La enigmática desaparición del pesquero gallego “Montrove”

El mundo de la mar suele deparar grandes sorpresas y son todavía muchos los enigmas que se encierran bajo sus aguas. Algunos llegan al extremo de resultar poco menos que inexplicables. Un buen ejemplo de ello lo constituye, sin duda de ningún tipo, el pesquero gallego “Montrove”, desaparecido en aguas del banco canario-sahariano sin que jamás se hubiese tenido noticia alguna sobre cual pudo haber sido su fatal destino. No faltaron especulaciones, teorías conspirativas, rumores falsos e interesados, así como todo tipo de comentarios sobre qué pudo haber pasado aquel ya lejano 19 de julio de 1984, fecha en la que era avistado por última vez.

El “Montrove” llevaba a bordo una tripulación compuesta por 16 hombres, un patrón, dos oficiales de máquinas, un contramaestre, dos engrasadores, un cocinero y nueve marineros, dos de ellos de nacionalidad marroquí, tal y como estipulaba el tratado pesquero que mantenía el Gobierno de Felipe González con el reino alauita. La tripulación estaba considerada suficiente para manejar un barco de 243 toneladas de registro bruto -111 neto- y 37,16 metros de eslora. Transportaban con ellos víveres suficientes para hacer frente a una marea de 60 días. Sin embargo, el buque gallego no regresaría jamás. Lo peor de todo es que nunca se ha encontrado ni el más mínimo vestigio, ni siquiera un rastro de gasóleo, que pudiese ofrecer alguna pista sobre su hipotético destino, que terminaría por convertirse en un misterio, con mayúsculas, en toda regla.

Los últimos barcos que avistaron al buque gallego desaparecido fueron el “Borneira”, también gallego, y el “Mar Rojo”, quienes pudieron divisarlo al sur de la península grancanaria de Gando en jornadas posteriores a su partida del puerto allí emplazado, en el que el “Montrove” había descargado 70 toneladas de pescado. Sin embargo, la alarma entre las familias de su tripulación, que era prácticamente toda ella de la penísula gallega de O Morrazo, empezaría a cundir a partir del 10 de agosto de aquel año, 1984. En esa fecha se tenía noticia del hundimiento del barco onubense Islamar III, pereciendo los 26 tripulantes que iban a bordo.

Radiobaliza inactiva

A quienes conocen a fondo el mundo del mar les sorprendió de sobremanera que no hubiese saltado su radiobaliza con la que iba equipado, puesto que no llegó a dispararse. A todo ello se unían otras circunstancias que no dejaban de ahondar en el misterio de la desaparición del “Montrove”, tales como el buen tiempo que hacía en las jornadas posteriores a su salida de Gando. Tampoco se tuvieron noticias a través de su aparato de radio, a lo que un marinero que no había embarcado, pero que era un habitual componente de su tripulación, le restó importancia, pues al parecer el patrón no solía hacer comunicaciones hasta 20 días después de iniciada la marea.

Es a partir de ese momento tan incierto cuando comienzan las especulaciones y las más diversas teorías, ninguna de ellas acertada, incluso alguna completamente disparatada. Tal fue el caso de la divulgada por el archiconocido programa de los hombres de la mar, “Onda Pesquera”, según la cual el barco gallego había estado cargando armas en el puerto argelino de Beni Saif. También se aprovecharon de la tragedia ajena las pitonisas y videntes, quienes aseguraban saber dónde se encontraba el pecio del pesquero gallego, que se convertiría en una buena pieza para los programas y espacios de misterio, aunque jamás pudiesen revelar el auténtico rumbo que había tomado el barco, que mismo parecía que se lo había succionado el mar. Tras él, quedaba la poco menos que eterna incertidumbre en la que se veían sumidas más de una decena de familias gallegas, que perdieron a sus seres queridos en las profundas aguas de los océanos,

Una de las primeras teorías que se desechó fue que el barco fuese apresado por el Frente Polisario, el Movimiento de Liberación del Sahara Occidental, pues desde hacía cuatro años por aquel entonces había desechado tales prácticas. En un principio se barajó la hipótesis de que el barco se hubiese ido a la deriva en algún punto marítimo desconocido, aunque iría perdiendo fuerza con el paso del tiempo o también que hubiese perdido su sistema de radiofonía por razones desconocidas. Sea como fuere, lo cierto es que el barco jamás apareció, convirtiéndose su desaparición en algo más enigmático que el famoso Triángulo de las Bermudas.

300 aviones

Hasta un total de 300 aviones serían movilizados para proseguir la búsqueda del “Montrove”, pero sin obtener pista fiable alguna. De la misma forma, se trasladarían al área dónde se ubicaba la supuesta desaparición del “Montrove” agentes del CESID, quienes nada pudieron aportar tampoco en este enigmático y desgraciado suceso. Incluso se llegó a hablar de que miembros de este último cuerpo se desplazaban a veranear a la localidad pontevedresa de Bueu, en la Península del Morrazo, de dónde procedía gran parte de su tripulación. Tampoco faltaron curiosas anécdotas, más propias del humor negro que del mundo de la mar, tal fue el caso de un alto cargo de la Administración central que llegó a preguntar si el buque desaparecido era de hierro o de madera. No deja de ser curioso y tiene unos ciertos tintes de chiste macabro o malintencionado.

Cuando nos encaminamos a la cuarta década de la desaparición del “Montrove”, lo único cierto es que jamás llegó a haber una pista cierta del pesquero gallego desaparecido. Ni siquiera fue recuperado el cuerpo de alguno de sus tripulantes, lo que pudiese haber proporcionado un mínimo rastro de lo que se supone que fue su trágico destino. No faltaron a su cita las meigas, los adivinos y otro tipo de vividores que se lucran de la incertidumbre y la tragedia ajena. La enigmática suerte que corrió el buque gallego nos lleva a la consabida expresión, muy popular en tierras gallegas, de “eu non creo nas meigas, pero habelas hainas”. Pero ni siquiera esos míticos seres, que sirvieron para asustar a infinidad de generaciones de gallegos, son capaces de acercar una explicación mínimamente razonable sobre el rumbo que tomó el “Montrove” en aquel ya lejano mes de julio del año 1984.

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Asesina a dos personas en Pontevedra y se suicida

Muelle de Domaio, lugar donde se fraguó la tragedia

El año 1993 se convertiría para muchos en el año de la resaca tras los excesos que se habían prodigado a lo largo del ejercicio anterior. En Galicia se celebraba un evento singular, el Ano Xacobeo, que llevaba once años sin realizarse debido a que el calendario lo había retrasado más de una década. El último había sido el de 1982, coincidiendo con el Mundial de fútbol, pero en nada se parecería a la celebración de estas características de los años noventa.

El Gobierno autonómico, presidido por Fraga Iribarne, quiso recuperar y relanzar las ancestrales costumbres de peregrinar a pie hasta la tierra del Apóstol, que habían caído en desuso desde tiempos inmemoriales, siendo tan solo unos pocos -a quienes se tildaba de locos o incluso de retrógrados-, los que hacían la ruta a pie. Sin embargo, ese año serían varios miles, aunque su razón de peregrinaje no fuese estrictamente espiritual y contase en ellos más el afán turístico o de aventura que el de ganar la Compostela y el jubileo en el lugar que se veneran unos restos que pueden pertenecer a cualquiera, excepto al discípulo de Cristo que jamás tuvo el privilegio de poder gozar de la tierra gallega.

Precisamente, coincidiendo con las fechas centrales de aquel y singular evento, concretamente en la tarde del 29 de julio de 1993 se produciría un luctuoso y dramático suceso que consternaría a una Galicia que ardía en fiestas por los cuatro costados. En aquel tranquilo atardecer un hombre de 42 años, Juventino Eidón Carracelas asesinaría a dos personas y posteriormente se suicidaría colgándose de un árbol en la parroquia de Santo Adrao de Cobres, perteneciente al municipio pontevedrés de Vilalboa, en la populosa y hermosa península de O Morrazo que se asienta sobre el manso Océano Atlántico mirando de frente a la ciudad de Vigo, al tiempo que parece cabalgar sobre su ría.

En el Muelle do Domaio

La tragedia, aunque tuvo tres escenarios, comenzó su sangrienta orgía en el muelle de Domaio, en el municipio pontevedrés de Moaña, al que se dirigió Juventino montado en su moto. Allí encontró a su ex-esposa, Carmen Rosendo Ríos, de 37 años, trabajando en la mejillonera de Manuel González Cruz, de 57 años de edad y que además era el patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de Moaña, dónde era un personaje muy querido y apreciado.

El criminal, que contaba con 42 años de edad y era apodado El Manco -por carecer de una de las extremidades-, había viajado en su motocicleta hasta hasta el muelle armado con una escopeta de caza. En el lugar del primer crimen pretendió hablar con su mujer, a lo que esta se negó de forma taxativa. Después de provocar el altercado no le dolieron prendas en disparar contra Manuel González, quien moriría como consecuencia de los fatales disparos efectuados por Juventino Eidón. A Carmen Rosendo le dio tiempo a huir del lugar del crimen para refugiarse en su domicilio.

Pese a su precipitada huida, quizás su ex-esposa no contaba con que el autor del crimen que le había costado la vida a su jefe, el asesino se acercaría hasta la vivienda de la que se iba a convertir en su segunda víctima, en Vilaboa, tras realizar el viaje en la misma moto que había utilizado para acercase hasta el muelle de Moaña. Según los testimonios de los vecinos a los agentes de la Guardia Civil que investigaron el caso, en aquel atardecer escucharon disparos en la vivienda de Carmen Rosendo, pero desconociendo que los tiros que habían oído fueron los que acabaron con la vida de la mujer, que sería encontrada en un gran charco de sangre en el garaje de su domicilio.

Colgado de un árbol

Una vez hubo cometido los dos brutales crímenes, ocurridos en apenas media hora, Juventino Eidón huyó del lugar de los hechos a pie por los montes y bosques de la zona. Más tarde se iniciaría una azarosa búsqueda con el objetivo de capturarlo por parte de los agentes del orden. Sus perseguidores encontrarían su cuerpo colgado de un árbol, ya bien entrada la noche, en el lugar de A Sobreira -en las inmediaciones de un camino vecinal-, perteneciente a la parroquia de Santo Adrao de Cobres en el municipio pontevedrés de Vilaboa. Se consumaba así una tragedia que había contado con tres escenarios distintos y que conmocionaría profundamente a toda Galicia y muy especialmente a toda la contorna de As Rías Baixas galegas.

El suicida y autor de ambos crímenes, contaba ya con un amplio historial delictivo, pues recientemente había abandonado la prisión provincial de A Parda, en Pontevedra, donde estaba ingresado por supuestamente haber violado a una hija de su ex-esposa. En el momento de cometer los dos asesinatos, Juventino Eidón se encontraba pendiente de juicio, pero decidió imponer su propia ley llevándose previamente la vida de dos personas y también la suya propia.

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17 muertos en el hundimiento del “Centoleira”

El mundo de la mar ha generado históricamente una gran riqueza en Galicia, amén de un sinfín de ritos y creencias que han hecho del mismo un singular e histórico fenómeno que, además de todo ello, hace que goce incluso de su propia jerga. Los pueblos y villas costeras gallegas han estado siempre muy estrechamente unidas al ámbito marinero en general y al de la pesca en particular. Incluso, quienes son ajenos al trabajo en el mar, se sienten profundamente vinculados al mismo por una especie de aura marina que parece abarcarlo todo.

Sin embargo alrededor de todas esas vivencias, que muy bien podrían constituir un mundo aparte, van también íntimamente unidas las tragedias y las desgracias, que, a lo largo de la historia, han arrebatado muchas vidas humanas que se entregaron hasta el último aliento a ese mágico mundo en el que habían nacido, crecido, trabajado y hasta fallecido, como si de una macabra alegoría se tratase. En las costas gallegas se produjeron infinidad de naufragios y embarrancamientos de barcos y buques, llegando a ser denominada en uno de sus tramos como “A Costa da morte”.

Pero no fue tan solo la costa occidental coruñesa el escenario de distintas tragedias, también en la zona sur del litoral gallego se produjeron algunas desgracias que han marcado profundamente a sus habitantes. Una de las más significativas en el siglo XX fue, sin lugar a dudas, el hundimiento de la embarcación “Centoleira” al amanecer del día de Reyes del año 1964 en la ría de Vigo. El pesquero llevaba navegando apenas una milla cuando fue embestido por el “Puente de San Andrés”, a muy escasa distancia del Berbés y frente a la boya del Espigón de Bouzas.

Cinco marineros salvados

A consecuencia del abordaje del sardinero “Centoleira”, que era de la villa de Moaña, en la Península del Morrazo, fallecería gran parte de su tripulación. Un total de 17 marineros perderían la vida en este trágico siniestro, salvando la vida solamente cinco de los 21 tripulantes que iban a bordo del pesquero hundido. El desgraciado accidente carecía de explicaciones técnicas, ya que el mar se encontraba encontraba en calma y se aventuraba una jornada más que serena y tranquila en el mar. La consecuencia del mismo fue achacada a la “falta de cuidado y vigilancia en la ría”, por lo que el siniestro pudo haber sido causa de una descoordinación del tráfico marítimo.

En un primer momento, los hombres del pesquero abordado fueron socorridos por personal del buque que había colisionado contra ellos. También se dirigió al lugar del siniestro el “Massó 18”, que en esos momentos salía para alta mar y se encontraba a muy escasa distancia de donde se había producido el desgraciado suceso. A consecuencia de este abordaje también quedaría inutilizado el “Puente de San Andrés”, ya que se le enredaría en la hélice el aparejo de pesca del “Centoleira”, por lo que tuvo que ser remolcado hasta el Puerto de Vigo.

Para efectuar las labores de rescate de los cuerpos de los fallecidos, en un primer momento intentaron introducirse dentro del barco hundido equipos de hombres-rana, quienes solo podrían recuperar tres cadáveres debido a que les era imposible penetrar dentro de la estructura del pecio, ya que las botellas de oxígeno que transportaban en sus lomos les impedían acceder al interior por la escotilla. Horas más tarde decidieron reflotar el barco llevándolo hasta Bouzas, donde se recuperarían nueve cuerpos más. Los restantes fallecidos aparecerían en días sucesivos flotando sobre aguas de la ría de Vigo.

Esta tragedia provocaría una extraordinaria consternación en el mundo marino, pero de forma muy especial en la Península del Morrazo, de donde eran la práctica totalidad de los tripulantes fallecidos. Además, todavía estaban muy presentes en la mente de sus habitantes otros dos desgraciados sucesos acontecidos hacía muy poco tiempo, siendo la más significativa la del “Ave de Mar” en la que habían perdido la vida 30 hombres en el día de San Martín de 1956, el patrono de la localidad de Moaña y más recientemente, en aquel entonces, el “Nuevo Viví”.

Este infortunio, por el que se declararían varios días de luto en las localidades marineras de la Península del Morrazo, hacía también que muchos niños de la zona viviesen con tremenda amargura la fiesta del Reyes de 1964, día en el que se produjo el trágico siniestro, olvidándose de los juguetes, los regalos y la ilusión que para ellos representaba la fecha que debía ser la más mágica del año, que para ellos acabaría tornándose en un muy triste y amargo recuerdo.