Arroja a sus tres hijos al vacío desde un sexto piso en Vigo y se suicida

El año 1989 fue un ejercicio de grandes sucesos en Galicia que no dejaron indiferentes a nadie o a casi nadie. En la primavera tuvo lugar la gran tragedia de Chantada, a la que seguiría un rocambolesco crimen en Monforte de Lemos y, finalmente, un trágico suceso en Vigo que pondría la guinda a un más que dramático pastel al que tan poco estaba acostumbrado una tierra tan pacífica y tranquila como la gallega. Fue un año negro en este sentido, que difícilmente olvidarían muchos gallegos, a quienes a final de ese mismo año aguardaban unas elecciones autonómicas que servirían para el desembarco de político de Manuel Fraga Iribarne, quien soñaba con retirarse en su plácido rincón del noroeste peninsular.

Recién estrenado aquel dulce otoño del último año de la década de la movida viguesa, la ciudad olívica se vería brutalmente sorprendido por un suceso que la consternaría de forma inexorable hasta extremos difícilmente sospechable. El primer día de octubre, que era domingo, un invidente, Manuel Eulogio Suárez Suárez -presa de fuertes depresiones- decidía terminar con su vida al arrojarse desde un sexto piso, sito en la céntrica calle Bolivia de Vigo. Sin embargo, en su trágico y cruel destino decidiría que le acompañasen sus tres hijos, todos ellos niños de muy corta edad, quienes pasaban con él el último día de la semana, pues en ese momento el suicida e infanticida se encontraba en trámites de separación de su esposa, circunstancia esta que muchos atribuyen a su fatal decisión.

La primera en ser arrojada al vacío fue la hija más pequeña de la pareja, Cecilia, de tan solo dos años de edad. Posteriormente, Manuel se lanzaría a la calle llevándose consigo a sus otros dos vástagos, Ignacio, de seis años; y Jorge, de cinco. Como curiosa circunstancia, cabe señalar que este último pequeño sobreviviría al terrible impacto en un primer instante, aunque horas más tarde fallecería en el Hospital Xeral Illas Cíes, de Vigo, a consecuencia de los traumatismos ocasionados por tan brutal caída.

Un incendio

Al tiempo que se produjo el fatal suceso, desde el piso que se arrojaron las cuatro víctimas, en el mismo se produjo un incendio de pequeñas dimensiones en una de las habitaciones, por lo que en un primer momento se barajó la posibilidad de que el fuego estuviese detrás de la muerte del invidente y sus tres hijos. Sin embargo, los investigadores enseguida desecharon tal probabilidad, pues se daba la circunstancia de que, en caso de que pretendiesen huir del fuego, podrían haberlo hecho por la puerta principal de la casa, ya que las llamas no la alcanzaron en ningún momento.

La hipótesis del suicidio, y consiguiente homicidio, se encontraba -según los investigadores- en la difícil situación personal que se encontraba Manuel, pues en ese momento se encontraba preparando los trámites de separación de su esposa, lo que al parecer le había provocado una gran depresión. Además, el suicida era una persona muy conocida en Vigo, pues era frecuente verlo vender cupones de la ONCE a la puerta de unos grandes almacenes muy próximos al lugar en el que se produjo el suceso.

Este trágico episodio consternaría profundamente a la sociedad gallega de la época, quien todavía no se había recuperado de la gran matanza ocurrida en la localidad lucense de Chantada hacía apenas seis meses en aquel entonces. El año 1989 escribiría una enorme página en negro en la historia reciente de Galicia, que ni siquiera el gran triunfo por mayoría absoluta de Manuel Fraga Iribarne en el mes de diciembre conseguiría relegar a un segundo plano.

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Asesina a una joven pareja y se suicida en O Bolo (Ourense)

Panorámica del territorio donde se produjo la gran tragedia

Viajar a la Galicia de hace más de un siglo supone inmiscuirse en un mundo que sino era tenebroso al menos representaba un cierto oscurantismo. Era aquella tierra un territorio eminentemente rural, escasamente conocido, con sobreabundancia de población en las vastas parroquias y aldeas, que comenzaban a ver en la emigración a tierras americanas una salida a las muchas carencias que padecían en aquel incomunicado y lúgubre mundo en el que les había tocado nacer y que parecía renegar de sus propios hijos a los que condenaba con una forzada marcha de la miseria en la que se sumía.

Abundaban los mitos y las leyendas en un país muy atrasado en el que sobrevivir era poco menos que un reto cotidiano. Sin embargo, no eran solo las historias de meigas y trasnos algunas de las muchas fábulas que se narraban y transmitían oralmente de unas generaciones a otras, con la correspondiente deformación que de ello se derivaba, dando lugar a historias que poco o nada tenían que ver con la original, si es que esta se había producido. Se legaban también viejas rencillas, rencores jamás superados y hasta unas cierta rivalidades entre distintos clanes, ya fuesen familiares o de pertenencia a un determinado grupo geográfico, que provocarían alguna que otra tragedia, que todavía se recuerda -como si de una leyenda se tratase- en el lugar en el que acontecieron.

Uno de esos trágicos y terribles episodios que contribuyeron a crear una falsa leyenda negra de la Galicia de la época sucedió en la parroquia orensana de Xava, perteneciente al municipio de O Bolo, cuando se produjo un desgraciado suceso que acabaría costando la vida a tres personas de forma muy dramática y, si se quiere, hasta dantesca y espeluznante, que conmovería especialmente a la comarca de Valdeorras, en la que sucedieron los hechos. En la jornada del 10 de agosto de 1913 algunos vecinos de los muchos que todavía poblaban la zona cuando vivía en un esplendor demográfico que nada tiene que ver con la actualidad, se vieron funestamente asombrados al contemplar los cadáveres de tres personas, dos hombres y una mujer muy jóvenes, que yacían en un pequeño descampado con claras señales de haber sufrido una muerte violenta, en medio de impresiones charcos de sangre. Es más, diríase que muy violenta, como se demostraría más tarde.

En un principio el suceso fue seguido de cierto misterio y hermetismo por la gran estupefacción que causó en aquel pacífico y hasta agradable contorno en el que todos o casi todos se conocían, pues se desconocía como realmente habían acontecido los sangrientos acontecimientos y se barajó incluso la posibilidad de que una cuarta persona pudiese haber intervenido en los mismos. En aquellas fechas se había celebrado una concurrida romería en la parroquia de Xava, que actualmente cuenta con apenas 40 habitantes, en la que se habían dado cita jóvenes y no tan jóvenes de todo el entorno, por lo que en un primer momento se barajó la hipótesis de que aquellas horribles muertes fuesen provocadas a consecuencia de alguna reyerta y que los autores se hubiesen dado a la fuga. Sin embargo, pronto comenzarían a atarse cabos y desenredar aquella enmarañada madeja.

Celos y rivalidades

En la concurrida fiesta celebrada en la referida localidad de Xava se presentó una apuesta joven de una acreditada familia de la vecina parroquia de Valdanta, distante apenas un kilómetro, que respondía al nombre de Dolores García en compañía de un muchacho, convecino suyo, cuyo nombre era el de Andrés Pérez, con quien al parecer había iniciado una relación recientemente tras romper con su antiguo novio, un individuo llamado Tiberio Carracedo, de edad similar a la pareja y que nunca fue capaz de superar el drama que para el representó la pérdida de la mujer con la que se había obsesionado hasta extremos enfermizos.

En el transcurso de la romería, además de gozar de la fiesta en si, los jóvenes bebieron alcohol a lo largo de todo el día e hicieron algunos desafíos unos a otros, en un tiempo en el que era muy habitual que la mayoría de ellos portasen sus respectivas navajas, que representaba falsamente para muchos una señal de autoridad y respeto. De la misma forma, también era muy habitual que las exhibiesen en público retándose unos a otros aunque nunca o prácticamente nunca llegaba la sangre al río. En la fiesta comenzaron ya los enfrentamientos entre Tiberio, que se sentía despechado, y su rival, Andrés, que era quien cortejaba a la apuesta moza que le había dado calabazas. Pese a todo, nada hacía suponer que se iba a producir una gran tragedia como ocurriría horas más tarde.

Tiberio Carracedo jamás fue capaz de asimilar la pérdida de su antigua amada, Dolores García, por lo que decidió acudir a la fiesta bien pertrechado, armado hasta los dientes, ya que además de la habitual navaja portaba también una pistola, un hecho que no era tan habitual, pues las armas de fuego no abundaban en el mundo rural gallego. Concluida la romería, y quizás presa del excesivo consumo de alcohol, acosó a la joven pareja hasta extremos casi inauditos, llegando incluso a intercambiarse repetidos golpes entre los dos contendientes, Tiberio y Andrés. puesto que sus cuerpos presentaban también varios hematomas, según se desprendería de las respectivas autopsias. Desgraciadamente, lo peor todavía estaba por venir.

A lo largo de un camino que separaba el lugar de la romería y en el que fueron encontrados los cadáveres prosiguió el enfrentamiento entre los dos mozos, que tendría su punto culminante en un lugar apartado de las casas en el que, al parecer, tras un pequeño descuido de Andrés Pérez, Tiberio Carracedo lo acometió propinándole una primera puñalada en el abdomen, que le ocasionaría una gran hemorragia. Al ver a su rival ya en el suelo, prosiguió con una sarta de puñaladas en su indefenso enemigo, algunas de los cuales le atravesarían diversos órganos vitales que terminarían por ocasionarle la muerte.

Posteriormente, una vez que se quedó desvalida su antigua novia, al carecer de quien la defendiese, Tiberio Carracedo no dudó en hacer lo mismo con ella, dándoles hasta cinco puñaladas mortales de necesidad, alguna de ellas le atravesaría el corazón y también los pulmones, siendo encontrada la joven pareja en un impresionante charco de sangre y presentando a su vez un aspecto mucho más que aterrador.

Suicidio

Una vez concluido con su macabro plan, consciente tal vez de que una vez descubierto le aguardase la muerte en garrote vil o ya sintiendo que no tenía nada que perder -además del gran estigma social que le acarrearía tan terrible y abominable crimen- Tiberio Carracedo empuñó su arma de fuego y se disparó directamente en una sien, haciendo estallar sus vísceras cerebrales y convirtiéndose así en la tercera víctima de una tragedia que había comenzado con lo que prometía ser un divertido y agradable día de fiesta y que marcaría durante mucho tiempo a toda la comarca de Valdeorras.

Cuentan algunas crónicas de la época que en el entierro de la joven pareja se dieron cita varios centenares de personas de las muchas que en aquel entonces poblaban la localidad de O Bolo, que se aproximaba a las 7.000 almas en aquel entonces, mientras que ahora no alcanza el millar de habitantes y gran parte de sus parroquias y aldeas apenas supera el medio centenar de censados, tal es el caso de Valdanta y Xava, lugares en los que se produjo este trágico suceso.

Tampoco ahorran los medios de comunicación sus reproches contra el asesino, quien, al haberse suicidado, no tenía en aquel entonces derecho a ser enterrado en terreno sagrado en el cementerio, por lo que sus restos mortales fueron a reposar con los desposeídos del paraíso terrenal en un lugar que se reservaba a suicidas, ateos, masones y otras personas que no eran gratas a la moral cristiana, tal y como rezaba la férrea doctrina de la Iglesia Católica. Por contra, en su despedida tan solo se dieron cita sus familiares y algunas personas allegadas, lo que constituía la más clara señal de repulsa y desprecio en un tiempo y una época en la que el honor venía determinado por una hipócrita moral, que rara vez atendía a explicaciones racionales y que era, sin lugar a dudas, la principal base de reputación y decoro.

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Suicidio pactado de una pareja de jóvenes en A Coruña

Polígono de La Grela-Bens, donde se suicidaron los dos jóvenes coruñeses

No hay ninguna duda que existen algunas noticias que impactan mucho más que otras, bien sea por su interés humano o cualquier otra circunstancia en la que se desenvuelva. El periodista ya no se sorprende por nada, aunque en otras ocasiones se sorprende por todo. Uno de los hechos que más centró y llamó la atención de la España de la década de los ochenta fue un suicidio de una pareja de jóvenes que tuvo como escenario un polígono industrial de A Coruña, concretamente el de La Grela-Bens, en una de cuyas naves aparecía en un saco de dormir el cuerpo de dos jóvenes veinteañeros, después que se hubiesen quitado la vida en la madrugada del 13 de junio de 1987.

Aquel suceso impactó de sobremanera tanto en la ciudad herculina como en el resto de España, principalmente a medida que se fueron conociendo detalles sobre el mismo. Nada hacía presagiar en aquella joven pareja formada por José Ramón Vázquez Fernández, de 20 años, y María Isabel Méndez Castiñeira, de 21, que terminasen su existencia de una forma tan triste y dantesca, que impresionaría a propios y extraños, especialmente a quienes los conocían, ya que eran sabedores de la magnífica relación que mantenían incluso con sus respectivas familias.

Nada ni nadie se oponía a la relación entre José Ramón y María Isabel. Incluso las familias de ambos muchachos veían con muy buenos ojos la relación sentimental que mantenían. Sus amigos, que fueron los primeros sorprendidos, decían de ellos que era una pareja que se amaba mutuamente. De hecho, sostenían que no les llegaba a nada el tiempo para estar juntos. Quizás, y debido a esa pasión tan ardua que mantenían, les llevase a consumar una brutal tragedia que pilló a todo el mundo por sorpresa. Se habían conocido hacía poco más de año y medio. José Ramón era estudiante de informática y alcanzaba unas notas más que aceptables.

Ahorcados

En la madrugada del 13 de junio de 1987 ambos jóvenes se dirigieron a una nave que poseía el padre de José Ramón Vázquez en el Polígono industrial coruñés. Llevaban con ellos algunas pertenencias, aunque la más destacable de todas era el saco de dormir que casi les serviría como mortaja a los jóvenes. Con unas cuerdas de esparto que afirmaron sobre los asientos de un viejo autobús que estaba estacionado en la nave y lanzaron los otros dos cabos de las cuerdas al techo desde una ventanilla. Ambos muchachos se introdujeron sobre el saco de dormir, lo ataron a sus cinturas y después anudaron al cuello ambos cabos que les acabarían provocando la muerte por estrangulamiento.

Al coincidir en fin de semana, la actividad mantenida por el polígono industrial descendía de forma considerable, por lo que los trabajadores de la nave en ningún momento se percataron del saco de dormir en el que se encontraban los cuerpos de ambos jóvenes, quedando ocultos entre el estrecho de la pared y el viejo autobús. El macabro hallazgo sería efectuado por un familiar del joven, quien además encontró una nota de despedida sobre el coche de José Ramón en la que se podía leer el siguiente texto: “Enterrarnos juntos. Nos amamos”.

Ambos jóvenes recibirían sepultura en el mismo panteón, propiedad de la familia de María Isabel Méndez Castiñeira, una vez que el forense y el juzgado practicaron las oportunas diligencias, en la parroquia de San Juan de Ouces, en el municipio coruñés de Sada, a escasamente 12 kilómetros de la capital herculina. Y es que como dijo una hermana de una de las víctimas este hecho no tiene explicación posible y tal vez pensasen que el profundo amor que sentían el uno por el otro no tenía cabida en este mundo.

Suicidio y terror ante el tribunal de oposiciones a notarías

Fue un extraño y desgraciado suceso que ocurrió en Madrid el 15 de enero de 1985. Su triste protagonista era un joven gallego de 29 años, Fernando de Castro Fernández, quien, empuñando una pistola, disparó contra el presidente del Tribunal de Oposiciones a Notarios Antonio Ipiens Llorca, que demostrando su agilidad de reflejos conseguiría esquivar los disparos del opositor que había suspendido el examen, además de lanzarle el primer objeto que encontró a su alcance, en este caso un cenicero. Una de las balas rebotaría en el borde de una mesa sin que alcanzase a ninguno de los presentes.

No tuvieron tanta suerte sus compañeros del tribunal evaluador, Luis Ignacio Arrechereda Aranzadi, Catedrático de Derecho Civil, de 38 años y Julio Burdiel Hernández, de 52 años, que resultarían heridos de gravedad al impactar en su pecho sendos proyectiles procedentes del arma que empuñaba el opositor Fernando de Castro, quien, acto seguido, se suicidaría con la misma pistola, una ASTRA 380 de 9 cms, corto, modelo antiguo.

En el momento en el que el joven efectuó los disparos, el tribunal estaba examinando a otro candidato en el primer ejercicio de las oposiciones a notarías. Fernando de Castro, respondía a la figura del clásico “opositor quemado”, quien había gritado, al tiempo que disparaba contra los miembros del tribunal, “ustedes me han arruinado la vida”, mientras se subía a la tarima donde se encontraban los encargados de dirimir aquellas oposiciones. Los disparos los efectuó a muy corta distancia, a tan solo dos metros de su teórico objetivo, errando por fortuna en el blanco. Eran las cinco y media de la tarde de un gélido día de enero en la capital de España que daría paso a una inclemente ola de frío polar. Por fortuna, los examinadores heridos conseguirían sobrevivir a las heridas de bala que les provocó Fernando de Castro, hijo del magistrado del Tribunal Supremo, Jaime de Castro Garcia.

Tercer intento

Jaime de Castro Fernández era la tercera vez que intentaba hacerse con una de las muy pocas plazas de notarios que cada año se convocan en España y a las que suelen concurrir varios miles candidatos. Lo había intentado por vez primera, en el año 1982, en Burgos, sin alcanzar el éxito deseado. Tampoco lo conseguiría en 1983. Fracasaría una vez más en noviembre de 1984. En la fecha en que se produjo el fatal suceso el opositor había conocido los resultados del examen al que había concurrido nuevamente sin éxito. En las tres convocatorias a las que se había presentado había suspendido siempre en el primer ejercicio, el examen oral, que está considerado el más duro y en el que el tribunal calificador ejerce una importante criba entre quienes desean alcanzar una plaza de notario.

Al lugar de los hechos se desplazarían investigadores especializados de la Policía Nacional, que encontrarían cuatro casquillos de bala, en tanto que un médico forense se encargaría de certificar la trágica muerte de un joven que fue incapaz de ver que en esta vida se pueden hacer muchas más cosas y no estar pendiente de una ruda y contumaz oposición en la que tal vez, además de su propia vida, había dejado muchos años de lucha y esfuerzo que no le habían dado el fruto requerido. Sin embargo, quien opta a ser notario y no lo alcanza, puede ejercer con éxito, entre otras, la función de abogado civilista, dados los conocimientos que le proporciona la circunstancia de haber estudiado los temas que forman parte del extenso programa de las oposiciones al cuerpo de notarios.

Aquella fue una tarde dramática y cruel en el Colegio de Notarios de Madrid. La gente comenzó a correr de manera denodada por los pasillos, debido a la confusión que reinaba en el recinto. En un principio hubo informaciones y noticias confusas en torno a un hecho que sorprendía a propios y a extraños. Además de especularse con la posibilidad de que hubiese sido un atentado, dado que en aquellos años era muy febril la actividad de la banda terrorista ETA, también llegó a rumorearse que el suicida se había examinado en la misma jornada, pero este hecho no era cierto. Otra de las informaciones falsas que corrió en aquellos primeros instantes fueron las relativas al estado de los heridos. En un primer momento llegó a especularse con el fallecimiento de alguno de ellos, aunque por fortuna no dejaron de ser noticias carentes de fundamento y sin contrastar.

Solitario y brillante

De Fernando de Castro, además de saberse que era hijo de un prestigioso magistrado gallego nacido en la localidad de Ordes en el año 1917, se sabía también que era el más joven de los cinco hermanos que tenía Jaime de Castro, uno de los cuales había superado hacía ya años las oposiciones al cuerpo en el que pretendía ingresar Fernando. Trascendería también que era un hombre solitario, a quien no se le conocían muchos amigos, pero que jamás había protagonizado altercado alguno, ademas de ser una persona afable y tranquila, por lo que su irracional actitud sorprendió de sobremanera a quienes le conocían y trataban.

El suicida había sido un destacado alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela, alcanzando notas muy brillantes en su expediente académico. Fernando de Castro había convertido el objetivo de ser notario en una perenne obsesión que le quitaba, además de muchas horas de diversión para un muchacho de su edad, el sueño y era quizás su única y enfermiza inquietud. Aunque no debería haber atentado contra la vida de terceras personas. Y ni que decir tiene que tampoco debería haberse quitado la suya. Es entonces cuando la vida en si misma carece de cualquier sentido y valor porque da paso a la destrucción y la muerte, que se encarga de fulminarlo todo en apenas un segundo.

Mata a su hijo y se suicida en Oia (Pontevedra)

 

En el mes de octubre de 1979 un extraño suceso conmovió a los vecinos de Santa María de Oia, un pequeño municipio del Baixo Miño y las Rías Baixas, muy próximo a Vigo. Una brutal estupefacción se apoderó de su vecindario al hallarse los cadáveres de un padre y su hijo muertos de forma violenta en la casa en la que residían en la parroquia de Mougás. Presentaban disparos de arma de fuego, realizados, aparentemente, a muy corta distancia. Nadie se imaginaba que les había podido haber ocurrido. Ambos fueron encontrados por una hija de Juan Rodríguez Esteiro que se había trasladado desde Madrid a su localidad natal. Al encontrarse con tan tétrico panorama, la joven salió implorando gritos de auxilio, dirigiéndose posteriormente al cuartel de la Guardia Civil de la localidad.

Juan Rodríguez Esteiro era un conocido decorador de la localidad y tenía 52 años en el momento de producirse su óbito. Mientras, su hijo, que llevaba el mismo nombre que su progenitor, era un joven adolescente de 17 años de edad y estudiaba COU en un instituto de la comarca del Baixo Miño. El decorador poseía una acreditada tienda en Vigo, mientras que el hijo, cuando no estudiaba, se dedicaba a hacer las labores de comercial por el resto de Galicia.

En un principio comenzaron a rondar hipótesis de todo tipo. Una de ellas decía que al parecer ambos estaban amenazados de muerte. Parece ser que el mismo alcalde de la localidad había oído algunas de estas amenazas, aunque este extremo nunca pudo verificarse. De la misma forma, se especuló con la posibilidad de que padre e hijo fuesen objeto de un robo con violencia, siendo esta la teoría que alcanzaba mayor fuerza.

Cartas mecanografiadas

Sin embargo, se hallaron unas cartas escritas a máquina que despejaron todas las dudas que planteaba aquel rocambolesco y sanguinario suceso. A pesar de ello, los investigadores non acababan de dar crédito a las misivas, pues al parecer Rodríguez Esteiro no tenía por costumbre escribir a máquina. Se aseguraba que siempre o casi siempre escribía a mano.

En las misivas, después de que los investigadores realizasen las pertinentes comprobaciones, se especificaba que el decorador se encontraba en una difícil situación económica, por lo que había decidido acabar con la vida de su hijo, que presentaba un disparo en el hemitórax derecho. Por su parte, el padre tenía la cara y la cabeza destrozadas como consecuencia del impacto ocasionado por la metralla que le acabaría con la vida. La certidumbre de la autoría de las cartas se verificaría posteriormente al saberse que el parricida y suicida había dirigido también sendas misivas a dos directores de otras tantas sucursales bancarias de la localidad en las que les manifestaba el deseo de acabar con su vida en caso de no solucionarse la difícil situación financiera que atravesaba.

Al parecer, la hija -que era fruto del primer matrimonio del decorador- se había trasladado desde Madrid hasta su localidad natal después de haber mantenido una conversación telefónica con su padre. Nunca se supo de que hablaron, pero todo parece indicar que el progenitor le expuso de algún modo el estado de ánimo tan desesperado en que se encontraba. Sin embargo, la hija nada pudo hacer para evitar tan cruel tragedia que provocó una profunda consternación y dolor en una de las más preciosas localidades de las Rías Baixas galegas.

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