marginalidad. Este es el caso de un hombre de unos treinta años, José Cadavid Pazos, quien sobrevivía de lo que podía en aquellos duros tiempos y cuya penosa existencia terminaría de la peor manera posible.

En la tarde del día 21 de enero de 1946 los vecinos de la calle Traviesa, en la localidad orensana de Verín, escucharon los dramáticos lamentos de una de sus convecinas, quien regentaba un establecimiento de venta de vinos. Al intentar penetrar en aquella pequeña tienda se encontraron con que la puerta estaba trancada por su parte de adentro, por lo que se vieron forzados a decerrarjarla para poder acceder al interior del edificio.

Cuando consiguieron penetrar en la vivienda se encontraron con un dantesco espectáculo, al que difícilmente podían dar crédito. En una habitación contigua a la cocina, se encontraron con el cuerpo exánime de Luisa Pazos, en medio de un impresionante charco de sangre. No cabía la menor duda que la pobre mujer, que vivía sola y era de mediana edad, había sido asesinada de una forma brutal y terrible. Nadie se podía imaginar que alguien tuviese la capacidad de hacerle daño a la víctima, pues estaba considerada como una extraordinaria vecina y no se le conocían -aparentemente- enfrentamientos con terceras personas.

Un sobrino, principal sospechoso

Pese a que desde un principio trató de desviar toda la atención hacia otros derroteros, la policía encargada de investigar el caso, entre ellos el responsable policial de Ourense, el señor Alonso Cano, puso en su punto de mira a un sobrino de la víctima. Este era José Cadavid Pazos, un hombre de no muy buena vida, que estaba haciendo una ávida carrera en el mundo de la delincuencia, además de ser un bebedor habitual que hacía que en muchas ocasiones se encontrase bajo los efectos del alcohol. Su relación con círculos marginales a los que acudía de vez en cuando contribuían a despejar muchas dudas.

La prensa de la época señala que tras un “hábil interrogatorio”, el criminal caería en muchas contradicciones que le obligaron a confesar el trágico suceso en el que había perecido su tía, Luisa Pazos Rodríguez. José Cadavid declararía que el motivo del crimen había sido el robo de cien pesetas. No era una gran cantidad para la época, aunque abundante para según que cosas, que al cambio actual -según el IPC- podrían ser en torno a unos 300-400 euros, un diez por ciento arriba o abajo. Con ellos tenía pensado la víctima comprar un cerdo con el que abastecerse de carne durante todo el año.

José Cadavid era sabedor de que su tía disponía de alguna cantidad de dinero en su domicilio, procedentes de las transacciones que realizaba en su pequeño comercio de bebidas. Planeó el crimen al saber a que horas se hallaba en casa. Aprovechando que esta se encontraba atizando al fuego, le asestó un potente golpe en la cabeza con un pequeño banco de madera, que la dejó inconsciente al fracturarle la base del cráneo. Posteriormente, trasladó su cuerpo a la habitación contigua dónde le propinó una enorme cuchillada en la garganta que sería el que terminaría con la vida de su familiar.

Pese a que el caso llevó algún tiempo resolverlo, hubo una pista que resultó prácticamente definitiva para los investigadores. Esta no fue otra que el hallazgo de una toalla ensangrentada en la casa del supuesto autor del crimen, quien sería detenido y enviado a la Prisión provincial de Ourense.

Condenado a morir en el garrote vil

La vista por este asesinato se celebraría en la Audiencia Provincial de Ourense en los meses finales del año 1946. José Cadavid reconoció ser el autor del crimen, así como de los problemas personales que le afectaban, entre ellos el alcoholismo crónico que padecía desde hacía algún tiempo. Si en algún juicio no se tuvo piedad con un convicto de asesinato fue en este caso. Desde el primer instante, el fiscal sostuvo la petición de pena capital para el reo, además de una cuantiosa indemnización para los herederos de la víctima.

A la semana siguiente se conoció el veredicto de la justicia, que condenaba a José Cadavid Pazos a morir en el garrote vil, macabro instrumento que infringía un severo tormento en muchas ocasiones a los condenados. No se tuvieron en cuenta las alegaciones de su defensa, tales como los padecimientos y privaciones que sufría el reo que le obligaban a mendigar y a sisar aquello que estaba a su alcance. La sentencia provocaría una consternación tan grande como el propio crimen en sí, dadas las terribles circunstancias en las que se desenvolvía la vida de alguien que no dejaba de ser un pobre hombre del que la vida se había burlado de la forma más malévola.

Conocido el fallo que condenaba duramente a José Cadavid, su abogado apeló al Tribunal Supremo, alegando las dramáticas condiciones en que vivía su patrocinado. No obstante, el alto tribunal no se apiado de aquel reo al que condenó irremisiblemente a morir en el cadalso. La última bala que le quedaba a la defensa era la gracia de la benevolencia del Jefe del Estado, el general Franco. También este último se mostraría inflexible y el Consejo de Ministros rechazó cualquier posibilidad de conmutar la pena capital al autor de la muerte de Luisa Pazos.

Tras haber pasado un calvario de más de dos años esperando a la piedad de las altas instancias, José Cadavid moriría en el garrote vil el 15 de diciembre de 1948 a manos del verdugo Florencio Fuentes Estébanez. Este último, víctima de numerosos remordimientos, al tiempo que sufría el vilipendio y desprecio de sus familiares y conocidos, terminaría abandonando la profesión. Luego de mendigar varios años, y condenado a vivir en la más absoluta marginalidad, terminaría suicidándose en el año 1970.

Un oligofrénico asesina a golpes a una madre y su hijo en Chantada (Lugo)

Iglesia de Bermún de abaixo, en Chantada, parroquia dónde sucedió el crimen

En aquel mes de febrero de 1990 Galicia seguía todavía embebida por la reciente toma de posesión como titular de la Xunta por parte de Manuel Fraga Iribarne, con el sonido reciente de los centenares de gaiteiros que se habían reunido en la Plaza del Obradoiro para dar la bienvenida al nuevo presidente. Por su parte, en la localidad lucense de Chantada aún resonaban con fuerza los ecos del terrible crimen múltiple perpetrado por Paulino Fernández hacía menos de un año.

Cuando faltaban unas semanas para que se cumpliese el primer aniversario de la trágica y cruel matanza de las aldeas de Surribas y Queizán, Chantada se vería nuevamente sorprendida por un trágico episodio criminal de grandes dimensiones. Su atrocidad era si cabe mucho peor que la llevaba a cabo por el psicópata y esquizofrénico Paulino Fernández. En la jornada del 21 de febrero aparecían brutalmente asesinados una madre y su hijo, quienes se encontraban abrazados, lo que añadía un mayor patetismo a la situación, ya de por si dramática.

En un principio se había especulado incluso con la posibilidad de que la muerte de ambos fuese debida a un enfrentamiento familiar entre progenitora y vástago, teoría que fue desechada en el momento que se les practicó la autopsia a los cuerpos. Por otro lado, se apuntaba también a la posibilidad de un ajuste de cuentas. No obstante, las investigaciones de la Guardia Civil avanzarían a un mejor ritmo del esperado, y en muy poco tiempo fue detenido un joven de 19 años, Edelmiro López Agrelo, quien relataría ante las autoridades de forma minuciosa como había llevado a cabo el horripilante doble crimen que remataría de consternar a la ya de por sí abatida localidad de Chantada.

Portugués en libertad

Junto con Edelmiro López, sería detenido también el súbdito portugués Carlos Manuel Barra Dacosta, de su misma edad, por su presunta relación con los hechos. Sin embargo sería puesto en libertad tan solo 24 horas más tarde al comprobar que no guardaba vínculo alguno con el sanguinario suceso. Además, había un hecho con el que resultaría fácilmente incriminar al supuesto autor de tan tamaña salvajada, que eran los restos que se encontraron en las uñas de las víctimas, pues se deducía, como así había sucedido, que en el lugar de los hechos, la Casa Grande de Randolfe, en la parroquia chantadina de Bermuín de Abaixo, pudo haber pelea entre víctimas y agresor.

A los pocos días de cometerse el crimen y con Edelmiro López ya en prisión provisional sin fianza, se procedió a la reconstrucción de los hechos, que sería un factor clave a la hora de dilucidar la condena que debía cumplir el reo. El homicida empleó un palo de roble de grandes dimensiones con el objetivo de robar en la vivienda. Al parecer, llamó a la puerta, abriéndole la mujer María Blanco Domínguez, de 69 años de edad. Al sentir un impresionante griterío, su hijo José Fernández Blanco, de 46 años, acudió en su ayuda, sin que pudiese evitar los mortales golpes que le estaba propinando a su madre. El motivo del doble crimen vendría motivado por un robo y se perpetró a las primeras horas de la noche, antes de que madre e hijo se fuesen a dormir.

Lo que no pudieron encontrar los investigadores fueron las ropas de Edelmiro López, que se supone debían estar ensagrentadas. La sentencia apuntaba a la posibilidad de que una vez perpetrado el doble crimen, el asesino se hubiese desplazado hasta su vivienda para cambiarlas. Tampoco quedaron reflejados con exactitud los itinerarios, así como las actividades que hizo en el día de autos.

“Débil mental”

En el juicio celebrado en su contra en la Audiencia Provincial de Lugo en la primera semana de julio del año 1992, los magistrados consideraron a Edelmiro López Agrelo como un joven que padecía cierta “debilidad mental”, aunque no iba más allá en su descripción, circunscribiéndose a que los médicos que lo examinaron consideraron que padecía oligofrenía. La defensa del reo argumentó que su defendido había estado el día de autos en el casino de Chantada, entre las doce de la mañana y las siete y media de la tarde, así como que las ropas que llevaba puesta no se hallaron rastros de sangre de las víctimas, lo que fue contrarrestado por los jueces argumentando que podía haber cambiado su indumentaria tras haber cometido el crimen. Respecto a la estancia en el casino, fue rebatida comentando que Edelmiro pudo desplazarse andando desde el mencionado centro hasta el lugar dónde perpetró el crimen.

El joven, que en el momento de ser condenado tenía a sus padres y un hermano ingresados en prisión, sería sentenciado a cumplir 24 años de cárcel y a indemnizar a los herederos de las víctimas con 20 millones de pesetas (120.000 euros actuales). La sentencia hacía hincapié en que concurría el agravante de superioridad, dada la complexión del asesino y la escasa envergadura de ambas de víctimas, al tiempo que descartaba la intervención de más personas en este suceso. Además, también se utilizaría en su contra la minuciosa descripción que ofreció de los hechos ante la Guardia Civil en el momento de efectuarse la reconstrucción de los mismos, en la que se señala que narra con todo tipo de detalles como habían acontecido, pudiendo ser corroborados posteriormente por los encargados de la investigación criminal.

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Se suicida tras cometer un crimen en Ferrol

Ponte das Cabras, lugar en el que se suicidó el autor del crimen

En los primeros años cincuenta del pasado siglo se comenzaban a amortiguar los efectos de la cruel Posguerra, aunque gran parte de la población se las seguía viendo y deseando para poder hacer frente al día a día. La férrea dictadura, hundida por el aislamiento internacional, daba pie a pocas cosas e iniciativas. Los gallegos, principalmente los de interior, seguían emigrando. Sin embargo, comenzaba a cambiar su destino. Ahora, el Caribe era tan solo un viejo recuerdo del pasado, en tanto que en Buenos Aires soplaban vientos de crisis, acentuados por la sucesión de golpes de Estado que se registrarían en el país austral durante varios decenios.

Para bien o para mal la vida proseguía su constante deambular. En medio de ese clima de incertidumbre y sin que se vislumbrase una salida a la difícil situación de la época, sucedían también hechos sangrientos, pese a la crudeza y rudeza de una dictadura que promovía la contumaz leyenda de que “aquí no se mueve nadie”. Sin embargo, si se movía, al menos en el ámbito delictivo, registrándose de cuando en vez algún que otro episodio sangriento que remataba con aquel tan manido tópico de la época.

La ciudad de Ferrol, que por aquel entonces llevaba el apellido de “El Caudillo”, sería escenario de un trágico episodio en la jornada del 23 de noviembre de 1952 cuando apareció en un terraplén con evidentes signos de violencia el cuerpo de Miguel Pereiro Morado, un hombre de mediana edad, que se dedicaba a la venta de la lotería por las calles. Presentaba varias heridas en su cuerpo, una de ellas en la cabeza, que había sido provocada por algún objeto contundente. Dadas las relaciones que mantenía la víctima con individuos de los bajos fondos, a los pocos días se procedió a la detención de Antolín García García, quien después de un duro interrogatorio confesaría el crimen, pese a que no había evidencias que certificasen su autoría.

Suicidio en A Ponte das Cabras

Cuando llevaba varias semanas en prisión Antolín García, el 12 de diciembre se suicidaba, arrojándose desde A Ponte das Cabras, Manuel Sordo Abeal, un hombre de mediana edad, que conocía el verdadero enigma que todavía escondía el asesinato del vendedor de lotería, quien además guardaba una relación de parentesco con su verdugo. A los investigadores les extrañó de sobremanera este último suceso, siendo entonces cuando dirigieron sus miradas hacia el suicida.

Realizadas las pertinentes pesquisas, sometieron a otro duro interrogatorio a la esposa de Manuel Sordo, quien terminaría por confesar que su marido le había dicho que en el día de autos había mantenido una dura refriega con Miguel Pereiro. Al parecer, según la confesión de esta última, el criminal llegó a casa con las ropas visiblemente ensangrentadas, lo que le provocaría un cierto espanto. Su cónyuge le comentó que en el transcurso de la discusión le habría dado con una piedra en la cabeza a la víctima, además de arrojarlo por un terraplén. Sin embargo, ella guardaría silencio hasta el último momento.

Tras la confesión de la mujer de Manuel Sordo, se pondría en libertad a Antolín García García, quien estuvo a punto de convertirse en reo de un sórdido suceso en un tiempo en el que estaba vigente la pena capital y que se aplicaba con suma facilidad, principalmente si se trataba, como es el caso, de delitos de sangre.

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Reincide en su conducta criminal asesinando a una joven 16 años después de su primer crimen

El asesino en el transcurso del juicio que se siguió en su contra

Hay individuos que nunca serán capaces de aprender de su paso por las dependencias carcelarias. No se sabe si debido a su carácter si a que sufren alguna patología que les hace incapaces de reconocer las diferencias entre el bien y el mal, aunque este último extremo nunca ha podido ser constatado. Lo que si prueban los hechos es que en ellos existe una incontenida agresividad que se manifiesta a lo largo de su existencia de diferentes formas, que van desde un carácter descontrolado hasta continuos episodios en los que son protagonistas de diferentes altercados, convirtiéndose en conocidos de las salas penales de las distintas audiencias.

Quien no pareció aprender nunca la lección de su paso por los muros de la prisión es un individuo, conocido como “O Chioleiro”. Este hombre, que respondía a la identidad de José Manuel Durán González, reincidió en su conducta delictiva con tan solo 16 años de diferencia. Además, sus crímenes se caracterizaron por una crueldad y violencia extremas, además de ser muy espeluznantes, que casi parecerían impropios de un ser humano. En el año 1988 había asesinado a su abuela, a quien había violado previamente, mientras que en 2004 asesinaría a la joven Alicia Rey, de 33 años de edad, en el municipio pontevedrés de A Lama, dónde también había perpetrado su primer crimen.

Al parecer, José Manuel Durán, que contaba 46 años de edad en ese momento, mantenía una estrecha relación de amistad con Alicia Rey, una vecina suya, de la que se decía que había sido su novio, aunque él solamente la consideró como una amiga. En el mediodía del 11 de diciembre de 2004, “O Chioleiro” y la joven en cuestión quedaron en el monte Ceo, perteneciente a la parroquia de Santa Ana, en la localidad pontevedresa de A Lama. El hombre, según se desprende de la sentencia, iba provisto de un cuchillo de grandes dimensiones con el objetivo de asesinar a la mujer. En sus declaraciones ante las autoridades, llegaría a alegar que ella le había pedido que la matara.

Dos cuchilladas

Si el brutal asesinato de su abuela había conmovido de sobremanera a toda Galicia, este no sería de menor calibre, tanto por la violencia como por la crueldad empleadas. En un momento dado, “O Chioleiro” desenvainó el arma que llevaba y le propinó un primer corte a la altura del pescuezo, que le ocasionaría una gran hemorragia. Para cerciorarse de la muerte de su víctima, no escatimaría esfuerzos dándole otra brutal cuchillada en el hemitórax izquierdo que le seccionaría la arteria aorta, provocándole una segunda hemorragia masiva que le terminaría provocando la muerte.

Una vez hubo acabado con la vida de su víctima, José Manuel Durán tapó con algunos terrones el cuerpo de Alicia Rey, no sin antes apoderarse de sus pertenencias entre las que se encontraban algunas joyas y tarjetas de crédito. La familia de la mujer asesinada denunciaría su desaparición y su cadáver no sería encontrado hasta 48 horas después del crimen. A partir de ahí se inició un cúmulo de pesquisas e investigaciones sobre quien podría estar detrás de aquel horrible asesinato. Sin embargo, casi todas las miradas se dirigían a un individuo conocido como “O Chioleiro”, quien, además de haber dado muerte a su abuela, contaba con otros antecedentes que lo incriminaban como principal sospechoso.

Pese a las sospechas, durante todo el tiempo que pasó hasta que fue detenido, negaría en todo momento su participación en el asesinato de Alicia Rey. Además, demostraría una frialdad a prueba de bomba hasta el extremo de ser entrevistado en el programa de TVE que en aquel entonces dirigía el periodista y policía, Manuel Giménez. En el transcurso de la entrevista, manifestaría que el día de autos el se encontraba ayudando a matar los cerdos a un vecino. Sin embargo, su coartada pronto haría aguas, aunque no sería detenido definitivamente hasta el 24 de enero de 2005, mes y medio después del asesinato.

18 años de cárcel

Algo más de dos años después del crimen, antes de las fiestas navideñas del año 2006, “O Chioleiro”, quien ya había reconocido el asesinato de Alicia Rey ante el juez, sería condenado a 18 años por la sección cuarta de la Audiencia Provincial de Pontevedra, que se vería reducida en medio año tras un recurso presentado por su defensa ante el Tribunal Supremo. Además, se le condenaba al pago de una indemnización de algo más de 72.000 euros a la madre de la víctima y 6.000 a cada uno de sus hermanos. Se le imponía también una multa de 120 euros por haber sustraído los efectos personales de Alicia Rey en el momento de ser asesinada. Igualmente habría de satisfacer con 400 euros por este mismo concepto a los familiares de la joven asesinada. De la misma forma, era condenado a una pena de destierro durante un periodo de cinco años en los cuales no podría residir en la localidad en la que había cometido el crimen ni comunicarse con los familiares de la mujer asesinada

Pese a que, según se desprende de diversos medios consultados, José Manuel Durán padecía una dolencia conocida como psiconeurosis y tenía problemas de adicción al alcohol, los magistrados consideraron probado que el autor del asesinato era capaz de discernir el bien del mal, además de ser dueño de sus actos.

Amenazas a una periodista

Algún tiempo después de haber sido condenado por este crimen, “O Chioleiro” volvería a pasar de nuevo por dependencias judiciales. En esta ocasión por dirigirle una carta a una periodista de “Diario de Pontevedra” en la que se expresaba en términos amenazantes contra la redactora, responsable de la sección de local del rotativo de la capital de las Rías Baixas. En la misiva, advertía a la profesional de que en cuanto saliese de prisión tendría que buscarse un guardaespaldas para protegerse de él porque iba a terminar con su vida. No conforme con ello, la amenazaba también con ser víctima de una agresión sexual. No fue esta la única carta que dirigió, ya que también fueron presa de sus amenazas otros periodistas, así como el fiscal que se encargó del caso. En todas ellas, proclamaba su inocencia.

Por este suceso, José Manuel Durán González sería condenado a otro medio año de prisión, que se sumaba así a los 17 y medio a los que ya estaba sentenciado. La pena se redujo en seis meses al reconocer los hechos y expresar su conformidad. Asimismo, no podría comunicarse con la periodista amenazada durante un periodo de dos años, contados a partir del momento en que finalizase su condena de cárcel.

En el transcurso de esta vista oral, el condenado volvió a demostrar su carácter violento y arisco, principalmente contra los informadores en torno a los que mostró una actitud claramente desafiante. En un momento dado le preguntó al juez porqué no expulsaba a “aquellos gilipollas”, en referencia a informadores gráficos, que se encontraban en el salón de vistas. Sin embargo, el magistrado no atendió su requerimiento, aunque rogó que no se le hiciesen fotografías.

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Confiesa a la prensa el crimen del que había resultado absuelto

José Carnero Fernández, autor de la muerte de una prostituta en Lugo

Hay situaciones en las que las actuaciones de los denominados jurados populares acaban convirtiéndose en cuestiones de juzgado de guardia. Y nunca mejor dicho. Así ocurriría en el año 2011 con la resolución de un crimen que, aparentemente, no presentaba grandes complicaciones, pero que el jurado en cuestión terminaría resolviendo satisfactoriamente a favor del acusado, pese a que todos los indicios hallados le incriminaban casi sin lugar a dudas.

El personaje en cuestión era un individuo conocido como “O Chucán”, un hombre que sufría diversas alteraciones mentales, mal tratadas. José Carnero Fernández, “O Chucán”, daba muerte, en la noche del 15 al 16 de septiembre de 2007, a la prostituta orensana, Pilar Palacios Caballero, en el municipio lucense de Sober, en el lugar de Arxemil, perteneciente a la parroquia de San Martín de Anllo. Al parecer, el homicida, de 55 años de edad, era un cliente habitual del prostíbulo en el que ejercía su víctima, a la que habría conocido unos quince años antes.

En la noche de autos, según declaraciones que efectuaría al diario “La Voz de Galicia” en su edición de 2 de febrero de 2011, “O Chucán” llevó desde Ourense hasta su casa a Pilar Palacios. Según su mismo relato y a tenor de las pruebas periciales realizadas en el transcurso de la autopsia a la víctima, ambos habrían mantenido relaciones sexuales en la vivienda de José Carnero. Posteriormente, este, quien era un consumado experto en la elaboración de aguardiente, invitaría a esta bebida a Pilar Palacios. Sin embargo, y aquí se pierde el hilo de su historia, llevaría hasta la cuadra de su hogar a la prostituta, dónde todo indica que le daría muerte con algún objeto punzante, tal y como quedaría demostrado en el segundo juicio que se siguió en su contra.

Desaparición

Una vez que cometió el crimen, José Carnero huiría del lugar de los hechos para desplazarse hasta el hospital Montecelo, ubicado en Pontevedra. Al parecer, se habría desplazado hasta el centro sanitario debido a los muchos problemas de salud mental que sufría. Allí sería encontrado por agentes de la Guardia Civil, quienes procederían a su detención, una vez hubieron hallado el cuerpo sin vida de Pilar Palacios en la casa de “O Chucán”, quien no supo dar explicaciones del hallazgo de un cadáver en su domicilio.

En el primer interrogatorio ante miembros de la Benemérita, Carnero explicó de forma detallada los hechos de los que había sido protagonista. Posteriormente, tras prestar declaración ante el juez, ingresaría en la prisión provincial de Bonxe, en Lugo. En la misma, permanecería un total de 42 meses, hasta la celebración del juicio por la muerte de la prostituta, que tendría lugar en la Audiencia Provincial lucense en enero del año 2011.

Absolución

A finales del mes de enero del año 2011 se celebró el juicio por la muerte de Pilar Palacios. El acusado del crimen incurrió en más de una decena de contradicciones, entre ellas al declarar que cuando se declaró culpable del asesinato se encontraba bebido, un hecho que tuvo lugar cuando llevaba unos quince días entre rejas. En las cárceles no se les suministra alcohol a los internos.

A lo largo de la vista oral que se siguió en su contra, José Carnero, quien estaba considerado poco menos que una persona deficiente, jugó al despiste. Incurriría en muchas vaguedades e imprecisiones, con las que desarmaría al jurado e incluso también a la acusación, quien solicitaba un total de 20 años por el crimen, al entender que se le debía dar la calificación de asesinato, además de pedir una indemnización de 200.000 euros para el único heredero de su víctima.

Además de la contradicción mencionada, José Carnero incurriría en otras nuevas contradicciones, facilitando diversas versiones de los hechos acaecidos el día de autos, tales como los lugares que había frecuentado o las cosas que había hecho. Sin embargo, para estupefacción de muchos y para su alegría personal, el jurado lo declararía inocente y saldría en libertad, una vez escuchada la sentencia, que no sería del agrado de la familia de Pilar Palacios.

Reconocimiento del crimen

Una vez hubo recobrado la libertad, José Carnero vagaría a lo largo de toda una madrugada por la ciudad de Lugo hasta que al día siguiente pudo tomar un autobús que lo trasladó hasta su localidad de origen. Sus pasos serían seguidos y descritos por diversos profesionales del diario “La Voz de Galicia”, a quienes acabaría por confesar los hechos de los que le se acusaba, lo que daría lugar a la celebración de un nuevo juicio en su contra un año más tarde.

En sus declaraciones al rotativo herculino, “O Chucán”, que sufría importantes problemas de salud mental, reconocería el crimen que le costó la vida a Pilar Palacios. En la entrevista publicada a los pocos días del veredicto judicial, manifestaba que nadie le había preguntado si realmente había dado muerte a la prostituta. Asimismo, describía minuciosamente los hechos acontecidos en la madrugada del 16 de septiembre de 2007, así como también todos los detalles ocurridos el día de autos. Ante esta versión pública, se abrirían nuevas vías de investigación que darían lugar a una nueva vista oral, que se celebraría en noviembre del año 2012. Tanto el Tribunal Superior de Justicia de Galicia como el Supremo se pronunciaron en que habría que celebrar un nuevo proceso, anulando la primera resolución que lo declaraba inocente.

En el segundo juicio que se celebró contra Carnero la suerte que había tenido en el primero le resultaría esquiva. En el transcurso del mismo se consideraría probado que los restos biológicos hallados en una prenda correspondían a Pilar Palacios y que la misma era propiedad de “O Chucán”. De la misma manera, también se probaría que agredió con un objeto punzante, que no se pudo determinar, a la víctima, provocándole la muerte en el acto. Igualmente, se descartó la posibilidad de que hubiesen intervenido terceras personas en el crimen, o que se hubiese ensañado con la misma, de ahí la calificación de los hechos y su veredicto final.

Condena definitiva

El jurado encargado de dilucidar el suceso entendió que se trataba de un homicidio, pese a que la acusación particular entendía que se trataba de un asesinato, lo mismo que la fiscalía. Por todo ello, se le condenaba a una pena de diez años de prisión, así como a una indemnización de 150.000 euros al hijo de Pilar Palacios. Los peritos encargados de examinarlo determinaron que padecía algunos trastornos de personalidad, encuadrándolo dentro de lo que se denomina trastorno histriónico, así como otras patologías comórbidas, por lo que el abogado defensor solicitaba que su cliente fuese ingresado en un psiquiátrico penitenciario. Sin embargo, su petición no sería atendida.

Finalmente, José Carnero Fernández, regresaría a finales del año 2012 al centro penitenciario de Bonxe, en el que ya había estado ingresado durante casi cuatro años con anterioridad. “O Chucán” obtendría la libertad definitiva en junio del año 2019, después de haber cumplido prácticamente toda la pena a la que había sido condenado.

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Asesinan a una niña de cuatro años y arrojan su cuerpo a un contenedor de la basura

Vista general de O Carballiño

Hay sucesos que superan lo espeluznante y lo grotesco al mismo tiempo. Tal vez nos hayamos acostumbrado ya a que nada nos sorprenda. Aún así, hay algún hecho sangriento que nos hacen erizar todos los pelos de nuestro cuerpo. Nos preguntamos hasta que punto puede haber seres que atesoren un grado de maldad tan extrema para someter a torturas a una pobre criatura inocente, que por razones propias de su inocencia jamás sería capaz de entender ni mucho menos de comprender. Desgraciadamente, hemos visto sucesos de todo tipo, algunos de los cuales causan la mayor estupefacción, cuando no niveles de asco extremos que nos provocan repugnancia, rabia e impotencia por no haberlos evitado. Sin embargo, son sucesos que se repiten una y otra vez, haciéndonos comprender al resto de los humanos de bien las razones por las cuales existieron regímenes políticos crueles y tiránicos. Seguramente porque estaban regidos por unos energúmenos que jamás debieran de haber nacido por el bien de una humanidad que no los merecía y a la que castigaron hasta extremos insospechables, llevándose consigo la vida de millones de inocentes que tan solo aspiraban a vivir.

En el año 2003, en la localidad ourensana de O Carballiño -preciosa localidad situada al noroeste de la provincia de Ourense-, acontecía uno de esos hechos que nos provocan el mayor rechazo y asco humano posibles. El suceso aconteció en la noche del 14 de mayor del año anteriormente mencionado en una vivienda de la calle Margarita Taboada. Allí, el estupor y la consternación se apoderaría de un vecindario acostumbrado a recibir en épocas estivales a sus miles de emigrantes que se encuentran desplazados en decenas de países europeos e hispanoamericanos, principalmente México y Venezuela. El motivo de esa nauseabunda estupefacción no sería otro que el hecho de encontrarse el cuerpo sin vida de una criatura de tan solo cuatro añitos en un contenedor de la basura de la localidad.

La niña, que tuvo una existencia cruel y terrible como se encargarían de detallar los forenses en la autopsia que le practicaron a su cadáver, era hija de una joven de 30 años, Ana María García Salgueiro, quien convivía con otro joven de edad similar a la suya, Luis Piñón Montoto, a quien le atribuyeron en la sentencia condenatoria unos infames malos tratos a unos pequeños que no eran hijos suyos. No solo los trataba con despotismo, hasta el extremo de obligarles a que le llamaran “papá”, sino de una forma despiadada y vejatoria, tal como fue descrito en la sentencia condenatoria que emitiría la Audiencia Provincial de Ourense en enero del año 2006.

Violación y hemorragia

En el anochecer del día de autos, el referido 14 de mayo de 2003, Luis Piñón Montoto quedaría en compañía de los pequeños en el domicilio que compartía con su compañera sentimental. Aprovechando la soledad del momento penetraría a la pequeña Érika hasta el extremo de provocarle una gravísima hemorragia que terminaría sumiéndola en una terrible angustia que le conduciría a la muerte. Para paliar el dolor y con la supuesta connivencia de la madre de la pequeña, le suministraron varias dosis de un antigripal, como Frenadol Complex y que en modo alguno está aconsejado para niños, lo que contribuiría a agravar las graves lesiones sufridas por la niña.

Si la trama no resultaba grotesca, aún falta el punto final, propio de las películas de terror más truculentas. Al comprobar ambos cónyuges que la pequeña había fallecido, decidieron arrojar su cadáver a un cubo de la basura próximo a su domicilio. El cuerpo sería depositado allí por Luis Piñón, quien para disimular lo que arrojaba a la basura, tiró a la niña metida en una bolsa de plástico, junto con otros envases de similar material.

La cosa no quedaría ahí. Al día siguiente decidieron denunciar la desaparición de la pequeña ante las autoridades, aunque inmediatamente serían descubiertos al aparecer los restos mortales de la pequeña en un contenedor. Debido a que ya eran conocidos los antecedentes y el comportamiento de los adultos con los que convivía, inmediatamente se procedería a su detención, lo que ocasionaría la lógica indignación y consternación en el municipio que baña el río Arenteiro. De hecho, los servicios sociales ya habían advertido a la progenitora de la criatura con la posibilidad de retirarle la custodia de los tres menores que tenía a su cargo. Incluso, en el momento en que era conducido el supuesto autor de la muerte de la criatura hasta los juzgados, sería agredido por los familiares del padre biológico de Érika, quienes, llenos de desazón y rabia, solicitaban que tanto él como Ana María fuesen juzgados en la plaza del pueblo, que ya ellos se encargarían de dictar justicia.

36 y 34 años de cárcel

En enero del año 2006, algo más de dos años y medio después de haberse cometido el brutal crimen, se juzgaba en la Audiencia Provincial de Ourense a los dos encausados. El juicio estuvo plagado de una gran tensión. Además, se producirían las lógicas contradicciones y mutuas acusaciones de ambos encausados, quienes se responsabilizan mutuamente de haber provocado la muerte de la pequeña. En sus conclusiones finales, apoyados por unos concluyentes informes forenses, los magistrados condenarían a la pena de 36 años a Ana María García Salgueiro; 20 de los cuales le eran impuestos por un delito de asesinato con el concurso de agresión sexual, en concurrencia con el agravante de parentesco. Otros quince años por un delito de agresión sexual en concurso con uno de lesiones y 20 meses por delito de maltrato habitual.

Luis Piñón Montoto sería condenado a un total de 34 años y ocho meses de cárcel. De ellos, 18 años correspondían a un delito de asesinato en concurso con el de agresión sexual, en tanto que otros quince años le eran impuestos por un delito de agresión sexual, en concurso con un delito de lesiones y 20 meses, al igual que había ocurrido con su compañera, correspondían al maltrato habitual al que había sido sometido la pequeña. De esto último darían cumplida cuenta los forense que le practicaron la autopsia al afirmar que la criatura “ya estaba acostumbrada a sufrir”.

La Audiencia les impuso asimismo una responsabilidad civil conjunta de 60.000 euros con la que debían indemnizar al padre de la pequeña, en tanto que cada uno de sus dos hermanos -ambos menores de edad- deberían ser resarcidos con 15.000 euros cada uno. Por las faltas de lesiones les impusieron una sanción de seis euros diarios durante treinta días.

En la redacción de la sentencia se destacaba que la madre era conocedora de los malos tratos que les proporcionaba el padrastro a sus hijos, así como que consentía las constantes vejaciones a las que eran sometidos los tres menores, al tiempo que calificaba su actitud de autoritaria y exigente con los pequeños.

Reducción de condena

Poco más de un año después de hacerse pública la sentencia, el Tribunal Supremo absolvía a la madre de los pequeños del delito se beneficiaba de la absolución del delito de agresión sexual en concurso con el de lesiones, quedando reducida en quince años su permanencia en la prisión. Ana María García Salgueiro “solo” tendría que cumplir 21 años por un delito de asesinato en concurso con el de agresión.

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Tres crímenes de los años ochenta sin resolver en A Coruña

A Ponte Pasaxe, dónde se encontró una de las víctimas

Que la policía no es tonta es una expresión convertida poco menos que en un axioma para quienes estudian el mundo de la criminología. Hay decenas de sucesos que tardan algún tiempo en esclarecerse. Algunos de ellos, incluso más de una década. Y los delincuentes terminan en el sitio que les corresponde, que no es otro que la cárcel. Pues es de justicia que paguen sus execrables hechos que enervan y descorazonan a la sociedad en la que viven. Sin embargo, hay casos en los que los criminales se salen con la suya, burlando la actuación de los tribunales encargados de sentenciarlos. Sus casos pasan a engrosar los archivos de las comisarías y juzgados sin que jamás paguen por tan horribles fechorías, perturbando de sobremanera a la sociedad que asiste impotente a un acto de extrema vileza sin que nadie hayan pagado justamente por un crimen o un hecho de capital importancia.

Nunca se sabe con exactitud lo que pasa cuando un suceso no ha sido resuelto, máxime cuando se trata de un crimen. Hay quien dice que falla la investigación o, incluso, que ha sido contaminado el lugar de autos. También se dice que no hay un crimen perfecto, pero algunos sucumben ante la impericia de los investigadores. Son fundamentales las primeras horas y días a la hora de resolver un asesinato. Es cierto. Nadie lo pone en duda. Pero, a veces los investigadores encuentran algún atasco que impide que su labor llegue a buen fin.

En la década de los ochenta del pasado siglo hasta un total de tres crímenes, en los que fueron asesinadas otras tantas personas han quedado sin resolver en A Coruña. No guardan ninguna relación entre sí. Lo único que tienen en común es que permanecen archivados en las dependencias de las comisarías o los archivos de los juzgados, durmiendo un sueño eterno que jamás debiese ser tal. Probablemente ya hayan prescrito, a menos que los familiares de las víctimas hubiesen solicitado nuevas actuaciones judiciales, ya que en este caso podrían estar archivados, pero no prescritos, pese a haber transcurrido ya más de 30 años.

El crimen de A Pasaxe

Un brutal suceso consternaría a la ciudad herculina en la invernal mañana del 28 de enero de 1988. En aquella jornada aparecía una joven de 33 años, Cristina Ares, malherida pero con constantes vitales, en medio de unos abundantes zarzales de próximos a la coruñesa Ponte Pasaxe. La muchacha, que se encontraba enroscada sobre si misma, desnuda de la cintura para arriba, todavía respiraba, al tiempo que al su alrededor había un impresionante charco sangre que procedía de su propio cuerpo, consecuencia de las lesiones que se había producido al caer por un terraplén de varios metros de desnivel. Inmediatamente fue trasladada al Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña, en el que fallecería tres días más tarde a raíz de las gravísimas heridas que sufría.

En aquel entonces, el informe forense desveló que la probable hipótesis de que Cristina Ares hubiese sido agredida por alguien que le propinó grandes puñetazos en el rostro, a consecuencia de los cuales se precipitaría por el desnivel en el que se encontraba. En su trágica caída la joven tendría el infortunio de batir con la cabeza sobre una piedra, lo que terminaría por provocar su muerte, al provocarle una importante hemorragia.

En la reconstrucción de los hechos, se supo que el día anterior a ser encontrada, la joven descendió de un taxi, en compañía de un perrito, en la gasolinera del hospital materno infantil coruñés, sin otra compañía. Del animal, jamás se volvió a tener noticia alguna. La policía empezó a investigar a un joven, al que había visto merodear por la zona, pero que inmediatamente se esfumó de la zona. La falta de pruebas y testigos que hubiesen visto en sus últimos momentos a la joven coruñesa fue razón suficiente para que se diese carpetazo a tan triste suceso.

El crimen del Mesón

En el mismo año 1988, concretamente en la madrugada del 15 de septiembre, un ratero hizo su entrada en un mesón de la Avenida de Oza, denominada por aquel entonces General Sanjurjo. En su intento por derribar un acceso de entrada provocó un gran estruendo lo que ocasionaría, a su vez, que se despertase un policía que vivía en una vivienda aledaña. El agente tomó su arma reglamentaria con la finalidad de intimidar al ladrón, pero en el momento en que iba a efectuar un disparo al aire se le encasquilló la pistola. Este contratiempo sería aprovechado por el ratero para asestarle una puñalada en el corazón, que le provocaría la muerte prácticamente de forma instantánea al policía.

El caso podría resultar aparentemente fácil de resolver, dado que se sospechaba que era un delincuente común que buscaba alguna cantidad de dinero. Además, el hijo del policía asesinado pudo aportar algunos detalles acerca del criminal, tales su aspecto físico. Se sabía que era un muchacho de complexión delgada y pelo castaño y corto, que habría dejado otras huellas en el lugar de autos. Sin embargo, pese a la descripción aportada por el vástago de la víctima, el caso no pudo llegar a buen termino jamás.

La enfermera asesinada

También en el área metropolitana de A Coruña, concretamente en el vecino municipio de Bergondo, unos niños que se encontraban jugando en las inmediaciones del Pazo de Mariñán, se sorprendieron al ver un coche completamente calcinado el día 9 de diciembre de 1989. La curiosidad infantil les llevó a inspeccionar aquel misterioso vehículo que se encontraba en tan deplorable estado, llegando a abrir su maletero, en el que se encontrarían con la desagradable sorpresa de hallar unos restos humanos que se encontraban completamente calcinados.

Una vez informadas las fuerzas de seguridad del macabro hallazgo, y una vez realizadas las oportunas investigaciones forenses, se determinó que aquellos restos humanos pertenecían a una mujer de 40 años, Manuela Gil Ábalo, quien hacía un mes que había desaparecido sin que se tuviese ninguna noticia de su paradero. La mujer trabajaba como enfermera en la vecina localidad de Miño, distante 30 kilómetros de la capital herculina.

En este desgraciado suceso se volvieron a barajar muchas hipótesis, aunque ninguna de ellas contribuiría a la resolución satisfactoria del caso. La principal apuntaba a que el hecho pudiese haber sido obra de algún drogodependiente dado que la enfermera tenía acceso a las recetas y en algún momento dado se habría negado a proporcionárselas. Sin embargo, no dejaban de ser meras conjeturas o suposiciones, sin que pudiesen ser verificadas. Al igual que los otros dos casos, este truculento suceso también pasaría a engrosar la larga lista de crímenes sin resolver que se acumulan en comisarías y juzgados y, al igual que los otros dos, probablemente prescrito.

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15 años después sigue sin resolverse el asesinato de una azafata de Vigo

Hace ya tres lustros, Galicia se conmovía por un espeluznante crimen que tenía lugar en la localidad costera de Porto do Son. Allí, en la jornada del 5 de diciembre de 2005 aparecía brutalmente asesinada la azafata viguesa María Elena Calzadilla, quien había acudido a su segunda residencia en la mañana de aquel día previo a un viaje que realizaría a las islas Canarias, con motivo de los puentes de la Constitución y la Inmaculada Concepción. Sin embargo, la mujer nunca llegaría a realizar aquel viaje. Un inesperado y atroz acontecimiento, que le costaría la vida, tuvo la culpa, truncando sus muchos proyectos de futuro a la temprana edad de tan solo 40 años. Desde entonces han sido muchas las pesquisas realizadas por la policía experta en homicidios sin que jamás diesen los frutos deseados. Según estas mismas fuentes, el asesinato fue obra de un sicario profesional a quien habría contratado un tercero para terminar con su vida. El móvil del crimen todo indica que fue de tipo pasional, a tenor de como se desarrollaron los hechos.

En aquella aciaga mañana otoñal en la que ya se vislumbraban la fiestas navideñas, María Elena acudió en su vehículo particular a la localidad de Porto do Son a arreglar algunos asuntos. Hay quien dice que también fue con la intención de normalizar también alguna documentación personal, tal y como habría relatado una amiga de la víctima, pese a que no existe constancia alguna que lo acredite. Tras recorrer los cien kilómetros que separan la ciudad olívica de Porto do Son, María Elena entró tranquilamente en su segunda vivienda, donde alguien le esperaba para proporcionarle una sorpresa que no era precisamente agradable ni nada que se le pareciese.

Detrás de la puerta

Lo que jamás pudo sospechar ni siquiera imaginar la azafata viguesa es que detrás de la puerta de su segunda residencia le esperase un criminal que no tuvo compasión alguna con ella. Su asesino le propinó un más que contundente golpe en la cabeza por sorpresa y de forma totalmente inesperada, que la dejaría -cuando menos- inconsciente, sin posibilidad de poder defenderse, tal y como se deduce del informe elaborado por los forenses que le practicaron la autopsia. Una vez inmovilizada la víctima, el criminal prosiguió con su ritual de golpes, desfigurándole el rostro y la región frontoparietal izquierda del cráneo, con la finalidad de cerciorarse de que había alcanzado su macabro objetivo. El arma utilizada en el asesinato fue algún objeto metálico de gran contundencia y grosor.

La alarma saltó a mediodía cuando un hijo de la víctima alertó a su padre de la tardanza de su madre, además de no contestar a las constantes llamadas que le realizaba al teléfono móvil. En vista de que su familiar no llegaba, el esposo de María Elena se dirigió a Porto do Son para saber a que causas se podía deber su inusual retraso, siendo él quien encontraría el cuerpo de su esposa, que se encontraba tirado a metro y medio de la entrada de la puerta de la casa en medio de un impresionante charco de sangre.

Inmediatamente después de haber descubierto el cuerpo sin vida de su esposa, avisó a las fuerzas de seguridad, quienes practicaron una primera inspección ocular en el lugar de autos. El único indicio hallado, quizás con la intención de despistar a los investigadores, fue un cristal de la cocina roto. Sin embargo, la vivienda se encontraba en perfecto estado y nada hacía presagiar que hubiese sido un asalto o un robo. No había desaparecido ninguna pertenencia ni objeto de valor, además de encontrarse casi todo el mobiliario perfectamente ordenado. Todo ello hizo sospechar a los investigadores que el crimen obedecía a otros motivos, entre los que no se descartaba el crimen pasional.

Detenciones

Debido a la gran complejidad que representaba el caso, las indagaciones en torno al mismo fueron muy complejas. La hipótesis que siempre había barajado la policía era que el crimen había sido cometido por alguien del entorno de la azafata, cuando menos que hubiese actuado por encargo. Transcurridos algo más de dos años del asesinato de María Elena, el 15 de enero de 2008 fue detenido su esposo, lo que constituyó una auténtica sorpresa, pese a que siempre había estado en el punto de mira de la policía, pues incurrió en alguna incoherencia y, además, se sospechaba que la pareja no pasaba por sus mejores momentos.

El Juzgado de Noia, que fue el que se encargó de las primeras diligencias, le obligó a reconstruir todos sus movimientos personales en la mañana de autos. La fiscalía llegó incluso a solicitar su ingreso en prisión provisional. Sin embargo, esta medida sería desestimada por parte del juez, quien -a pesar de imputarlo- lo dejaría en libertad, con la obligación de presentarse de forma quincenal en el juzgado, además de impedirle su salida del territorio nacional, viéndose en la obligación de entregar su pasaporte. Conjuntamente con él, sería detenido también un hermano suyo, si bien es cierto que este último quedaría libre sin ningún cargo, al comprobarse que no guardaba relación alguna con el desgraciado suceso.

Meses más tarde sería detenido también un compañero del marido de la víctima, ya que en la mañana de autos había estado intercambiándose llamadas con el mismo. Al igual que había ocurrido con el anterior, también quedaría en libertad al no constatarse que tuviese relación alguna con el crimen ocurrido en Porto do Son.

Sobreseimiento

Después de los largo avatares ocurridos en torno a este suceso, en junio de 2009 el juez encargado del caso decretaría su sobreseimiento. El magistrado argumentaba en su auto que no existían evidencias suficientes para que el marido de la azafata asesinada siguiese imputado. Solamente existían algunos indicios, entre ellos la crisis que sufría la pareja, aunque no era motivo suficiente para proseguir con la imputación. De la misma manera, también señalaba que no se habían producido movimientos de dinero que pudiesen dar lugar a que el encausado hubiese contratado a un sicario para terminar con la vida de su esposa, pese a que reconocía que había incurrido en algunas “incoherencias”. Los indicios, según el fiscal, no eran de naturaleza claramente incriminatoria. Pasado el tiempo, se supo que el principal encausado tenía otro teléfono móvil, que, debido al tiempo transcurrido desde el asesinato, no fue posible analizar el flujo de las llamadas.

La familia de la víctima, pese a que ya han pasado quince años, siempre ha estado luchando para que el crimen se esclareciese, negándose a que este brutal suceso quede impune, tristemente relegado al archivo de los juzgados, al igual que sucede con docenas de casos que todavía no han sido resueltos y sus autores campan tranquilamente a sus anchas.

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Arroja a sus tres hijos al vacío desde un sexto piso en Vigo y se suicida

El año 1989 fue un ejercicio de grandes sucesos en Galicia que no dejaron indiferentes a nadie o a casi nadie. En la primavera tuvo lugar la gran tragedia de Chantada, a la que seguiría un rocambolesco crimen en Monforte de Lemos y, finalmente, un trágico suceso en Vigo que pondría la guinda a un más que dramático pastel al que tan poco estaba acostumbrado una tierra tan pacífica y tranquila como la gallega. Fue un año negro en este sentido, que difícilmente olvidarían muchos gallegos, a quienes a final de ese mismo año aguardaban unas elecciones autonómicas que servirían para el desembarco de político de Manuel Fraga Iribarne, quien soñaba con retirarse en su plácido rincón del noroeste peninsular.

Recién estrenado aquel dulce otoño del último año de la década de la movida viguesa, la ciudad olívica se vería brutalmente sorprendido por un suceso que la consternaría de forma inexorable hasta extremos difícilmente sospechable. El primer día de octubre, que era domingo, un invidente, Manuel Eulogio Suárez Suárez -presa de fuertes depresiones- decidía terminar con su vida al arrojarse desde un sexto piso, sito en la céntrica calle Bolivia de Vigo. Sin embargo, en su trágico y cruel destino decidiría que le acompañasen sus tres hijos, todos ellos niños de muy corta edad, quienes pasaban con él el último día de la semana, pues en ese momento el suicida e infanticida se encontraba en trámites de separación de su esposa, circunstancia esta que muchos atribuyen a su fatal decisión.

La primera en ser arrojada al vacío fue la hija más pequeña de la pareja, Cecilia, de tan solo dos años de edad. Posteriormente, Manuel se lanzaría a la calle llevándose consigo a sus otros dos vástagos, Ignacio, de seis años; y Jorge, de cinco. Como curiosa circunstancia, cabe señalar que este último pequeño sobreviviría al terrible impacto en un primer instante, aunque horas más tarde fallecería en el Hospital Xeral Illas Cíes, de Vigo, a consecuencia de los traumatismos ocasionados por tan brutal caída.

Un incendio

Al tiempo que se produjo el fatal suceso, desde el piso que se arrojaron las cuatro víctimas, en el mismo se produjo un incendio de pequeñas dimensiones en una de las habitaciones, por lo que en un primer momento se barajó la posibilidad de que el fuego estuviese detrás de la muerte del invidente y sus tres hijos. Sin embargo, los investigadores enseguida desecharon tal probabilidad, pues se daba la circunstancia de que, en caso de que pretendiesen huir del fuego, podrían haberlo hecho por la puerta principal de la casa, ya que las llamas no la alcanzaron en ningún momento.

La hipótesis del suicidio, y consiguiente homicidio, se encontraba -según los investigadores- en la difícil situación personal que se encontraba Manuel, pues en ese momento se encontraba preparando los trámites de separación de su esposa, lo que al parecer le había provocado una gran depresión. Además, el suicida era una persona muy conocida en Vigo, pues era frecuente verlo vender cupones de la ONCE a la puerta de unos grandes almacenes muy próximos al lugar en el que se produjo el suceso.

Este trágico episodio consternaría profundamente a la sociedad gallega de la época, quien todavía no se había recuperado de la gran matanza ocurrida en la localidad lucense de Chantada hacía apenas seis meses en aquel entonces. El año 1989 escribiría una enorme página en negro en la historia reciente de Galicia, que ni siquiera el gran triunfo por mayoría absoluta de Manuel Fraga Iribarne en el mes de diciembre conseguiría relegar a un segundo plano.

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Siete muertos al precipitarse un autobús en el Alto do Covelo (Ourense)

Alto do Covelo

Hacía poco más de cuatro meses que había fallecido el anterior jefe del Estado, el general Franco. Galicia seguía caminando por la misma senda que había transitado a lo largo de cuatro décadas. Es decir, poco más hacía que moverse a paso muy lento. El cambio estribaba tan solo en el destino de la procedencia de las cartas. Ahora llegaban mayoritariamente de países europeos y de lustrosas y prometedoras ciudades que habían substituido a las que otrora procedían del llamado Nuevo Mundo. De América solo venían las de aquellos que se habían visto atrapados en la tempestad económica que había afectado a Cuba y Argentina principalmente y que seguían manteniendo muy vivos sus vínculos familiares. Era el mundo rural en el que todavía permanecía muy vivo el recuerdo de aquellos hombres que llegaban allende los mares expresándose en un fino idioma que muy pronto se convertiría en familiar en muchas aldeas y villas gallegas de la época.

En el gran y extenso territorio rural gallego siempre han permanecido muy presentes las antiguas tradiciones, muchas de las cuales se han conservado hasta nuestros días. Una de las más arraigadas es, sin duda alguna, las ferias y los mercados. Un viejo periodista conoció el país gallego haciendo las rutas que llevaban las distintas líneas regulares de autobuses que servían para trasladar viajeros de unos lugares a otros de Galicia. En algunos de ellos, principalmente los más antiguos, era todavía común que fuesen autocares mixtos. Es decir, en una parte iban los viajeros y en otra las mercancias e, incluso, ganado. Un vehículo de estas características es el protagonista de la siguiente historia ocurrida el 10 de abril de 1976 en el lugar conocido como o Alto do Covelo, en la comarca ourensana de Valdeorras.

Esa fecha se convertiría en trágica para muchas familias de tan impresionante paraje, uno de los más bellos y singulares de todo el noroeste peninsular. A las seis y media de la tarde de aquel apacible sábado primaveral se produciría uno de los siniestros que más ha marcado a la provincia de Ourense, ya que un total de siete personas perderían la vida al precipitarse el autobús en el que regresaban de un evento ferial que se había celebrado en la localidad de A Veiga do Bolo, coincidiendo con el segundo viernes de cada mes. Además, el autobús iba algo más concurrido que de costumbre por tratarse de una fecha especial, ya que era previa al domingo de Ramos y el evento atraía a muchas personas por celebrarse un día tan señalado. El vehículo siniestrado se dirigía desde el municipio en que había tenido lugar el recinto ferial con destino a A Rúa de Petín.

Terraplén de 75 metros

El vehículo, que ya contaba con una cierta antigüedad y perteneciente a la empresa “La Emprendedora” -que tiene su sede en el municipio ourensano de A Rúa, se precipitó sobre un terraplén de 75 metros en el que había un más que pronunciado desnivel entre las localidades de Castromao y Carracedo, antes de llegar a Pradolongo, que es dónde tiene lugar el trágico siniestro. Una gran parte de los fallecidos y heridos era de la localidad en la que se produjo el dramático accidente, que se teñiría de luto a raíz de este desgraciado suceso.

A consecuencia del fatal accidente, que consternaría a la Galicia de la época, fallecerían prácticamente en el acto un total de siete personas de las más de 40 que transportaba el autobús. Las restantes resultarían heridas de diversa consideración. Ocho de ellas hubieron de ser trasladadas a la residencia sanitaria de la capital de Ourense debido a la gravedad de sus heridas, aunque -por fortuna- no habría que lamentar más víctimas mortales, pese a que no eran pocas las que habían perdido la vida en aquel sábado previo a la Semana Santa de 1976.

En aquel entonces el mundo rural gallego todavía carecía de ambulancias y fueron muchos los vecinos y particulares, entre ellos algún taxista, que trasladaron a los heridos de forma desinteresada hasta los centros sanitarios para que recibiesen la oportuna atención médica. Además, para solicitar el oportuno socorro, a fin de que los demás vehículos les abriesen paso, por las ventanillas de los coches se exhibía un pañuelo blanco. La carretera permaneció cortada en uno de sus carriles para poder atender a las víctimas del fatal siniestro durante algunas horas subsiguientes al trágico accidente.

Causas

En cuanto a las causas del accidente se barajaron diversas hipótesis. Algunas de ellas apuntaban al mal estado en que se encontraba la calzada por la que transitaba el autobús, aunque hacía ese mismo recorrido con cierta frecuencia, principalmente cuando había ferias y mercados. A todo ello se unía también el siempre difícil y complicado trazado de las carreteras en zonas de montaña. Además, el mal estado de las vías de circulación gallegas de la época era poco menos que crónico. Estaban inundadas de socavones y piedras que se soltaban, cuyo tránsito se hacía poco menos que imposible en jornadas que afectase la lluvia, que provocaba impresionantes lodazales. De la misma forma, se apuntó también el estado del vehículo, que hacía el recorrido entre las localidades de A Veiga y A Rúa de Petín en un tiempo en el que las inspecciones eran bastante laxas. Muchos ni siquiera las pasaban y la autoridad competente tampoco mostraba mucho interés en su estado.

Aquel trágico accidente trastocaría la vida de toda una comarca, la de Valdeorras, que se teñía una vez más de luto al ver como perdía a siete de sus convecinos en un tiempo en el que la mayoría de sus preciosos municipios gozaban de una salud demográfica de la que hoy carecen. Sin embargo, este episodio tan solo sería el preámbulo de otro trágico accidente que ocurriría apenas un año más tarde en el que perecerían un total de trece personas, de ellos doce niños cuando el autobús que los trasladaba al colegio en el que estaban escolarizados se precipitaba por otro pronunciado desnivel. Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y nadie duda que este es un claro ejemplo.

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